Traspasado el umbral preferente, comenzó a notar aquella brisa anormal a la distancia del aliento. Una especie de entidad volátil, que continuaría orbitando a su alrededor hasta que abandonaron el lugar, transcurrido el fin de semana de asueto. No supo determinar a priori de dónde surgía, ni qué era exactamente, pero sí que estaba allí mismo desplazándose por entre sus cuerpos, determinando de algún modo la atmósfera de la casa y, a medida que fueron transcurriendo las horas, su forma de proceder en ella. El único que se percató de que allí las cosas no funcionaban como en otras partes fue él; el resto se desenvolvía -inconscientemente- al margen de la eventualidad. Fueron tres agotadores e interminables días de un velado pero contundente hostigamiento. El caso es que la presencia no llegó en ningún momento a revelársele de forma categórica, en el sentido de descubrir partes esenciales de su naturaleza o constitución, aunque sí es cierto que se vio obligado a padecer las consecuencias de un sistema de comportamiento especialmente opaco.
Transcurridos varios años, medita ahora en perspectiva que, de haber podido elegir la forma en que iban a darse aquellas cortas vacaciones, claramente se hubiera decantado por vivirlas en otras condiciones. Es lógico. Afrontar la realidad, o incluso una semi-realidad aproximada, antes de verse sometido de forma drástica a la tensión frenética de lo intangible, hubiera sido todo más llevadero. Ver por dónde se acercaba aquella cosa, mirarle a la cara y descubrir sus intenciones antes de que fuera siempre tarde; hablarle con respeto, e incluso gritarle y enfrentarse a ella en caso de necesidad, saber, en definitiva, con quien estaba en litigio, le habría evitado la mitad del flagelo.
Durante las noches la manifestación se hacía más intensa, aunque también le daba por florecer con el sol en su punto más álgido. Para salvaguardar la integridad anímica, al principio quiso atribuirlo a una derivación propia de las debilidades pueriles. “Imaginaciones mías... o algo parecido”, se decía. Y especuló con ese devaneo temporal de la mente, hasta que pronto descubrió que se trataba de una fuerte y devastadora forma de existencia en progresión ascendente.
Le acompañaban sus padres, como era natural al tratarse de un niño. Tenerlos a su lado le dio una cierta seguridad, pero una seguridad funcionarial, por decirlo de algún modo, si bien no todas las garantías que hubiera deseado. Al encontrase uno y otros en órbitas poco coincidentes, lo cierto es que no las tuvo todas consigo con aquella escolta de medio pelo.
Recibidos en la masía, los anfitriones se desvivieron por agasajarles. Llevaban tanto tiempo esperando que se cumpliera la promesa de pasar unos días juntos, que se volvieron como locos de alegría nada más asomar los faros del coche sobre la última curva. Especialmente la mujer, que saltaba como una niña de corta edad. Pero el enorme cansancio acumulado, debido al interminable periplo, hizo que los viajeros no pudieran corresponder como hubiera sido en principio su deseo. Con las seis horas de viaje que llevaban a sus espaldas, entre avión, tren, autobús transbordos y, sobre todo, el agitado último tramo de andadura, que tuvieron que hacer en el todo-terreno de un vecino, lógicamente no estaban para nada. Esos treinta últimos minutos en coche por la pendiente angosta, salpicada de baches y anegada de agua y barro, habían sido la puntilla, el remate definitivo para una jornada difícil de olvidar por extenuante.
La casa -la ermita- se encontraba en lo alto de una peña, dominando un paraje difícil de describir si no es echando mano de los consabidos tópicos paisajísticos de los suplementos dominicales. Les contó el vecino que les fue a buscar a la estación que, partiendo de allí y caminando un largo trecho, durante varios días, podía uno llegar hasta Francia sin cruzarse con nada que tuviera que ver con la civilización. Región atestada de rutas tan áridas como espectaculares, habitualmente utilizadas por los que huían de la represión franquista y por contrabandistas, sesenta años atrás. Al pequeño Luis le entraron unas enormes ganas de hacer ese viaje al otro lado de la frontera. El simple hecho de caminar hacia delante, sin impedimentos ni limitaciones, le sedujo a más no poder. No es de extrañar, por otra parte, teniendo en cuenta que sus recorridos habituales eran muy básicos: de casa al colegio y, a la vuelta, del colegio a casa. Si bien es cierto que, algunos fines de semana, salían en familia al campo a hacer kilómetros, aunque, nada de lo suyo podía compararse a la maravilla descrita.
Entre los brincos que daba el vehículo, y los empellones involuntarios que se iban dando los unos a los otros, como consecuencia de las irregularidades de la superficie por la que transitaban, Sebastián, el padre, les descubrió que llevaba mucho tiempo planeando una gran excursión al estilo de la que, con tanto énfasis y lujo de detalles, estaba exponiendo el conductor. Aunque la suya, de llevarse a cabo, aclaró, lo sería en bicicleta. Aún a sus cuarenta y ocho años, el padre de Luis no había perdido todavía la vitalidad y el arrojo, al contrario que muchos de los padres de sus amigos, y se lanzaba al vacío, sobre las dos ruedas dentadas, desde los riscos más escarpados. Subir cuestas le costaba un poco más, tuvo que admitirlo, pero en bajada libre no había quien pudiera con él. En multitud de ocasiones su esposa había presagiado que le pasaría algo “por allí arriba”, refiriéndose por supuesto a la montaña, y que el día menos pensado se lo traerían a casa “dentro de un cajón, desmontado en piezas”.
Mientras aquel señor presumía revisando una a una todas aquellas maravillas, papá ciclista le iba sonsacando detalles acerca de la idoneidad de unas rutas en detrimento de otras. Le preguntó si había muchas fuentes en el recorrido, y si no era difícil dar con ellas; si existía peligro de que por las noches pudieran atacarte fieras, como osos, lobos o jabalís; si había algún tipo de hospedaje donde poder pasar la noche... Indagó todo lo que pudo y más. Y profetizó que, para el verano siguiente, iba a sacar tiempo y fuerzas de donde fuera, para recorrer alguno de aquellos itinerarios tan apasionantes; siempre y cuando la unidad de parentesco directo estuviera de acuerdo. A la búsqueda de beneplácito, dirigió una mirada abierta a Paula, su esposa, y madre de Luis, que fue corroborada inmediatamente en sentido afirmativo con un suave y complaciente movimiento de cabeza hacia delante.
El coche iba cargado hasta los topes, lo que, unido a las dificultades del terreno, hizo que los últimos kilómetros se convirtieran en el calvario apuntado. No había forma de sujetar el cargamento, que se movía de un lado a otro como si estuviera dotado de vida propia. Cargamento inicial aparte, ellos solos traían tres maletas, dos mochilas -una de ellas gigantesca-, las abultadas chaquetas de invierno, dos bolsas de mano con pertrechos que habían comprado en Barcelona, y aún otra bolsa más, repleta de embutidos y galletas de Mallorca para sus amigos. Parecía que se hubieran equipado para pasar un mes y medio en las alturas, cuando en realidad no era así.
La familia Riotorte, la de Luis, ha sido siempre muy “gitana”. Así se definen ellos, como “gitanos”, en el sentido –en el buen sentido- de que bien podrían ser nómadas consumados. A dónde van, lo hacen siempre como burros de carga. Una característica que, por lo visto, se transmite de generación en generación.
Además de la ropa y de los elementos de aseo personal, don Sebastián llevaba un maletín de cuero con su inseparable ordenador portátil -argumentando obstinadamente que “nunca se sabe”-, tres cámaras fotográficas de distinto calibre, y un cúmulo de cachivaches de lo más dispar. No quedándose atrás en el cómputo de la mercancía trajinada, la madre también iba bien surtida: dos pilas de exámenes, correspondientes a la última evaluación –Paula era profesora de ciencias naturales y, según ella, no le quedaba más opción que corregirlos durante el fin de semana, porque, de otro modo, “no hubiera podido acompañarnos”-, media docena de libros para poder escoger la lectura apropiada en cada momento, discos compactos de música relajante y un aparato para reproducirlos, además de su inseparable secador de pelo. Luis, por su parte, únicamente traía consigo como aditamento un diminuto procesador de juegos electrónicos, a los que estaba especialmente habituado. Al contrario que los de su sangre, detestaba con vehemencia los excesos en este sentido.
El señor Besalduc facturaba en el maletero de su coche un auténtico cargamento de bidones de plástico llenos de agua potable, bombonas de gas, y un par o tres de cajas grandes de cartón llenas de productos alimenticios manufacturados, que él, en un momento dado, calificó de “imprescindibles ostentaciones de la vida moderna”. Por encontrarse tanto los pozos como los manantiales de la comarca en un estado de precariedad lamentable, a causa de la sequía, los residentes de la zona se veían obligados a tener que subir el agua para beber desde los pueblos de alrededor. Según el hombre, en aquellos parajes la gente era muy solidaria; lo daba la dificultad del terreno. Por eso, cada vecino procuraba estar siempre al tanto de las necesidades de los demás a la hora de bajar hasta la civilización; existiendo una especie de acuerdo tácito entre ellos, mediante el cual se iban avisando con los medios que tenían a su alcance y, de aquella forma, nunca nadie regresaba de vacío.
Más tarde les explicaría su anfitrión, que no todo el mundo era tan espléndido como había especificado Besalduc en el camino, y que habitaban por allí arriba “algunos malnacidos, que no comen ni tampoco dejan comer”.
En casa de los Peyrolet, aquel muchachito pudo descubrir con asombro que, todo lo que su maestra le había enseñado acerca del correcto uso del agua, no era sino una mera especulación ecológica para gente de ciudad. Porque allí, en la rectoría de Castellar, la utilizaban realmente como si de oro o mercurio se tratase. Pasando por un complicadísimo proceso de aprovechamiento ininterrumpido, dosificándola hasta extremos difíciles de imaginar, servía para todo lo imaginable y para varios cometidos más. Excepto para regar el huerto, que, como podía fácilmente deducirse de su contemplación apesadumbrada, se había abandonado a su suerte, harto de que lo tuvieran tan a raya.
Con arreglo a cálculos muy optimistas, habían previsto llegar sobre las seis de la tarde, pero cuando los faros del vehículo alumbraron la fachada principal de la casa, el reloj vino a confirmarles un retraso de mas de dos horas y media. La oscuridad era completa. Un parón en la vía férrea, debido a un problema en el sistema transmisor de la locomotora, justo unos pocos kilómetros antes de llegar a la estación de Olot, había ayudado en parte a conformar el motivo de sus disculpas.
Entre todos ayudaron a descargar el equipaje del coche y varios capítulos de la carga destinada a las necesidades básicas de la pareja Peyrolet y sus invitados. Depositados en el zaguán los bultos, las maletas y también los bidones y las bombonas, Mateo Peyrolet se empeñó en invitar al señor Besalduc a una taza de té, a la que éste se negó en rotundo argumentando que no tenía tiempo para tés, por la sencilla razón de que le quedaban todavía muchísimas cosas por hacer antes de acostarse. “Otro día será”. Peyrolet le dio las gracias en nombre de todos, y ambos se despidieron con efusivas muestras de afecto.
A golpe de linterna, no sin haberles mostrado antes de la misma forma la fachada y los aledaños, Mateo les invitó a entrar a la rectoría. Pero, una vez dentro, resultó que era casi lo mismo que estar fuera. La casa estaba a medio hacer; no tenía ventanas todavía y le faltaban muchas puertas y una parte de la techumbre. De hecho, la puerta de la entrada, que sí estaba colocada en su sitio, no llegaba a cerrarse nunca debido a no se supo qué circunstancia. Ni falta que hacía, pues podía accederse a la vivienda por dónde se quisiera, aunque él se apresuró a comentar, contemplando nuestros rostros de perplejidad, que no era muy habitual que los desconocidos se aventuraran por aquellas tierras, y mucho menos de noche. Creo haberlo dicho al principio: el viento bufaba de una forma extraordinaria entre los muros; era una corriente de textura humana, que a Luis le produjo escalofríos sólo entrar en contacto con ella. Sentía ese frío ambulante de forma exagerada detrás de las orejas, y también en el reverso de las manos. Extrañamente próximo, semejante al resuello de un ser vivo.
Sin darle más vueltas, quiso hacer partícipe a su madre y a los otros de la sensación cutánea y cerebral que le estaba atribulando; compartir aquel inesperado drama en suspensión oscilante. No le hicieron demasiado caso. De todos modos, confesarlo le ayudo a templar los nervios. Prosiguieron el camino hacia el interior profundo de la vivienda. En el extremo opuesto se divisaba una luz tenue; una luz que resultó ser la de la cocina, en dónde Marthia, la mujer de Peyrolet, les estaba preparando ese té de bienvenida, para que entraran en calor; el mismo té que acababa de rechazar Besalduch. La cena estaba en trámites de consumarse sobre los fogones.
En esa casa, además de carecer de agua, tampoco tenían corriente eléctrica. De noche se manejaban a la antigua, con velas y candiles y con alguna que otra linterna. No le hizo gracia al muchacho lo de deambular entre la penumbra primitiva. Cocinaban con gas butano, y tenían una fresquera en la que conservaban los alimentos perecederos. Para combatir el frío tenían en la misma cocina, que era donde prácticamente vivían, una estufa de leña, sobre la que había una gran olla de agua siempre caliente. La ducha, por problemas derivados de la propia rehabilitación del inmueble, todavía no había podido ser instalada. Mientras tanto, se lavaban con manoplas junto a esa estufa, utilizando una gran tina a modo de pequeña bañera, y un par de lebrillos de plástico para mojarse el cuerpo. Concluidas las abluciones, recogían el agua esparcida por suelo y paredes, y allí no había pasado nada. A la taza del water, totalmente nueva y reluciente, la habían confinado al final de una especie de semisótano de dimensiones palaciegas, sin más abertura que la propia entrada. De modo que, tanto de día como de noche, se veía uno obligado a tener que hacer sus necesidades a la luz de la cera, no sin antes haber peregrinado hasta el lejano emplazamiento. Toda una experiencia vivificadora en la sofisticada y adormecida civilización de la energía que se malgasta a raudales. Le llamó poderosamente la atención aquel sistema de vida tan precario; el que fuera posible desenvolverse felizmente con tan poco. Porque a los Peyrolet se les veía felices y orgullosos de vivir aquella vida.
Con anterioridad al viaje, Luis había intuido que algo nuevo le esperaba en el lugar a donde irían, aunque decidió no comerse la cabeza desmembrando las cábalas. Lo dedujo después de oír una larga conversación entre Peyrolet y papá Sebastián, meses atrás, durante una excursión por los alrededores de Valldemossa, cuando aquél fue a la isla para organizar la mudanza de su hermana. No le gustaron un pelo las historias que salieron a relucir durante la caminata. Fue precisamente allí, en aquella excursión, donde se fraguó la convocatoria que ahora estaban corroborando con su presencia en Gerona. De subida al Teix, un pico a caballo entre las comarcas de Valldemossa y Sòller, ambos habían ido a parar a terreno sombrío; a ese estadio específico en el que se te estremecen los huesos al escuchar a la gente enredándose en asuntos relacionados claramente con la muerte. Por regla general, se comienza recordando la reciente desaparición de un familiar, para acabar dentro de su tumba efectuándole una autopsia psicológica en toda regla.
Que se hablara de estos temas le ponía frenético. Dejaba de ser dueño de sus propias elucubraciones mientras los narradores, fueran quienes fueran, se abandonaban a la truculencia tangencial. Con el tiempo tuvo que ir acostumbrándose al devenir ancestral de los acontecimientos. Ley de vida.
Montaña arriba, Peyrolet explicó que, al principio de instalarse en la rectoría, le habían contado que los espíritus errantes de dos antiguos vecinos se desplazaban por la comarca llevando el pánico a los residentes. La cantinela hacía referencia a que aquellos tipos habían enloquecido al unísono, al poco de matar a una mujer que se había negado a hacerles algún tipo favor. No llegó a especificar de que tipo de favor se trataba, al darse cuenta de que el menor cortejaba el relato con inusitado interés. En definitiva, que, por aquel motivo no desvelado, los tipos en cuestión le hicieron la vida imposible a la mujer durante meses, hasta que decidieron acabar con su vida. Luego conservaron el cuerpo en casa durante un tiempo para, posteriormente, hacerlo desaparecer en circunstancias que será mejor obviar. El misterio de los hermanos Colubí, que así se llamaban los homicidas, no pudo ser esclarecido hasta varios años más tarde, cuando fueron encontrados una parte de los restos de la víctima debajo de un pilar estructural, en una casa muy próxima a la rectoría. El hallazgo tuvo lugar cuando los nuevos propietarios iniciaron una serie de reformas en la vieja masía que acababan de adquirir. Concretamente al mover de sitio una escalera que les estaba entorpeciendo el paso hacia una estancia nueva. Le oyó contar también que esos dos energúmenos habían aparecido colgados de una viga, en el salón de su casa. Y que fueron descubiertos en avanzado estado de descomposición por un pariente cercano, que había acudido a saber qué pasaba, después de mucho tiempo sin saber de ellos. Los enterraron en un rincón apartado del cementerio. Concretamente detrás de una tapia, pues, al haberse quitado la vida, contraviniendo con su decisión última las leyes divinas, no habían sido merecedores de un par de metros cuadrados junto a los píos. Registrado quedó en los papeles –hoy día en poder de los Peyrolet, legítimos dueños de la rectoría y de su pequeño tesoro documental-, que los Colubí fueron las últimas personas sepultadas en aquel lugar. La casa de los dos hermanos, aunque en ruinas, seguía todavía en pie y se encontraba muy cerca de la rectoría.
¡Enterrados allí mismo!: no podía imaginar Luisito que un par de criminales de aquellas características pudieran encontrase tumbados a escasos metros de donde iba a dormir. En efecto, el complejo arquitectónico que habían adquirido en su día los amigos de sus padres, por medio de un ventajoso cambalache, estaba compuesto por una ermita del siglo XI, una amplísima vivienda de dos plantas y un semisótano, un bosque para surtirse de leña, varias huertas en torno al núcleo principal, prados para el ganado, un horno de pan en el exterior, prensas para hacer vino y aceite, un complejo sistema de pasadizos subterráneos y, por último, un auténtico cementerio con sus muertos y toda la pesca.
Al oír que la ventana de la cocina, donde estaban a punto de cenar, y también la del único dormitorio disponible hasta la fecha en la vivienda, daban a ese pequeño cementerio, acabó de helársele la sangre. ¿Cómo podía esa gente, en referencia a los Peyrolet, convivir a todas horas con difuntos?, comenzó a interrogarse y no paró de hacerlo en varios días.
Peyrolet insistió en el hecho de que las ruinas Colubí desprendían muy malas vibraciones, por qué iba a mentirles, pero que, no obstante, habría que ir a visitarlas, porque las excelencias arquitectónicas de la región se hacían más patentes en ellas que en otras edificaciones cercanas. “No como ahora, que se construye de cualquier manera”, dijo en un tono que albergaba cierta nostalgia de un pasado que, en cierto modo, no era el suyo.
¡A la mierda con la arquitectura regional!, gritó en su interior Luis. Tendría que inventarse algo con tal de eludir aquella visita apenas planteada. Con el cementerio que acababan de endosarle obligatoriamente a dos pasos iba más que sobrado en turbaciones.
Papá Sebastián se empeñó en replicar aquella historia de muertes con otra historia que le había sucedido a él cuando tenía aproximadamente la misma edad que su hijo Luis. (En estos casos, por defecto acaba organizándose un toma y daca entre todos los que tienen truculencias que contar: primero uno, luego otro, y así, hasta que se diluyen los ardores mentales y se pasa, encadenadamente, a otro tipo de temas más digeribles.) Contó que sus padres le habían obligado a ir a un entierro, y a él, lo mismo que a Luisito, le daba pavor lo de tener que enfrentarse a gente que había dejado de respirar. La intención de los abuelos de Luis era nítida: el chico –el padre- tenía que comenzar a tomarle el pulso a la vida; darse cuenta de que no sólo está compuesta de alborozo y juegos. En aquella ocasión, enterraban a la única prima del abuelo, la tía María, mal llamada la rica, pues al final resultó que no tenía nada de lo que se había rumoreado durante tantos años que tenía. Y fue precisamente la pretendida fortuna de la tía rica la que congregó a una muchedumbre en torno a la que iba a ser pronto su tumba. Entre potenciales beneficiarios y curiosos debía de haber no menos de doscientas personas. El caso tremendo fue que, por necesidades funcionales del propio enterramiento, el niño Sebastián tuvo que enfrentarse a la visión inmediata y cruda del cadáver de su tía abuela, cuando los enterradores se vieron obligados a destapar el féretro. Tía María había cambiado de aspecto como de la noche al día. No era, ni por asomo, la mujer que él conocía de semanas atrás. Su piel se había tornado de un color sin color, y toda ella aparentaba estar más tiesa que un leño. Además, iba mal peinada, síntoma evidente de que las cosas no iban bien, pues era mujer de tocado inmutablemente ordenado.
El problema surgió en cuanto la rica, que era muy voluminosa –su peso, según cifras de especulación pendular, rondaba los ciento cincuenta kilos-, al no haber cabido en un ataúd convencional, tuvo que ser acondicionada de mala manera y con urgencia en otro de medidas especiales, que resultó incompatible con la modesta boca de la sepultura familiar. Ante la evidencia, los operarios municipales decidieron con muy buen tino ponerla de pie, quedando expuesta a la contemplación colectiva. Y en aquella postura tan poco ortodoxa, uniendo cuerpo y caja mediante varios cabos, intentaron de nuevo introducirla en la pudridero. Pero, en el momento en que hicieron efectiva la posición vertical completa, la cabeza de la muerta se inclinó bruscamente hacia delante, y la boca se le abrió de par en par soltando a continuación un eructo atronador. Los que formaban las primeras filas se quedaron sin respiración, mientras ella recuperaba la postura inicial, golpeándose la nuca en el retroceso con la base del cajón. El impacto resonante de sus huesos contra la madera dura, junto a la vaharada fétida que acababa de liberar, puso en retirada, entre vómitos y muestras de histeria, al amplísimo cortejo fúnebre. Gente gritando y por los suelos. Gente pisoteada. Y el niño Sebastián, hipnotizado por una especie de poderosa fuerza que le impedía actuar en cualquier sentido, se quedó inmóvil, como petrificado delante de ella. Dándolo todo por perdido, cerró los ojos y se despidió de este mundo, dando por supuesto que la muerta se le iba a echar al cuello de un momento a otro. Algo que, evidentemente, queda claro que no llegó a ocurrir.
La excursión al Teix transcurrió la mayor parte del tiempo en ese tono lóbrego. No paraban de intercambiar crónicas, a cual más tenebrosa. La hermana de Peyrolet, Rosalía, les reprendió su actitud en varias ocasiones, haciéndoles observar que había niños, y que cada cosa tenía su tiempo. Sin embargo, a los ponentes andarines se les hizo muy difícil cambiar de conversación, por no decir que imposible. Le hacían caso un instante, sí, y aceleraban el paso con objeto de agilizar la marcha y de olvidarse de los cuentos, pero pronto volvían a enredarse en las mallas de la hora suprema. En aquella disposición de ánimo, olvidándose una vez más de las buenas intenciones, Peyrolet se empeñó en rematar la siniestra jornada con otra historia intensa. Estaba cantado que aquella noche Luisito no iba a pegar ojo.
Le resultó muy difícil de creer, porque el amigo de su padre no era un tipo fornido. Comenzó narrando que una noche caminaba cuesta arriba por aquellas pendientes imposibles, con un armario ropero a la espalda. Se lo acababan de regalar y, como estaba tan necesitado de mobiliario, no quiso esperar un par de días a que se lo subieran en un furgón. Argumentando que le sobraban fuerzas, cargó el mueble a la espalda y partió de inmediato con rumbo Norte. Por entonces, el matrimonio no disponía de coche y se veían obligados a tener que caminar un buen par de horas, cada vez que bajaban al pueblo o subían de él. Por no tener, no tenían ni techo; se las apañaban en una tienda de campaña instalada entre las ruinas, aunque eran felices disfrutando de su nueva vida en plena naturaleza.
Pues bien, en una encrucijada de caminos, de las muchas que hay por allí arriba, se cruzó con una sombra que también traía sobre los hombros un ropero idéntico al suyo. Él, que no había tenido nunca miedo hasta ese día, reconoció que en aquella ocasión le entraron sudores y apetencia desmedida de vientre. La figura era de su misma estatura y de trazas muy parecidas a las suyas, aunque, no llegó a verle la cara. Mateo Peyrolet le hizo un limitado ademán de saludo, por aquello de no perder las formas ni siquiera en momentos críticos, pero el otro se limitó a seguir su camino, a paso lento, sin dar más señales de vida que el propio desplazamiento metódico hacia delante. Desde aquel día se lo pensó muy mucho cada vez que tenía que salir de noche.
Pero volvamos al día de la llegada. Después de saludarse efusivamente una y otra y otra vez, les fue servido por fin el té. Definitivamente, entraron en calor. Acto seguido, les sirvieron de comer. Durante la cena, escucharon con atención de boca de los Peyrolet todo lo concerniente a la adquisición y restauración de la vivienda. Se sentía tan orgullosa aquella pareja, al haberla comprado más con ilusión y esfuerzo que dinero.
Entre hormigón, muros maestros y corrimientos de tierras, sin apenas darse cuenta, Sebastián y Mateo fueron gradualmente retomando la siniestra conversación que dos meses atrás habían dejado suspendida en el aire de Mallorca. El escenario era objetivamente propicio para ello: las fantasías lúgubres brotaban hasta en los intersticios de las baldosas. Sin ir más lejos, una semana antes les había aparecido encajado entre dos vigas un cadáver momificado. Todavía no habían tenido tiempo de enterrarlo, y lo guardaban envuelto en una manta no muy lejos de donde estaban cenando.
“No te asustes, Luisito –manifestó el anfitrión al verle con aquella cara-, que los muertos de campo no son como los de ciudad. Los de aquí arriba, en particular, son gente estupenda. Te lo aseguro; es muy raro que se metan con alguien. El monte, al igual que el mar, templa el ánimo tanto a los que son como a los que dejaron de ser. Por regla general, nos hace ser mejores personas, más... bondadosos”.
No supo el niño qué había querido expresar exactamente Peyrolet con lo de “...es muy raro que se metan con alguien”, aunque pudo esbozar fácilmente el trasfondo de la idea.
Al advertir el interés que suscitaba el tema en los invitados, la pareja pasó a hacerles un recuento exhaustivo de los cadáveres que se habían ido encontrando durante las distintas operaciones de desescombro. Por lo visto, se tropezaban con ellos tanto en paredes medianeras como en los suelos de la casa; en el sótano y en las huertas de los aledaños. En definitiva, que cementerio lo era todo en aquella hacienda, además del espacio específicamente proyectado en un principio para serlo. De entre todos los que salieron a colación, el ejemplo que más le intranquilizó a Luis fue uno que tenía que ver con una fosa repleta de niños. Los había de todas las edades, de recién nacidos a púberes, y habían aflorado al ir a despejar los bajos de la casa, lo que en otros tiempos fuera la escuela de la comarca.
Peyrolet, erre que erre, no se bajaba del burro: “...pese a todo, en la rectoría hay muy buenas vibraciones”.
Con aquel panorama, acabaron desvaneciéndosele las pocas ganas de dormir que todavía le quedaban, y con ellas las expectativas de pasar un fin de semana placentero. Se obsesionó con la idea de descorrer la noche en un mágico abrir y cerrar de ojos. Poder espantar las tinieblas por medio de ese acto fantástico; huir definitivamente de la constatada persecución anímica que siempre trae consigo la oscuridad. Pero la magia no era su fuerte, y tuvo que confiar momentáneamente en que los mayores alargarían la cháchara hasta el alba. De improviso, su elucubrante planteamiento dio un giro de trescientos sesenta grados, y los reunidos en torno a la mesa se levantaron con la radical intención de acostarse. Como si de improviso se les hubieran agotado las pilas.
En un desproporcionado alarde de hospitalidad, los anfitriones les cedieron su cama en el piso superior. Alegaron que no les importaba en absoluto rememorar tiempos pasados, al calor de la estufa, acurrucándose de nuevo sobre una estera en el suelo de la cocina. Incluso iba a ser divertido.
Antes de retirarse definitivamente al aposento, la familia Riotorte tuvo pasar un completo examen de todas las normas básicas que había que observar durante la vigilia. Para que no fueran a encontrarse luego con problemas. No es lo mismo habitar una casa con todas o casi todas las comodidades de la vida moderna, que hacerlo en la férrea disciplina del medievo. Les enseñaron de forma apresurada a manejar los diversos artilugios dispensadores de luz que, al mismo tiempo, estaban poniendo en sus manos. Les mostraron dónde estaba el retrete y cómo funcionaba. Y, enumerados los peligros más sobresalientes, como a dónde podían acercarse y a dónde no, les desearon por fin unas buenas y cálidas noches.
En aquel instante daba comienzo el particular via crucis de Luis. No tenía por entonces -ni ha tenido nunca- mucha relación con ese tal Dios al que todo el mundo suplica lo indecible, pero sí es cierto que aquella noche le rogó de rodillas una sola cosa, que pusiera en marcha todo ese gran dispositivo milagroso, del que tanto había oído hablar a los abuelos, para que no le entraran las ganas de ir al baño. El Grande no le oyó o, ve tú a saber, no quiso oírle.
Al despertarse por la mañana, no recordaba nada de lo que le comentaron sus padres. Que gran parte de la noche se la había pasado soñando en voz alta, y que se había movido en exceso y que gritaba y les daba patadas a los dos, como si buscara deshacerse de ellos. Indiscutibles señales de un ataque de orines. (Deambular en el sueño por entre situaciones aleatorias de agitación abstracta es la forma que tienen muchas personas, en especial los niños, de alargar en la cama las necesidades del cuerpo.) Se despertó sobresaltado de madrugada, por tanto, con unas ganas de orinar como nunca las había tenido anteriormente. La situación se le presentaba harto complicada: había que calzarse rápidamente, en la perentoriedad de aquella situación embarazosa, y abrigarse al mismo tiempo a conciencia, ya que cruzar el umbral de la habitación presuponía hallarse de repente en mitad del Polo Norte. No sabía cómo hacer para vestirse. Si soltaba las manos de donde las tenía agarradas, se pondría perdido y las cosas podrían ir a peor; mientras que si las mantenía en el estrangulamiento obstinado de sus convulsionadas partes, tampoco era solución viable. En un alarde de clarividencia nocturna, el padre se apercibió de la problemática filial y tomó la iniciativa. Le vistió como pudo y se abrigó también él a duras penas. Avivó la lánguida lámpara de petróleo que estaba en el suelo junto a la puerta, y salieron a trompicones.
Al otro lado del recogido trópico interior, ventisca cortante y malos augurios, papá Sebastián caminaba semidormido, cabizbajo y arrastrando los pies, mientras que quien que se lo estaba haciendo encima no dejaba de vigilar los flancos y la trasera.
En el interminable itinerario hacia la liberación de su vejiga, pudo ver caras que le observaban. Decenas de rostros de facciones arriesgadas por confusas, que se movían de un sitio a otro. Vivas expresiones de tensión. Al acercarse a ellas, la luz del candil se empeñaba en exagerar sus perfiles grotescos sobre las paredes, imprimiendo a la caminata el carácter de alucinación. Luego se enteró de que lo que había tomado por apariciones espectrales, no eran sino esculturas antropomórficas hechas por el propio Mateo Peyrolet que, aparte de representante de productos químicos, también pertenecía al gremio de la creatividad indiscriminada, al igual que su padre. Para sorprenderles gratamente con los rendimientos de su arte, no se le había ocurrido otra idea que irlas colocando en lugares estratégicos de la casa, precisamente “para potenciar el carácter inquietante” de aquellas fisonomías difusas.
Llegaron por fin al retrete. La flamante taza, único y aislado elemento que se empeñaba a duras penas en definir por si mismo la condición de la estancia, parecía un trono. Elevada sobre una pequeña plataforma de obra, alicatada con viejas baldosas de barro recuperadas, y situada al fondo de la nave repleta de escombros y materiales de derribo, se erigió por unos instantes en el bastión de su defensa frente al enemigo. Subido a la minúscula elevación de carácter sanitario, se sintió un poco más seguro que a suelo raso. A la derecha del sitial, sobre la misma plataforma, había tres pozales de plástico llenos de agua procedente del lavado de la vajilla, dispuestos en el suelo para ser utilizados después de cada sesión. Y a la izquierda, en el muro y sobre un estante de madera apolillada a punto de deshacerse, los rollos de papel higiénico quedaban ligeramente fuera de alcance para la mano de un niño.
Separó los faldones de la chaqueta acolchada, se bajó el pantalón del pijama y se dispuso a soltar lastre. Papá Sebastián seguía en babia. Con el primer chorrillo, volvió a advertir la presencia de aquel viento sobrehumano que le había recibido a la llegada, unas horas antes. Le sopló puntualmente, al igual que entonces, en la cara y en las manos, aunque ahora lo hacía también sobre las partes recién descubiertas. Constatación de que, en aquel lugar, sí sucedían cosas insólitas. No estaba loco, pues, parecía evidente que en un local cerrado como ese pudiera soplar el viento, a no ser que fuera provocado de forma intencionada. Mal rollo. Y aún así, logró mantener una cierta calma. Hasta que algo tiró de la punta de su pene hacia delante, y acabó desfondándose por completo. Le temblaron las piernas. Quiso llorar, pero no pudo; de repente se había quedado mudo. Y papá, con aquella mueca de idiota, montado en una nube.
Toda vez que ese alguien le hubo abierto el grifo, el flujo amarillo comenzó a fluir de forma desordenada mojándole los muslos. Pero cesó de improviso el desbarajuste al cabo de unos segundos, comenzándose a formar una especie de incomprensibles bolsas de líquido en suspensión. Globos transparentes y brillantes, que, uno tras otro, fueron deshaciéndose como burbujas en el aire, yendo a parar la meada que contenían sobre las rodillas y sobre las ropas bajadas y los pies con zapatillas. Para completar la escena, la pinga empezó a meneársele sin ton ni son. Unas veces de izquierda a derecha, y otras estirándose hacia delante, para aplastársele seguidamente contra el pubis, en un movimiento de vaivén trastornado. De tal manera que no sabía qué le estaba sucediendo a su méntula. Acto seguido, el que no podía ser visto pasó a chuparle los dedos de las manos, que se le helaron al instante, completándose el recién iniciado ciclo de glaciación de todo el cuerpo. Inmovilizado, no era ya dueño de ninguno de sus actos. Transmitida de forma taxativa al cerebro la orden de vaciar el tanque, no pudo reaccionar en sentido contrario y acabó de desparramar el contenido de la vejiga. Salido del letargo momentáneamente, al percibir en el aire un cierto desvarío, papá Sebastián se limitó a preguntarle si había terminado de hacer sus necesidades, conduciéndole de vuelta a la habitación, en cuanto hubo obtenido la respuesta que esperaba oír.
El misterioso y, al mismo tiempo, original efecto absorbente del que había sido objeto su miembro, le recordó otra sensación muy similar: la que vivió junto a sus primos cuando se bañaron desnudos en el gran estanque de Banyalbufar, dos veranos antes. Los peces les succionaban por todo el cuerpo, dándoles la risa por tal motivo, no sin haber pasado antes por instantes de desasosiego, hasta que descubrieron que eran unos bichos totalmente inofensivos. Aquel día, su prima Elisa recordó haber oído en algún sitio que algunos animales se comían la piel marchita de los hombres. Uno de esos tácitos acuerdos simbióticos entre especies distintas: maravillas de la madre naturaleza. En la alberca los peces les permitían bañarse y, a cambio, se cobraban el valor del ticket de entrada y baño en especie, para ellos tan nutritiva. Pero muy al contrario de lo que sucedió en el estanque, lo del retrete de la rectoría no había sido en absoluto agradable, ni simpático, ni mucho menos gracioso.
Lo ves -le dijo su padre nada más hubieron llegado a la habitación-, este sitio es un remanso de tranquilidad; no tienes de qué preocuparte estando, como estás, tan bien acompañado. Puedes dormir tranquilo, que tu madre y yo velaremos para que todo continúe como hasta ahora.
¡Y una mierda!, pensó para sus adentros mientras intentaba a duras penas convencerse de la bondad de aquellas palabras ingenuas. ¿Otra vez imaginaciones?: ni hablar. Obviamente, se pasó el resto de la madrugada en vela, consecuente de que la situación era muy otra.
Entrado el día, le costó muchísimo salir del cuarto. La experiencia vivida, y la falta de sueño derivada de ella, no eran precisamente motivos de júbilo como para recibir a los rayos del sol con los brazos abiertos. A la vuelta del desayuno, sin embargo, le estaba esperando un auténtico paraíso natural, en donde podría dar rienda suelta a todas las fantasías que se había marcado como meta durante las semanas anteriores al viaje. Cruzó los dedos. Entretanto se decidía a salir de la cama, tuvo una intuición. Imaginó que, en cierto modo, los espíritus anclados en un lugar concreto debían de comportarse de forma muy similar a los animales domésticos que, con muy buen tino, procuran ignorar a quien les ignora positivamente, mientras que se ceban en aquellos que demuestran miedo en el cuerpo. El ejemplo más claro era el de su padre, que había pasado la noche más tranquila de su vida, mientras él se estaba debatiendo en mitad del delirio.
Diatribas a un lado, se vistió y bajó a desayunar con los demás. Almorzaron copiosamente; se les sugirió que así debían hacerlo, pues no iban a volver a probar bocado hasta bien entrada la tarde. Panza llena, salieron a rastrear los aledaños. Mateo se había empeñado en mostrarles todo lo relacionado con la parte trasera de la casa y el paisaje más inmediato, antes de iniciar la excursión propiamente dicha.
Al doblar la esquina del campanario, luego de haber flanqueado un diminuto, a la vez que sugestivo, bosquecillo de laureles, y de haber salvado con brío el terraplén que se forma en aquel recodo, con motivo de la acumulación de escombros procedentes de la obra, fueron a dar de bruces con el cementerio. Su primer alto en el recorrido de calentamiento; la etapa que Luis, aplicando de forma unilateral grandes dosis de inútil perseverancia psíquica, habría querido posponer indefinidamente. De todos modos, estaba cantado que si no era hoy, sería mañana que acabarían parando allí.
Para su satisfacción, descubrió que el camposanto y la casa no estaban realmente unidos. Cuestión fundamental. Los comentarios de la noche anterior durante la cena, y la imposibilidad de una comprobación ocular a esa hora, le habían conducido a una tesis tan errónea como alarmante. Que no se tocaran físicamente, de repente imprimió a su trastocado ánimo renovadas expectativas. Entre uno y otra existía un camino actualmente en desuso, que, según los Peyrolet, debía de haber sido utilizado en otros tiempos como acceso hasta la originaria puerta principal del edificio.
Convivir a todas horas con el cementerio y sus moradores, no suponía para los Peyrolet ninguna bendición especial del Cielo, como sí había supuesto en un principio Luis. Muy por el contrario, el hecho determinante de tener que compartir todo tipo de experiencias personales con extraños, no entraba deliberadamente dentro de sus planes generales. Y, si bien era cierto que hasta el momento no les había supuesto una preocupación crucial, pues tenían otras más acuciantes, como terminar la casa y sacar adelante el negocio de representación del que a duras penas subsistían, lo cierto era que se habían propuesto desde hacía muchos años quitarse de encima aquella espina clavada. Se lo hizo saber a papá Sebastián en un alto, después de que éste bromeara a propósito del tema. A partir de aquel instante, el niño dejó de mirar a esa gente como a excéntricos. Comprendió con soltura que cualquiera en su lugar habría tenido que actuar de la misma forma, con paciencia y buen humor, cuando lo primordial era sacar adelante aquella magnífica propiedad.
Con esa finalidad habían iniciado hacía tiempo una serie de gestiones con la administración y el obispado de Gerona, de quien dependía el cementerio, encaminadas a conseguir su traslado a otro lugar. Incluso estaban dispuestos a ceder una parcela limítrofe de su propio terreno, con tal de que pudiera llevarse a cabo la operación. Pero el asunto se les estaba planteando harto complicado, por no decir que imposible. Burocracia y más burocracia: el subterfugio de las autoridades para enmascarar sus pocas ganas de remover tierra santa. Tierra sin beneficio porcentual, evidentemente. Tanto era así, que hasta la fecha no habían conseguido todavía sentar a las partes implicadas a la mesa de negociación. Les iban pasando con canciones, a ver si aquella gente de fuera se agotaba durante los prolegómenos.
Como consecuencia del abandono, el complejo funerario ofrecía un panorama desolador. La mayoría de las tumbas habían sido profanadas por la acción del tiempo... y de las obras en la rectoría, que se estaban eternizando debido a la escasez de saldo para afrontarlas con dinamismo. Según recalcó Mateo durante el paseo, el último enterramiento –el de los hermanos Colubí, recordemos- se había producido unos cincuenta años atrás al otro lado de la tapia sur. A partir de ahí, nadie se había vuelto a ocupar del mantenimiento del recinto. Luis se dio cuenta rápidamente de que aquel no era un cementerio muy ortodoxo, que digamos. Descuido aparte, se veía a la legua que, desde un principio, no habían invertido en él ni dinero ni buenas maneras. Ni tan siquiera imaginación, que es lo último que debe dejar de aplicarse cuando falta lo esencial. Por comparación con los otros dos cementerios que conocía, el de Castellar se le antojaba especialmente primitivo. De cutre lo hubiera calificado, si le hubieran pedido su opinión al respecto. Sin duda conformado a través de los siglos por gente voluntariosa, llamaba poderosamente la atención por lo rudo de sus acabados. Los nombres de los difuntos, y las fechas de sus muertes, aparecían escritos de cualquier manera sobre el cemento o el yeso en su día frescos; torcidos en unos casos, y en otros -o en ambos casos a la vez- amputados en el límite de la superficie, fruto de una mala planificación a la hora de escribirlos. La mayoría habían sido trazados con palos, o incluso con los dedos. Sólo había una tumba que cumpliera los mínimos requisitos para ser considerada como aceptable, aunque tampoco en exceso. Poseía una lápida de mármol, la única lápida en todo el recinto, aunque grabada sin duda también por un inútil. La escritura, en ese caso particular, mostraba hasta cuatro parches, encajados sobre el material base con muy poca gracia después de sendas equivocaciones, prueba de que el cincelador desconocía aquel oficio santo.
Los nichos estaban ordenados por números. Todos del mismo tamaño e igualmente mal grabados sobre placas ovaladas de piedra blanca, de unos cinco centímetros de alto por ocho o diez de ancho.
Absorto, el padre de la criatura comenzó a palparlas con las yemas de los dedos, llegándose a olvidar por unos instantes de dónde estaba y de que no estaba solo. Era muy normal en él quedarse prendado de todo aquello en apariencia sin valor. Peyrolet alzó la voz jocosamente en tono solemne, para declarar que iba a hacerle entrega de un obsequio a papá Sebastián: “la número diez y la número ocho son para ti, mientras que la tres, la cuatro, la doce y la veintidós irán a parar a mi bolsillo, que para eso soy el jefe aquí”. Nunca antes había reparado en aquellas placas de mármol hasta ese día. El acto solidario del anfitrión consiguió devolver a Sebastián al tradicional mundo de los paseantes.
Los números saltaban de la pared con mucha facilidad. Con tirar suavemente de ellos hacia fuera, se desprendían del cemento ajado. En el hueco resultante, aparecían unos bichos negros. Luis hizo referencia a que podían ser los mismos que se habían zampado a los muertos, aunque la acotación ilustrada de su padre le sacó rápidamente de dudas: “Estos animalitos son sanantonios -le dijo, al verle de nuevo con el rostro alterado-, que, al no encontrar oposición en los materiales de la pared, han ido conformando sus hogares ahí mismo, detrás de las placas”.
A ser arrancado el número ocho el suelo tembló. Y con suelo se agitaron ellos, las tumbas y también el campanario de la pequeña iglesia adosada a la rectoría. Del susto, papá Sebastián dio un salto en retirada. A Luis se le pasó inmediatamente por la cabeza que no iban a salir indemnes de aquel fin de semana montañoso. ¿Qué podía esperarse de un paraje en donde sucedían las cosas más impredecibles, por muy poético y entrañable que pudiera parecerles a todos los demás?
El amigo intentó tranquilizarles explicando que solían ser muy comunes los terremotos de baja intensidad en la comarca de Olot. Muy cierto: la Garrotxa es tierra de volcanes adormecidos a los que, de vez en cuando, les da por bostezar. Les señaló unas grietas en la fachada de la casa, a fin de corroborar su discurso. La grieta de la cocina, sin ir más lejos, aquella que dibujaba una línea profunda justo por encima del dintel de la ventana, se había producido a consecuencia de uno de esos temblores, hacía tan sólo unos meses.
Haciendo caso omiso de los comentarios propicios, Luis se empeñó en relacionar la sacudida con la presencia de su difusa custodia, atribuyéndole en última instancia toda la responsabilidad de lo sucedido. Se angustió una vez más, al tiempo que otra convulsión terrena le ponía de nuevo en guardia. Si bien resultó físicamente algo más llevadera que la anterior, no lo fue tanto –para él- el hecho de que sus efectos se circunscribieran única y exclusivamente dentro de las estrictas coordenadas del nicho número ocho. Ni un paso más, ni un paso menos.
Como se había establecido por costumbre desde que llegaron, sus acompañantes parecieron no darse cuenta de aquel detalle crucial. Fijaron la vista, eso sí, unas décimas de segundo sobre la tumba que tenían enfrente de sus narices, y continuaron hablando como si nada. Sólo él continuaba siendo plenamente consciente de lo delicado de la situación, porque allí sí estaba pasando algo. “Hubiera sido mucho mejor no haber venido…”, se flagelaba sin cesar.
En el desconcierto general de su locura momentánea, aquél, al que bautizó de forma instantánea como El número ocho, fue a colársele por la base de los pantalones. Le subió por la pernera derecha y fue a instalársele en el interior de los calzoncillos. Al calor de la más sagrada intimidad, le estuvo mordisqueando las partes blandas; le daba tironcitos de la punta del capullo, y del vello ligero del escroto, al igual que lo había hecho ya la noche anterior en el sótano. Quiso imaginar que se trataba del espíritu de un niño con ganas de jugar; uno de aquellos niños a los que se había aludido en sombría conversación noctámbula, pero confirmar aquel detalle no le fue posible en ningún momento.
Menea que te menea bajo la ropa, se tapó la bragueta con las manos en un acto reflejo sin precedentes, mezcla a partes iguales de pavor y decoro. Por nada del mundo hubiera dejado que los dos hombres fueran testigos de lo que estaba aconteciendo al otro lado de su cremallera. ¿Cómo explicarles...?
Entre las tumbas del suelo había todo tipo de materiales de derribo en las peores condiciones: tejas rotas, vigas podridas, planchas oxidadas, ferralla, muebles para hacer leña… Intentó distraerse con todo aquello, contando y descontando piezas, y también con el canto de los pájaros.
Mientras tanto, una especie de escozor salpicado de temblorcillos no dejaba de incordiarle allá en esas partes. Se rascaba a duras penas, para no destapar sospechas. Pero al verle en postura inquieta y perseverante, su padre le preguntaba cada vez que qué le sucedía. Le contestaba Luis que nada, que todo iba bien, y que tenía las manos sobre la bragueta como las podía tener en cualquier otra parte del cuerpo. Papá Sebastián arqueaba las cejas dibujando un gesto de extrañeza, y continuaban el recorrido que Peyrolet les iba trazando sobre la marcha.
Caminó de aquella suerte por espacio de unos diez minutos, hasta que el bicho debió de cansarse y le dejó por fin tranquilo.
Invitados por un vecino de nacionalidad belga, fueron a la mañana siguiente a montar a caballo por las montañas de alrededor, y hasta allí le siguió El número ocho. No bien estaba a punto de subirse al animal, cuando notó por segunda vez la manifestación de aquella protuberancia dentro de los pantalones. Doblemente mortificador, su recorrido en plena naturaleza resultó un martirio. Desconcertado tanto por la torpeza como por brusquedad de los movimientos del chaval, el belga tuvo que bajarse varias veces del caballo para comprobar si tenía la silla mal colocada, o si algún desperfecto en ella pudiera estar ocasionándole aquellas molestias en las ingles. Lógicamente, no hallaba nada extraño en los accesorios de cuero. Se sonreían mutuamente cada vez, y el caballista regresaba a su montura con la extraña sensación de que dejaba algo por resolver.
“Quizá sea debido a que es la primera vez que se monta en un caballo”, se apresuraron a comentarle los padres al anfitrión de la montada, un tanto avergonzados por los incesantes desvelos de aquel señor.
Cuando iban en el coche de los Peyrolet -lo tomaron en varias ocasiones, para hacer las rutas más largas-, sucedía tres cuartos de lo mismo. Tampoco le dejaba en paz aquella rémora. A partir de la segunda noche, se atrevió incluso a introducirse en la cama que Luis compartía con sus padres. Ellos no entendían qué le estaba sucediendo al hijo, pues los movimientos derivados de aquella unión de hecho no eran ni mucho menos similares a los de una vejiga constreñida que está pidiendo libertad de acción. Le atosigaban a preguntas, pues, mientras él no paraba de moverme como un hechizado. Preguntas a las que se veía obligado a replicar con peteneras y subterfugios. Cansados de tener que soportar aquel comportamiento abstruso por su parte, la tercera vigilia le obligaron a desnudarme a la luz del candil. ¡Estoy segura de que tiene lombrices!, argumentó su madre, creyendo haber dado con el problema. Sin embargo, sus males no eran de aquel mundo.
Paso a paso y a fuerza de embates, fue perdiéndole el miedo a la compañía. Se acostumbró a sus maneras chocantes, como el que se acostumbra a dormir en suelo pedregoso, o sobre un lecho de espinas, y acaba por dejar de sentir las incomodidades derivadas de una situación poco común.
Así, entre el uno y el otro, Luisito por desgaste, y aquél por sentirse cada vez más soberano en su medio, fueron perfeccionando el mecanismo de la extraña relación que los había unido en fin de semana.