3.2.08

·· Piedras

Paco Martín, además de trabajar la piedra, la ama y, sobre todo, la entiende. Le vino impuesta por imperativos de familia desde la más tierna infancia, y con el advenimiento de la razón tuvo que aprender a tomarle el pulso. Hoy día es un perfecto conocedor de los valores intemporales que encierra la materia mineral, y un genio intuitivo, un fuera de serie, en el arte del pico lento. Es por ello que, con cada uno de sus golpes de muñeca, descarga toda la sabiduría de la historia en el preciso instante del impacto. Su concepto del tiempo, vector importantísimo en los entresijos de la edificación, se aleja sustancialmente del nuestro. No es de extrañar, pues, que en los últimos dos años todo su trabajo haya consistido en levantar un solo muro de cincuenta metros de largo por dos de alto.
Nadie más que un loco apasionado por los proyectos sin final aparente, como don Bernardo Debades, hubiera sido capaz de contratar a Paco para levantar ese pequeño templo lineal que, si Dios quiere, circundará algún día su nuevo dominio en las afueras de la ciudad. Este empresario, incluso con el agobio al que se ve sometido diariamente, debido al mal rumbo que llevan sus negocios desde no se sabe cuando, ha decidido unirse al picapedrero para crear junto a él, contra natura, este nuevo monumento a la pureza estricta. "Un poco más de ruina material -argumenta Debades- ya no importa. Especialmente, cuando la finalidad última de acciones humanas, como la que acabamos de emprender, no es otra que la de confortar nuestro espíritu en mitad de este mar de mierda".
Todos los días, el señor Debades, heredero directo de los limpios preceptos del Renacimiento italiano, abandona sus muchos quebraderos de cabeza para visitar la obra y, por consiguiente, a su amigo el cantero. Comentan los pormenores, y en más de una ocasión discuten sobre lo construido, y también sobre lo que queda pendiente y de cómo pueden abordarlo con expectativas. Planean cuidadosamente los posibles cambios, y solucionan todo tipo de problemas, en apariencia irresolubles, incluso antes de que aparezcan. Escogen los materiales que luego utilizarán y, por supuesto, tienen en cuenta las posibilidades que ofrece cada piedra en relación al lugar que ocupará en esa pared. Son habituales encuentros en los que el azar y la necesidad aúnan esfuerzos con el único objetivo de preparar algo tan simple como el inmediato mañana.
Contrariamente a lo que pueda pensarse, estos dos hombres no se encuentran solos en esto de la piedra sentida. La voz se ha ido corriendo, y un creciente número de personas -todavía inconexas- acuden en romerías privadas a contemplar el monumento, desde los más diversos rincones de la isla. Son creyentes silenciosos, adictos seguidores del sexto sentido pétreo, devotos de cualquier proceso ético que pueda contravenir las burdas conspiraciones comerciales que hoy día motivan a nuestro género. Son gente de todas las condiciones y extractos sociales, gente desengañada de un presente que les ha traicionado por uno u otro motivo, pero que todavía conservan la suficiente energía para rastrear cualquier indicio de claridad.
Sin ir más lejos, un camionero recorre 140 kilómetros todos los fines de semana, acompañado de su esposa y de sus dos hijas, para contemplar la viva y cálida materialización de esta realidad, cimentada en la meditación responsable. Nunca se manifiestan, permanecen en pie por espacio una o dos horas, en silencio frente a lo construido, y luego desaparecen con el espíritu renovado.
Esperanza es otro ejemplo digno de mención. Mujer elegante donde las haya, con un estilo y una clase fuera de toda duda, cuñada de un alto financiero de este país y clienta potencial para los negocios de Don Bernardo, acaba de caer también en las redes de este nuevo peregrinaje interior. Hace un mes, por invitación de éste, visitó la pared. El hombre quería cerciorarse, antes de seguir adelante con las transacciones que tenían apalabradas, de que ella no entraría a comerciar por puro y simple dinero. Lo cierto es que la visita dio sus frutos, a la mujer le bastó con ver la pared una sola vez, para sentir lo mismo que aquellos dos hombres. Se convirtió al instante a la religión lítica, y desde entonces visita todos los días el altar mayor, que tanto la reconforta. Tanto es así, que el rumbo de su actuación personal ha cambiado por completo; y se ha jurado solemnemente a sí misma no obrar nunca más por pura mecánica, sino plantearse los negocios y la vida de otro modo.
Pero no todo es un campo de rosas en el otro negocio de la metafísica. Resulta que en los últimos meses la pared no progresaba como debía; para ser exactos, se iba inclinando con el paso de los días hacia el lado de la casa, al tiempo que la conducta del albañil se hacía cada vez más distante y difícil. Por lo que el señor Debades decidió tomar cartas en el asunto, antes de que las cosas pudieran degenerar en una calamidad. Una mañana, sin pensárselo más, cogió al amigo y empleado y le atajó con estas palabras:
- Te noto raro Paco; no eres el Paco que yo conozco.
Estas palabras fueron más que suficientes para que la tormenta se desatara. El desdichado irrumpió en lágrimas y le contó a su patrón lo que le sucedía.
- Hace semanas que no duermo bien, don Bernardo. Se me repite cada noche una pesadilla en la que un atajo de cabrones, a los que no puedo reconocer, viene por las noches y destruye todo mi trabajo del día anterior. Y así, un día y otro día. También sueño que la propia pared se mueve de sitio, y que crece y se reduce sin parar, supongo que para hacerme la puñeta. Y eso no es todo, porque además parece como si las piedras hubieran tomado la iniciativa y ya no rompieran por donde deben, según las normas que dicta su propia naturaleza. Tengo la impresión de llevar siglos metido en esta locura y, la verdad, no puedo soportarlo más. Estoy acabado; no sé por donde tirar.
Don Bernardo se lo temía y las revelaciones de aquel hombre no le sorprendieron. De esta forma, atajando el problema de raíz, contrató rápidamente los servicios de un psiquiatra, para enderezar de nuevo su pared. Según observó el doctor, a Paco no le sucedía nada grave, solamente que su cerebro había entrado en un torpe bucle de repetición cansina, del que -dijo- no sería difícil sacarle. Y así ocurrió, que, a las dos semanas y media de tratamiento, el propio afectado dejó de acudir a la consulta, argumentando que "perder el tiempo con médicos que hablan tanto es una gilipollez para gente rica".

·· Vacances

La cena resultó un éxito. Los invitados quedaron encantados, nos lo hicieron saber cuando se iban. Acabábamos de mudarnos de domicilio hacía muy poco, y les habíamos invitado a casa para mostrársela.
Él es músico exigente y ella mujer que baila. De forma que la música, bajo ningún motivo, debía pasar a ser aquella noche objeto de controversia. Todo lo contrario: pasar desapercibida, aún siendo protagonista. Un verdadero pequeño reto. Dicen algunos que, al escribir, el lenguaje que se utiliza no debe primar jamás sobre lo escrito. Pues bien, valga ese paralelismo: lo que habíamos estado buscando Rosa y yo era crear -musicalmente- un ambiente distendido, no exento de profunda brillantez. De ahí que nos esmerásemos en ofrecerles subrepticiamente un conjunto de melodías no estridentes y de sobrada categoría.
A media noche, el sueño profundo, tres o cuatro horas más tarde de habernos acostado, creí estar oyendo entre nebulosas el último disco que sonó durante la reunión. Me juré a mi mismo en sueños que había apagado el equipo. Saxofón y piano. Vacances, en francés, se titulaba. Se titula. Deliré que pensaba, mientras los temas de aquel disco se iban sucediendo una y otra vez: no sé si habremos hecho bien en ponerles esa música interpretada por ibicencos. (Ella es de Ibiza: aclarado.) Damase, Debussy, Luypaerts, Eugéne Bozza... sonaban a través de la ensalada mil delicias y el bacalao con huevo duro. Me entró entonces un no sé qué en el estómago, propio de las situaciones sin explicación aparente. ¿Música soñada o música real?: un escalofrío vino a sacudir mi cuerpo de norte a sur.
Imaginé que, de repente, saltaba de la cama y echaba a correr escaleras abajo. En el salón, sentado en el sofá, fumando y bebiendo a sus anchas, me topaba con un personaje extraño y, a primera vista, poco de fiar. Me sonaba de algo aquel tipo. Enmarañada sonrisa. Desaliñado. Mirada maléfica y extraviada. Como ido. Un tipo por otra parte muy familiar, al que acabé de identificar por completo cuando me deslizaba por encima de los dos últimos peldaños. Era Jack; el señor Jack Torrance, el protagonista de El Resplandor. (Ríos de sangre. Pasillos aterradores. Laberinto congelado. Hachazos definitivos. Carreras. Apariciones...) Un espécimen como para salir huyendo a marchas forzadas del lugar. Un segundo escalofrío se materializó entre las sábanas, nada más darme cuenta de lo que se me venía encima. Me quedé inmóvil intentando rebobinar la última grabación de mi cerebro, a la espera de un cambio drástico en el devenir de las cosas. No era posible que aquello que estaba viviendo fuese cierto. Desperté. Todo estaba en regla, como de costumbre.
El perro roncaba en la forma que acostumbra a hacerlo: como un viejo cascado, aún siendo cachorro. Lo que, en lugar de tranquilizarme, me dio todavía más qué temer. La música fluía, de hecho. De ahí que no me quedara otro remedio que bajar a investigar qué había podido suceder, o qué estaba sucediendo en realidad en la planta baja. Encontrarme, esta vez sin prisas, cara a cara con...
Pero en el salón no había nadie ni nada extraño, salvo música interpretada por ibicencos: Vacances, en francés: saxofón y piano.
Automáticamente, me puse a hacer una serie de comprobaciones domésticas. Las mismas que llevo a cabo todas las noches antes de retirarme a la habitación; las que había hecho ya horas atrás. Todo correcto. Luego apagué el equipo. Por si las moscas, desconecté también el enchufe de la pared. Y enfilé la escalera de regreso a la cama. Escalón a escalón, algo más sereno, me preguntaba qué había podido suceder para que el amplificador y el reproductor de compactos se pusieran solos en funcionamiento en plena madrugada. Qué me había hecho llegar hasta ese sueño, gracias a Dios no ejecutado por completo. Pequeños misterios sin resolver.
Al pasar por el rellano intermedio, donde la escalera tuerce a la derecha, antes de encarar el segundo tramo, la alarma del edificio sonó un instante. Me electricé. La cabeza comenzó a hervirme. El miedo se volvió a apoderar de mí. Sin embargo, no tuve dudas al respecto: el sistema de alarma no estaba activado. Lo último que había hecho antes de irme a dormir, después de que se hubieran ido los invitados, fue dar un último vistazo al teclado, justo en la base de la escalera. Efectivamente, nunca conectamos la alarma cuando permanecemos en el interior de la vivienda. Sería una locura comenzar a oír los estridentes pitidos en plena noche, cada vez que uno u otro se levanta para ir al baño o para beber un trago de agua. Carreras. Intento sincopado de desconexión del dispositivo. Posibilidad de romperse la crisma. Fallo en la desconexión. El teléfono que suena a los pocos segundos. La contraseña, por favor. “Carrito”, le contesto. Lo siento, no puedo aceptársela; tendremos que pasar a.... ¿Carrete?; ¿carrizo?; ¿correa? Ni hablar, señor. Disculpe, en este momento no me acuerdo de la maldita contraseña. ¡La contraseña... o damos aviso a la policía! ¡Carreta, sí, carreta! Afirmativo; que pase usted una buena noche. El sobresalto.
Espadas en alto, los nervios a flor de piel, no quise dar por sentado que en una casa recién estrenada pudieran habitar desdichas de ningún tipo. De modo que continué mi camino hacia la cama intentando apaciguarme. Ya en ella, sin música, me dispuse a conciliar un nuevo sueño.

·· Tía María

Aproximadamente cada quince o veinte días subíamos al pueblo para ver a los familiares; de entre toda esa gente entrañable, jamás olvidábamos por supuesto visitar a la que todos los parientes y amigos llamábamos cariñosamente "la tía rica". Apodo que nunca llegué a entender, pues, en apariencia, la mujer vivía de forma más que modesta. Jamás fui capaz de adivinar en ella el menor signo de ostentación, exceptuando sus ciento cuarenta y pico kilos de peso, que a nadie pasaban desapercibidos. Y lo que es más cierto todavía: no olimos un duro ni antes ni después de su muerte.
El último recuerdo vivo que tengo de ella coincidió con un acontecimiento muy especial. Aquel día llegamos a la población con una alegría desbordada. Ibamos a mostrar nuestra nueva adquisición. Mi padre acababa de comprarse un pequeño utilitario, después de que hubiéramos pasado las mil y una peripecias a lomos de varias motocicletas con sidecar. Queríamos hacer partícipes de aquella dicha a los nuestros. El ingenio mecánico en cuestión era el último avance de la tecnología mediterránea, y con él acabábamos de entrar de forma instantánea en la nueva era de las comodidades. Por lo que había que predicarlo a los cuatro vientos, supongo. De todas aquellas personas a las que llevamos a probar el invento, mi tía “rica” fue la única que no disfrutó con el paseo. La recuerdo sudorosa, agarrada a la manecilla del salpicadero con las dos manos, con el bolso entre las rodillas, y suplicando en voz alta. ¡Por favor, Sebastián, no corras que acabaremos en el hospital! No era para menos, la velocidad punta que alcanzamos aquella tarde rozó los sesenta kilómetros por hora. Toda una prueba evidente de las grandes posibilidades de aquel cochecito con cuatro ruedas, dos puertas, una baca y un volante de serie.
Si la memoria no me falla, a las pocas semanas de aquello, y sin que hubiera tenido el paseo en coche nada que ver en el trágico desenlace, ella nos dejó para siempre. Mis padres se empeñaron en llevarme a la casa mortuoria para que la viera por última vez, pero me negué tajantemente. La angustiosa idea de tenerme que enfrentar a un cadáver tan grande, a tan poca distancia y en la misma habitación, me aterraba. De modo que les propuse un trato: Yo les esperaba en el coche el tiempo que hiciera falta, y más tarde les acompañaría al entierro, como un mal menor. Ir al camposanto tampoco me parecía un regalo del Cielo pero, al menos allí, los muertos no estaban a la vista, que ya era mucho terreno ganado al pánico.
La tumba estaba ya abierta cuando llegamos, y el profundo agujero negro que se abría en el suelo me produjo una gran conmoción. Rezamos todos juntos y en voz alta; luego, el sacerdote salpicó el ataúd y dio paso al entierro. Los operarios municipales, mal vestidos e irrespetuosos con el pesar de la familia, como suele ser costumbre en ellos -según pude constatar a medida que me fui haciendo mayor-, comenzaron su faena. Y la que tenía que ser una sencilla y rutinaria operación de abrir, dejar a la muerta dentro y sellar la lápida, acabó convirtiéndose en una larga y complicada chapuza rural con algunos toques de terror agridulce.
Debido al perímetro del cuerpo y al volumen derivado de aquella realidad ahora inerte, mi tía había necesitado de un baúl especial, claramente incompatible con las medidas de la boca de acceso. Cuando fueron a levantar el féretro, aquellos hombres no pudieron con él, y nos pidieron ayuda a los que estábamos presentes; a los mayores. Varios de mis tíos paternos se ofrecieron solícitos para echar una mano, haciendo constar empero, que no sería ninguno de ellos quién se metiera bajo tierra para maniobrar la caja desde el interior de la sepultura. Y así se hizo, según la voluntad de los que querían ayudar. Pero los problemas continuaron. Después de varios intentos infructuosos por meterla en el lugar que le correspondía, hubo que montar un improvisado andamio para poder maniobrar desde arriba aquel extraordinario peso muerto. Habiéndose tomado un respiro, después de un animado cónclave en el que todos aportaron ideas, se optó por abrir la caja y entrar la base con el cuerpo primero, y la tapa en segundo lugar. Le ataron dos cabos al cuerpo, uno a la altura del pecho y otro sobre sus muslos, uniendo de esta forma continente y contenido, para obtener un conjunto uniforme, mucho más fácil de manejar.
Pero, ¡qué horror!, la muerta apareció de repente ante nosotros, majestuosa, como una momia recubierta por una fina capa de cera verdosa. Al verla tan cambiada, mis piernas cambiaron súbitamente la rigidez del hueso por la flexibilidad de la goma; y mi madre, intentando darme ánimos para que pudiera superar aquella prueba de madurez, me repetía una y otra vez que “los muertos, muertos están”. De aquella forma tan rocambolesca pudieron poner el bulto de pie, sin temor a que se les viniera encima la pesada mole que contenía. Seguidamente iniciaron la maniobra de descenso pero, en el momento en que hicieron efectiva la posición vertical, la cabeza de mi tía se inclinó bruscamente hacia delante y la boca se le abrió de par en par, para soltar un eructo atronador, que nos dejó –creo que a todos- sin respiración. El sonido helado, y la peste a masa descompuesta, puso en retirada, entre vómitos y gritos de histeria colectiva, a todo el cortejo fúnebre.
Yo me quedé inmóvil delante de ella, de una sola pieza. Petrificado. Me despedí de este mundo, dándolo todo por perdido, y cerré los ojos esperando aquel bocado en el cuello, que me llevaría definitivamente al otro lado con ella.

·· Y luego dicen que la escultura es cara

Parafraseando a Joaquín Sorolla, cuando describía pictóricamente el esfuerzo y el drama de la pesca a principios de siglo en su querida Valencia, quisiera titular hoy a estas líneas de una forma tan ilustrada como esta: Y LUEGO DICEN QUE LA ESCULTURA ES CARA... Pintura y sacrificio bajo el imperativo de los colores; en el caso que nos ocupa, escultura y padecimiento. Temas complementarios y sustantivos, que han dado mucho que hablar a lo largo y ancho de la historia del arte. Y para contribuir a este legado en permanente proceso de desarrollo, quisiera dejar constancia de mi última experiencia en este campo. Sucedió el pasado verano cuando trabajaba en la pieza Busto observando la calle.

Mi relación con el mundo de los volúmenes ha sido siempre muy especial. Me considero escultor, entre otros tantos oficios, pero no deseo establecerme en él por muchas y muy diversas razones. Tampoco lo hago en los otros, precisamente porque me sacude el pánico cada vez que se me aparece el fantasma de las ocupaciones esclavas, y muy concretamente cuando se trata de asuntos pesados. Lo mío es el taller mental sin limitaciones. Por tal motivo, y porque lo de picar rocas y cortar metales es labor del todo sucia y engorrosa, cada vez que siento la llamada de la piedra, en lugar de recluirme entre las doce paredes de mi estudio, como sería normal, no se muy bien porqué ni cómo, pero lo cierto es que salgo a la calle y me instalo donde sea menos en casa. A pie de obra o de algarrobo o al amparo de algún muro acogedor. Debo suponer que hasta la fecha ha sido cosa de la casualidad, aunque también podría achacarlo a los devaneos de mi mente en constante expansión; y como última posibilidad, con la que no me siento en absoluto cómodo, no estaría de más admitir que puede existir un cierto exhibicionismo por mi parte en este terreno. En fin, sea como fuere, en aquella ocasión me instalé una vez más en la calle, en un solar que hace esquina y a la vista de todos. Un lugar próximo, que me ofrecía la no poco despreciable posibilidad de tomar la corriente eléctrica de la terraza de mis primos Marilén y Juan.
A una hora prudente de cada mañana, por no atormentar todavía más a los vecinos, salía dispuesto a comerme aquellos pedruscos y, por simpatía, el mundo. Arrastrando mi flamante carrito, recién construido con maderas de desecho, y cargado de artilugios para cortar y dar golpes fuertes y también suaves, me dirigía al taller improvisado con la intención ambulante de montar la parada diaria. Un cortísimo recorrido que, no obstante, me servía para repasar ideas en unos casos, y para acabar de darles forma en otros; ciento veinticinco metros de alegría contenida, que se desataba como una tormenta con la tensión liberadora de los primeros martillazos. Picar piedra, amigos y amigas que no lo hayáis probado nunca, es algo muy grande; inmenso, intenso, desproporcionado, extraordinariamente difícil de explicar con palabras acordadas. De esta forma, al llegar al matorral esparcía mis cachibaches por el suelo y me ponía a trabajar, totalmente absorto y ceñido a la materia. Algunos curiosos se acercaban para comentarme sus impresiones sobre lo que iban viendo; otros me hablaban desde el asfalto, sin atreverse a cruzar la frontera de mi intimidad; aunque la mayoría hacía sus propios comentarios desde lejos, sin que yo pudiera llegarlos a captar. Muchos, los que más, por supuesto me ignoraban, como pasa con todo. Bien que hacían.
En una de esas jornadas interminables, pulimentando la pieza en cuestión, perdí el cuidado de mis ropas holgadas, volcado en la frenética actividad de mi nueva maquinaria, y los acontecimientos se precipitaron. Once mil revoluciones por minuto, que se llevaron por delante todo lo que estaba a su alcance. Atrapó camisa, camiseta, calzoncillo, cinturón y pantalones, y también mis atributos de masculinidad. Como lo oís, me acababa de pillar, engullidos entre los estrujados pliegues de la ropa, el pene y también los huevos. Un suplicio que se alargó una eternidad, y del que no sabía como salir ni tampoco podía. Eran las tres menos cuarto de la tarde, pleno mediodía mediterráneo, y por añadidura la calle estaba desierta. Todo el mundo andaba en casa dedicado a las tareas propias de la hora, así que tuve que apañármelas completamente solo para salir de aquel atolladero sin aparente solución. No podía gritar debido al constreñimiento de la situación, y, por otra parte, no me quedaba más remedio que actuar de forma inmediata, sino quería terminar en la crónica de sucesos de algún periódico local. ¿Pero cómo?, el mecanismo continuaba agitándose con una virulencia inusitada; se movía, vibraba y zumbaba y yo no encontraba la forma de agarrarlo por ningún lado. El interruptor había quedado oculto entre el amasijo de las ropas, y no había forma de pararlo. La única solución viable pasaba por hacerme con la conexión, que estaba a ras de suelo, a unos dos metros y medio de mi posición, y desenchufar de una vez por todas el maldito ingenio mecánico. Pero, ¿cómo agacharme, con aquel torbellino de malas intenciones entre las piernas? Si doblaba el cuerpo, iba a exponer también mi vientre a los embates, y a agudizar aún más si cabía el sufrimiento de mis partes blandas: no las tenía todas conmigo a la hora de conservar la integridad. Pasaban los minutos, hasta que se me ocurrió desligar los enchufes a patadas, pero éstos no colaboraron; y cuanto más hacía yo por separarlos, menos parecían estar por la labor. Después de mucho intentarlo, se soltaron, y pude respirar profundamente por un instante.
Pasado el primer sobresalto, fui consciente por fin del desastre que podía estar gestándose en el interior de mi bragueta. Me bajé los pantalones, y descubrí con espanto que un desbaratado mosaico, compuesto en apariencia por las más variadas lesiones, había pasado a ocupar la total superficie de mi geografía reproductiva y sus aledaños. Lejos de entretenerme a contemplar y a contabilizar los sanguinolentos detalles, arrastrado psicológica y emocionalmente por las evidencias, tuve la desagradable visión de haber pasado a formar parte de la corte de los milagros. Con el nudo en la garganta, convertido pues en minusválido de nuevo cuño, me subí la ropa a toda prisa y encarrilé los pasos a casa, con la intención de ducharme y de tomar un respiro; de aclarar las ideas. Algo más relajado, decidiría qué hacer y a donde acudir para conocer de buena fuente el alcance de las heridas. De camino hacia la ducha, recordé de súbito que tenía un invitado muy especial a comer ese día y que estaba a punto de llegar. Mis males se multiplicaron entonces por docenas, pues el negocio que tenía entre manos con esa persona podría irse al traste, si verdaderamente lo mío era tan grave como en principio se me antojaba que podía ser. Por un lado necesitaba todo el tiempo del mundo para concretar con él ciertos aspectos de nuestro proyecto común de futuro y, por otro, como era lógico, no podía perder ese mismo tiempo en asuntos que nada tuvieran que ver con la salud, que en aquellas desdichadas circunstancias había pasado a ser, en cuestión de media hora, lo más importante de mi vida. Por razones obvias, en cuanto el convidado hizo su aparición por la puerta, no tuve más remedio que hacerle partícipe de mis repentinas preocupaciones. El profesor, después de echarme una ojeada, me tranquilizó al darme su opinión neófita, asegurándome que todo aquel berenjenal era puro fuego de artificio, apariencia superficial, aunque muy aparatoso externamente.
Resultó como él decía, que las inflamaciones fueron remitiendo a las pocas horas y las laceraciones desaparecieron milagrosamente a los pocos días del accidente. Así, sin necesidad de cuidados especiales, cada una de las partes recobró su aspecto original y retomó el pulso de sus funciones ancestrales. Y aún dicen que la escultura es cara.

·· Observador abstracto

Cualquier rincón es bueno, cualquier fracción idónea. El gran conjunto de las situaciones es el mejor banco de experimentación para un observador. Lo abarca todo; cualquier cosa o carne acaba, en un momento u otro, en su red inteligente. Solamente escapan a él, aunque de forma inconsciente, los ignorantes.
La profesión de observador abstracto es inusual, poco conocida; aunque pueden acceder a ella todos aquellos que, sin llegar a entender ni conocer, y más por su innata lucidez que por predisposición voluntarista, logran avistar algún indicio de la materia sensitiva. Los planteamientos en este campo son siempre laboriosos, enérgicos, y también implacables. La ejecución del trabajo, no obstante, mediante una adecuada preparación, resultará suave y distendida.
El observador abstracto es eficaz por naturaleza; tanto en lo que respecta a la acción derivada de la propia observación, como en el archivo, cómputo y combinación de los datos que ésta aporta. Su genuina capacidad para intervenir en todo tipo de procesos, ya sea para variar su trayectoria, ya sea para enriquecer algunos de sus componentes, es ilimitada. En consecuencia, su medida es la medida de sus propias intenciones. Como fluido singular de un contenedor que también lo es, posee la potencia y el ímpetu necesarios para recorrer cualquier distancia fuera de sus límites, llevar a cabo las misiones que se traza constantemente, y replegarse en sí mismo, un a vez contrastados los resultados en el programa motriz. Es un tipo tremendamente agudo, y muy perseverante. Una extraña mezcla, a partes iguales, de cariño y mala hostia ilógica. Sus maneras no son del todo razonables; no da cuenta de esquemas ni de pautas adscritas a convenciones humanas. Eso sí, actúa sin violencia. Se mueve por impulsos aparentemente ciegos, y sus prerrogativas energéticas son las mismas que rigen las todavía desconocidas leyes del universo. Cambia de programación a voluntad, de escenarios y de protagonistas; pero jamás su precepto vital. Se adapta a cualquier situación posible y saca de ella siempre el mejor partido. Pero en el preciso instante en el que todo parece estar en línea, bajo control, da un aviso apenas perceptible, y muta. Y para cuando alguno cree estar tras la pista que deja, ésta ya no existe, y el horizonte tiene otras medidas y otra orientación.
Palpita sin descanso.

·· Invidentes

¿Cómo se visten los ciegos? Éste es el dilema que mantiene ocupado a Francisco Martínez Cardán. Dice Paco que, gracias al bagaje que ha ido acumulando durante los últimos años, sería capaz de responder a esta chocante cuestión de muchas y muy diversas maneras, y que cualquiera de sus respuestas colmarían con creces nuestro interés por un tema tan peliagudo. Pero también asegura que ésta no es forma de abordar materia tan crucial, ya que hay asuntos que no deben ni pueden tomarse a la ligera. Por este motivo se encuentra ahora especialmente volcado en la recta final de su investigación, para, precisamente, poder simplificar las complicadas conclusiones a las que ha llegado. Sin embargo, no debemos estar confundidos en cuanto al desarrollo de su labor: le trae sin cuidado lo que podamos opinar o sentir todos aquéllos que nos encontramos en un radio de cinco mil doscientos cincuenta y dos kilómetros a su alrededor. De lo que se deduce, por el tipo de temas que plantea, que Martínez Cardán es un pensador totalmente distinto a lo que estamos acostumbrados. Es un sociólogo –un científico- en toda regla, apasionado y loco por su trabajo, y un humanista extraordinario. Con una forma de ir por la vida que es, en esencia, poco común. Pero el señor Martínez también es un hombre sensato y ajustado a razones, y aunque se sabe conocedor de muchísimos detalles en relación a los invidentes, es muy cierto que él es el primero en reconocer implícitamente que todavía no lo sabe todo acerca de este intrigante mundo de humanas tinieblas.
¿Eligen los invidentes las prendas que van a llevar? Y a la hora de elegirlas, ¿tienen en cuenta los colores o la hechura o la caída de lo que se van a poner; o, por el contrario, tiran de la despensa de la memoria y se aferran a nociones estéticas archivadas en el subconsciente? ¿Se preocupan por su imagen, o más bien les importa poco la forma de presentarse en público? ¿Son realmente responsables de la indumentaria que habitualmente visten? Y si es así, ¿entienden ellos y ellas que les queda bien, que la llevan en consonancia con su forma de ser; o en el fondo todo esto es fruto del subjetivismo de un buen, regular o mal consejo de sus amigos o familiares? ¿Es cierto lo que dicen por ahí, que su mundo interior, debido a esta ingente problemática, es mucho más rico que el del resto de los mortales, que tenemos la dicha de ver? ¿Cómo podría demostrarse, entonces, esa última conjetura? Estas y otras muchas cuestiones conforman el inusitado interés de este hombre por cualquier tema extra-radial. Y que nadie se atreva a imaginar que lo suyo es mera especulación imaginativa, fruto de una mente trasnochada que no hace más que rayas sobre la superficie del agua. Nada de eso, se equivocarían los que así pensaren. De todos modos, hay que observar que nunca nadie se había atrevido a llegar tan lejos en asunto de ciegos.
Aprovechando que un conocido suyo, médico estomatólogo de profesión, se había mudado a un edificio promovido por el Consorcio Nacional de Ciegos, se propuso llevar a cabo toda una serie de acciones programadas, con el fin de recabar información de primera mano entre los nuevos vecinos de aquél. Para empezar, descubrió que los matrimonios entre invidentes son el pan de cada día en la finca donde vive su amigo. Son mayoría absoluta. Por absurdo e insignificante que pueda parecer a primera vista el estado civil oftalmológico de esas gentes, éste es un detalle que le resultó decisivo a la hora de abordar el magnífico estudio comparativo de los ocupantes del edificio. En segundo lugar, se dio cuenta de que los ciegos no son en realidad tan hábiles como reza el mito, aunque tampoco más torpes que nosotros. Y por último, que son personas extremadamente organizadas, muy limpias y metódicas: no les queda otra alternativa, o se subyugan de por vida a las virtudes del orden y el concierto o, de lo contrario, sus vidas se verían abocadas a un infierno paranoico sin cuartel. Cada cosa debe estar en su lugar.
Pertrechado bajo el hueco de la escalera, en compañía del doctor Soley, Martínez Cardán comenzó un día a tomar notas sobre las distintas incidencias que se iban sucediendo en el zaguán de la entrada. Había tenido la premonición de que en aquel lugar sucedían muchas cosas que le podían ser útiles para su nuevo trabajo. Se escondieron ahí debajo, por la sencilla razón de que no todos en aquella casa eran ciegos, como es de suponer, aunque sí la gran mayoría. Circunstancia que les obligaba a mantenerse agazapados, para no ser descubiertos por unos, ni vistos por otros. De esta forma pudo observar, y confirmó con ello sus sospechas, que cuando coincidían en el vestíbulo dos o más grupos de ciegos -y también grupos mixtos-, que querían entrar o salir del ascensor, se organizaban unos saraos de mucho cuidado, en los que algunos de los implicados e implicadas no salían bien parados. Entrantes por un lado, y salientes por el contrario, se liaban a encontronazos hasta que lograban su propósito, que, al fin y al cabo, no era otro que entrar al elevador unos, y salir de él los otros.
Pero con el paso del tiempo aquellos encuentros delante de las puertas del ascensor se estabilizaron, dejando de aportar riqueza a sus estadísticas. Los datos que iba obteniendo, llegó un momento que eran siempre los mismos. Ante aquella perspectiva, se vio obligado a pasar página. Salió del cómodo escondrijo en el que había instalado su puesto de observación, para acceder de forma directa y obligada a un estadio superior en la investigación. Salir de ahí y quedar al pairo significó, de entrada, tener que afrontar las intimidades a la distancia del aliento, lo que le llevó a introducirse en las casas, una vez adquirida la ciencia y la habilidad necesarias para convertirse en indetectable. Aprovechaba cualquier oportunidad, cuando alguno de ellos aparecía cargado con las bolsas de la compra o con cualquier otra cosa que le ocupara las manos, para seguidamente iniciar la incursión que tenía en mente. Y en el preciso instante en el que sus conejillos de indias ponían en marcha el complicado operativo de la llegada al rellano, la descarga de las bolsas o de los objetos, la búsqueda e introducción de la llave en la cerradura, el abrir y cerrar la puerta, el pasa tú...paso yo, se deslizaba hacia adentro agazapado, o restregándose por las paredes, sin apenas infringir una sola arruga a su vestimenta. En resumen, que entraba en los domicilios sin anunciarse, aprovechando el cansancio y el aturdimiento de los recién llegados; se instalaba en los interiores a esperar que aquellas gentes se quitaran la ropa de abrigo y los observaba con detenimiento en el medio hogareño.
Una vez dentro, papel y pluma en mano, anotaba todo lo que veía y también lo que intuía, haciendo todo lo posible por no entremezclar ambas cosas. Pasó muchas noches con ellos, con unos y con otros, disfrutando de saberse ignorado, y sacando partido de los placeres y de las desdichas ajenas. A la mañana siguiente, se despertaba unos minutos antes de que lo hicieran sus anfitriones, adelantándose de esta forma a los temibles efectos de un súbito despertador; y era entonces cuando el ansia de conocimiento volvía a apoderarse de él. La hora de vestirse era un momento mágico, de igual o superior intensidad al de la noche anterior, cuando cenaban y luego se ponían el pijama. Se duchaba allí mismo, para hacer que todo fuera real, sobre las huellas mojadas de su materia de estudio, y desayunaba con ellos sin que se percataran de su presencia. Luego salía a la calle, al mismo tiempo que lo hacía los ciegos para acudir a sus obligaciones diarias.
Dice que no tocaba nada de lo que allí había, porque si alguno de ellos hubiera notado algo raro en la disposición de sus pertenencias, su proyecto se hubiera ido al traste de forma instantánea. La gente ciega es muy solidaria y al mismo tiempo recelosa de todo lo suyo, con lo que, de haber cometido un patinazo, la voz se hubiera corrido desde Madrid a Pekín en cuestión de décimas de segundo. Era extremadamente precavido. En el caso de que tuviera que verse en la necesidad de tocar algún objeto de las casas o de los bolsillos de sus estudiados, o de manipular las fuentes de energía, como la luz, el agua o el gas, inmediatamente después de hacerlo reinstauraba lo tocado en el mismo lugar de donde lo había tomado y en la misma posición en la que lo encontró. En la plenitud del allanamiento de morada se comportaba como un señor. Todo fuese por una ciencia limpia. Era tan meticuloso y perfeccionista en su labor de campo, que incluso llevaba su propia cena y su propio desayuno a los encuentros, para no variar la trayectoria de los procesos. Lo que más le costó –añade en su informe preliminar- fue adaptarse a ese mundo de oscuridad serena y cotidiana -para él, especialmente fantasmagórica al comienzo del trabajo-, donde la noción de la noche y del día se confunden, y en el que no existen ni siquiera conceptos tan simples como el de la persiana abierta. Porque no se necesitan para nada.

·· Homo Agotador

Vamos a dejarnos de historias: si para confeccionar estas líneas en las que acabamos de entrar, hubiéramos contratado a un profesional de los asuntos escritos del arte, y más concretamente a algún especialista en fotografía, es muy probable que no sacáramos nada, o casi nada, en claro. No es que esté yo en contra de esas personas que dedican su tiempo y su capacidad mental a ordenar y a hacer más fácil y comestible la metafísica plástica, o piense que no sean aptos para abordar ciertos temas de por sí más complicados que otros, ¡no!, Dios me libre de imaginarlo si quiera; lo que quiero decir es que deseábamos evitarle a ese desdichado o desdichada el pasar un mal trago al tenerse que enfrentar a una pesadilla. Y he escrito que no lo deseábamos, en plural, porque todo lo que hace referencia a Luis Pérez-Mínguez es materia pertinente, no sólo suya, sino también de todos aquellos que coincidimos con él en algún momento. Porque para abordar con garantías a este monstruo de la creación no sólo se necesitan buenos conocimientos sobre la materia -su materia-, tener además un mínimo de inventiva y no poca predisposición, sino también un hígado grande, y haberse ensuciado, al menos hasta las rodillas, en esta especie de yacimiento paleo-antropológico que es su vida y, por defecto, su obra.

Luis Pérez-Minguez es, principalmente, aparte de otras muchas cosas, un hombre accidentado. Un adolescente que sufrió los avatares de una gran caída, casi mortal, que le condujo, para consuelo de unos y para desdicha de otros, a la fotografía. L. P-M. es fotógrafo, para quien no lo sepa todavía, gracias y debido a ese fortuito encontronazo con una roca marina. Un accidente desafortunado que, no obstante, le ha ayudado en gran medida a saber cómo descomponer el mundo y volverlo a montar a su medida, todos y cada uno de los días de su existencia. Montado en una silla de ruedas y con la cámara al hombro, después de haberse recuperado lo imprescindible, se fue un día a París, dejando el acomodaticio calor de la familia y los amigos, para aprender a caminar. En este punto se hace imprescindible recalcar que la selección de imágenes –podrían llevarse a cabo mil y una- que el autor ha escogido con motivo de este libro, son, aparte de una constante en toda su obra, herencia directa de su nueva manera de mirar. Tuvo, después de aquello, que aprender a mirarse, a mirar al paisaje con nuevos ojos y a mirar al prójimo desde una perspectiva quebrada. Y así, desde esa óptica diferente, comenzó a resituarse dentro del esquema diario. Fotografiando y dibujando hasta la exasperación su propio cuerpo, y el de los demás. Plasmando la necesidad de una adolescencia corporal que la vida le negó.

Su forma de captar imágenes ha sido, es, y seguirá siendo, pues, consecuencia directa de su andar a trompicones; de caer continuamente; de ir por ahí con las rodillas y los codos en carne viva; de arrastrarse y de restregarse por la tierra y el asfalto. Consecuencia directa de haber mirado tanto tiempo desde abajo; de vernos al revés y, por ello, de dominar ya a la perfección otros ángulos que para nosotros son extraños. Es su mirada oblícua, supina, exagerada; a punto siempre de romper lo que observa desde esa posición yaciente. Sus cámaras, debido a esta prodigada situación a ras de suelo, han estado siempre en un permanente lamentable estado de revista. Deterioradas por las circunstancias que les ha tocado vivir, se retuercen a hombros del que las maltrata, o dentro de una bolsa en la que se ven obligadas a convivir con todo tipo de enseres provenientes de otras castas que no son la suya. Pero no importa, porque no es este un problema digno de mención, a la hora de los resultados, en el bagaje de un profesional poco o nada vinculado al gremio. “Cuanto más deterioradas están mis máquinas, parece mentira, pero mejor me salen las fotografías”. Cámaras en carne viva, cámaras fieles, accidentadas a la fuerza, flageladas por una causa justa. En este ambiente tortuoso y al mismo tiempo amable, no hay descanso. Los domingos no existen. Así son las cosas en el Madrid, en el Nueva York, en el Bang-kok, en el Riahuelas de Luis Pérez-Minguez. De los procesos mecánicos que la fotografía, como toda disciplina, requiere, ni se ocupa. No le importan, le interesan de soslayo; no van con él ni con su forma de ser. Con que las imágenes tengan lo que tienen que tener, es más que suficiente. ” Lo importante en todo esto es estar vivo para contarlo. Las fotografías con alma no necesitan de excelente técnica ni tampoco de excesivo discurso”. Las mejores no serán nunca las más bonitas, las mejor hechas; las mejores fotografías son, simplemente, las que nos interesan de algún modo. Las que dicen de interioridades. Las que hablan por sí mismas, de sí mismas, mintiendo lo justo. Son imágenes desnudas. Como su autor, un hombre desnudo que ha dedicado toda sus fuerzas a expresar lo que lleva debajo de la ropa, que no sólo es cuerpo.

Hay una gran falta de sentido del ridículo en todo lo que hace, por lo que su obra es absolutamente libre. Él es uno de esos pocos privilegiados que se maneja sin complejos, sabedor de que si no arriesga a conciencia todo lo que hay que arriesgar, no llegará hasta el fondo de las cuestiones de obligado cumplimiento. Que son todas. Y, de esta forma, metiéndose a menudo donde no le llaman, muchas veces, casi siempre, por no decir que lo hace en todo momento, provocar que aflore a la superficie todo aquello la mayoría intenta evitar a toda costa: llegar al fondo de los seres humanos, los animales, las plantas o los objetos.

El concepto de autoría es otro de los puntos álgidos en la concepción de su obra. Por un lado es un artista convencional en el buen sentido de la palabra, más convencional si cabe que todos los otros. Alguien al que le fascina ser el único y el más personal; ese al que le encanta que le mimen en exceso. Un artista que exhala sutileza y buen hacer por los cuatro costados; que crea en la intimidad excelentes obras maestras en la dimensión de los grandes de la fotografía, digamos, entre comillas, “clásica”. Composición, modelo, reflejo, diálogos, intimidad. Figuras en el paisaje. Y por otro lado es un creador abierto en el que la idea primigenia de autor, de obra y de derechos legales, no es la misma que en el resto de la humanidad creativa. Una contradicción que es el verdadero motor de este torbellino en constante movimiento acelerado. Y que da sus frutos en forma de complicidad, porque en él sí que se hace patente aquella máxima que dice que no hay modelos sino cómplices. Gente predispuesta a participar de un modo u otro en la creación; ya sea ésta pausada o agitada; directa o tangencial. Personas que no sólo ofrecen su cuerpo para que sea tratado, sino también su voluntad y su esencia. Haciendo hincapié en este segundo aspecto de su vasta obra, nadie podrá nunca saber cuántas de las fotos de Luis Pérez-Mínguez son realmente suyas, desde el punto de vista de la autoría material. Porque la verdad es que las hemos hecho también nosotros, los otros, los que estamos a su lado. No nos engañemos, pues, esas imágenes son suyas y sólo suyas porque las meneja él. Porque nos maneja a estos nosotros, que nos creíamos artistas por el simple hecho de haber apretado su disparador, al congelar un instante común. Y lo mismo sucede, también, al revés, que toma nuestras cámaras sin pudor, fotografiando por nosotros todo aquello que pensábamos nos pertenecía virtualmente. Para que se entienda: en su entorno, tomar una fotografía es un acto biológico simple, de orden común, un hecho animal –humano-, una necesidad corporal en muchos de los casos, como respirar, comer o amar. Alguien toma la cámara y dispara. Sin más. Luis no ha ocultado nunca que lo que más le mueve es lograr buenas fotografías con el mínimo esfuerzo. Para ahorrar energías pero sobre todo para compartir. Por tanto, que mejor que algunas de estas maravillas se las hagamos los demás.

Su obra conocida – su obra expuesta- no refleja, me atrevería a decir, ni una cuarta parte de la intensidad que atesora su obra completa. Este polvorín desconocido, que se esconde en el marasmo de miles de negativos y copias sobre mesas, estanterías o suelos rasos, es el que nos puede dar la justa medida de quien es el tipo en cuestión. Pero para entender esto, por su puesto, habría que conocerle, además, personalmente. Y eso no va a ser posible en todos los casos. Insisto: lo que conocemos de su trabajo no es más que la punta de un iceberg que no podemos abarcar.

Luis Pérez-Mínguez es un raro especímen que recibe a todas horas. Recibe en la cama, en el salón, en el cuarto de baño; en bata o en traje de paseo. La complicidad una vez más. Un espectáculo antropológico sin precedentes, en el que el recién llegado queda sumergido como por arte de magia en lo que se está cociendo. Tambores ancestrales. Ritual. Festín antropófago en el que todo y todos somos de alguna forma devorados, vomitados y vueltos a devorar por el fotógrafo artista. Nadie que tropiece con él puede escapar a la súbita vorágine que acontece en ese momento mágico. No importa el lugar, la persona o personas, la motivación del encuentro ni tampoco la hora o la situación atmosférica. Mientras esto escribo, sin ir más lejos, sus dos hijos interrumpen mi concentración con contínuas exclamaciones en voz alta, porque acaban de descubrir –pobres infelices- un paquete de varios cientos de fotografías que contienen los más severos detalles del cadáver de su abuelo paterno: todo lo que se puede fotografiar en un muerto querido y mucho más. ¿Macabro, podría alguien preguntarse? ¡No!, íntimo y ritual, como he dicho antes. ¿Cariño por el padre? Por supuesto, pero sobre todo pasión por todo aquello que conforma el mundo y sus rincones carnales. Luis captó a su padre, el señor Pérez-Mínguez, despúes de muerto, para quedarse con él. Imágenes que nunca saldrán a la luz; imágenes de la intimidad. Y mientras en eso estábamos, comentando lo escrito y lo todavía por escribir, se oían en el salón tres músicas diferentes, entraba gente con intereses variados, otros hablaban por teléfono a voces, el perro demandaba atención, tronaba fuera en la calle, y los vecinos suplicaban al mismo tiempo un poco de tranquilidad para poder afrontar la noche.

Para concluir: supongamos que Luis Pérez-Minguez fuera Luis Pérez-Mínguez, pero que tan sólo conociéramos de él sus trabajos, no habiendo quedado constancia de su firma en ningún sitio. Supongamos también que hubiera desarrollado su labor creativa siete u ocho siglos atrás. Pues bien, dadas las circunstancias, es más que probable que los actuales estudiosos de esa época, lo bautizasen con el nombre de Maestro de la Intensidad. Porque todo en él es intenso, inmenso; es arduo y un tanto complicado, denso; a la vez que entrañable y paternal; y en ocasiones pendenciero, y hasta un poco criminal. Su trabajo y su persona son una mezcla explosiva, todo un poema difícil de tragar. Buscar los límites de lo prohibido, andar en la cuerda floja, lejos de la convención, es lo que le mueve al fin y al cabo. Inclusive para con sus imágenes más tiernas. Y diré aún más, remontándome mucho más lejos si cabe, esta vez hacia el futuro. Si dentro de varios millones de años, cuando algún paleolontólogo encuentre los vestigios de lo que fue un día nuestra civilización actual, y dé con la sima que contiene los huesos y el esqueleto de las cámaras de Pérez-Mínguez, y con todo aquello que le acompañó en vida, no me queda la menor duda de va a bautizar su descubrimiento con el nombre de Homo Agotador.

·· Hijoputas

- Por favor, señor, ayúdeme a pasar, que soy ciega. Por favor, señor, ayúdeme…
El insistente rumor de súplica angustiada, que subía desde la calle, hizo que me levantara de la cama. Otro día sin poder descansar después de comer. Una hora crítica, la de la siesta. Doy fe de ello. Es el momento que media humanidad elige para tocar las pelotas a la otra media.
Al principio no le di demasiada importancia al asunto, pues conocía de sobras el lamento de aquella voz afectada, que tenía ya archivado en las profundidades de una sección mental que yo llamo “la de los asuntos no vinculantes”. Pero que, después de tanto repicar, acabó por despertar mi interés, pasando a ocupar, contra pronóstico, el primer lugar de mis escasas preocupaciones por la raza humana a esa hora. Empapado en sudor, y con una hilacha de saliva en la comisura de los labios, propia del bochorno, me asomé al balcón. Era la primera vez que veía a la anciana esgrimir en directo su letanía lastimera, y parecía que llevaba toda la razón, al suplicar de la forma como lo estaba haciendo.
Propietaria en exclusiva de un pasaporte oral sin parangón, con varias frases alternadas, muy efectivas todas ellas, conseguía siempre abrirse camino entre la multitud de la zona peatonal, sin necesidad de tener que trabajar demasiado el bastón blanco. A la ciega, que, entre nosotros, no creo que fuera tan ciega como ella hacía suponer, se la podía encontrar por el barrio a cualquier hora. Maquillada hasta el gallinero, y en continua demanda de una compasión generalizada que, al parecer, no recibía con la intensidad deseada.
La escena que pude divisar desde el tercer piso no resultaba francamente muy halagüeña. Dos auténticos problemas confluían en aquel punto, y su solución, a primer golpe de vista, se me antojaba especialmente difícil. Por un lado, la mujer había metido de lleno el pie izquierdo dentro de media sandía enorme, y por otro, tenía enfrente al chulo más cabrón de toda la ciudad. Uno de esos matones que pululan en algunos barrios de todas las ciudades, y al que hay que evitar a toda costa, porque es su característica esencial la de ocasionar problemas a todo el mundo. Un animal duro y sin escrúpulos –al que había visto otras veces actuar-, de los que no perciben más sensaciones cálidas que las de la propia piel que les envuelve; y aun así, les va muy justo percibirlas. Tendría el tipo unos treinta años, era muy curtido de carnes, debido, seguramente, al agitado vaivén de la vida ambulante, tenía la cintura estrecha, sus caderas no daban señales de vida, y lucía una melena negra rizada, que le llegaba hasta la mitad de la espalda. Me acuerdo que iba embutido en una estampada camisa con volantes, y que la llevaba abierta hasta el ombligo.
- "Por favor, señor, ayúdeme, que soy ciega" -repetía la mujer, sin descanso y con idéntica intensidad, totalmente extraviada en mitad de su propia locura circunstancial-.
Él, por su lado, esbozando gestos obscenos a una concurrencia inexistente –se tocaba los huevos de forma exagerada, al tiempo que arqueaba las piernas y doblaba ligeramente las rodillas-, la dejaba recitar sin perder su compostura flamenca.
- ¡Usted es tan ciega como yo, hija de la gran puta!
- Que no señor, déjeme pasar, que soy ciega…
- ¿Cómo ha sabido, pues, que estaba aquí, si no he dicho ni pío hasta ahora? -le gritó a bocajarro, alargando el cuello hacia delante, hasta casi tocarle la nariz a la que, en realidad, no era tan ciega como pretendía-.
- Por favor, señor, tenga piedad de mí -continuó ella, obviando la grosería del camorrista-. Ayúdeme a sacar el pie de esta cosa.
- ¡El pie...!, ¿qué pie? ¡El pie se lo va a sacar su puta madre! No pienso despeinarme por una mierda como esa.
- Por favor señor, ayúdeme, que soy ciega.
- Muévalo usted misma y verá como se le suelta la pelota, llorica.
Y así lo hizo la mujer, saliendo despedida la sandía escaleras abajo, para ir a dar en los pies de un hombre, que se había parado para presenciar lo que estaba sucediendo en la escalera de la parroquia. Una vez que se hubo deshecho de la media fruta, algo más aliviada, intentó proseguir su camino hacia la Cuesta de la Cofradía, agarrándose fuertemente a la barandilla metálica que hay en la pared lateral de la iglesia. Pero el buscarruidos continuaba en el mismo sitio en el que había echado raíces unos… –calculo- veinte minutos antes. Por supuesto, sin dar el menor síntoma de querer aflojar el ritmo de la afrenta.
- ¿Y ahora qué pretende abuela, que me mueva como un cagón para que usted pase a sus anchas? ¡Pues no pienso moverme! Todavía no ha nacido la mujer que me aparte a mí del camino.
- Por favor, señor, déjeme pasar, que soy ciega –insistía, una y otra vez, cansinamente, como si se mantuviera ajena a la violencia del palmero. Como si las fanfarronadas de ese canalla no fueran con ella-.
- Usted, abuelita de los cojones, o no sabe con quién está hablando, o es idiota del culo. Habráse visto, -suspiró al viento, después de hacer una pequeña pausa en la gesticulación-.
En pocas palabras, que la lucha por los derechos de paso, junto a la vieja iglesia de San Marcial, llevaba camino de no resolverse en la vida. Tan tensa por naturaleza, como aburrida por repetición, era aquella pugna entre dos cabezotas.
Ninguno daba el brazo a torcer, ni uno para subir, ni la otra para bajar. Cada cual esgrimía sus propias razones, según su forma de entender el mundo y, muy concretamente, aquel proceso de caminantes. Ella, por su parte, amarrada a la condición de privilegio que aparentemente le otorgaban su edad y su minusvalía, sollozando sin respiro, torpe y consentida, clamando misericordia; y él, por la suya, enfurecido por la necesidad de un orgullo primario todavía no colmado, proclamando a diestro y siniestro su condición de macho poderoso. Y yo, en el balcón, debatiéndome en las alturas entre quedarme donde estaba, viendo cómodamente la película de los hechos en perspectiva cenital, o bajar a implicarme directamente en la tropelía. Mi deber, por educación, estaba allí abajo, pero mi conciencia no lo creía de este modo; y se rebelaba contra mi voluntad, en la creencia de que aquella mujer había encontrado, por fin, su merecido.
Mientras tanto, a escasos metros del fregado, el guardián de la sandía, un espantado caballerete con aspecto de hombre saludable, permanecía inmóvil, aunque con ganas de intervenir en ayuda de la que él creía ultrajada. Cosa que al fin hizo, avanzando lentamente hacia el infierno, dejando atrás cualquier síntoma evidente de pánico. Aproximación que le llevó su tiempo -toda una eternidad-, y que se saldó al fin con el éxito de la operación. Con el cuerpo agazapado, por temor a un guantazo, consiguió llegar hasta la dama, en una complicadísima maniobra, tomándola de la mano y rescatándola de las garras de aquel tipo.
- No tema, señora -le dijo el hombre al acercarse-, cójase de mi brazo para bajar.
Dieron un rodeo, evitando el obstáculo humano que cotinuaba gesticulando, y se colocaron justo detrás de él, continuando el camino truncado.
- Aquí tiene, agárrese a la barandilla, mujer. Será mejor que se olvide de todo esto.
La ciega había perdido las ganas de hablar y no contestó.
Para culminar su faena, el melenas, describiendo una verónica de las que arrancan aplausos en los cosos, había dibujado en el aire la media circunferencia que la pareja tuvo que hacer para sortearle.
- ¡Habráse visto!, -volvió a repetir una vez más, culminando aquel magnífico pase de torero-.


·· El número 8

Traspasado el umbral preferente, comenzó a notar aquella brisa anormal a la distancia del aliento. Una especie de entidad volátil, que continuaría orbitando a su alrededor hasta que abandonaron el lugar, transcurrido el fin de semana de asueto. No supo determinar a priori de dónde surgía, ni qué era exactamente, pero sí que estaba allí mismo desplazándose por entre sus cuerpos, determinando de algún modo la atmósfera de la casa y, a medida que fueron transcurriendo las horas, su forma de proceder en ella. El único que se percató de que allí las cosas no funcionaban como en otras partes fue él; el resto se desenvolvía -inconscientemente- al margen de la eventualidad. Fueron tres agotadores e interminables días de un velado pero contundente hostigamiento. El caso es que la presencia no llegó en ningún momento a revelársele de forma categórica, en el sentido de descubrir partes esenciales de su naturaleza o constitución, aunque sí es cierto que se vio obligado a padecer las consecuencias de un sistema de comportamiento especialmente opaco.

Transcurridos varios años, medita ahora en perspectiva que, de haber podido elegir la forma en que iban a darse aquellas cortas vacaciones, claramente se hubiera decantado por vivirlas en otras condiciones. Es lógico. Afrontar la realidad, o incluso una semi-realidad aproximada, antes de verse sometido de forma drástica a la tensión frenética de lo intangible, hubiera sido todo más llevadero. Ver por dónde se acercaba aquella cosa, mirarle a la cara y descubrir sus intenciones antes de que fuera siempre tarde; hablarle con respeto, e incluso gritarle y enfrentarse a ella en caso de necesidad, saber, en definitiva, con quien estaba en litigio, le habría evitado la mitad del flagelo.

Durante las noches la manifestación se hacía más intensa, aunque también le daba por florecer con el sol en su punto más álgido. Para salvaguardar la integridad anímica, al principio quiso atribuirlo a una derivación propia de las debilidades pueriles. “Imaginaciones mías... o algo parecido”, se decía. Y especuló con ese devaneo temporal de la mente, hasta que pronto descubrió que se trataba de una fuerte y devastadora forma de existencia en progresión ascendente.
Le acompañaban sus padres, como era natural al tratarse de un niño. Tenerlos a su lado le dio una cierta seguridad, pero una seguridad funcionarial, por decirlo de algún modo, si bien no todas las garantías que hubiera deseado. Al encontrase uno y otros en órbitas poco coincidentes, lo cierto es que no las tuvo todas consigo con aquella escolta de medio pelo.

Recibidos en la masía, los anfitriones se desvivieron por agasajarles. Llevaban tanto tiempo esperando que se cumpliera la promesa de pasar unos días juntos, que se volvieron como locos de alegría nada más asomar los faros del coche sobre la última curva. Especialmente la mujer, que saltaba como una niña de corta edad. Pero el enorme cansancio acumulado, debido al interminable periplo, hizo que los viajeros no pudieran corresponder como hubiera sido en principio su deseo. Con las seis horas de viaje que llevaban a sus espaldas, entre avión, tren, autobús transbordos y, sobre todo, el agitado último tramo de andadura, que tuvieron que hacer en el todo-terreno de un vecino, lógicamente no estaban para nada. Esos treinta últimos minutos en coche por la pendiente angosta, salpicada de baches y anegada de agua y barro, habían sido la puntilla, el remate definitivo para una jornada difícil de olvidar por extenuante.
La casa -la ermita- se encontraba en lo alto de una peña, dominando un paraje difícil de describir si no es echando mano de los consabidos tópicos paisajísticos de los suplementos dominicales. Les contó el vecino que les fue a buscar a la estación que, partiendo de allí y caminando un largo trecho, durante varios días, podía uno llegar hasta Francia sin cruzarse con nada que tuviera que ver con la civilización. Región atestada de rutas tan áridas como espectaculares, habitualmente utilizadas por los que huían de la represión franquista y por contrabandistas, sesenta años atrás. Al pequeño Luis le entraron unas enormes ganas de hacer ese viaje al otro lado de la frontera. El simple hecho de caminar hacia delante, sin impedimentos ni limitaciones, le sedujo a más no poder. No es de extrañar, por otra parte, teniendo en cuenta que sus recorridos habituales eran muy básicos: de casa al colegio y, a la vuelta, del colegio a casa. Si bien es cierto que, algunos fines de semana, salían en familia al campo a hacer kilómetros, aunque, nada de lo suyo podía compararse a la maravilla descrita.
Entre los brincos que daba el vehículo, y los empellones involuntarios que se iban dando los unos a los otros, como consecuencia de las irregularidades de la superficie por la que transitaban, Sebastián, el padre, les descubrió que llevaba mucho tiempo planeando una gran excursión al estilo de la que, con tanto énfasis y lujo de detalles, estaba exponiendo el conductor. Aunque la suya, de llevarse a cabo, aclaró, lo sería en bicicleta. Aún a sus cuarenta y ocho años, el padre de Luis no había perdido todavía la vitalidad y el arrojo, al contrario que muchos de los padres de sus amigos, y se lanzaba al vacío, sobre las dos ruedas dentadas, desde los riscos más escarpados. Subir cuestas le costaba un poco más, tuvo que admitirlo, pero en bajada libre no había quien pudiera con él. En multitud de ocasiones su esposa había presagiado que le pasaría algo “por allí arriba”, refiriéndose por supuesto a la montaña, y que el día menos pensado se lo traerían a casa “dentro de un cajón, desmontado en piezas”.
Mientras aquel señor presumía revisando una a una todas aquellas maravillas, papá ciclista le iba sonsacando detalles acerca de la idoneidad de unas rutas en detrimento de otras. Le preguntó si había muchas fuentes en el recorrido, y si no era difícil dar con ellas; si existía peligro de que por las noches pudieran atacarte fieras, como osos, lobos o jabalís; si había algún tipo de hospedaje donde poder pasar la noche... Indagó todo lo que pudo y más. Y profetizó que, para el verano siguiente, iba a sacar tiempo y fuerzas de donde fuera, para recorrer alguno de aquellos itinerarios tan apasionantes; siempre y cuando la unidad de parentesco directo estuviera de acuerdo. A la búsqueda de beneplácito, dirigió una mirada abierta a Paula, su esposa, y madre de Luis, que fue corroborada inmediatamente en sentido afirmativo con un suave y complaciente movimiento de cabeza hacia delante.
El coche iba cargado hasta los topes, lo que, unido a las dificultades del terreno, hizo que los últimos kilómetros se convirtieran en el calvario apuntado. No había forma de sujetar el cargamento, que se movía de un lado a otro como si estuviera dotado de vida propia. Cargamento inicial aparte, ellos solos traían tres maletas, dos mochilas -una de ellas gigantesca-, las abultadas chaquetas de invierno, dos bolsas de mano con pertrechos que habían comprado en Barcelona, y aún otra bolsa más, repleta de embutidos y galletas de Mallorca para sus amigos. Parecía que se hubieran equipado para pasar un mes y medio en las alturas, cuando en realidad no era así.
La familia Riotorte, la de Luis, ha sido siempre muy “gitana”. Así se definen ellos, como “gitanos”, en el sentido –en el buen sentido- de que bien podrían ser nómadas consumados. A dónde van, lo hacen siempre como burros de carga. Una característica que, por lo visto, se transmite de generación en generación.
Además de la ropa y de los elementos de aseo personal, don Sebastián llevaba un maletín de cuero con su inseparable ordenador portátil -argumentando obstinadamente que “nunca se sabe”-, tres cámaras fotográficas de distinto calibre, y un cúmulo de cachivaches de lo más dispar. No quedándose atrás en el cómputo de la mercancía trajinada, la madre también iba bien surtida: dos pilas de exámenes, correspondientes a la última evaluación –Paula era profesora de ciencias naturales y, según ella, no le quedaba más opción que corregirlos durante el fin de semana, porque, de otro modo, “no hubiera podido acompañarnos”-, media docena de libros para poder escoger la lectura apropiada en cada momento, discos compactos de música relajante y un aparato para reproducirlos, además de su inseparable secador de pelo. Luis, por su parte, únicamente traía consigo como aditamento un diminuto procesador de juegos electrónicos, a los que estaba especialmente habituado. Al contrario que los de su sangre, detestaba con vehemencia los excesos en este sentido.
El señor Besalduc facturaba en el maletero de su coche un auténtico cargamento de bidones de plástico llenos de agua potable, bombonas de gas, y un par o tres de cajas grandes de cartón llenas de productos alimenticios manufacturados, que él, en un momento dado, calificó de “imprescindibles ostentaciones de la vida moderna”. Por encontrarse tanto los pozos como los manantiales de la comarca en un estado de precariedad lamentable, a causa de la sequía, los residentes de la zona se veían obligados a tener que subir el agua para beber desde los pueblos de alrededor. Según el hombre, en aquellos parajes la gente era muy solidaria; lo daba la dificultad del terreno. Por eso, cada vecino procuraba estar siempre al tanto de las necesidades de los demás a la hora de bajar hasta la civilización; existiendo una especie de acuerdo tácito entre ellos, mediante el cual se iban avisando con los medios que tenían a su alcance y, de aquella forma, nunca nadie regresaba de vacío.
Más tarde les explicaría su anfitrión, que no todo el mundo era tan espléndido como había especificado Besalduc en el camino, y que habitaban por allí arriba “algunos malnacidos, que no comen ni tampoco dejan comer”.
En casa de los Peyrolet, aquel muchachito pudo descubrir con asombro que, todo lo que su maestra le había enseñado acerca del correcto uso del agua, no era sino una mera especulación ecológica para gente de ciudad. Porque allí, en la rectoría de Castellar, la utilizaban realmente como si de oro o mercurio se tratase. Pasando por un complicadísimo proceso de aprovechamiento ininterrumpido, dosificándola hasta extremos difíciles de imaginar, servía para todo lo imaginable y para varios cometidos más. Excepto para regar el huerto, que, como podía fácilmente deducirse de su contemplación apesadumbrada, se había abandonado a su suerte, harto de que lo tuvieran tan a raya.

Con arreglo a cálculos muy optimistas, habían previsto llegar sobre las seis de la tarde, pero cuando los faros del vehículo alumbraron la fachada principal de la casa, el reloj vino a confirmarles un retraso de mas de dos horas y media. La oscuridad era completa. Un parón en la vía férrea, debido a un problema en el sistema transmisor de la locomotora, justo unos pocos kilómetros antes de llegar a la estación de Olot, había ayudado en parte a conformar el motivo de sus disculpas.
Entre todos ayudaron a descargar el equipaje del coche y varios capítulos de la carga destinada a las necesidades básicas de la pareja Peyrolet y sus invitados. Depositados en el zaguán los bultos, las maletas y también los bidones y las bombonas, Mateo Peyrolet se empeñó en invitar al señor Besalduc a una taza de té, a la que éste se negó en rotundo argumentando que no tenía tiempo para tés, por la sencilla razón de que le quedaban todavía muchísimas cosas por hacer antes de acostarse. “Otro día será”. Peyrolet le dio las gracias en nombre de todos, y ambos se despidieron con efusivas muestras de afecto.
A golpe de linterna, no sin haberles mostrado antes de la misma forma la fachada y los aledaños, Mateo les invitó a entrar a la rectoría. Pero, una vez dentro, resultó que era casi lo mismo que estar fuera. La casa estaba a medio hacer; no tenía ventanas todavía y le faltaban muchas puertas y una parte de la techumbre. De hecho, la puerta de la entrada, que sí estaba colocada en su sitio, no llegaba a cerrarse nunca debido a no se supo qué circunstancia. Ni falta que hacía, pues podía accederse a la vivienda por dónde se quisiera, aunque él se apresuró a comentar, contemplando nuestros rostros de perplejidad, que no era muy habitual que los desconocidos se aventuraran por aquellas tierras, y mucho menos de noche. Creo haberlo dicho al principio: el viento bufaba de una forma extraordinaria entre los muros; era una corriente de textura humana, que a Luis le produjo escalofríos sólo entrar en contacto con ella. Sentía ese frío ambulante de forma exagerada detrás de las orejas, y también en el reverso de las manos. Extrañamente próximo, semejante al resuello de un ser vivo.
Sin darle más vueltas, quiso hacer partícipe a su madre y a los otros de la sensación cutánea y cerebral que le estaba atribulando; compartir aquel inesperado drama en suspensión oscilante. No le hicieron demasiado caso. De todos modos, confesarlo le ayudo a templar los nervios. Prosiguieron el camino hacia el interior profundo de la vivienda. En el extremo opuesto se divisaba una luz tenue; una luz que resultó ser la de la cocina, en dónde Marthia, la mujer de Peyrolet, les estaba preparando ese té de bienvenida, para que entraran en calor; el mismo té que acababa de rechazar Besalduch. La cena estaba en trámites de consumarse sobre los fogones.

En esa casa, además de carecer de agua, tampoco tenían corriente eléctrica. De noche se manejaban a la antigua, con velas y candiles y con alguna que otra linterna. No le hizo gracia al muchacho lo de deambular entre la penumbra primitiva. Cocinaban con gas butano, y tenían una fresquera en la que conservaban los alimentos perecederos. Para combatir el frío tenían en la misma cocina, que era donde prácticamente vivían, una estufa de leña, sobre la que había una gran olla de agua siempre caliente. La ducha, por problemas derivados de la propia rehabilitación del inmueble, todavía no había podido ser instalada. Mientras tanto, se lavaban con manoplas junto a esa estufa, utilizando una gran tina a modo de pequeña bañera, y un par de lebrillos de plástico para mojarse el cuerpo. Concluidas las abluciones, recogían el agua esparcida por suelo y paredes, y allí no había pasado nada. A la taza del water, totalmente nueva y reluciente, la habían confinado al final de una especie de semisótano de dimensiones palaciegas, sin más abertura que la propia entrada. De modo que, tanto de día como de noche, se veía uno obligado a tener que hacer sus necesidades a la luz de la cera, no sin antes haber peregrinado hasta el lejano emplazamiento. Toda una experiencia vivificadora en la sofisticada y adormecida civilización de la energía que se malgasta a raudales. Le llamó poderosamente la atención aquel sistema de vida tan precario; el que fuera posible desenvolverse felizmente con tan poco. Porque a los Peyrolet se les veía felices y orgullosos de vivir aquella vida.

Con anterioridad al viaje, Luis había intuido que algo nuevo le esperaba en el lugar a donde irían, aunque decidió no comerse la cabeza desmembrando las cábalas. Lo dedujo después de oír una larga conversación entre Peyrolet y papá Sebastián, meses atrás, durante una excursión por los alrededores de Valldemossa, cuando aquél fue a la isla para organizar la mudanza de su hermana. No le gustaron un pelo las historias que salieron a relucir durante la caminata. Fue precisamente allí, en aquella excursión, donde se fraguó la convocatoria que ahora estaban corroborando con su presencia en Gerona. De subida al Teix, un pico a caballo entre las comarcas de Valldemossa y Sòller, ambos habían ido a parar a terreno sombrío; a ese estadio específico en el que se te estremecen los huesos al escuchar a la gente enredándose en asuntos relacionados claramente con la muerte. Por regla general, se comienza recordando la reciente desaparición de un familiar, para acabar dentro de su tumba efectuándole una autopsia psicológica en toda regla.
Que se hablara de estos temas le ponía frenético. Dejaba de ser dueño de sus propias elucubraciones mientras los narradores, fueran quienes fueran, se abandonaban a la truculencia tangencial. Con el tiempo tuvo que ir acostumbrándose al devenir ancestral de los acontecimientos. Ley de vida.
Montaña arriba, Peyrolet explicó que, al principio de instalarse en la rectoría, le habían contado que los espíritus errantes de dos antiguos vecinos se desplazaban por la comarca llevando el pánico a los residentes. La cantinela hacía referencia a que aquellos tipos habían enloquecido al unísono, al poco de matar a una mujer que se había negado a hacerles algún tipo favor. No llegó a especificar de que tipo de favor se trataba, al darse cuenta de que el menor cortejaba el relato con inusitado interés. En definitiva, que, por aquel motivo no desvelado, los tipos en cuestión le hicieron la vida imposible a la mujer durante meses, hasta que decidieron acabar con su vida. Luego conservaron el cuerpo en casa durante un tiempo para, posteriormente, hacerlo desaparecer en circunstancias que será mejor obviar. El misterio de los hermanos Colubí, que así se llamaban los homicidas, no pudo ser esclarecido hasta varios años más tarde, cuando fueron encontrados una parte de los restos de la víctima debajo de un pilar estructural, en una casa muy próxima a la rectoría. El hallazgo tuvo lugar cuando los nuevos propietarios iniciaron una serie de reformas en la vieja masía que acababan de adquirir. Concretamente al mover de sitio una escalera que les estaba entorpeciendo el paso hacia una estancia nueva. Le oyó contar también que esos dos energúmenos habían aparecido colgados de una viga, en el salón de su casa. Y que fueron descubiertos en avanzado estado de descomposición por un pariente cercano, que había acudido a saber qué pasaba, después de mucho tiempo sin saber de ellos. Los enterraron en un rincón apartado del cementerio. Concretamente detrás de una tapia, pues, al haberse quitado la vida, contraviniendo con su decisión última las leyes divinas, no habían sido merecedores de un par de metros cuadrados junto a los píos. Registrado quedó en los papeles –hoy día en poder de los Peyrolet, legítimos dueños de la rectoría y de su pequeño tesoro documental-, que los Colubí fueron las últimas personas sepultadas en aquel lugar. La casa de los dos hermanos, aunque en ruinas, seguía todavía en pie y se encontraba muy cerca de la rectoría.
¡Enterrados allí mismo!: no podía imaginar Luisito que un par de criminales de aquellas características pudieran encontrase tumbados a escasos metros de donde iba a dormir. En efecto, el complejo arquitectónico que habían adquirido en su día los amigos de sus padres, por medio de un ventajoso cambalache, estaba compuesto por una ermita del siglo XI, una amplísima vivienda de dos plantas y un semisótano, un bosque para surtirse de leña, varias huertas en torno al núcleo principal, prados para el ganado, un horno de pan en el exterior, prensas para hacer vino y aceite, un complejo sistema de pasadizos subterráneos y, por último, un auténtico cementerio con sus muertos y toda la pesca.
Al oír que la ventana de la cocina, donde estaban a punto de cenar, y también la del único dormitorio disponible hasta la fecha en la vivienda, daban a ese pequeño cementerio, acabó de helársele la sangre. ¿Cómo podía esa gente, en referencia a los Peyrolet, convivir a todas horas con difuntos?, comenzó a interrogarse y no paró de hacerlo en varios días.
Peyrolet insistió en el hecho de que las ruinas Colubí desprendían muy malas vibraciones, por qué iba a mentirles, pero que, no obstante, habría que ir a visitarlas, porque las excelencias arquitectónicas de la región se hacían más patentes en ellas que en otras edificaciones cercanas. “No como ahora, que se construye de cualquier manera”, dijo en un tono que albergaba cierta nostalgia de un pasado que, en cierto modo, no era el suyo.
¡A la mierda con la arquitectura regional!, gritó en su interior Luis. Tendría que inventarse algo con tal de eludir aquella visita apenas planteada. Con el cementerio que acababan de endosarle obligatoriamente a dos pasos iba más que sobrado en turbaciones.
Papá Sebastián se empeñó en replicar aquella historia de muertes con otra historia que le había sucedido a él cuando tenía aproximadamente la misma edad que su hijo Luis. (En estos casos, por defecto acaba organizándose un toma y daca entre todos los que tienen truculencias que contar: primero uno, luego otro, y así, hasta que se diluyen los ardores mentales y se pasa, encadenadamente, a otro tipo de temas más digeribles.) Contó que sus padres le habían obligado a ir a un entierro, y a él, lo mismo que a Luisito, le daba pavor lo de tener que enfrentarse a gente que había dejado de respirar. La intención de los abuelos de Luis era nítida: el chico –el padre- tenía que comenzar a tomarle el pulso a la vida; darse cuenta de que no sólo está compuesta de alborozo y juegos. En aquella ocasión, enterraban a la única prima del abuelo, la tía María, mal llamada la rica, pues al final resultó que no tenía nada de lo que se había rumoreado durante tantos años que tenía. Y fue precisamente la pretendida fortuna de la tía rica la que congregó a una muchedumbre en torno a la que iba a ser pronto su tumba. Entre potenciales beneficiarios y curiosos debía de haber no menos de doscientas personas. El caso tremendo fue que, por necesidades funcionales del propio enterramiento, el niño Sebastián tuvo que enfrentarse a la visión inmediata y cruda del cadáver de su tía abuela, cuando los enterradores se vieron obligados a destapar el féretro. Tía María había cambiado de aspecto como de la noche al día. No era, ni por asomo, la mujer que él conocía de semanas atrás. Su piel se había tornado de un color sin color, y toda ella aparentaba estar más tiesa que un leño. Además, iba mal peinada, síntoma evidente de que las cosas no iban bien, pues era mujer de tocado inmutablemente ordenado.
El problema surgió en cuanto la rica, que era muy voluminosa –su peso, según cifras de especulación pendular, rondaba los ciento cincuenta kilos-, al no haber cabido en un ataúd convencional, tuvo que ser acondicionada de mala manera y con urgencia en otro de medidas especiales, que resultó incompatible con la modesta boca de la sepultura familiar. Ante la evidencia, los operarios municipales decidieron con muy buen tino ponerla de pie, quedando expuesta a la contemplación colectiva. Y en aquella postura tan poco ortodoxa, uniendo cuerpo y caja mediante varios cabos, intentaron de nuevo introducirla en la pudridero. Pero, en el momento en que hicieron efectiva la posición vertical completa, la cabeza de la muerta se inclinó bruscamente hacia delante, y la boca se le abrió de par en par soltando a continuación un eructo atronador. Los que formaban las primeras filas se quedaron sin respiración, mientras ella recuperaba la postura inicial, golpeándose la nuca en el retroceso con la base del cajón. El impacto resonante de sus huesos contra la madera dura, junto a la vaharada fétida que acababa de liberar, puso en retirada, entre vómitos y muestras de histeria, al amplísimo cortejo fúnebre. Gente gritando y por los suelos. Gente pisoteada. Y el niño Sebastián, hipnotizado por una especie de poderosa fuerza que le impedía actuar en cualquier sentido, se quedó inmóvil, como petrificado delante de ella. Dándolo todo por perdido, cerró los ojos y se despidió de este mundo, dando por supuesto que la muerta se le iba a echar al cuello de un momento a otro. Algo que, evidentemente, queda claro que no llegó a ocurrir.
La excursión al Teix transcurrió la mayor parte del tiempo en ese tono lóbrego. No paraban de intercambiar crónicas, a cual más tenebrosa. La hermana de Peyrolet, Rosalía, les reprendió su actitud en varias ocasiones, haciéndoles observar que había niños, y que cada cosa tenía su tiempo. Sin embargo, a los ponentes andarines se les hizo muy difícil cambiar de conversación, por no decir que imposible. Le hacían caso un instante, sí, y aceleraban el paso con objeto de agilizar la marcha y de olvidarse de los cuentos, pero pronto volvían a enredarse en las mallas de la hora suprema. En aquella disposición de ánimo, olvidándose una vez más de las buenas intenciones, Peyrolet se empeñó en rematar la siniestra jornada con otra historia intensa. Estaba cantado que aquella noche Luisito no iba a pegar ojo.
Le resultó muy difícil de creer, porque el amigo de su padre no era un tipo fornido. Comenzó narrando que una noche caminaba cuesta arriba por aquellas pendientes imposibles, con un armario ropero a la espalda. Se lo acababan de regalar y, como estaba tan necesitado de mobiliario, no quiso esperar un par de días a que se lo subieran en un furgón. Argumentando que le sobraban fuerzas, cargó el mueble a la espalda y partió de inmediato con rumbo Norte. Por entonces, el matrimonio no disponía de coche y se veían obligados a tener que caminar un buen par de horas, cada vez que bajaban al pueblo o subían de él. Por no tener, no tenían ni techo; se las apañaban en una tienda de campaña instalada entre las ruinas, aunque eran felices disfrutando de su nueva vida en plena naturaleza.
Pues bien, en una encrucijada de caminos, de las muchas que hay por allí arriba, se cruzó con una sombra que también traía sobre los hombros un ropero idéntico al suyo. Él, que no había tenido nunca miedo hasta ese día, reconoció que en aquella ocasión le entraron sudores y apetencia desmedida de vientre. La figura era de su misma estatura y de trazas muy parecidas a las suyas, aunque, no llegó a verle la cara. Mateo Peyrolet le hizo un limitado ademán de saludo, por aquello de no perder las formas ni siquiera en momentos críticos, pero el otro se limitó a seguir su camino, a paso lento, sin dar más señales de vida que el propio desplazamiento metódico hacia delante. Desde aquel día se lo pensó muy mucho cada vez que tenía que salir de noche.
Pero volvamos al día de la llegada. Después de saludarse efusivamente una y otra y otra vez, les fue servido por fin el té. Definitivamente, entraron en calor. Acto seguido, les sirvieron de comer. Durante la cena, escucharon con atención de boca de los Peyrolet todo lo concerniente a la adquisición y restauración de la vivienda. Se sentía tan orgullosa aquella pareja, al haberla comprado más con ilusión y esfuerzo que dinero.
Entre hormigón, muros maestros y corrimientos de tierras, sin apenas darse cuenta, Sebastián y Mateo fueron gradualmente retomando la siniestra conversación que dos meses atrás habían dejado suspendida en el aire de Mallorca. El escenario era objetivamente propicio para ello: las fantasías lúgubres brotaban hasta en los intersticios de las baldosas. Sin ir más lejos, una semana antes les había aparecido encajado entre dos vigas un cadáver momificado. Todavía no habían tenido tiempo de enterrarlo, y lo guardaban envuelto en una manta no muy lejos de donde estaban cenando.
“No te asustes, Luisito –manifestó el anfitrión al verle con aquella cara-, que los muertos de campo no son como los de ciudad. Los de aquí arriba, en particular, son gente estupenda. Te lo aseguro; es muy raro que se metan con alguien. El monte, al igual que el mar, templa el ánimo tanto a los que son como a los que dejaron de ser. Por regla general, nos hace ser mejores personas, más... bondadosos”.
No supo el niño qué había querido expresar exactamente Peyrolet con lo de “...es muy raro que se metan con alguien”, aunque pudo esbozar fácilmente el trasfondo de la idea.
Al advertir el interés que suscitaba el tema en los invitados, la pareja pasó a hacerles un recuento exhaustivo de los cadáveres que se habían ido encontrando durante las distintas operaciones de desescombro. Por lo visto, se tropezaban con ellos tanto en paredes medianeras como en los suelos de la casa; en el sótano y en las huertas de los aledaños. En definitiva, que cementerio lo era todo en aquella hacienda, además del espacio específicamente proyectado en un principio para serlo. De entre todos los que salieron a colación, el ejemplo que más le intranquilizó a Luis fue uno que tenía que ver con una fosa repleta de niños. Los había de todas las edades, de recién nacidos a púberes, y habían aflorado al ir a despejar los bajos de la casa, lo que en otros tiempos fuera la escuela de la comarca.
Peyrolet, erre que erre, no se bajaba del burro: “...pese a todo, en la rectoría hay muy buenas vibraciones”.
Con aquel panorama, acabaron desvaneciéndosele las pocas ganas de dormir que todavía le quedaban, y con ellas las expectativas de pasar un fin de semana placentero. Se obsesionó con la idea de descorrer la noche en un mágico abrir y cerrar de ojos. Poder espantar las tinieblas por medio de ese acto fantástico; huir definitivamente de la constatada persecución anímica que siempre trae consigo la oscuridad. Pero la magia no era su fuerte, y tuvo que confiar momentáneamente en que los mayores alargarían la cháchara hasta el alba. De improviso, su elucubrante planteamiento dio un giro de trescientos sesenta grados, y los reunidos en torno a la mesa se levantaron con la radical intención de acostarse. Como si de improviso se les hubieran agotado las pilas.
En un desproporcionado alarde de hospitalidad, los anfitriones les cedieron su cama en el piso superior. Alegaron que no les importaba en absoluto rememorar tiempos pasados, al calor de la estufa, acurrucándose de nuevo sobre una estera en el suelo de la cocina. Incluso iba a ser divertido.
Antes de retirarse definitivamente al aposento, la familia Riotorte tuvo pasar un completo examen de todas las normas básicas que había que observar durante la vigilia. Para que no fueran a encontrarse luego con problemas. No es lo mismo habitar una casa con todas o casi todas las comodidades de la vida moderna, que hacerlo en la férrea disciplina del medievo. Les enseñaron de forma apresurada a manejar los diversos artilugios dispensadores de luz que, al mismo tiempo, estaban poniendo en sus manos. Les mostraron dónde estaba el retrete y cómo funcionaba. Y, enumerados los peligros más sobresalientes, como a dónde podían acercarse y a dónde no, les desearon por fin unas buenas y cálidas noches.
En aquel instante daba comienzo el particular via crucis de Luis. No tenía por entonces -ni ha tenido nunca- mucha relación con ese tal Dios al que todo el mundo suplica lo indecible, pero sí es cierto que aquella noche le rogó de rodillas una sola cosa, que pusiera en marcha todo ese gran dispositivo milagroso, del que tanto había oído hablar a los abuelos, para que no le entraran las ganas de ir al baño. El Grande no le oyó o, ve tú a saber, no quiso oírle.
Al despertarse por la mañana, no recordaba nada de lo que le comentaron sus padres. Que gran parte de la noche se la había pasado soñando en voz alta, y que se había movido en exceso y que gritaba y les daba patadas a los dos, como si buscara deshacerse de ellos. Indiscutibles señales de un ataque de orines. (Deambular en el sueño por entre situaciones aleatorias de agitación abstracta es la forma que tienen muchas personas, en especial los niños, de alargar en la cama las necesidades del cuerpo.) Se despertó sobresaltado de madrugada, por tanto, con unas ganas de orinar como nunca las había tenido anteriormente. La situación se le presentaba harto complicada: había que calzarse rápidamente, en la perentoriedad de aquella situación embarazosa, y abrigarse al mismo tiempo a conciencia, ya que cruzar el umbral de la habitación presuponía hallarse de repente en mitad del Polo Norte. No sabía cómo hacer para vestirse. Si soltaba las manos de donde las tenía agarradas, se pondría perdido y las cosas podrían ir a peor; mientras que si las mantenía en el estrangulamiento obstinado de sus convulsionadas partes, tampoco era solución viable. En un alarde de clarividencia nocturna, el padre se apercibió de la problemática filial y tomó la iniciativa. Le vistió como pudo y se abrigó también él a duras penas. Avivó la lánguida lámpara de petróleo que estaba en el suelo junto a la puerta, y salieron a trompicones.
Al otro lado del recogido trópico interior, ventisca cortante y malos augurios, papá Sebastián caminaba semidormido, cabizbajo y arrastrando los pies, mientras que quien que se lo estaba haciendo encima no dejaba de vigilar los flancos y la trasera.
En el interminable itinerario hacia la liberación de su vejiga, pudo ver caras que le observaban. Decenas de rostros de facciones arriesgadas por confusas, que se movían de un sitio a otro. Vivas expresiones de tensión. Al acercarse a ellas, la luz del candil se empeñaba en exagerar sus perfiles grotescos sobre las paredes, imprimiendo a la caminata el carácter de alucinación. Luego se enteró de que lo que había tomado por apariciones espectrales, no eran sino esculturas antropomórficas hechas por el propio Mateo Peyrolet que, aparte de representante de productos químicos, también pertenecía al gremio de la creatividad indiscriminada, al igual que su padre. Para sorprenderles gratamente con los rendimientos de su arte, no se le había ocurrido otra idea que irlas colocando en lugares estratégicos de la casa, precisamente “para potenciar el carácter inquietante” de aquellas fisonomías difusas.
Llegaron por fin al retrete. La flamante taza, único y aislado elemento que se empeñaba a duras penas en definir por si mismo la condición de la estancia, parecía un trono. Elevada sobre una pequeña plataforma de obra, alicatada con viejas baldosas de barro recuperadas, y situada al fondo de la nave repleta de escombros y materiales de derribo, se erigió por unos instantes en el bastión de su defensa frente al enemigo. Subido a la minúscula elevación de carácter sanitario, se sintió un poco más seguro que a suelo raso. A la derecha del sitial, sobre la misma plataforma, había tres pozales de plástico llenos de agua procedente del lavado de la vajilla, dispuestos en el suelo para ser utilizados después de cada sesión. Y a la izquierda, en el muro y sobre un estante de madera apolillada a punto de deshacerse, los rollos de papel higiénico quedaban ligeramente fuera de alcance para la mano de un niño.
Separó los faldones de la chaqueta acolchada, se bajó el pantalón del pijama y se dispuso a soltar lastre. Papá Sebastián seguía en babia. Con el primer chorrillo, volvió a advertir la presencia de aquel viento sobrehumano que le había recibido a la llegada, unas horas antes. Le sopló puntualmente, al igual que entonces, en la cara y en las manos, aunque ahora lo hacía también sobre las partes recién descubiertas. Constatación de que, en aquel lugar, sí sucedían cosas insólitas. No estaba loco, pues, parecía evidente que en un local cerrado como ese pudiera soplar el viento, a no ser que fuera provocado de forma intencionada. Mal rollo. Y aún así, logró mantener una cierta calma. Hasta que algo tiró de la punta de su pene hacia delante, y acabó desfondándose por completo. Le temblaron las piernas. Quiso llorar, pero no pudo; de repente se había quedado mudo. Y papá, con aquella mueca de idiota, montado en una nube.
Toda vez que ese alguien le hubo abierto el grifo, el flujo amarillo comenzó a fluir de forma desordenada mojándole los muslos. Pero cesó de improviso el desbarajuste al cabo de unos segundos, comenzándose a formar una especie de incomprensibles bolsas de líquido en suspensión. Globos transparentes y brillantes, que, uno tras otro, fueron deshaciéndose como burbujas en el aire, yendo a parar la meada que contenían sobre las rodillas y sobre las ropas bajadas y los pies con zapatillas. Para completar la escena, la pinga empezó a meneársele sin ton ni son. Unas veces de izquierda a derecha, y otras estirándose hacia delante, para aplastársele seguidamente contra el pubis, en un movimiento de vaivén trastornado. De tal manera que no sabía qué le estaba sucediendo a su méntula. Acto seguido, el que no podía ser visto pasó a chuparle los dedos de las manos, que se le helaron al instante, completándose el recién iniciado ciclo de glaciación de todo el cuerpo. Inmovilizado, no era ya dueño de ninguno de sus actos. Transmitida de forma taxativa al cerebro la orden de vaciar el tanque, no pudo reaccionar en sentido contrario y acabó de desparramar el contenido de la vejiga. Salido del letargo momentáneamente, al percibir en el aire un cierto desvarío, papá Sebastián se limitó a preguntarle si había terminado de hacer sus necesidades, conduciéndole de vuelta a la habitación, en cuanto hubo obtenido la respuesta que esperaba oír.
El misterioso y, al mismo tiempo, original efecto absorbente del que había sido objeto su miembro, le recordó otra sensación muy similar: la que vivió junto a sus primos cuando se bañaron desnudos en el gran estanque de Banyalbufar, dos veranos antes. Los peces les succionaban por todo el cuerpo, dándoles la risa por tal motivo, no sin haber pasado antes por instantes de desasosiego, hasta que descubrieron que eran unos bichos totalmente inofensivos. Aquel día, su prima Elisa recordó haber oído en algún sitio que algunos animales se comían la piel marchita de los hombres. Uno de esos tácitos acuerdos simbióticos entre especies distintas: maravillas de la madre naturaleza. En la alberca los peces les permitían bañarse y, a cambio, se cobraban el valor del ticket de entrada y baño en especie, para ellos tan nutritiva. Pero muy al contrario de lo que sucedió en el estanque, lo del retrete de la rectoría no había sido en absoluto agradable, ni simpático, ni mucho menos gracioso.
Lo ves -le dijo su padre nada más hubieron llegado a la habitación-, este sitio es un remanso de tranquilidad; no tienes de qué preocuparte estando, como estás, tan bien acompañado. Puedes dormir tranquilo, que tu madre y yo velaremos para que todo continúe como hasta ahora.
¡Y una mierda!, pensó para sus adentros mientras intentaba a duras penas convencerse de la bondad de aquellas palabras ingenuas. ¿Otra vez imaginaciones?: ni hablar. Obviamente, se pasó el resto de la madrugada en vela, consecuente de que la situación era muy otra.
Entrado el día, le costó muchísimo salir del cuarto. La experiencia vivida, y la falta de sueño derivada de ella, no eran precisamente motivos de júbilo como para recibir a los rayos del sol con los brazos abiertos. A la vuelta del desayuno, sin embargo, le estaba esperando un auténtico paraíso natural, en donde podría dar rienda suelta a todas las fantasías que se había marcado como meta durante las semanas anteriores al viaje. Cruzó los dedos. Entretanto se decidía a salir de la cama, tuvo una intuición. Imaginó que, en cierto modo, los espíritus anclados en un lugar concreto debían de comportarse de forma muy similar a los animales domésticos que, con muy buen tino, procuran ignorar a quien les ignora positivamente, mientras que se ceban en aquellos que demuestran miedo en el cuerpo. El ejemplo más claro era el de su padre, que había pasado la noche más tranquila de su vida, mientras él se estaba debatiendo en mitad del delirio.
Diatribas a un lado, se vistió y bajó a desayunar con los demás. Almorzaron copiosamente; se les sugirió que así debían hacerlo, pues no iban a volver a probar bocado hasta bien entrada la tarde. Panza llena, salieron a rastrear los aledaños. Mateo se había empeñado en mostrarles todo lo relacionado con la parte trasera de la casa y el paisaje más inmediato, antes de iniciar la excursión propiamente dicha.
Al doblar la esquina del campanario, luego de haber flanqueado un diminuto, a la vez que sugestivo, bosquecillo de laureles, y de haber salvado con brío el terraplén que se forma en aquel recodo, con motivo de la acumulación de escombros procedentes de la obra, fueron a dar de bruces con el cementerio. Su primer alto en el recorrido de calentamiento; la etapa que Luis, aplicando de forma unilateral grandes dosis de inútil perseverancia psíquica, habría querido posponer indefinidamente. De todos modos, estaba cantado que si no era hoy, sería mañana que acabarían parando allí.
Para su satisfacción, descubrió que el camposanto y la casa no estaban realmente unidos. Cuestión fundamental. Los comentarios de la noche anterior durante la cena, y la imposibilidad de una comprobación ocular a esa hora, le habían conducido a una tesis tan errónea como alarmante. Que no se tocaran físicamente, de repente imprimió a su trastocado ánimo renovadas expectativas. Entre uno y otra existía un camino actualmente en desuso, que, según los Peyrolet, debía de haber sido utilizado en otros tiempos como acceso hasta la originaria puerta principal del edificio.
Convivir a todas horas con el cementerio y sus moradores, no suponía para los Peyrolet ninguna bendición especial del Cielo, como sí había supuesto en un principio Luis. Muy por el contrario, el hecho determinante de tener que compartir todo tipo de experiencias personales con extraños, no entraba deliberadamente dentro de sus planes generales. Y, si bien era cierto que hasta el momento no les había supuesto una preocupación crucial, pues tenían otras más acuciantes, como terminar la casa y sacar adelante el negocio de representación del que a duras penas subsistían, lo cierto era que se habían propuesto desde hacía muchos años quitarse de encima aquella espina clavada. Se lo hizo saber a papá Sebastián en un alto, después de que éste bromeara a propósito del tema. A partir de aquel instante, el niño dejó de mirar a esa gente como a excéntricos. Comprendió con soltura que cualquiera en su lugar habría tenido que actuar de la misma forma, con paciencia y buen humor, cuando lo primordial era sacar adelante aquella magnífica propiedad.
Con esa finalidad habían iniciado hacía tiempo una serie de gestiones con la administración y el obispado de Gerona, de quien dependía el cementerio, encaminadas a conseguir su traslado a otro lugar. Incluso estaban dispuestos a ceder una parcela limítrofe de su propio terreno, con tal de que pudiera llevarse a cabo la operación. Pero el asunto se les estaba planteando harto complicado, por no decir que imposible. Burocracia y más burocracia: el subterfugio de las autoridades para enmascarar sus pocas ganas de remover tierra santa. Tierra sin beneficio porcentual, evidentemente. Tanto era así, que hasta la fecha no habían conseguido todavía sentar a las partes implicadas a la mesa de negociación. Les iban pasando con canciones, a ver si aquella gente de fuera se agotaba durante los prolegómenos.
Como consecuencia del abandono, el complejo funerario ofrecía un panorama desolador. La mayoría de las tumbas habían sido profanadas por la acción del tiempo... y de las obras en la rectoría, que se estaban eternizando debido a la escasez de saldo para afrontarlas con dinamismo. Según recalcó Mateo durante el paseo, el último enterramiento –el de los hermanos Colubí, recordemos- se había producido unos cincuenta años atrás al otro lado de la tapia sur. A partir de ahí, nadie se había vuelto a ocupar del mantenimiento del recinto. Luis se dio cuenta rápidamente de que aquel no era un cementerio muy ortodoxo, que digamos. Descuido aparte, se veía a la legua que, desde un principio, no habían invertido en él ni dinero ni buenas maneras. Ni tan siquiera imaginación, que es lo último que debe dejar de aplicarse cuando falta lo esencial. Por comparación con los otros dos cementerios que conocía, el de Castellar se le antojaba especialmente primitivo. De cutre lo hubiera calificado, si le hubieran pedido su opinión al respecto. Sin duda conformado a través de los siglos por gente voluntariosa, llamaba poderosamente la atención por lo rudo de sus acabados. Los nombres de los difuntos, y las fechas de sus muertes, aparecían escritos de cualquier manera sobre el cemento o el yeso en su día frescos; torcidos en unos casos, y en otros -o en ambos casos a la vez- amputados en el límite de la superficie, fruto de una mala planificación a la hora de escribirlos. La mayoría habían sido trazados con palos, o incluso con los dedos. Sólo había una tumba que cumpliera los mínimos requisitos para ser considerada como aceptable, aunque tampoco en exceso. Poseía una lápida de mármol, la única lápida en todo el recinto, aunque grabada sin duda también por un inútil. La escritura, en ese caso particular, mostraba hasta cuatro parches, encajados sobre el material base con muy poca gracia después de sendas equivocaciones, prueba de que el cincelador desconocía aquel oficio santo.
Los nichos estaban ordenados por números. Todos del mismo tamaño e igualmente mal grabados sobre placas ovaladas de piedra blanca, de unos cinco centímetros de alto por ocho o diez de ancho.
Absorto, el padre de la criatura comenzó a palparlas con las yemas de los dedos, llegándose a olvidar por unos instantes de dónde estaba y de que no estaba solo. Era muy normal en él quedarse prendado de todo aquello en apariencia sin valor. Peyrolet alzó la voz jocosamente en tono solemne, para declarar que iba a hacerle entrega de un obsequio a papá Sebastián: “la número diez y la número ocho son para ti, mientras que la tres, la cuatro, la doce y la veintidós irán a parar a mi bolsillo, que para eso soy el jefe aquí”. Nunca antes había reparado en aquellas placas de mármol hasta ese día. El acto solidario del anfitrión consiguió devolver a Sebastián al tradicional mundo de los paseantes.
Los números saltaban de la pared con mucha facilidad. Con tirar suavemente de ellos hacia fuera, se desprendían del cemento ajado. En el hueco resultante, aparecían unos bichos negros. Luis hizo referencia a que podían ser los mismos que se habían zampado a los muertos, aunque la acotación ilustrada de su padre le sacó rápidamente de dudas: “Estos animalitos son sanantonios -le dijo, al verle de nuevo con el rostro alterado-, que, al no encontrar oposición en los materiales de la pared, han ido conformando sus hogares ahí mismo, detrás de las placas”.
A ser arrancado el número ocho el suelo tembló. Y con suelo se agitaron ellos, las tumbas y también el campanario de la pequeña iglesia adosada a la rectoría. Del susto, papá Sebastián dio un salto en retirada. A Luis se le pasó inmediatamente por la cabeza que no iban a salir indemnes de aquel fin de semana montañoso. ¿Qué podía esperarse de un paraje en donde sucedían las cosas más impredecibles, por muy poético y entrañable que pudiera parecerles a todos los demás?
El amigo intentó tranquilizarles explicando que solían ser muy comunes los terremotos de baja intensidad en la comarca de Olot. Muy cierto: la Garrotxa es tierra de volcanes adormecidos a los que, de vez en cuando, les da por bostezar. Les señaló unas grietas en la fachada de la casa, a fin de corroborar su discurso. La grieta de la cocina, sin ir más lejos, aquella que dibujaba una línea profunda justo por encima del dintel de la ventana, se había producido a consecuencia de uno de esos temblores, hacía tan sólo unos meses.
Haciendo caso omiso de los comentarios propicios, Luis se empeñó en relacionar la sacudida con la presencia de su difusa custodia, atribuyéndole en última instancia toda la responsabilidad de lo sucedido. Se angustió una vez más, al tiempo que otra convulsión terrena le ponía de nuevo en guardia. Si bien resultó físicamente algo más llevadera que la anterior, no lo fue tanto –para él- el hecho de que sus efectos se circunscribieran única y exclusivamente dentro de las estrictas coordenadas del nicho número ocho. Ni un paso más, ni un paso menos.
Como se había establecido por costumbre desde que llegaron, sus acompañantes parecieron no darse cuenta de aquel detalle crucial. Fijaron la vista, eso sí, unas décimas de segundo sobre la tumba que tenían enfrente de sus narices, y continuaron hablando como si nada. Sólo él continuaba siendo plenamente consciente de lo delicado de la situación, porque allí sí estaba pasando algo. “Hubiera sido mucho mejor no haber venido…”, se flagelaba sin cesar.
En el desconcierto general de su locura momentánea, aquél, al que bautizó de forma instantánea como El número ocho, fue a colársele por la base de los pantalones. Le subió por la pernera derecha y fue a instalársele en el interior de los calzoncillos. Al calor de la más sagrada intimidad, le estuvo mordisqueando las partes blandas; le daba tironcitos de la punta del capullo, y del vello ligero del escroto, al igual que lo había hecho ya la noche anterior en el sótano. Quiso imaginar que se trataba del espíritu de un niño con ganas de jugar; uno de aquellos niños a los que se había aludido en sombría conversación noctámbula, pero confirmar aquel detalle no le fue posible en ningún momento.
Menea que te menea bajo la ropa, se tapó la bragueta con las manos en un acto reflejo sin precedentes, mezcla a partes iguales de pavor y decoro. Por nada del mundo hubiera dejado que los dos hombres fueran testigos de lo que estaba aconteciendo al otro lado de su cremallera. ¿Cómo explicarles...?
Entre las tumbas del suelo había todo tipo de materiales de derribo en las peores condiciones: tejas rotas, vigas podridas, planchas oxidadas, ferralla, muebles para hacer leña… Intentó distraerse con todo aquello, contando y descontando piezas, y también con el canto de los pájaros.
Mientras tanto, una especie de escozor salpicado de temblorcillos no dejaba de incordiarle allá en esas partes. Se rascaba a duras penas, para no destapar sospechas. Pero al verle en postura inquieta y perseverante, su padre le preguntaba cada vez que qué le sucedía. Le contestaba Luis que nada, que todo iba bien, y que tenía las manos sobre la bragueta como las podía tener en cualquier otra parte del cuerpo. Papá Sebastián arqueaba las cejas dibujando un gesto de extrañeza, y continuaban el recorrido que Peyrolet les iba trazando sobre la marcha.
Caminó de aquella suerte por espacio de unos diez minutos, hasta que el bicho debió de cansarse y le dejó por fin tranquilo.

Invitados por un vecino de nacionalidad belga, fueron a la mañana siguiente a montar a caballo por las montañas de alrededor, y hasta allí le siguió El número ocho. No bien estaba a punto de subirse al animal, cuando notó por segunda vez la manifestación de aquella protuberancia dentro de los pantalones. Doblemente mortificador, su recorrido en plena naturaleza resultó un martirio. Desconcertado tanto por la torpeza como por brusquedad de los movimientos del chaval, el belga tuvo que bajarse varias veces del caballo para comprobar si tenía la silla mal colocada, o si algún desperfecto en ella pudiera estar ocasionándole aquellas molestias en las ingles. Lógicamente, no hallaba nada extraño en los accesorios de cuero. Se sonreían mutuamente cada vez, y el caballista regresaba a su montura con la extraña sensación de que dejaba algo por resolver.
“Quizá sea debido a que es la primera vez que se monta en un caballo”, se apresuraron a comentarle los padres al anfitrión de la montada, un tanto avergonzados por los incesantes desvelos de aquel señor.
Cuando iban en el coche de los Peyrolet -lo tomaron en varias ocasiones, para hacer las rutas más largas-, sucedía tres cuartos de lo mismo. Tampoco le dejaba en paz aquella rémora. A partir de la segunda noche, se atrevió incluso a introducirse en la cama que Luis compartía con sus padres. Ellos no entendían qué le estaba sucediendo al hijo, pues los movimientos derivados de aquella unión de hecho no eran ni mucho menos similares a los de una vejiga constreñida que está pidiendo libertad de acción. Le atosigaban a preguntas, pues, mientras él no paraba de moverme como un hechizado. Preguntas a las que se veía obligado a replicar con peteneras y subterfugios. Cansados de tener que soportar aquel comportamiento abstruso por su parte, la tercera vigilia le obligaron a desnudarme a la luz del candil. ¡Estoy segura de que tiene lombrices!, argumentó su madre, creyendo haber dado con el problema. Sin embargo, sus males no eran de aquel mundo.
Paso a paso y a fuerza de embates, fue perdiéndole el miedo a la compañía. Se acostumbró a sus maneras chocantes, como el que se acostumbra a dormir en suelo pedregoso, o sobre un lecho de espinas, y acaba por dejar de sentir las incomodidades derivadas de una situación poco común.
Así, entre el uno y el otro, Luisito por desgaste, y aquél por sentirse cada vez más soberano en su medio, fueron perfeccionando el mecanismo de la extraña relación que los había unido en fin de semana.