3.2.08

·· Bedeles

Si en el Estudio Lauria aprendíamos poco, cuando llegamos a la escuela homologada de las Bellas Artes todavía fue mucho peor. Me gustaría puntualizar, antes de nada, que el bagaje tangencial que llegamos a acumular durante el tiempo que pasamos en el primero, contribuyó decisivamente a la hora de afrontar el encorsetado mundo del arte oficial. Los pupilos del profesor Congost nos enfrentábamos por primera vez a un reto muy particular. Un desafío que distaba años luz del que tenían en mente toda esa horda de ilusos que entrarían junto a nosotros, aunque por otras vías, en la gran Escuela. Esa otra gente a la que me refiero, acudía en manada al examen de ingreso, como borregos, plenamente confiados en salvar aquel escollo inicial de la plástica institucionalizada, simple y llanamente gracias a la genialidad de sus dotes expresivas naturales. Los de la Lauria, por el contrario, llegábamos allí totalmente convencidos de nuestras excelencias personales, avaladas por la aureola de triunfos que nuestra modesta academia ostentaba desde su fundación, diez años antes. Es decir, que nos adentrábamos en aquella ficticia aventura todavía más confiados en aprobar, si cabe, que ningún otro aspirante. No era para menos, la realidad venía a demostrar, de forma taxativa, que incluso los más torpes conseguían pasar, año tras año, las complicadas e interminables pruebas de acceso. Un milagro reconocido por todos los que, de algún modo, estaban relacionados con la academia del señor Congost, y que repercutía directamente sobre la propia figura de nuestro director y único maestro, situándole en una posición sobresaliente, por encima de la discreta media gremial. Algo que no atinábamos a comprender del todo, después de haber sufrido en propia carne como alumnos, lo precario y peregrino de sus enseñanzas multidisciplinares. Pero, como los resultados eran siempre inmejorables, a la hora de recibir en mano las actas definitivas, ningún discípulo se preocupaba luego de investigar qué sucedía al margen de sus notables o sobresalientes calificaciones.
Dada la complejidad de las pruebas, estos exámenes de ingreso se desarrollaban de forma totalmente diferente a los de cualquier otra especialidad superior. Requerían de un laborioso, lento, y destilado proceso, con sabor antiguo, derivado de las técnicas ancestrales que nos obligaban a utilizar, para hacer aflorar todo lo bueno que llevábamos dentro. Este complejo cúmulo circunstancial nos obligaba a trabajar y a permanecer en el centro por espacio de diez horas diarias durante seis días consecutivos. Cada mañana al entrar en el aula correspondiente, con la almohada todavía adherida a la mejilla, comprobábamos con asombro que, donde habíamos dejado la noche anterior un volumen de encaje, por supuesto no solucionado hasta sus últimas consecuencias, aparecían ahora manos, pies o costillares magistralmente definidos. O que, donde no éramos todavía capaces de vislumbrar ni siquiera la presencia del color, amanecía ante nuestros ojos un universo de correspondencias cromáticas, que dejaban en ridículo cualquier práctica colorista convencional, ya fuera clásica o moderna. Infinidad de fragmentos preciosistas que, aparte de sembrar en nosotros la duda natural, nos llenaban por supuesto de gozo, al quedar demostrado que la nocturnidad obraba en favor de un talento que creíamos naufragado, al dar por finalizada la jornada anterior. Nos mirábamos perplejos, los unos a los otros, al principio de cada sesión, con una alegría silenciosa pero trémula, y continuábamos trabajando, como si tal cosa, con el ánimo totalmente renovado. Y al día siguiente, cuarto y mitad de lo mismo: aquella mano, aquel pie, o aquel costillar de apariencia deslumbrante, aparecía reelaborado diez centímetros arriba o abajo o a la derecha, rindiendo pleitesía a los últimos cambios generales que habíamos introducido en la sesión anterior; y así, un día y otro día, hasta cinco días consecutivos, como en un juego del que, en apariencia, no se conocían las reglas ni tampoco el origen de su procedencia. En ocasiones, incluso todo el trabajo -la composición completa- amanecía totalmente restaurado, suponemos que en función de esas hipotéticas normas que la noche imponía a nuestros trabajos. En aquellas circunstancias se nos hacía muy difícil discernir si aquellas mutaciones, en constante evolución, eran fruto del sueño engañoso de la primera hora matinal, o realmente sucedía que las oscuras fuerzas del arte generaban vida propia durante la vigilia, decidiendo su propio destino en el transcurso de las horas oscuras.
El tiempo y la casualidad se encargaron de desvelar el enigma. Aunque también es cierto que una fluida alianza con los subalternos de la casa, porteros, jardinero y modelos, me ayudó de forma decisiva a la hora de destapar aquel oscuro asunto. Atando cabos de conversaciones dispares, llegué hasta Cipriano, el bedel más joven de la institución académica, que operaba de botones desde hacía varios años, en espera de que a alguno de sus compañeros más mayores le llegara la jubilación. Recién casado, Cipriano, que era un aprovechado y un vivales, había conseguido, además, hacerse con el puesto suplementario de guardián oficial de la Escuela, aparte de con otros muchos cometidos. En este orden de cosas, al margen de su estricto horario laboral de ocho horas como subalterno, y de sus rondas nocturnas en busca de una seguridad integral para el centro, también invertía otras cuatro o cinco de su jornada interminable en posar como modelo en aquellas mismas aulas. Y por añadidura, a su mujer le había conseguido el puesto de gobernanta general, empleo que traía parejo el derecho a utilizar gratuitamente la vivienda anexa, habilitada para tal fin en los bajos del edificio. En resumen, un conjunto de circunstancias económicas que catapultaron los negocios del matrimonio hacia una situación inmejorable. Negocios que, gracias a las mil y una habilidades de este hombre, habían ido siempre viento en popa. Fruto de este monopolio, Cipriano se conocía a la perfección todos los entresijos de la Escuela, desde atajos para acceder a cualquier rincón de la casa sin ser visto, hasta cualquier detalle técnico del edificio, pasando por las marcas de ropa interior que usaban todas y cada una de las amantes del director, que no eran pocas. Lo sabía todo sobre todo y sobre todos. Desde el día en que hizo su presentación, Cipriano asumió que allí, en la periferia de las bellas artes, estaba su futuro. Vivía a sus anchas.
No obstante, un par de botellas de vino después de la victoria en la liga de nuestro común equipo favorito, acabaron haciéndole cantar por alegrías el trato de favor que dispensaba hacia una parte de los alumnos; entre los que, sin ser consciente de ello, y gracias a Dios, me encontraba yo.
Me explicaré: escuelas de arte de cierto prestigio se podían contar en aquellos momentos con los dedos de una mano, circunstancia que obligaba a que las pocas plazas disponibles estuvieran mucho más que solicitadas. Por consiguiente, una avalancha de artistas en ciernes combatía a sangre y hierro, cada primavera, con el objetivo de conseguir el preciado pase a la inmortalidad. Las dificultades derivadas de la lucha eran tan grandes, que una gran parte de los posibles candidatos no lograban superar ni tan siquiera los trámites previos. Conminándose a vagar por el mundo de las academias el resto del año, con la esperanza puesta en la siguiente convocatoria. Nosotros, los del Estudio Lauria, no éramos de ésos, nosotros entrábamos cada año a lo grande, pulverizando cualquier pronóstico; y lo hacíamos en grupo, la plantilla al completo, sin distinción de categorías, ni de sexo, ni de nada de nada. Aunque el verdadero éxito no había que atribuírnoslo a nosotros, los examinandos, sino al profesor Congost, y más concretamente a la suerte que tuvo el día que trabó amistad con Cipriano Domínguez. Cipriano era quién en realidad hacía posible aquel milagro todos los meses de junio. Juntos, profesor y subalterno, habían fundado en la sombra una sociedad clandestina, que fue yendo a mejor a medida que los excelentes resultados se iban consolidando. Este último aportaba las facilidades que su cargo ponía a disposición del negocio, a sabiendas del riesgo que corría, y el profesor sus capacidades, tanto intelectuales como manuales. Los resultados eran inmejorables, la reputación de Mario Congost fue subiendo como la espuma y su fama cruzaba fronteras.
De noche, el bedel que, dicho sea de paso, cobraba una buena suma por su contribución a la causa del Estudio Lauria, abría la trampilla de uno de los sótanos, cerca de unas matas en el ala este, para que el licenciado pudiera introducirse desde el jardín en el interior del edificio principal. Una vez dentro, los dos desplegaban un dispositivo táctico sin precedentes en el mundo de la docencia. Y después de haber corrido todas las cortinas con suma habilidad y presteza, Cipriano tomaba su linterna y se dejaba guiar por las directivas de su socio y amigo. Eran diez interminables horas cada noche, en las que cada dibujo transmutaba el aliento, cada vaciado las formas, y para cada pintura suponía una transfusión renovadora de sangre multicolor. El señor Congost era tan precavido como ocurrente. Atajaba de raíz cualquier error embrionario, incluso antes de que éste pudiera llegar a materializarse sobre los soportes. A grandes rasgos, dejaba esbozadas las líneas maestras por las que deberíamos guiarnos al día siguiente y, de paso, él se allanaba el camino hacia las correcciones siguientes. En consecuencia, su trabajo y el nuestro eran perfectos.