Los zapateros de Barletta están de suerte. Varios empresarios de esta localidad italiana, cercana a Bari, han optado por organizar viajes de recreo para sus empleados más sobresalientes, como aliciente a la hora de hacer cundir el trabajo entre sus plantillas. Han descubierto que, motivando a los empleados con este tipo de iniciativas generosas, algo que hasta hace poco era impensable en el sector de la piel, mejoran sustancialmente sus beneficios empresariales. Con este propósito organizan dos veces al año salidas incentivadas al extremo oriente. Todos los meses los propios trabajadores de cada sección votan libremente a los compañeros que, en su opinión, mejor rendimiento han ofrecido durante ese tiempo. A final de temporada se recuentan dichos votos, y los que salen elegidos se disponen a partir, junto con sus jefes, con el único propósito de recargar las pilas. Energía que, sin ninguna duda, renovará a toda la empresa para el próximo período de trabajo. El calzado de esta región, por este motivo, sin ser más caro que el de la competencia, posee una calidad excelente y, como parte de su valor añadido, ofrece al consumidor incalculables dosis de buen rollo. Algo que, hoy día, no es demasiado frecuente en el mundo del comercio.
En uno de mis vuelos a Tokyo, haciendo escala en Roma, coincidí en el avión con una de estas expediciones. Su destino era Bangkok, la siguiente parada técnica de mi periplo hasta Japón. Sin saber nada de lo que se traían entre manos, noté a esos italianos muy excitados. No era para menos, como descubriría después. Serían unas veinte personas, todos hombres y, como digo, no paraban de moverse como si fueran adolescentes en viaje de estudios. Luego pude enterarme de que no era por discriminación sexual, lo de que toda esa tropa festiva perteneciera al género masculino, ya que las mujeres trabajadoras viajaban en agosto, al finalizar la otra temporada comercial, para poder llevar a cabo sus propios planes, lejos de la influencia de los varones, a los que tenían que soportar, con sus tópicas impertinencias machistas, durante el resto del año. De entre todos los italianos, sobresalía por su figura y por su talante, el que resultó ser el patrón del grupo. Un caballero muy digno, que rebosaba carisma por los cuatro costados.
Tardaron no menos de quince minutos en tomar asiento. Intercambiaban sus posiciones, se pasaban prendas, paquetes, bolsas y enseres de todo tipo. Lo que más me sorprendió de ellos fue que gritaran tanto.
El avión en el que íbamos era de los grandes, de los que tienen varios pasillos y, entre ellos, numerosas zonas de asientos. No obstante, y pese a la gran cantidad de plazas de que disponía la nave, dio la casualidad de que no habían podido sentarse todos juntos, viéndose obligados a repartirse por aquí y por allá, aunque relativamente cerca unos de otros. De esta forma conocí a Vicenzo, un patronista especializado en botas de alta montaña, que resultó ser un tipo extremadamente próximo. Gracias a su carácter extrovertido, pude enterarme con todo lujo de detalles de cómo iban a ser sus días de asueto en Oriente.
Los motores se pusieron en marcha y actuaron como un sedante para el grupo de Barletta, aunque el efecto duró muy poco tiempo. No habíamos hecho más que despegar, cuando comenzaron a trajinar de nuevo. De las bolsas de viaje y de las mochilas que portaban como equipaje de mano, comenzaron a sacar bolsas de supermercado repletas de comida. Panecillos, embutidos, queso de varias clases, encurtidos y también guindillas. En un abrir y cerrar de ojos, la parte trasera de la nave se convirtió en algo así como un mercadillo popular. No sé cómo lo hicieron, pero habían logrado pasar varios cuchillos de cocina, envueltos en hojas de periódico, y también una tabla de madera para cortar las porciones. Supongo que los policías de fronteras, en este país de meriendas fáciles, donde la comida es más que sagrada, saben diferenciar sobradamente a un terrorista con malas intenciones de un hambriento paisano.
Los intendentes de la cofradía barlettana eran cuatro, y conocían de sobra su especialidad. Lo tenían todo calculado. Uno abría los panes, otro los aderezaba con aceite de oliva y un poco de sal, un tercero les colocaba las tajadas, y el último se ocupaba de la repartición equitativa entre sus compañeros. Comieron a sus anchas y aliviaron su sed con buen vino de bodega. Las azafatas tailandesas, entre tanto jolgorio, no daban crédito a lo que estaba teniendo lugar en el avión. Pese a que invirtieron muy buenas y delicadas maneras en persuadirles de sus intenciones, les fue totalmente imposible dar a entender a esa gente, que la compañía lo tenía todo dispuesto para que sus clientes no pasaran hambre durante el vuelo. Entre risas y cantando, se mofaban de ellas y les decían con sorna que "...una merienda es una merienda, y no importa lo que venga detrás". Al poco rato, coincidiendo con el apogeo de su particular tentempié, comenzaron a servirnos una espléndida comida tailandesa, salpicada de diminutos y suculentos manjares. Como era de esperar, aquellos alborotadores no le hicieron ascos a nada, sumándose inmediatamente se sumaron a la comida oficial. Al terminar la ración que les habían puesto, pidieron más. Repitieron varias veces y, además, tomaron cafés y licores hasta agotar las existencias de la nave. En ningún momento dieron muestras de haber quedado satisfechos; aquellos hombres eran insaciables. La inminente perspectiva de pasarse diez días a cuerpo de rey, fornicando a placer con sedosas y tersas adolescentes, sin duda les había extremado el apetito, a la vez que les mantenía en el punto más álgido de su carácter grosero y parlanchín. El director y presidente, ni se inmutaba con las groserías de sus asalariados; sabía muy bien lo que se traía entre manos, y les dejaba hacer. Tenía muy claro que pasar ese ridículo valía realmente la pena, formaba parte de su elaborado plan de acción. Después de todo, a la vuelta iban a revolucionar la fábrica y, en consecuencia, también la producción. Aquel follón no era otra cosa que parte de la estrategia comercial para ampliar sus beneficios anuales.
Mi compañero italiano de asiento fue relatándome a conciencia, entre grandes sorbos y bocados, cómo iban a ser sus vacaciones a punto de comenzar. No sé lo que habría visto en mí -creo recordar que no había abierto la boca todavía-, para que me hiciera partícipe de todo su proyecto carnal tailandés. Por unas horas me convertí en su mejor amigo. La erudición de aquel hombre, en cuanto a temas de sexo, se me antojaba infinita. Todo el trayecto fue como una lección ininterrumpida sobre mujeres, puteríos, consoladores, masajes, condones, acometidas y saltos del tigre. Pero, una vez hubo terminado de contarme sus planes, pareció darse cuenta de que había estado ocupando abusivamente todo el espacio de la conversación. Me pidió disculpas. Seguidamente, y a petición suya, pasé a contarle el motivo de mi viaje, que pareció interesarle.
Al saber que mi vida y mis planes inmediatos estaban directamente relacionados con el arte, se empeñó, como suele suceder muy a menudo con la gente sencilla, en que le dedicara un dibujo sobre la doble hoja impresa con el menú. Yo, cansado como estaba, con la inspiración por los suelos, después de tantas horas de viaje y de trajín, sólo fui capaz de esbozarle con el lápiz un enorme aparato genital con piernas de hombre. Creí que aquella polla andarina, con un buen par de cojones bien peludos por acompañantes, colmaría sus repentinas ansias intelectuales. Me equivoqué de cabo a rabo. El patronista, totalmente perplejo ante mi obra, daba la impresión de no haberla comprendido. Creyó, el muy ignorante, que le estaba tomando el pelo. De modo que tuve que hacerle entrar en razón, esgrimiendo razones de peso: "El arte -le dije- es un fluido espiritual que pretende unir a las personas; y, como entre nosotros sólo existe, de momento, una fuerte elucubración sexual, el resultado de mi arte no puede ser otro que este cariñoso dibujo con el que deseo obsequiarte". Por supuesto, me agradeció el regalo, muy lacónicamente, eso sí, y se lo guardó en el bolsillo interior de la americana, haciéndome saber que jamás podría colgarlo en una casa cristiana como era la suya.
En uno de mis vuelos a Tokyo, haciendo escala en Roma, coincidí en el avión con una de estas expediciones. Su destino era Bangkok, la siguiente parada técnica de mi periplo hasta Japón. Sin saber nada de lo que se traían entre manos, noté a esos italianos muy excitados. No era para menos, como descubriría después. Serían unas veinte personas, todos hombres y, como digo, no paraban de moverse como si fueran adolescentes en viaje de estudios. Luego pude enterarme de que no era por discriminación sexual, lo de que toda esa tropa festiva perteneciera al género masculino, ya que las mujeres trabajadoras viajaban en agosto, al finalizar la otra temporada comercial, para poder llevar a cabo sus propios planes, lejos de la influencia de los varones, a los que tenían que soportar, con sus tópicas impertinencias machistas, durante el resto del año. De entre todos los italianos, sobresalía por su figura y por su talante, el que resultó ser el patrón del grupo. Un caballero muy digno, que rebosaba carisma por los cuatro costados.
Tardaron no menos de quince minutos en tomar asiento. Intercambiaban sus posiciones, se pasaban prendas, paquetes, bolsas y enseres de todo tipo. Lo que más me sorprendió de ellos fue que gritaran tanto.
El avión en el que íbamos era de los grandes, de los que tienen varios pasillos y, entre ellos, numerosas zonas de asientos. No obstante, y pese a la gran cantidad de plazas de que disponía la nave, dio la casualidad de que no habían podido sentarse todos juntos, viéndose obligados a repartirse por aquí y por allá, aunque relativamente cerca unos de otros. De esta forma conocí a Vicenzo, un patronista especializado en botas de alta montaña, que resultó ser un tipo extremadamente próximo. Gracias a su carácter extrovertido, pude enterarme con todo lujo de detalles de cómo iban a ser sus días de asueto en Oriente.
Los motores se pusieron en marcha y actuaron como un sedante para el grupo de Barletta, aunque el efecto duró muy poco tiempo. No habíamos hecho más que despegar, cuando comenzaron a trajinar de nuevo. De las bolsas de viaje y de las mochilas que portaban como equipaje de mano, comenzaron a sacar bolsas de supermercado repletas de comida. Panecillos, embutidos, queso de varias clases, encurtidos y también guindillas. En un abrir y cerrar de ojos, la parte trasera de la nave se convirtió en algo así como un mercadillo popular. No sé cómo lo hicieron, pero habían logrado pasar varios cuchillos de cocina, envueltos en hojas de periódico, y también una tabla de madera para cortar las porciones. Supongo que los policías de fronteras, en este país de meriendas fáciles, donde la comida es más que sagrada, saben diferenciar sobradamente a un terrorista con malas intenciones de un hambriento paisano.
Los intendentes de la cofradía barlettana eran cuatro, y conocían de sobra su especialidad. Lo tenían todo calculado. Uno abría los panes, otro los aderezaba con aceite de oliva y un poco de sal, un tercero les colocaba las tajadas, y el último se ocupaba de la repartición equitativa entre sus compañeros. Comieron a sus anchas y aliviaron su sed con buen vino de bodega. Las azafatas tailandesas, entre tanto jolgorio, no daban crédito a lo que estaba teniendo lugar en el avión. Pese a que invirtieron muy buenas y delicadas maneras en persuadirles de sus intenciones, les fue totalmente imposible dar a entender a esa gente, que la compañía lo tenía todo dispuesto para que sus clientes no pasaran hambre durante el vuelo. Entre risas y cantando, se mofaban de ellas y les decían con sorna que "...una merienda es una merienda, y no importa lo que venga detrás". Al poco rato, coincidiendo con el apogeo de su particular tentempié, comenzaron a servirnos una espléndida comida tailandesa, salpicada de diminutos y suculentos manjares. Como era de esperar, aquellos alborotadores no le hicieron ascos a nada, sumándose inmediatamente se sumaron a la comida oficial. Al terminar la ración que les habían puesto, pidieron más. Repitieron varias veces y, además, tomaron cafés y licores hasta agotar las existencias de la nave. En ningún momento dieron muestras de haber quedado satisfechos; aquellos hombres eran insaciables. La inminente perspectiva de pasarse diez días a cuerpo de rey, fornicando a placer con sedosas y tersas adolescentes, sin duda les había extremado el apetito, a la vez que les mantenía en el punto más álgido de su carácter grosero y parlanchín. El director y presidente, ni se inmutaba con las groserías de sus asalariados; sabía muy bien lo que se traía entre manos, y les dejaba hacer. Tenía muy claro que pasar ese ridículo valía realmente la pena, formaba parte de su elaborado plan de acción. Después de todo, a la vuelta iban a revolucionar la fábrica y, en consecuencia, también la producción. Aquel follón no era otra cosa que parte de la estrategia comercial para ampliar sus beneficios anuales.
Mi compañero italiano de asiento fue relatándome a conciencia, entre grandes sorbos y bocados, cómo iban a ser sus vacaciones a punto de comenzar. No sé lo que habría visto en mí -creo recordar que no había abierto la boca todavía-, para que me hiciera partícipe de todo su proyecto carnal tailandés. Por unas horas me convertí en su mejor amigo. La erudición de aquel hombre, en cuanto a temas de sexo, se me antojaba infinita. Todo el trayecto fue como una lección ininterrumpida sobre mujeres, puteríos, consoladores, masajes, condones, acometidas y saltos del tigre. Pero, una vez hubo terminado de contarme sus planes, pareció darse cuenta de que había estado ocupando abusivamente todo el espacio de la conversación. Me pidió disculpas. Seguidamente, y a petición suya, pasé a contarle el motivo de mi viaje, que pareció interesarle.
Al saber que mi vida y mis planes inmediatos estaban directamente relacionados con el arte, se empeñó, como suele suceder muy a menudo con la gente sencilla, en que le dedicara un dibujo sobre la doble hoja impresa con el menú. Yo, cansado como estaba, con la inspiración por los suelos, después de tantas horas de viaje y de trajín, sólo fui capaz de esbozarle con el lápiz un enorme aparato genital con piernas de hombre. Creí que aquella polla andarina, con un buen par de cojones bien peludos por acompañantes, colmaría sus repentinas ansias intelectuales. Me equivoqué de cabo a rabo. El patronista, totalmente perplejo ante mi obra, daba la impresión de no haberla comprendido. Creyó, el muy ignorante, que le estaba tomando el pelo. De modo que tuve que hacerle entrar en razón, esgrimiendo razones de peso: "El arte -le dije- es un fluido espiritual que pretende unir a las personas; y, como entre nosotros sólo existe, de momento, una fuerte elucubración sexual, el resultado de mi arte no puede ser otro que este cariñoso dibujo con el que deseo obsequiarte". Por supuesto, me agradeció el regalo, muy lacónicamente, eso sí, y se lo guardó en el bolsillo interior de la americana, haciéndome saber que jamás podría colgarlo en una casa cristiana como era la suya.