Pelar ajos es una de las pocas tareas culinarias que se me da francamente mal. De hecho, no me gusta. Muy de tarde en tarde consigo sacarles la piel de forma correcta. Esa especie de pringue aceitoso que rezuman se me queda en las manos y, en consecuencia, se me pegan en los dedos las infinitas cutículas que componen su embrollada cobertura, impidiéndome llevar a cabo con soltura la tarea que viene a continuación. No consigo controlar lo que tiene que quedarse de ellos, para guisar, y lo que debe ir al estercolero.
Sonó el teléfono cuando más engrescado estaba con los ajos. El caldo comenzaba en aquel mismo instante a salirse de la olla, y yo a medio camino entre apagar el gas y contestar a la llamada. El grifo abierto, por otro lado. Y, para completar ese pequeño caos apenas despuntado, el perro me ladraba iracundo para que le abriera la puerta que da al jardín. No era de extrañar, pues, que, una vez descolgado el auricular, con tanto embrollo no le hiciera demasiado caso a quién estaba requiriéndome de forma tajante a través del auricular. Pretendía que dejara todo en banda y me fuera con él. Me vi obligado a cortar sus expectativas:
- Sí, Pablo, sí, ha muerto Abd, pero la cruda realidad de mi vida, en este momento, es que no puedo moverme de casa.
- ¿Cómo que no puedes...?
- Pues eso, que no puedo. ¿No me has entendido bien?: “no puedo” significa exactamente que no puedo.
No obstante, insistió:
- Oye: si es por conducir, no te apures... paso a buscarte en menos de quince minutos y vamos en mi coche. ¡Anda!, apaña como puedas lo que tienes entre manos, y nos vamos los tres.
- ¡Qué tres!
- Se me olvidaba: también vendrá Tristán.
Sin duda, lo de que viniera mi cuñado debió de añadirlo para terminar de convencerme; aunque a ese le basta con poco para unirse a cualquier jarana.
- ¡No me presiones, por favor! No puedo irme antes de que llegue María; hoy es uno de esos días familiarmente complicados, un día difícil para quedar.
- Exactamente... ¿dónde está el problema?
- El problema son varios a la vez y ninguno al mismo tiempo. Un conjunto de temas sin aparente importancia, es cierto, pero que me complican la existencia para poder salir ahora mismo: te repito. Resulta que no está del todo claro que ella aparezca a su hora habitual y, aparte de eso, me pillas haciendo la comida y... Un lío, en definitiva. Y hay más, el niño sale a las cuatro del colegio y no tengo a nadie que pueda recogerle.
La conversación se interrumpió en ese punto. Colgamos al unísono sin despedirnos.
Bajando el auricular hacia la base del teléfono, súbitamente me di cuenta de que algo acababa de hacer mal. Follón doméstico, por un lado, y niño esperando en la escuela, por otro, aterricé de repente en el mundo de los afligidos. En un caso de tanta trascendencia, está claro que uno debería dejarlo todo y acudir donde la fatalidad acaba de poner un cirio, me dije. Imaginé por un instante la cara de mi amigo, después de haberle dado largas; lo que debía haber pensado de mí al negarme a ir con ellos. Y me entró un no sé qué en el estómago.
Con el remordimiento instalado en mí, terminé de escurrir las judías en el colador de aluminio. Corté seguidamente los tomates, la cebolla y las aceitunas negras en pedacitos, como a mí me gusta, mientras continuaba mentalmente al otro lado de la línea telefónica remendando aquella repentina frustración. Comenzaron a caerme las lágrimas sobre el platito de la cebolla. ¡Mierda, como es posible que Abdullah...!
Atando cabos, remontándome a una conversación que había tenido dos semanas atrás con Tristán, recordé sus palabras confundidas entre otras muchas palabras de otras conversaciones entrecruzadas: “Abd salió antes de ayer de la clínica”. Yo estaba contestando en aquel preciso instante a una pregunta de mi hermana Francisca, y dejé en suspenso lo de la enfermedad de nuestro amigo; enfermedad de la que no estaba al corriente. Como el flujo de aquella conversación múltiple derivara de inmediato por otros derroteros, se me fue la mente hacia otra latitud, y me olvidé por completo de preguntarle a Tristán por Abdullah; por qué había estado ingresado en el hospital.
Sonó el teléfono de nuevo cuando estaba aliñando la mezcla. Pensé que volvía a ser Pablo, que me llamaba por segunda vez con la intención de darme una segunda oportunidad. Pero no, en aquella ocasión fue Elena, una antigua compañera sentimental de Abd, con la que yo había trabado amistad compartiendo interminables horas de trabajo en un proyecto común, por espacio de más de tres años.
Al igual que yo, lloraba desconsolada; y hablaba a trompicones:
- Tooonni, ¿te has enterado del...del desastre?
Dejé fluir la saliva hacia el esófago, y tomé el aire necesario para contestar conservando un mínimo de dignidad.
- Me acabo de enterar por Pablo.
- ¿Pablo?
- Sí, mi amigo, el de la productora de cine.
- Mi... mira, Toni, yo m... me encuentro ahora en... una... –paró un instante para acompasar la respiración, y continuó- ...gasolinera; voy de camino a Termè. Imagino que subirás.
- Por supuesto que sí; en cuanto llegue María: lo mismo le he dicho a Pablo, aunque... Me jode no poder partir ahora mismo, pero no me queda más alternativa que esperar.
Contra todo pronóstico, antes de que pudiera extenderme en explicaciones, a través de la ventana vi asomar el coche de María por el portalón del garaje. No llegó a entrarlo. Apresurada, recogió sus bártulos del asiento trasero, bajó del vehículo y vino hacia la cocina por el caminito del jardín.
- ¿Ha pasado algo? –me preguntó nada más abrir la puerta, al verme compungido, sin darse cuenta de que estaba manteniendo otra conversación a través del teléfono inalámbrico.
- Ahora te explico...
- ¿Qué dices? – preguntó a su vez Elena creyendo que me estaba dirigiendo a ella.
- Perdona, Elena, estoy hablando al mismo tiempo con María, que acaba de llegar -¡milagro!- e este mismo instante.
- Entonces... ¿vas a salir ya?
- Sí: lo que tarde en abrigarme y sacar el coche a la calle.
- Mira, pues, te esperaré en...
No acabó la frase, el llanto se lo impidió. La conversación quedó suspendida en aquel fragmento.
Le esbocé muy brevemente a María lo sucedido, y me puse en marcha sin apenas darle tiempo a reaccionar. Ella me siguió hasta el garaje. “Te quiero”, susurró a mi espalda, para levantarme el ánimo, mientras yo me montaba en el vehículo.
- ¡Acuérdate de que hoy es el día en que el niño sale a las cuatro! –le grité ya en la calle.
- Lo sé, lo sé... ¡Ve con mucho cuidado; con esta lluvia apenas se distingue nada!
Cuando enfilé la carretera general, después del desvío del tren, eran aproximadamente las tres y cuarto. Escruté apresuradamente los discos compactos que traía conmigo, y me decidí por uno de ragas de Ravi Shankar y Ali Akbar Khan. Pensé que era lo único que podía servirme de preludio para un velatorio; para el velatorio de Abdullah Ripstein, “Abd” para los amigos, un apasionado entusiasta de los ritmos étnicos en toda su amplitud geográfica y conceptual.
Quizás Shankar y su compañero Khan estuvieran tratando de exuberantes alegrías en aquella música eflúvica, pero a mí, en mi total desconocimiento de la cultura que dictaba sus notas, lo cierto es que me hundía cada vez más en la miseria de este mundo traidor, que no perdona a nadie. Tratara de lo que tratase la música en cuestión, aquellos temas me ayudarían muy probablemente a reubicar la figura del difunto en el mundo de lo etéreo, y a recomponer también nuestras dispersas relaciones esporádicas. Los demás discos del repertorio disponible no contenían sino efímeras concesiones tecnoculturales para otro tipo de situación anímica; ritmos cotidianos de evolución repetitiva, en algunos casos hiriente. Lo opuesto para un ambiente de melancolía.
Jamás se me habían hecho tan largos aquellos treinta y tantos kilómetros de –ahora- triste y sollozado asfalto. Ante el inminente encuentro con el cuerpo inerte de mi amigo, al volante tuve tiempo de dar un concienzudo y panorámico repaso a algunos de los velatorios a los que había asistido hasta la fecha, en especial durante mi infancia. Dicen que Muerte llama siempre a Muerte. Y es cierto. La liturgia que se da en este tipo de encuentros, y en sus aledaños, suele ser un poco la misma en todos lados, aunque no las circunstancias adscritas a cada óbito en particular. Encadenas un recuerdo con otro y acabas hecho polvo de polvo.
Entre lágrima y lágrima y evocaciones funestas, sin darme cuenta comencé a poner en práctica de forma intuitiva una particular teoría de la deriva, que fui elaborando en exclusiva durante y para el itinerario. (Me doy cuenta de ello ahora, cuando han pasado algunos meses, y recapacito en calma sobre lo sucedido aquella tarde.) Deriva: efectos de naturaleza puramente psicológica conducidos por efectos de naturaleza psicogeográfica. O lo que viene a ser lo mismo, desplazamiento aleatorio en el tiempo y sus avatares, condicionado por el desplazamiento físico concreto que suponía mi viaje hacia la muerte. Hacia la muerte del otro, por supuesto. Afinando un poco más: la combinación del impacto que acababa de producirme la noticia de la muerte de Abdullah, y las circunstancias físicas concretas de la trayectoria entre mi casa y la suya. Me dejaba llevar y, al mismo tiempo, era yo quien iba condicionando el paso y los pequeños acontecimientos de alrededor. Fluctuaba ligeramente de izquierda a derecha, intuyendo idas y venidas previas, llevadas a cabo tanto por él como por mí mismo. Al volante, me salí de la calzada o invadí el carril contrario en varias ocasiones. Atajé por donde pude. Y lo hice para evidenciar posibilidades más allá de la norma que establecen los parámetros de comportamiento vial. El resultado de unir en mi imaginación varios desplazamientos no estrictamente idénticos, me proporcionaba en un mapa ficticio una línea de dibujo zigzagueante, que no contradecía en absoluto su propia naturaleza de línea global; de línea que señala un recorrido y una distancia entre dos o más puntos consecutivos.
Aparcado el coche en la base de la montaña, me desplacé pisando las piedras más sobresalientes incrustadas en la tierra del camino. No quise tocar las que estaban sueltas. Salté hacia los bordes de la calzada (barrizal), entré y salí de la hierba cien veces, y me uní a las paredes de piedra como si fuera yo una piedra más. Me quedaba algunos instante inmóvil simulando piedra, y reanudaba luego mi deriva. Dibujaba el recorrido con mi cuerpo; dibujando el mapa “derivado”. Acaricié hierba suave y rehuí la que no lo era. Conté árboles y escudriñé en su pasado y quise ver su futuro. Conjeturé a propósito de a cuántos de ellos había podido mirar Abdullah con la misma atención que yo lo estaba haciendo; o bajo cuántos se había podido sentar y cuántas veces. Apoyaba mis posaderas luego bajo sus copas, a pesar de la lluvia; y hacía esfuerzos mentales para coincidir en el sitio exacto en el que mi amigo debió de posar las suyas. También busqué con ansiedad pájaros a resguardo. No se dejaban ver. A pesar de ello, les asigné a algunos de ellos unas coordenadas concretas: tú en aquella rama, tú en la de más allá... (En mi deriva los pájaros no podían mojarse, a pesar de que muchos, a buen seguro, estaban mojándose.) Azar, determinismo y voluntad propia: el uso ideológico de todo eso: casi nada. Así es la teoría. O, mejor dicho, así podría ser, si hubiera sido pensada para el campo. Sin embargo, la deriva pura se desarrolla por regla general en ciudades, y tiene muy en cuenta la relación de los practicantes con los flujos de población, la ecología social, el tejido urbano, la interdependencia de los barrios o los accidentes arqutectónico-geográficos: bocas de metro, escalinatas, fuentes, avenidas que no se pueden cruzar así como así...
Dice Debord, el creador e instigador de la teoría, que “vagar en el campo raso es deprimente y las interrupciones del azar son más pobres que en ninguna otra ocasión”. Quizás ese hombre no hubiera pisado nunca el campo mientras vivió; debió de ser sin duda un tipo de esos que, cuando termina una calle y no hay otra, se pierden para siempre; no saben volver.
Derivando en el camino, por tanto, antes de afrontar de forma directa lo que tenía que afrontar al término del kilometraje, muy probablemente conseguiría dos propósitos a la vez. Por un lado, evadirme del indudable mal trago que iba a pasar –que estaba pasando ya-, y por otro calentarme, ponerme a tono para poder sobrellevar ese encuentro no deseado. En resumen, que, en la derivación, consciente o semiconsciente, fui encontrando la forma de implicarme al cien por cien en un tema que acababa de caerme del cielo como a quien le cae una cornisa sin sujeción.
En el concienzudo repaso por aquellas muertes infantiles a las que aludía, salieron a relucir detalles de historias y de personajes que, ni por asomo, recordaba que pudieran haber sido registrados algún día en las profundidades de mi memoria siempre renqueante. Me reaparecieron tía María “la rica”, el veterinario de Inca, Cayetano Marina, Josep “el de la leche”, Apolonia y Rafael, mis vecinos de corral, Rosselló, el compañero de clase que murió en extrañas circunstancias no especificadas. Conducía despacio, lento de reflejos, e iba intercalando, con la ayuda de aquella lentitud, esas pequeñas historias de horrores entrañables con distintos momentos de mi relación de treinta años con el muerto.
Abd había llegado a la isla hacía tres décadas, con toda probabilidad a rebufo de influencias hippies, llamado de algún modo a rescatar ciertas formas de vida que Nueva York, Londres o París le estaban negando por aquellos días. El reciente éxito de sus creaciones artísticas en medio mundo le permitía ese dispendio. Su presencia fue al principio estacional, pero con los años se asentó de manera definitiva la tierra que tanto llegó a amar.
Todavía recuerdo con todo lujo de detalles nuestro primer encuentro. Fue en casa de Rosita Poch, mi vecina, la hija de la comadrona del pueblo. Abdullah acompañaba aquel día a Ernst Folchi, el literato mundialmente conocido por su versión de la vida del emperador Calígula, que había difundido por capítulos la televisión. Estaban tomándose un café con leche los tres, cuando entré en el salón para darle a ella un recado de mi madre. Me pusieron una taza nada más verme aparecer, y Rosita, que era poseedora de una incontinencia verbal extrema, les hizo saber de inmediato que yo iba “a ser algún día un alguien tan importante o más que ellos”. Tanto uno como otro asintieron con la cabeza sin dejar de lado su verdadero objetivo: los bollos y las galletas de Rosita. Folchi era inglés, Günter –todavía no se llamaba Abdullah por entonces- alemán, y Rosi mallorquina hasta un poco más allá de la médula. No obstante, se entendían a la perfección. Chapurreaban una especie de idioma equidistante, un esperanto asistencial, mezcla de todos esos idiomas y también de guturales y gestos enfatizantes. Una jerga muy expresiva y útil a la que ella, en su desenfrenada pasión por expresarse a todas horas, era especialmente dada.
Folchi poseía un piso en la misma finca en donde yo vivía con mis padres. Motivo por el cual había trabado una especie de amistad interesada con ella. La solterona Rosi desempeñaba amablemente la función de ama de llaves, cuando el escritor se encontraba de viaje, que era casi siempre.
¿Qué habrán hecho con el cuerpo?, me pregunté interrumpiendo el recuerdo en el que me hallaba inmerso. De esa gente (en referencia a los hijos de Abd y a los muchos amigos y conocidos que siempre merodean por su casa) se puede esperar cualquier excentricidad. De todos modos, reaccionando rápidamente en defensa de los restos de Abdullah, me adscribí a la realidad tangible de que las leyes españolas actuales son muy precisas y disuasorias en este sentido. No puede uno hacer lo que le viene en gana con los muertos; el asunto está más que regulado. Aunque también cabía la posibilidad de que él mismo hubiera dejado dicho, o escrito, antes de morir, cualquier dislate con respecto al operativo que seguiría a su muerte. No le faltaron ni imaginación ni resortes de cualquier tipo para eso y mucho más. Todo era posible en torno a Ripstein el viejo.
Nunca olvidaré que Abdullah fue uno de los pocos que acudió a ver mi primera exposición en los bajos de aquella librería. Aquello detalle me colmó de orgullo y emoción en su momento. A los diecisiete años, para mí él era uno de los grandes -sus diseños aparecían en las portadas de los discos de mis músicos preferidos-, y su presencia en la muestra me ayudó en gran medida a vadear los innumerables complejos de novato. Sus cálidos comentarios, con respecto a los trabajos expuestos, me sirvieron de mucho. Nunca se retractó de aquellas alabanzas primeras.
Nuestra relación, basada en un profundo y sólido lazo estructural, fue no obstante esporádica y azarosa a lo largo de los años. En el sentido de que nuestros encuentros surgían cuando surgían; a la vuelta de una esquina, después de la inauguración de alguna exposición, o porque un amigo compartido hacía que nos sentáramos a comer o cenar juntos. Encuentros de este tipo. Por regla general, no acudíamos nunca a citas prefijadas de antemano. Tampoco frecuentábamos los mismos círculos, aunque sí los rozábamos tangencialmente por una circunstancia u otra. El problema de nuestra aparente lejanía se perdía inevitablemente por mi lado. Lo tenía yo muy claro: Abd era de Termè y a mí eso se me hacía muy cuesta arriba. Digamos... que él era de una tribu que no era exactamente la de mis convicciones profundas. En líneas generales, y dejando de lado a una gran parte de los oriundos, nunca me ha gustado la gente que se mueve, de forma constante o esporádica, por la zona de Termè. No obstante, situados uno y otro en un punto equidistante de nuestros mundos respectivos, llegamos a entendernos a la perfección. Y era lógico, porque ambos pretendíamos objetivos muy similares en lo conceptual. No así en su reafirmación consciente, y mucho menos en el proceso y en toda la parafernalia para llegar hasta esa reafirmación.
Abd era de esa clase de tipos que tienen la edad de tu padre, y que no llegas a entender cómo es posible que su coco sigua funcionando en continua progresión positiva hacia delante, mientras que aquél se enrolla cada vez más al tronco ideológico de la locura atávica colectiva. Ésa, y muchas otras motivaciones, consiguieron hacer de Abdullah un pilar estable, aunque inubicado físicamente, en mi vida.
Sin parar el motor, aparqué un instante al borde de la estrecha carretera, aprovechando que había un ligero ensanchamiento a la derecha, para poder enjuagar libremente mis incontenidas emociones en el regazo de un pañuelo. Ligeramente recompuesto, reanudé la lenta marcha. La lluvia no cesaba, y eso me hizo caer en la cuenta de que, con las prisas, me había dejado el paraguas apoyado junto a la puerta de la cocina, después de haberlo puesto precisamente allí para reparar en él al salir. Menuda perspectiva: subir a pie, desprotegido y con aquella tormenta.
El camino de tierra que conduce hacia la casa de mi amigo es un camino muy estrecho y tortuoso, un camino difícil, y la gente que acude allí con motivo de alguna celebración suele dejar el coche al borde de la carretera, para no tener que sufrir el calvario de la orografía o el enfrentamiento directo con otro vehículo.
No puedo continuar ni un segundo más con este llanto, me dije. Como llegue de esta suerte, y a alguno de “ellos” se le ocurra hacer algún comentario a propósito de mi aspecto, puedo suceder que me hunda directamente en el pavimento de la entrada. Los de Termè están tan de vuelta de todo... No puede uno presentarse a un velatorio llorando... En absoluto. Ellos son tan... diferentes al resto de la humanidad; tan pasados de rosca... en cierto sentido. Y, por supuesto, no lloran. Tuve una visión muy clara de cómo iba a ser mi entrada a escena, si aquellas lágrimas incontenibles no lograban detenerse. Llegaría a la casa de la peña aturdido como un paleto, mientras esos “genios” seminómadas se encontrarían disertando -como siempre- en torno a temas “profundos”; me mirarían de arriba a abajo con un cierto desdén, aunque sin decirme nada, y continuarían cambiando el devenir del mundo desde una filosófica silla de cuerda.
La gente de Termè es así. Son años y años de intelectualidad, en muchos de los casos mal asumida. La mezcla de una cierta vida sana –domesticada- con las drogas y la poesía desmedida, ha acabado por convertirlos en esa tribu especial de la que hablaba. La pereza que me daba el tener que enfrentarme a este panorama... Por Abd que lo tengo que superar por una sola vez, me repetía. Aunque lo cierto es que no encuentro nunca la forma de remediar esta falla en mi complejo dispositivo emocional. Las reminiscencias contemporáneas del topónimo Termè me producen una especie de sarpullido cerebral.
Quise luego explayarme a placer rememorando nuestro último encuentro en la casa de la playa, meses atrás, en verano. Pretendía dejar fijada su última imagen para siempre en mi recuerdo. (No sé si os sucede lo mismo, que... cuando una persona querida lleva algunos años fuera, su retrato comienza a disiparse en la neblina del cerebro. Ni con la ayuda de fotografías consigo recuperar de nuevo sus rasgos más elementales.) Abd acababa de alicatar de arriba a bajo una caseta de aperos a escasos dos kilómetros de la mía. Según Elena, lo hizo porque no quería pasar calor. Tan simple como eso. En petit comité, él decía que se había comprado ese lugarcito entre cuatro paredes de argamasa y piedras, para descansar psicológica y perceptivamente de la montaña; “para allanar un poquito –enfatizando lo de “poquito”- mi encrespado horizonte”, bromeaba. Mi lectura acerca de su desplazamiento hacia la planicie del sudeste podría plantearse de otra forma: se había buscado una salida a ese acoso mental y físico al que le sometía, directa o indirectamente, toda esa plebe de Termè. Tengo muy pocas dudas al respecto, mi amigo estaba hasta el gorro de tener que soportar tanta estupidez, tanta superchería intelectual. Años atrás la cosa era bien distinta, debo de admitirlo, la pureza de los propósitos y las ideas..., pero con el tiempo el buen ambiente fue degenerando hacia ese otro producto sociológico, al que aludo constantemente en estas líneas y continuaré aludiendo. A propósito del tema, revoloteando desde fuera me llegó a la memoria aquella frase de Marx: “Los hombres no pueden tener nada alrededor de sí, que no sea su rostro; todo les habla de sí mismos. Su mismo paisaje está animado”. Imaginé a Abdullah mirándose en todos aquellos que le seguían de cerca con prerrogativas imbéciles. Sus rostros convertidos en su propio rostro; un rostro imperturbable en su capa más externa, pero descompuesto ya en la dermis por la mala influencia de aquella caterva. Me quedó claro: no le había quedado más opción que cambiar de aires, aunque fuera durante una sola estación al año.
Continúo con lo que estaba. Bien entrada la tarde, Abd se presentó con varias botellas de vino y un queso, con la amabilísima intención de incorporarlos al menú de la cena. Como era costumbre en él, portaba la mercancía en el interior de su inseparable cesta de cuerda con asas largas. Ni por asomo supuse que pudiera estar enfermo. Él nada dijo al respecto; tampoco se le apreciaban síntomas externos. Paradójicamente, incluso llegó a hacer algunos alardes de buena salud. Según él, desde que había llegado a la playa a todos lados iba a pie, después de haber decidido aparcar el viejo Mercedes Benz a las puertas de su caseta. Lo tomaría únicamente el día que tuviera que regresar a Termè.
Ni Tristán ni mi hermana me hablaron tampoco durante el verano, y en los meses sucesivos, de los de salud que, por lo visto, le acuciaban. O quizás fuese que se enteraran más tarde, pues Abd era una persona muy reservada en lo tocante a su intimidad. No así con los males del mundo, de los que hablaba a menudo sin cortarse un pelo. Era de los pocos que huyen explícitamente del merodeo continuo por la vida del prójimo. Y en esa línea, tal vez porque creía que a los demás –en ese caso nosotros- tampoco debían de interesarles demasiado los asuntos particulares, no mencionó en ningún momento su dolencia, hasta que ésta afloró a la luz pública cuando no hubo ya salida.
Abdullah nos habló durante la cena de su teoría de resistir frente a la maquinaria tecno-económica mediante la creación cultural continuada. Infatigable artista convencido. Combatiente en cien luchas. Militante de las buenas razones. Nos habló de cómo el fenómeno de la globalización afecta no sólo a entes y estructuras transpersonales, sino a nosotros mismos. A personas concretas; y, entre las personas, muy en especial a los creadores, que sufren doblemente esta plaga por su condición intrínseca de visionarios. Recalcó lo de “visionarios”, y continuó perorando: “Frente a la doctrina fascinante que pretende construir un nuevo humanismo de pacotilla (“...basado en la concepción de un hombre anodino y conforme con todo”, apostilló Tristán), hay que oponer siempre C-U-L-T-U-R-A. Cultura crítica”. En realidad, todos los allí presentes no hacíamos otra cosa a diario que resistir frente a la gran mentira programática disfrazada de libertad conciliadora. Me sorprendió su afinidad luchadora con Roger Lesgards, el crítico y pensador francés, al que yo acababa de leer hacía muy poco, y al que Abd, dijo, no conocía. Siempre supe que no se conformaba con poco, pero nunca le había visto tan... tan en buena forma intelectualmente. Él era de esos que se comportan como los sabios a la antigua. De hecho, muchos le llamaban “el sabio de la montaña”; no sé si sería por eso. Pensaba mucho, meditaba mucho más aún, pero hablaba lo justo. Lo imprescindible para rematar o remendar faenas de otros. Amante de que otros hicieran el trabajo sucio por el, sabía como nadie dar la puntilla definitiva al final de las conversaciones. Ecología mental. Ahorro y reflexión activa. De ahí que me sorprendiera tanto su repentina y poco habitual extralimitación lingüística.
Al llegar al desvío de la montaña, y reconocer de nuevo el portalón de piedra por el que había pasado al menos una o dos veces al año durante muchos años, me volvió a dar la aflicción en forma de agobio traqueal. Los ojos a reventar. Tengo que parar esta mierda aquí mismo, ¡ahora mismo!, me grité. De no ser así, perderé sin remisión mi dignidad al llegar a la cumbre. Me propuse, por tanto, dar un giro radical a la exteriorización de mis sentimientos a partir de la barrera. Camino de subida, camino de perfección, repetí en voz alta varias veces, antes de emprender la empinada cuesta por entre olivos, acebuches y algarrobos.
Sospeché que la casa estaría atestada de bohemios recitando poesías en inglés, o enarbolando fastuosas presunciones con respecto a sus formas de proceder en la vida, por supuesto en inglés. Toda esa gente, sean nativos o foráneos, habla en inglés todo el tiempo, sin importarles que pueda haber alguien que no entienda ese idioma. Se relacionan en inglés para todo. Incluso se han generado entre los vecinos autóctonos la necesidad de saber la lengua inglesa. Los comerciantes de la zona, sin ir más lejos, no se llevan un duro a la caja si no hablan lo que está en boga. Concluyentemente, Termè es un micromundo dentro de otro no más grande.
Yo hablo un inglés normalito, para entenderme con gente normal, pero no un inglés como para poder mantener conversaciones excelsas sobre todo ese tipo de temas trascendentales que se tocan en la montaña. Y aun así, entendiendo mucho de lo que habitualmente comentan, me he declarado en perpetua huelga de inglés. No les hablo si no se dirigen a mí en alguna de las dos lenguas propias de casa. Ellos deben de pensar que estoy en inferioridad de condiciones, pero andan muy equivocados. Mudo y con la antena puesta, me entero de lo que quieren hablar a mis espaldas o a las espaldas de otros.
Abrí la barrera de hierro, introduje el coche en la finca y volvía a cerrarla para que no salieran las ovejas. Puse la primera y seguí adelante. A las tres curvas, divisé el coche de Elena, aparcado en un repecho libre de árboles y rocas. Por un momento, me había olvidado de ella. Sentí alivio al recobrar su presencia en forma de ese vehículo ladeado de color rojo bermellón. Ella era una de las pocas personas que podrían servirme de válvula de escape en ese ambiente tan hostil para mí. Otras dos serían también Pablo y Tristán, en el caso de que todavía se encontraran velando.
Aparqué mi coche junto al de Elena, y continué a pie.
Qué gesto más insólito, qué bizarría la de Abdullah: decidió un día bautizarse como mahometano -de ahí el nombre-, aunque sin perder su condición hebraica. Alemán de nacimiento, judío de familia y musulmán de adopción directa, quiso luchar de por vida en contra de las atrocidades que se cometían en Palestina, predicando con el ejemplo. Paradójicamente, el día de su muerte había coincidido con una brutal invasión de las principales ciudades palestinas, por parte de los carros de combate israelíes.
La lluvia arreciaba con fuerza, y yo sin nada a mano con qué protegerme de ella. Al poco tiempo de iniciar mi andadura, llevaba ya toda la ropa empapada. Con la humedad en el cuerpo, me entraron ganas de orinar. Siempre lo mismo. Apostado contra un árbol, el grifo abierto, aproveché para continuar repasando algunas de las facetas que teníamos en común Abdullah y yo. Como por ejemplo, a propósito del tema, escupir al mismo tiempo que la meada iniciaba su corto descenso en picado. “¡Anda! -me dijo una vez durante una excursión en la que coincidimos-, tú también eres de los que haces puntería”. No se refería a lo de acertar con el chorro sobre objetos o pequeñas zonas acotadas en el suelo; hablaba de hacer puntería con los gargajos sobre el propio chorro caliente. Darle de lleno y sentirse orgulloso de atinar a la primera. “Me encanta como lo haces, porque no escupes con fuerza, como hago yo, sino que dejas caer suavemente la saliva en vertical sobre el pipí. Me reconcilié con la palabra “pipí”, al oirla en su boca y con su acento tan especial. “Está muy bien esta técnica tuya; de ahora en adelante, tendré que practicarla”. Abdullah podía llegar a ser el tipo más coñón del mundo cuando se lo proponía. Lo jodido de verdad, Abd, vine a corroborar, es no mancharte la ropa a la altura del vientre; sobre todo si hace viento, como ahora; eso sí que me joroba. “Pero si yo no tengo vientre...”, apostilló. Ciertamente, un tipo de lo más enjuto.
Enfrascado en aquella micción disquisitoria, bajo la copa de un frondoso algarrobo, oí un zumbido sordo a la vez que notaba una sacudida en el cuerpo. Me di un buen susto. Al otro lado del tronco, un cabrón había emergido de improviso de entre las matas como una centella, rozándome una pierna en su huida y haciéndome tambalear. El animal dio un salto espectacular hacia lo alto de una pared de piedra que me quedaba a la espalda y ahí, desde su atalaya, se me quedó mirando con cara de pocos amigos. No las tuve todas conmigo hasta haberme alejado unas curvas de él, y tenerlo completamente bajo mi dominio visual.
Cada vez que me topo de improviso con cabras, que no suele ser muy a menudo, se me revuelven las tripas. Me viene a la memoria un infortunado percance, que me ocurrió de pequeño en el monte de Curia. Jugaba con unos amigos en la base de un risco, cuando se nos aparecieron tres bichos de esos, uno de los cuales poseía una enorme cornamenta retorcida en espiral. Era el de mayor tamaño, y comenzó a escarbar la tierra con una de sus patas delanteras, al tiempo que resoplaba sin apartar la vista de mí. Su actitud me hizo recelar, e inmediatamente me giré hacia donde creía que seguían estando mis compañeros, para hacerles un comentario urgente al respecto de lo que teníamos enfrente. Acaba de ocurrírseme la maravillosa idear de huir. ¡Pobre infeliz!: detrás de mí no había nadie. Los que creía mis amigos, acababan de esfumarse dejándome a merced del peligro. Unos metros más abajo se encontraban sus papás que, catapultándose hacia delante desde un banco de piedra, en el que se habían apostado para descansar un rato, pasaron a gritarme desaforadamente: “¡corre, Antonio, apártate de estos animales!. Fue cuando tomé plena conciencia de que el de los cuernos iba a por mí. En efecto, no había terminado de calibrar aquella hipótesis, cuando la bestia arremetió con todas sus fuerzas contra mi estómago. Me dejó fuera de juego. Caí rodando rocas abajo y me golpeé en todas partes.
Aquel pasaje me condujo de nuevo, por asociación directa, a rememorar la figura del judío mahometano como un inigualable escalador de riscos. Se conocía toda la sierra como la palma de su mano, y no había quién pudiera seguirle montaña arriba.
Mis únicos acompañantes en la ruta despoblada, aparte del rumiante, que continuaba escoltándome de lejos, eran el viento racheado y los múltiples riachuelos que se entrecruzaban por doquier. No había vehículos aparcados en los recodos. Y me sorprendía a cada paso por eso mismo, pues andaba con la idea prefijada de que aquello debía de haber sido un auténtico barrizal y un atolladero sin solución. Coches y gente yendo y viniendo a propósito de un congreso especialísimo en torno a la figura de Abdullah Ripstein. Nada de eso. Aunque, por otra parte, también quedaba la posibilidad de que, debido a las imprevisibles leyes del azar, en el ínterin de mi subida nadie hubiera acudido a la cita o estuviera de regreso. Azar, puro azar: espontáneos movimientos de autogestión del tiempo, del espacio y de las criaturas. Por qué no.
La tormenta había trastocado por completo la composición original del día, negándole a la luz la perseverante posibilidad de reafirmación. A un lado del recorrido, muy cerca ya de las casas, sobre la tierra de un ancho bancal, pude vislumbrar entre brumas su eterno Mercedes Benz. Aparcado junto a una gran lona de color verde azulado, que hacía un gran esfuerzo por cubrir diferentes materiales de construcción. Debían de estar en obras. Un poco más allá, el corral de las gallinas; ese mismo corral en el que él, y los nuevos inquilinos de la casa señorial, habían puesto tanto empeño por recuperar del olvido en el que se encontraba desde hacía tiempo. No parecía que hubiera gallinas en su interior. Me asomé a la portezuela al pasar por delante y, en efecto, ni rastro de ellas.
Al franquear el portal de la gran casa, en la que Abd había vivido durante muchos años –por circunstancias que no vienen ahora al caso, hacia unos pocos que se había mudado a la casa del fondo-, me vino a la memoria el día en que me llamó por teléfono para que subiera a hacerle unas fotos. Le gustaban mis fotografías; no se cansó nunca de repetírmelo. Necesitaba “un par de instantáneas consistentes” para incluir en el catálogo de una exposición, ¿o para un dossier? No recuerdo bien para qué las quería. Como un proyector de diapositivas cerebralmente automático, fui pasando una a una todas las imágenes resultantes de aquella sesión entrañable. Su rostro expresivo, su rostro y su busto, y su figura completa frente al espectacular paisaje circundante; el mismo paisaje, las mismas revueltas y los mismos rincones por los que había pasado desde que aparqué el coche. No pude hacerle fotos en el estudio; me lo impidió de forma tajante. Tenía una extraña fijación negativa con las fotos de estudio. Argumentaba que su estudio verdadero, el estudio que debía ver la gente, su públicol público, era el campo. Su montaña, para ser exactos. Y eso... “como mal menor. Porque lo que necesita el público es ver la obra del artista, no el lugar donde se precipita. De puertas adentro, por tanto, nada de nada –sentenció-. Los desconocidos no deben acceder a nuestra realidad cotidiana. Nosotros, tú y yo, vendemos ficción; no te das cuenta. Entrar en nuestra intimidad podría perturbarles la percepción de todo un mundo de fantasía. Ya pueden ir diciendo impunemente por ahí los necios que eso ayuda a situar al artista en su justo contexto y toda esa mandanga... ¡Y una mierda!, les contesto a esos...”.
Regresaron los ahogos a mi garganta, aunque conseguí sobreponerme de nuevo.
No parecía que hubiese nadie arriba, aunque creí estar oyendo una música a lo lejos. Sólo había un coche aparcado en la estrecha calzada de piedras adoquinadas, y se encontraba situado justo enfrente del edificio principal, especialmente arrimado al muro del aljibe para dejar expedito el paso. No reconocía aquel vehículo. Tampoco los había subiendo a la era, ni cerca de su estudio, los dos únicos espacios en los que se puede aparcar. Mi perplejidad iba en aumento. ¿Dónde se habrán metido? Caminé hasta el fondo, en dirección hacia su casa. Temblaba. Y quise hacerme a mí mismo una distinción a propósito de los temblores que sacudían mi esqueleto, antes de legar; saber si eran fruto del inminente encuentro con ese alguien al que iba a visitar por última vez, o sencillamente tenían que ver con frío y la humedad que mantenían mi cuerpo atenazado. Imposible sacar una conclusión definitiva con respecto a eso. Conforme iba avanzando, aquella música inicialmente imaginaria se oía más y más alta. Extrañísimos presentimientos eflúvicos, que me condujeron fugazmente a creer que me había equivocado de tiempo y de lugar. Aunque también era posible que Abd se hubiera mudado en los últimos meses y yo no me hubiera enterado de la incidencia. Se me ocurrió por otro lado que el ayuntamiento, o algún amigo importante, que los tenía, hubiera ofrecido a la familia un lugar más amplio y de más fácil acceso, en el pueblo o donde fuere, para velar el cadáver. En tal caso... ¿cómo no han dejado una nota en la barrera de abajo?, me pregunté dando por hecho que esa última posibilidad era la más viable de entre todas las que me rondaban en la cabeza.
Descendí los tres escalones que hay junto al algarrobo que cobija la entrada y vi luz en el interior. Asomé la cara por los cristales de la puerta, que estaba entornada, y al mismo tiempo la abrí ligeramente para obtener más información. Música a todo volumen; lo que vino a confirmar mi recién alumbrada hipótesis de que allí no había ningún muerto. ¿Y si al final todo aquello resultaba haber sido una pájara de Pablo?. ¿O un mal sueño mío? Incertidumbre. ¿Qué coño estaba haciendo yo por aquellos andurriales... el ganso? Junto a la chimenea, sobre la mesa, en el suelo el desorden era monumental. Platos, vasos, restos de comida esparcidos aquí y allá, ceniceros rebosantes de colillas que se agolpaban en grandes tumultos inarmónicos. Ni un alma. Vacilación. Sorpresa. Titubeo. Incertidumbre. Ni se me pasó por la cabeza llamar, no fuera a meter la pata. Retrocedí sobre mis pasos y me quedé un instante pensativo bajo el árbol. ¿Qué hago... bajo al pueblo y pregunto allí, o llamo a Pablo para que me saque de dudas? Mejor hablo con Pablo.. Pero llamar no era posible, pues en aquel paraje nunca ha habido cobertura para los móviles. El frío acababa de invadirme definitivamente los huesos. Huesos y congelación, la misma cosa. No me quedaba más opción que bajar hasta Termè y preguntar allí. La inmediata bajada se tornó repentinamente repecho infinito; impotencia, agotamiento y desolación.
Avanzados varios metros, oí una puerta cerrándose y me detuve. Giré la cabeza unos grados a la derecha y vi salir del portalón a una mujer muy bien vestida, con aspecto de no ser de la tierra; una mujer de esas a las que la gente corriente califica de “finas”. Que hizo como que no me había visto, siguiendo su camino sin inmutarse. ¡Por Dios!: pasa un extraño en mitad de un desierto y... como si nada, rumié. Se dirigía hacia ¿la casa de Abd? La interpelé, toda vez que me había dado ya la espalda:
- Perdone, señora, ¿por casualidad se ha cambiado de casa el señor Ripstein?
- Abd is living in the same house –me contestó lacónica, sin ni siquiera esforzarse por mirarme.
Volví a interrumpir sus pasos:
- No la molestaré más, señora, pero dígame, ¿conoce usted a Elena; la ha visto? Me dijo hace rato que venía hacia acá.
Con ese acento tan particular de los que pululan por Termé, mitad autóctono, mitad Commonwealth, me dijo, esta vez esbozando una leve sonrisa en la cara, al poderme relacionar ahora de algún modo con el entorno:
- She’s in the kitchen now. ¡En la cocina!, tradujo de forma abreviada elevando el tono al creer que no había captado la contestación.
Se refería a la cocina del caserón del que acababa de salir ella.
- ¿Do you know the way?
Le hice saber que sí con la cabeza.
- That door, back to the hall.
- Muchas gracias.
Y me metí hacia dentro como una exhalación.
Elena estaba sentada a la mesa y se tomaba una ensalada revuelta de mil especies vegetales. El fanatismo vegetariano de aquel municipio ilustrado no creo que pueda darse en otro lado tan iracundo. Me saludó muy poco efusivamente. No es normal en ella, doy fe. Por eso tuve la visión de que acababa de transmutarse definitivamente en una termense. Suele suceder a menudo, en especial con los que provienen de la península ibérica, a excepción de una clase de catalanes; son gente muy influenciable por ese extraño culto no ortodoxo que se da en Termè.
Hizo ademán de verter una parte de su ración en otro plato que le quedaba cerca. La ensaladera vacía.
- Toma un poco, está riquísima.
- Gracias, pero no tengo hambre. Justo cuando me llamaste estaba en el postre.
- Pues toma un higo seco, te sentará bien.
Y me acercó un bote de vidrio lleno de higos a rebosar.
- ¡Siéntate, anda! Pero... si vas completamente mojado. ¿No me digas que has subido a pelo con este tiempo?
Le hice una mueca para darle a entender que no podía sentarme en presencia de desconocidos. Lo pilló al vuelo, y cambió de tercio:
- Creo que no os he presentado; hoy tengo la cabeza en otro sitio.
No era para menos, con el susto que llevábamos todos encima, después de la faena que acababa de jugarnos el destino de nuestro amigo.
- Este es Toni. Es vecino de Abd en la playa.
Me quedé más helado todavía al oírla: no entendí por qué, de repente, me presentaba como a un simple vecino. Estaba claro que yo no compartía aquel mundo de eternas idas y venidas de gente de todos los pelajes entorno a él y a sus “amigos”. Había tenido siempre mi propio mundo aparte con Abd, al margen de toda la parafernalia termense, y eso era lo único que debía primar entre nosotros. ¡Por qué, pues, de repente, aquella diferenciación tan absurda! En un abrir y cerrar de ojos se me fueron al garete treinta años de conocimiento y encuentros con el amigo de la montaña.
Evité cualquier comentario, sin embargo; no había espacio para las reprobaciones en un día como aquel.
- Este es Philip, el hijo mayor de Abd.
- Hola, ¿cómo estás Philip?
Podía haberme tragado la lengua antes de largarle semejante perogrullada al chico. A él, no obstante, pareció no importarle, ya que continuó tarareando la canción que llevaba grabada en los labios. Se movió a un lado y a otro, como bailando, y me interpeló:
- ¿No habrás venido por mi padre?
Mis ojos debieron de parecerle dos bolas girando a toda velocidad dentro de una ruleta. Continuó:
- It was a joke; I’m sorry. ¡Lo siento! I beg your pardon.
En aquel punto, mi desconcierto fue absoluto. Radical. Continuó:
- He’s in bed now: the siesta, you know… If you wait for a while, you can see him in a few minutes.
Ninguno de los presentes abrió la boca para reírle la gracia, en caso de que aquello fuera realmente una ocurrencia a destiempo, ni tampoco para confirmar o reprobar su revelación.
Sin demasiado convencimiento, y, más que nada, para fundir el hielo que se había apoderado del horizonte, le dije lo primero que se me ocurrió:
-Te recuerdo de cuando eras así –y coloqué la mano a la altura de la mesa.
El muchacho había estado viviendo a caballo entre varios lugares, siempre de la mano de su madre, y la verdad es que hacía muchos años que no habíamos coincidido. Por su expresión, quedó claro que no sabía quien era yo.
Ignoró por completo mi comentario y se puso a barrer la ceniza dispersa alrededor del hogar.
Elena quiso presentarme a la chica, mientras yo introducía mi cuerpo helado en el interior de la inmensa chimenea campesina.
- Bien: esta es Rina; está al cuidado de todo. Ella es la única persona en esta casa que sabe dónde se encuentra cada cosa; la que sabe quién está a punto de llegar y quién de irse; ese tipo de cosas, ya sabes...
Me despachó con un escueto hello Toni, mientras yo me despojaba de la chaqueta buscando el calor de las brasas. Mirando hacia la ventana, pasó a hablar de otra cosa:
- I’d must take a look at the horses.
Y como por la acción de un resorte especial, volvió automáticamente a cambiar de idioma y de tema:
- Oye, Elena, ¿te apuntas este verano a la reforma de las viejas bodegas? Tenemos previsto comenzar a finales de mayo, con el buen tiempo. Victoria y Pedro, los de Madrid, se han apuntado ya. Y Jennifer. Y también Paul. Vendrá mucha gente. Puede estar muy bien...
Termè es como una gran comuna fluctuante, en la que las cosas se hacen siempre en corporación, al compás de la charla y al amparo de la bebida y bajo el cobijo de las drogas.
Ignorando por un instante la oferta para el verano, Elena interrumpió su bocado para hacerme saber una noticia relacionada con el primero de los comentarios dispersos de Rina:
- ¿Sabes, Antonio, que hace pocos días nació una potrilla guapísima aquí al lado. Si te apetece, podemos ir luego a verla.
A continuación, contestó al requerimiento de Rina:
- Seguramente sí, dijo mirando al techo. Todo dependerá de un par de temas que tengo en mente; si salen o no.
A su contestación de sí iba o no a ayudarles, siguió un silencio, sólo interrumpido por las toses esporádicas de Philip, y por la rotura de las fibras de lechuga en el interior de la boca de Elena.
Todo esto está muy bien, pero... ¿qué coño pasa con Abd?, me iba preguntando en mitad de aquella disparatada plática. Y reincidía en la absurda impresión de haber entrado de nuevo en barrena; como si las llamadas de Pablo y de ella a mi casa hubieran sido realmente fruto de una locura espontánea. Sin parar, dándole vueltas al tarro con la muerte imaginaria de Abd, mientras ellos se explayaban en trivialidades.
Como es de suponer, a aquellas alturas de la tarde, y teniendo en cuenta las circunstancias que rodeaban mi situación, las penas que me habían acompañado desde la primera llamada de teléfono se habían esfumado ya por completo, albergando en mí un estado de ánimo difícilmente descriptible.
La extranjera que me había dado veinte minutos antes la buena nueva de que Elena sen encontraba allí, entró como proyectada en la cocina, y comenzó a recoger compulsivamente botellas y botes de cristal y a introducirlos por tamaños en distintas bolsas.
La conversación continuaba ramificándose sin limitaciones. Yo, más callado que de costumbre. Hasta que la “fina” abrió la boca para devolverme a este mundo:
- Did you see...?
- ¿Se refiere usted a Abd? -le corté. Pues no. Y, si tengo que serle sincero, para eso he venido y no para otra cosa.
- Would you like to see him now?
Elena y yo meneamos al unísono la cabeza en sentido afirmativo.
- Yes?
- Of course! –le contestó Elena.
- So, stand up and come with me.
Fuimos tras ella como dos autómatas.
En casa de Abdullah el ambiente era el de un tugurio de noctámbulos. Nada había cambiado desde que me asomé al llegar, excepto que había gente en mitad de la música. Todo mujeres. Mujeres de distintas edades y de aspectos contradictorios. Unas parecían extranjeras y otras no. No me extrañó que fueran a su aire. De sus primeras conversaciones aisladas pude deducir que conocían bien a Abd.
Abdullah era de esa clase de hombres, seductores por naturaleza y esencia, a los que no les han faltado nunca las mujeres a su lado. Los nativos siempre habían dicho de él, equivocadamente, que era un donjuán. Ellas, sus mujeres, con conocimiento de causa, argumentaban en otro sentido diciendo que su poder de fascinación no tenía límites, y que aquellos que hablaban tanto, a propósito del tema, no tenían ni la más remota idea de lo que estaban diciendo.
Los cigarrillos y las copas corrían por docenas. No se estaba mal, para qué voy a decir ahora lo contrario.
- ¿Te apetece un ron? –me preguntó una mujer bajita, al apercibirse de mi eterna soledad.
- No gracias, más tarde. (El ron no es lo mío.) Bueno... la verdad es que un vaso de vino no me vendría mal.
Tanteó las botellas que le quedaban más a mano y, en cuanto dio con una que no estaba vacía, me lo sirvió al instante. Me ofreció también uno de aquellos cigarrillos mancomunados. Aunque el cigarrillo resultó no ser exactamente eso, sino un porro liado a conciencia. A las dos caladas, me dio el subidón.
No había vuelto a ver a Elena desde que entramos. Me levanté tambaleante para ver si estaba en la habitación contigua, pero no di con ella.
- ¿Has visto a Elena? -le pregunté a la mujer fina, después de descubrir que era la vecina de la casa de enfrente y que, por tal motivo, se movía como pedro por su casa.
- She’s upstairs. With him. Would you like…?
Volvió a pasarme por la cabeza la idea de que Abd pudiera no estar muerto, y de que todo aquello, como había insinuado Philip en el caserón, fuese tan sólo un montaje de mis neuronas vacilantes. O una performance creativa, por qué no. Uno de esos montajes lúdicos a los que los termenses suele ser tan proclives; un concienzudo plan de divertimento urdido en la mente expandida de aquella familia -tan poco común- y sus acólitos.
- Ahora subo –le contesté para que me dejara en paz, pese a que, de momento, no pensaba hacerlo.
A lo mejor... después del cuarto o quinto porro me veo con fuerzas, quise convencerme. Pero el cannabis no había hecho sino ensanchar la frontera de mis temores. Encontrándome en el estado en el que me encontraba, bien podía darse el caso de que subiera arriba y él difunto decidiera tomar la palabra.
Un escalofrío me hizo encoger de hombros al reanudar la ofensiva de mi imaginación.
Aparecieron por la puerta dos lugareños, y gracias a ellos pude irme por otros derroteros. Parecían labriegos, gente rústica, nada que ver con el paisanaje de la casa. Elena acaba de bajar en aquel mismo instante la escalera incorporándose cómodamente al grupo de los que rodeábamos la mesa principal. Philip se acercó a la puerta para dar la bienvenida a los recién llegados.
- Buena nos la ha hecho tu papá, ¿eh, Philip? -le soltó a la cara en tono campechano el primero en traspasar el umbral.
El chico les obsequió con una amplia sonrisa, al tiempo que dejaba en las manos un vaso a cada uno:
- ¡Pasau i bebeu a gust! (en mallorquín.)
- Hasta para esto ha tenido que ser diferente a los demás –apostilló el otro visitante-: mira que no decirnos nada de lo que le sucedía. Estos artistas...
- El sabio de la montaña –pronunció en voz baja Elena.
En la mesa se oyeron risotadas de aprobación por el comentario del segundo hombre. Por el contrario, a mí se me dibujó bruscamente una mueca de pena al dotar de significado a la frase de dicho Elena. La mujer bajita se apercibió de inmediato, y no le faltó tiempo para devolverme el semblante a su configuración inmediatamente anterior:
- En casa de Abd no hay lugar para el mal rollo, no sé si lo sabes... ¡Por Abd! –gritó, al mismo tiempo que alzaba su vaso lleno, en aquella ocasión de anís.
- ¡Cheers! –gritó el resto-; ¡salut! –corroboraron los dos lugareños, ya con los vasos llenos.
La mujer se bebió medio vaso de anís, de golpe, y prosiguió:
- ¿Habéis visto como lloraban eso dos tíos que han venido al mediodía?
- The writer, do you mean? Toni... and the other that affirmed he was preparing a video about Abd’s work? –preguntó la de más edad, no teniendo demasiado claro quién era uno y quién era otro.
- No –le rectificó Elena-, Toni is this man beside me –y me tocó ligeramente el hombro para que la otra recompusiera su incorrecto esquema de visitas y visitantes.
- Ok, ok... I mean the two that cry disconsolately – y lanzó una sonora carcajada.
- Sheet to the weepings! –gritó alguien en la otra sala.
Todo apuntaba a que esos dos a los que aludía la comunidad eran Pablo y Tristán. Debían de haberse largado poco antes de que yo apareciera. Menuda imagen habían dejado. La misma que yo había pretendido evitar en todo momento. Aunque a punto había estado de cagarla, de no ser por el cable que me echó sin darse cuenta la del ron... la del anís.
- Me dijo tu papá hace un par de semanas que me iba a regalar una de estas escultura. Está claro que acabo de quedarme sin ella –bromeó Bartomeu, el primer hombre, abrazando efusivamente a Philip, después de pasar la mano sobre las pequeñas piezas confeccionadas con elementos del bosque. Se notaba a simple la mucha confianza que había entre ellos.
Philip les invitó a subir.
Viéndoles avanzar, escaleras arriba, sopesé de nuevo la posibilidad de unirme al trasiego, o continuar en la planta baja escuchando como toda aquella gente se dejaba la piel enhebrando razonamientos insondables. Elena pareció leerme el pensamiento:
- Sube. Está espléndido; como durmiendo un sueño pasajero. No impresiona, te lo aseguro. Al revés, invita a la contemplación y al diálogo.
¡A qué diálogo se estará refiriendo! Otra vez... volvíamos a estar en el mismo punto. Dejé ir la ocasión, para continuar rendido al escrutinio exacerbado de las múltiples conversaciones cruzadas. De momento, no era capaz de hacer otra cosa. En el salón se hablaba sin reparo alguno de arte y de creación; del objeto de la creación y del sujeto que la llevaba a cabo; de percepción simple y de percepción subordinada. De las absurdas fluctuaciones en la política de conservación del medio ambiente. De maquillaje, de arrugas y de trapos. De huertos ecológicos y, consecuentemente, de hortalizas ecológicas. Pero, sobre todo, se rememoraban innumerables pasajes de la vida de Abdullah. Para ser más estrictos, Abd aparecía en todos los pasajes, trataran de lo que trataran. Abd y Termè, por supuesto. Y cada cual tenía sus propias anécdotas; anécdotas por separado; anécdotas firmadas exclusivamente por el artista para cada una de aquellas personas en exclusiva. Se hablaba de los hijos. De tensiones entre seres queridos; entre amigos que no lo eran tanto. De drogas. De tiempos pasados. Al final, cualquier comentario concluía indefectiblemente en el pueblo. Termè como punto de encuentro de sus gentes; como foco de irradiación de una energía que sólo podía darse en aquella latitud. Desde cualquier enfoque, todas las conversaciones sellaban su peculiaridad en torno a ese extravagante ecosistema.
Philip tomaba a cada tanto una fregona y la pasaba por los rincones. Plegaba ropa o lavaba compulsivamente vasos y ceniceros, pienso que para poder continuar atendiéndonos a todos con unas mínimas condiciones de higiene. Acciones que, con toda seguridad, debían ser fruto del manojo de nervios que albergaba en su estómago. No era lógico que un hijo bien avenido no soltara una sola lágrima teniendo a su padre en el piso superior, a punto de enterrar.
En eso, llegó una pareja. Me sonaban de algo. El era español y ella poseía una fisonomía eslava exhuberante. Polaca, rusa o algo así... Nos presentaron:
- Estos son David y Olga.
- Y tú eres Toni, ¿verdad? Nos conocimos en la fiesta que dio Elena en su casa de Palma la primavera pasada.
La verdad, no tenía ni idea de quienes eran.
- ¿No te acuerdas? –me preguntaron, al ver la expresión de desconcierto que les estaba ofreciendo mi cara-, nosotros somos los del bebé que gateaba por toda la casa. Ja, ja , ja.
- ¡Ah, si, por supuesto! –aunque continuaba sin situarles.
- Come in, friends, and do have a cup! –les gritó la más vieja de todas desde el rincón de la chimenea, del que no se movía ni por casualidad.
Los dos mallorquines se unieron a la fiesta de la planta baja, después de ver a Abd.
En el otro extremo del enorme vestíbulo, que también era cocina, y que se utilizaba para casi todo en aquella casa, Rina intentaba abrir la puerta de la entrada como podía. Con el jaleo, nadie la había oído llegar. Al verla en apuros, me levanté para echarle una mano. Venía cargada con innumerables bolsas de supermercado, y dijo tener otras tantas en el coche.
- ¿Te ha bastado la pasta? –le preguntó Philip emergiendo de entre la espesa bruma.
- Enough. Yes. I’ll give you the surplus just I release the weight.
- Sin problema. By the way, how many bottles did you find at the Ultramarinos?
- Twenty two or twenty three, I don’t know exactly Do you think they will be enough? Night it’s going to be so long.
- That’s right. Another thing, Rina, did you get some cigarettes?
- Seven cartones –respondió la muchacha.
Ha llegado mi hora de la verdad, me dije mentalmente, mientras aquellos dos echaban cuentas. Dejé el salón y me dirigí al piso superior donde, supuestamente, estaba el cuerpo de Abd en exposición.
Al cruzar por la habitación contigua, descubrí con sorpresa que había más gente en la casa; gente que supuestamente había permanecido allí todo el tiempo y que, acaso, a tenor de la evidencia, debían de tener su fiesta aparte. Luego caí en la cuenta del trasiego continuo de mis contertulias hacia el otro lado. Idiota de mí, había imaginado hasta entonces que se levantaban con tanta frecuencia para ir a ver al muerto. Los recién descubiertos conformaban varios conjuntos separados dentro de la sala. En un principio, creí percibir de soslayo un grupo de tres; el resto eran parejas. A primera vista, parecía como si estuvieran tratando por separado de temas oscuros; profundos. Apenas se les oía. Una de aquellas parejas se estaba dando el pico. No quise mirar con detenimiento, para no distraerme, toda vez que había enfilado ya la proa hacia mi inmediato destino.
Adrenalina fluyendo.
Enfilé la estrecha y rústica escalera, y fui a plantarme justo detrás de la cortina que dividía la habitación de Abd en dos espacios. Cajas de ropa y enseres amontonados aquí y allá. Libros por todos lados. Pinturas apiladas. Los objetos más inesperados e inclasificables. Velas encendidas. Olor a incienso. Sabor a pétalos. Me había costado sangre, sudor y lágrimas llegar hasta ese punto; ahora ya no había marcha atrás. La tela de las cortinas rozándome la punta de la nariz. Se oían voces suaves al otro lado de la finísima frontera. Me pareció oír la de Elena. Pero... ¿no acabo de dejarla abajo?
- ¿Eres tú, Toni?
No dije nada, ni tampoco moví un pelo. Mi concentración era completa.
- Pasa ya de una vez, ¡anda!, que Abd está ansioso por verte.
¡No puede ser! Se me disparó el corazón de nuevo. Descorrí un pequeño tramo de la gran cortina y di dos pasos al frente. El muerto parecía realmente muerto: ligera sensación de alivio. Ella mantenía levantada a un lado de la cama la colcha.
- ¿Has visto esto? –me preguntó con el cuerpo volcado hacia lo que intentaba mostrarme. Me señalaba con una mano debajo de las ropas que tenía sujetas con la otra.
Hice un ligero ademán hacia un lado, para enterarme. En uno de los bloques grises de hormigón prensado, de los que se usan para hacer paredes, y que nuestro amigo utilizó sin cimentar en vida para hacerse la base de la cama, había una inscripción: M-E-D-I-O-C-R-I-T-Y.
La palabra estaba escrita sin demasiadas pretensiones, en azul cobalto y a pincel ligero. Garabateada en algún momento de reflexión profunda, con toda probabilidad aprovechando el óleo o el esmalte residual de alguno de sus pinceles, después de dar por finalizada una sesión de pintura. Y ahí había quedado. No le di mayor importancia.
Sin embargo, ella comenzó a rumiar a propósito del graffiti, y no paraba de conjeturar al respecto de lo que podía significar eso en la vida de Abd. Elucubró hasta que tuve que pararle los pies. Elena es muy dada a liarse en bucles mentales por los asuntos más dispares. Cuando se atora en uno, como parecía que estaba comenzando a suceder, no hay quien la pare. Se sube a la parra y no hay forma humana de hacer que se baje de ella. A veces, la pájara le dura varios días... hasta que, sin más, se olvida.
- No te rompas los sesos, Elena. En serio; lo escribió y ya está; baja la colcha y olvídate. Si no hubieras hurgado por ahí, muy probablemente ahora no estaríamos hablando de este asunto que ni nos va ni nos viene.
- Sí, aunque...
- ¡Déjalo ya! Se trata de una simple inscripción ocasional y eso es todo. No le des más vueltas.
Se quedo pensativa, aunque no relajada.
Ella siempre le había tenido en un pedestal y, haber descubierto esa palabra tan cerca del cuerpo, de repente había trastocado sus armoniosos esquemas.
Le asomaron un par de lágrimas suaves.
Zanjado en primera instancia el tema, le hizo un gesto a la mujer que estaba con ella, para salir las dos juntas de la habitación y dejarme a solas con el difunto. Estaban sentadas sobre la cama, una en un costado y otra en otro, el cuerpo inerte entre las dos, en una postura muy cercana a la del loto, lo que indicaba que habían estado haciendo meditación o algo parecido. La cama era muy amplia y permitía aquella disposición. Se levantaron al unísono dirigiéndose hacia la puerta.
- No te asustes –me dijo antes de salir de la habitación-, se mueve como si estuviera vivo. Yo creo que está vivo.
Será su imaginación, que siempre vuela, especulé. Habrá bebido más de la cuenta, o tal vez esté influida por este contexto tan a flor de piel.
Abdullah tenía puesta una chilaba blanca. En las manos le habían colocado un ramillete de flores, seguramente recogidas por alguna de aquellas mujeres a escasos metros de la habitación. Tenía los pies desnudos; producía escalofríos verle sin zapatos ni calcetines con aquel tiempo. Me impresionaron aquellas uñas enormes; me recordaron a las de mi abuela: uñas que parecían postizas, talladas en madera antigua o en alabastro de dudosa calidad.
De repente Abd movió la cabeza, o al menos a mí me pareció que la había movido. ¡Hostia!, Elena estaba en lo cierto. Y volvió a moverse, esta vez de piernas, viniendo a confirmar las sospechas, después de que Elena me hubiera puesto en antecedentes. No podía dar crédito a lo que mis sentidos estaban percibiendo. Aunque, si he de hacer honor a la verdad, por otro lado tampoco me extrañaba. (En Termè, y mucho más en aquella casa, no me cansaré de repetirlo, muchas cosas que no son posibles en el resto del mundo, allí sí lo son.) Las dichosas “energías positivas” de las que hablan tanto los termenses, debían ser tan ciertas como que Abdullah se estaba zarandeando, mientras que yo, incrédulo militante ancestral de lo tangible, las había estado ignorando toda la vida.
Si me habla, no sabré qué hacer; si contestarle o no. Nunca antes he hablado con un muerto. No sé cómo se hace lo de hablar con seres que ya no están.
Sin comerlo ni beberlo, de repente me vi impelido a hilvanar una serie de palabras en voz alta.
- ¡No, no! Yo no hablo con muertos. Esto debe ser cosa de los porros...
Entonces, una de las flores del ramito que tenía Abd en las manos vino a parar a mi pecho, proyectada por alguna fuerza inesperada, rebotando, acto seguido, hacia el suelo. Entonces, me dirigí a él:
- ¡No, Abd, no hablaré, si eso es lo que buscas! No estoy loco. ¡No diré nada!
Las “energías terméticas” de las que hablaba antes estaban sin duda intentando apoderarse de mi voluntad. Relájate, chico, no vaya a darte un pasmo ahora, me dije. Control, sobre todo control.
Le miré fijamente a los ojos, creyendo que, de un momento a otro, se iba a despertar para soltarme algún exabrupto, o para revelarme alguna gran verdad de más allá de la frontera humana. Pero Abd, ni abrió los ojos, ni volvió a moverse y tampoco dijo nada.
Luego caí en la cuenta, al levantársele el faldón por completo y dejarle al pairo su intimidad, de que todos aquellos movimientos eran fruto de la acción del viento. Las ventanas del cuarto estaban abiertas de par en par por evidentes motivos de salubridad, y la tempestad se había ido apoderando paso a paso del cuarto. Fuera, continuaba lloviendo. Muy precariamente, me relajé por enésima vez. Permanecí vacilante un par de minutos más junto a él, para regresar de nuevo a la vida de la planta baja.
Sonaban ritmos caribeños en el salón. Las mujeres bailaban. No me fue fácil aceptar que en mi tierra se bailara antes de un entierro, como sí se hace por tradición en África, o en la América de los indios Navajos, o en algunas comunidades de Centroamérica. Gente “civilizada” divirtiéndose de aquella forma con un fallecido bajo el mismo techo...
Por otro lado, David comentaba el acuerdo al que había llegado con los de la funeraria para incinerar a Abdullah en Palma el sábado a las cinco de la tarde. A propósito: en un lugar que no le pegaba nada; un amarmolado tanatorio para gente... mejor será dejarlo así, para no ofender a nadie. En fin, que David había quedado con los funcionarios en que, a la mañana siguiente, un grupo de amigos bajaría a Abd a la capital en su propio Mercedes Benz. Lo acomodarían al lado del conductor y le llevarían a dar un paseo por sus lugares preferidos. Una especie de última voluntad no confirmada. Me pareció extraño el hecho de que les hubieran dado permiso para llevar a cabo semejante extravagancia. Evidentemente, alrededor de Abd era siempre todo muy raro.
Cansado de polarizar tantas sandeces, quise dar por finalizada mi visita en aquel punto. Me despedí fugazmente de los –las- que me quedaban más a mano, con la intención de salir en dirección hacia la otra casa, en donde había dejado la chaqueta secándose bajo la campana gigante de la chimenea.
- ¿Por qué no te quedas un rato más? –insistió Elena-, tu cuñado, el escritor, está a punto de llegar.
- ¿En qué quedamos: no ha estado aquí antes?
- En efecto, pero tuvo que bajar a Palma por no sé qué asuntos urgentes. Le dejó dicho a Wilma que iba a volver, en cuanto resolviera esas cuestiones, para pasar la noche con nosotros.
La besé en la mejilla derecha, confirmando una negativa, y salí al frío.
El camino de regreso lo hice con la mente revolucionada. En realidad no recuerdo si continuaba lloviendo o había parado ya. Pasé la noche en ebullición. Derivando.
Tres días más tarde, a las cinco menos cuarto de la tarde, me subí al coche para ir hasta El Humano Recuerdo. Con el volante entre las manos, fui retomando poco a poco aquella deriva interrumpida en el momento de llegar a casa de mi amigo. Y comencé a trasplantar cerebralmente algarrobos de Termè a Vilatxí y de Vilatxí a Termè. (Vilatxí es zona de algarrobos, de algarrobos grandes, exóticos. Aquellos algarrobos que, de niño, me transportaban a la sabana africana: a las fieras; a los indígenas con lanza y escudo; a Trazan de los monos...) Me esforzaba en recobrar la imagen de todos aquellos bajo los que me senté en el camino de subida, y que, por unos instantes y por decreto mío, decidí que habían sido también los mismos bajo los que debió de sentarse Abd en algún momento de su vida en Termè. Los traía desde allí para, inmediatamente, replantarlos en el hueco que dejaban los que acababa de llevarme a su vez a Termè. Sentencié derivadamente, que, de aquella forma, le tendría más cerca. Conté palmeras. Quise resituar y relacionar casas y moradores. Y pisé adrede con los neumáticos todas cuantas señales viales se me pusieron a tiro. Combiné aspectos lúdicos con tristeza y con objetos o marcas en la carretera o en sus aledaños. Derivé.
Sin haberlo previsto de antemano, iba a convertir mi deriva en una especie de deriva díptica, con una interrupción abstracta en mitad del proceso. (Al llegar a casa consulté el manual de Debord y, efectivamente, estaba permitido que una deriva pudiera subdividirse en otras derivas, aunque, eso sí, de un modo sustancialmente distinto.
El ambiente en el tanatorio era bien distinto al del otro día en su casa. También es cierto que se había llegado a congregar una pequeña multitud, con toda probabilidad a rebufo de los múltiples artículos aparecidos en prensa en el ínterin de los tres días. Estaban los habituales de Termè, como era de esperar; también gente próxima que, por uno u otro motivo, no había podido subir al domicilio. Estaban todas aquellas mujeres de la otra tarde, y estaba David; pero, sobre todo, muchas personas de los círculos más alejados a la vida cotidiana de Abd, esa multitud a la que aludía, gente que llega de oídas para sumarse a cualquier convocatoria, sean cuales fueren los motivos de concentración.
En un principio, yo no había contemplado la posibilidad de acudir al acto social que iba a tener lugar antes de la incineración. No obstante, dado que El Humano Recuerdo me queda, como quién dice, a la vuelta de la esquina, concluí que Abd, estuviera donde estuviera, no me perdonaría del todo que me quedara en casa sentada, aun siendo tan infinitamente tolerante y flexible como era. Mala conciencia.
El tanatorio, que siempre había pensado al pasar por delante que estaba fuera de servicio, fruto de sucias maniobras financieras que llevaron a cabo algunos de los socios fundadores años atrás, me sorprendió. De todos modos, continúo pensando: nada que ver con la idiosincrasia de Abd y los de Termè. Desde la carretera parecía un extraño complejo abandonado, aunque en los últimos tiempos, todo hay que decirlo, el jardín había mejorado mucho. Dentro era otra cosa: un vestíbulo y unas dependencias de proporciones desmesuradas; cortinas infinitas; mármol entonado por doquier; acero inoxidable; elementos accesorios de buen gusto. Ambiente de hotel de lujo, en definitiva; exceptuando la recepción, que era poco menos que un cutrerío. Asombroso, sí, pero lo que me sorprendió de verdad fue la pieza en la estaban depositados los restos de mi amigo.
La decoración de la antesala era muy diferente al resto de las dependencias del edificio. Extraños cuadros de sabor oriental y tapices exóticos, que me sonaban de algo, colgaban de las paredes. Sobre las mesitas y en suelo, algunas piedras representaban el papel de esculturas. Piedras que también me resultaban harto familiares... Como pude, estaba a rebosar de curiosos, me adentré en la segunda sala. Lo primero en lo que me fije fue en él, y luego en las personas que, cada una a su modo, evidenciaban su dolor de corazón. Dentro de una gran urna de cristal, un ataúd de mal gusto, como casi todos los ataúdes, contenía su cuerpo. Vestía la misma chilaba del miércoles. Le habían cambiado el ramo de flores de entre las manos, eso sí. Sus pies todavía desnudos. Pero había mucho más alrededor de Abd. Expuestos a modo de tenderete en un mercadillo de calle, dispersos por toda la habitación estaban sus cayados, sus sombreros, una selección de sus innumerables camisas coloristas, varios amuletos y otros muchos objetos que no me entretuve en mirar detenidamente. La más genuina Termè...
Ante la inminente desaparición física de su padre, Philip no pudo contener sus emociones, hasta entonces bien disimuladas, y rompió en un llanto desgarrador y compulsivo; como si fuera a darle un ataque de corazón o algo parecido. Le sujetaban, y él se deshacía de ellos y corría por los pasillos como un enajenado.
Como en un castillo de naipes de particularidad sonora, la gran mayoría de aquellos y aquellas que, hasta aquel momento, habían aguantado el tipo de forma alarmante, asistidos por aquella artificiosa cultura de autosuficiencia “termètica”, se desfondaron como magdalenas. Apenas unos pocos pudieron soportar la dramática desesperación de Philip. Una estampa digna de análisis (en otro momento, como es lógico). Tan fuertes, tan distantes, y en el fondo tan... corrientes.
La sordina de un motor, dio paso al desplazamiento del ataúd con los restos de Abd hacia el interior de la pared. Aquellos carriles metálicos, sobre los que se había sustentado el féretro durante el tiempo de exposición, quedaron de improviso desabrigados, a la espera de un nuevo inquilino temporal.
Sonó el teléfono cuando más engrescado estaba con los ajos. El caldo comenzaba en aquel mismo instante a salirse de la olla, y yo a medio camino entre apagar el gas y contestar a la llamada. El grifo abierto, por otro lado. Y, para completar ese pequeño caos apenas despuntado, el perro me ladraba iracundo para que le abriera la puerta que da al jardín. No era de extrañar, pues, que, una vez descolgado el auricular, con tanto embrollo no le hiciera demasiado caso a quién estaba requiriéndome de forma tajante a través del auricular. Pretendía que dejara todo en banda y me fuera con él. Me vi obligado a cortar sus expectativas:
- Sí, Pablo, sí, ha muerto Abd, pero la cruda realidad de mi vida, en este momento, es que no puedo moverme de casa.
- ¿Cómo que no puedes...?
- Pues eso, que no puedo. ¿No me has entendido bien?: “no puedo” significa exactamente que no puedo.
No obstante, insistió:
- Oye: si es por conducir, no te apures... paso a buscarte en menos de quince minutos y vamos en mi coche. ¡Anda!, apaña como puedas lo que tienes entre manos, y nos vamos los tres.
- ¡Qué tres!
- Se me olvidaba: también vendrá Tristán.
Sin duda, lo de que viniera mi cuñado debió de añadirlo para terminar de convencerme; aunque a ese le basta con poco para unirse a cualquier jarana.
- ¡No me presiones, por favor! No puedo irme antes de que llegue María; hoy es uno de esos días familiarmente complicados, un día difícil para quedar.
- Exactamente... ¿dónde está el problema?
- El problema son varios a la vez y ninguno al mismo tiempo. Un conjunto de temas sin aparente importancia, es cierto, pero que me complican la existencia para poder salir ahora mismo: te repito. Resulta que no está del todo claro que ella aparezca a su hora habitual y, aparte de eso, me pillas haciendo la comida y... Un lío, en definitiva. Y hay más, el niño sale a las cuatro del colegio y no tengo a nadie que pueda recogerle.
La conversación se interrumpió en ese punto. Colgamos al unísono sin despedirnos.
Bajando el auricular hacia la base del teléfono, súbitamente me di cuenta de que algo acababa de hacer mal. Follón doméstico, por un lado, y niño esperando en la escuela, por otro, aterricé de repente en el mundo de los afligidos. En un caso de tanta trascendencia, está claro que uno debería dejarlo todo y acudir donde la fatalidad acaba de poner un cirio, me dije. Imaginé por un instante la cara de mi amigo, después de haberle dado largas; lo que debía haber pensado de mí al negarme a ir con ellos. Y me entró un no sé qué en el estómago.
Con el remordimiento instalado en mí, terminé de escurrir las judías en el colador de aluminio. Corté seguidamente los tomates, la cebolla y las aceitunas negras en pedacitos, como a mí me gusta, mientras continuaba mentalmente al otro lado de la línea telefónica remendando aquella repentina frustración. Comenzaron a caerme las lágrimas sobre el platito de la cebolla. ¡Mierda, como es posible que Abdullah...!
Atando cabos, remontándome a una conversación que había tenido dos semanas atrás con Tristán, recordé sus palabras confundidas entre otras muchas palabras de otras conversaciones entrecruzadas: “Abd salió antes de ayer de la clínica”. Yo estaba contestando en aquel preciso instante a una pregunta de mi hermana Francisca, y dejé en suspenso lo de la enfermedad de nuestro amigo; enfermedad de la que no estaba al corriente. Como el flujo de aquella conversación múltiple derivara de inmediato por otros derroteros, se me fue la mente hacia otra latitud, y me olvidé por completo de preguntarle a Tristán por Abdullah; por qué había estado ingresado en el hospital.
Sonó el teléfono de nuevo cuando estaba aliñando la mezcla. Pensé que volvía a ser Pablo, que me llamaba por segunda vez con la intención de darme una segunda oportunidad. Pero no, en aquella ocasión fue Elena, una antigua compañera sentimental de Abd, con la que yo había trabado amistad compartiendo interminables horas de trabajo en un proyecto común, por espacio de más de tres años.
Al igual que yo, lloraba desconsolada; y hablaba a trompicones:
- Tooonni, ¿te has enterado del...del desastre?
Dejé fluir la saliva hacia el esófago, y tomé el aire necesario para contestar conservando un mínimo de dignidad.
- Me acabo de enterar por Pablo.
- ¿Pablo?
- Sí, mi amigo, el de la productora de cine.
- Mi... mira, Toni, yo m... me encuentro ahora en... una... –paró un instante para acompasar la respiración, y continuó- ...gasolinera; voy de camino a Termè. Imagino que subirás.
- Por supuesto que sí; en cuanto llegue María: lo mismo le he dicho a Pablo, aunque... Me jode no poder partir ahora mismo, pero no me queda más alternativa que esperar.
Contra todo pronóstico, antes de que pudiera extenderme en explicaciones, a través de la ventana vi asomar el coche de María por el portalón del garaje. No llegó a entrarlo. Apresurada, recogió sus bártulos del asiento trasero, bajó del vehículo y vino hacia la cocina por el caminito del jardín.
- ¿Ha pasado algo? –me preguntó nada más abrir la puerta, al verme compungido, sin darse cuenta de que estaba manteniendo otra conversación a través del teléfono inalámbrico.
- Ahora te explico...
- ¿Qué dices? – preguntó a su vez Elena creyendo que me estaba dirigiendo a ella.
- Perdona, Elena, estoy hablando al mismo tiempo con María, que acaba de llegar -¡milagro!- e este mismo instante.
- Entonces... ¿vas a salir ya?
- Sí: lo que tarde en abrigarme y sacar el coche a la calle.
- Mira, pues, te esperaré en...
No acabó la frase, el llanto se lo impidió. La conversación quedó suspendida en aquel fragmento.
Le esbocé muy brevemente a María lo sucedido, y me puse en marcha sin apenas darle tiempo a reaccionar. Ella me siguió hasta el garaje. “Te quiero”, susurró a mi espalda, para levantarme el ánimo, mientras yo me montaba en el vehículo.
- ¡Acuérdate de que hoy es el día en que el niño sale a las cuatro! –le grité ya en la calle.
- Lo sé, lo sé... ¡Ve con mucho cuidado; con esta lluvia apenas se distingue nada!
Cuando enfilé la carretera general, después del desvío del tren, eran aproximadamente las tres y cuarto. Escruté apresuradamente los discos compactos que traía conmigo, y me decidí por uno de ragas de Ravi Shankar y Ali Akbar Khan. Pensé que era lo único que podía servirme de preludio para un velatorio; para el velatorio de Abdullah Ripstein, “Abd” para los amigos, un apasionado entusiasta de los ritmos étnicos en toda su amplitud geográfica y conceptual.
Quizás Shankar y su compañero Khan estuvieran tratando de exuberantes alegrías en aquella música eflúvica, pero a mí, en mi total desconocimiento de la cultura que dictaba sus notas, lo cierto es que me hundía cada vez más en la miseria de este mundo traidor, que no perdona a nadie. Tratara de lo que tratase la música en cuestión, aquellos temas me ayudarían muy probablemente a reubicar la figura del difunto en el mundo de lo etéreo, y a recomponer también nuestras dispersas relaciones esporádicas. Los demás discos del repertorio disponible no contenían sino efímeras concesiones tecnoculturales para otro tipo de situación anímica; ritmos cotidianos de evolución repetitiva, en algunos casos hiriente. Lo opuesto para un ambiente de melancolía.
Jamás se me habían hecho tan largos aquellos treinta y tantos kilómetros de –ahora- triste y sollozado asfalto. Ante el inminente encuentro con el cuerpo inerte de mi amigo, al volante tuve tiempo de dar un concienzudo y panorámico repaso a algunos de los velatorios a los que había asistido hasta la fecha, en especial durante mi infancia. Dicen que Muerte llama siempre a Muerte. Y es cierto. La liturgia que se da en este tipo de encuentros, y en sus aledaños, suele ser un poco la misma en todos lados, aunque no las circunstancias adscritas a cada óbito en particular. Encadenas un recuerdo con otro y acabas hecho polvo de polvo.
Entre lágrima y lágrima y evocaciones funestas, sin darme cuenta comencé a poner en práctica de forma intuitiva una particular teoría de la deriva, que fui elaborando en exclusiva durante y para el itinerario. (Me doy cuenta de ello ahora, cuando han pasado algunos meses, y recapacito en calma sobre lo sucedido aquella tarde.) Deriva: efectos de naturaleza puramente psicológica conducidos por efectos de naturaleza psicogeográfica. O lo que viene a ser lo mismo, desplazamiento aleatorio en el tiempo y sus avatares, condicionado por el desplazamiento físico concreto que suponía mi viaje hacia la muerte. Hacia la muerte del otro, por supuesto. Afinando un poco más: la combinación del impacto que acababa de producirme la noticia de la muerte de Abdullah, y las circunstancias físicas concretas de la trayectoria entre mi casa y la suya. Me dejaba llevar y, al mismo tiempo, era yo quien iba condicionando el paso y los pequeños acontecimientos de alrededor. Fluctuaba ligeramente de izquierda a derecha, intuyendo idas y venidas previas, llevadas a cabo tanto por él como por mí mismo. Al volante, me salí de la calzada o invadí el carril contrario en varias ocasiones. Atajé por donde pude. Y lo hice para evidenciar posibilidades más allá de la norma que establecen los parámetros de comportamiento vial. El resultado de unir en mi imaginación varios desplazamientos no estrictamente idénticos, me proporcionaba en un mapa ficticio una línea de dibujo zigzagueante, que no contradecía en absoluto su propia naturaleza de línea global; de línea que señala un recorrido y una distancia entre dos o más puntos consecutivos.
Aparcado el coche en la base de la montaña, me desplacé pisando las piedras más sobresalientes incrustadas en la tierra del camino. No quise tocar las que estaban sueltas. Salté hacia los bordes de la calzada (barrizal), entré y salí de la hierba cien veces, y me uní a las paredes de piedra como si fuera yo una piedra más. Me quedaba algunos instante inmóvil simulando piedra, y reanudaba luego mi deriva. Dibujaba el recorrido con mi cuerpo; dibujando el mapa “derivado”. Acaricié hierba suave y rehuí la que no lo era. Conté árboles y escudriñé en su pasado y quise ver su futuro. Conjeturé a propósito de a cuántos de ellos había podido mirar Abdullah con la misma atención que yo lo estaba haciendo; o bajo cuántos se había podido sentar y cuántas veces. Apoyaba mis posaderas luego bajo sus copas, a pesar de la lluvia; y hacía esfuerzos mentales para coincidir en el sitio exacto en el que mi amigo debió de posar las suyas. También busqué con ansiedad pájaros a resguardo. No se dejaban ver. A pesar de ello, les asigné a algunos de ellos unas coordenadas concretas: tú en aquella rama, tú en la de más allá... (En mi deriva los pájaros no podían mojarse, a pesar de que muchos, a buen seguro, estaban mojándose.) Azar, determinismo y voluntad propia: el uso ideológico de todo eso: casi nada. Así es la teoría. O, mejor dicho, así podría ser, si hubiera sido pensada para el campo. Sin embargo, la deriva pura se desarrolla por regla general en ciudades, y tiene muy en cuenta la relación de los practicantes con los flujos de población, la ecología social, el tejido urbano, la interdependencia de los barrios o los accidentes arqutectónico-geográficos: bocas de metro, escalinatas, fuentes, avenidas que no se pueden cruzar así como así...
Dice Debord, el creador e instigador de la teoría, que “vagar en el campo raso es deprimente y las interrupciones del azar son más pobres que en ninguna otra ocasión”. Quizás ese hombre no hubiera pisado nunca el campo mientras vivió; debió de ser sin duda un tipo de esos que, cuando termina una calle y no hay otra, se pierden para siempre; no saben volver.
Derivando en el camino, por tanto, antes de afrontar de forma directa lo que tenía que afrontar al término del kilometraje, muy probablemente conseguiría dos propósitos a la vez. Por un lado, evadirme del indudable mal trago que iba a pasar –que estaba pasando ya-, y por otro calentarme, ponerme a tono para poder sobrellevar ese encuentro no deseado. En resumen, que, en la derivación, consciente o semiconsciente, fui encontrando la forma de implicarme al cien por cien en un tema que acababa de caerme del cielo como a quien le cae una cornisa sin sujeción.
En el concienzudo repaso por aquellas muertes infantiles a las que aludía, salieron a relucir detalles de historias y de personajes que, ni por asomo, recordaba que pudieran haber sido registrados algún día en las profundidades de mi memoria siempre renqueante. Me reaparecieron tía María “la rica”, el veterinario de Inca, Cayetano Marina, Josep “el de la leche”, Apolonia y Rafael, mis vecinos de corral, Rosselló, el compañero de clase que murió en extrañas circunstancias no especificadas. Conducía despacio, lento de reflejos, e iba intercalando, con la ayuda de aquella lentitud, esas pequeñas historias de horrores entrañables con distintos momentos de mi relación de treinta años con el muerto.
Abd había llegado a la isla hacía tres décadas, con toda probabilidad a rebufo de influencias hippies, llamado de algún modo a rescatar ciertas formas de vida que Nueva York, Londres o París le estaban negando por aquellos días. El reciente éxito de sus creaciones artísticas en medio mundo le permitía ese dispendio. Su presencia fue al principio estacional, pero con los años se asentó de manera definitiva la tierra que tanto llegó a amar.
Todavía recuerdo con todo lujo de detalles nuestro primer encuentro. Fue en casa de Rosita Poch, mi vecina, la hija de la comadrona del pueblo. Abdullah acompañaba aquel día a Ernst Folchi, el literato mundialmente conocido por su versión de la vida del emperador Calígula, que había difundido por capítulos la televisión. Estaban tomándose un café con leche los tres, cuando entré en el salón para darle a ella un recado de mi madre. Me pusieron una taza nada más verme aparecer, y Rosita, que era poseedora de una incontinencia verbal extrema, les hizo saber de inmediato que yo iba “a ser algún día un alguien tan importante o más que ellos”. Tanto uno como otro asintieron con la cabeza sin dejar de lado su verdadero objetivo: los bollos y las galletas de Rosita. Folchi era inglés, Günter –todavía no se llamaba Abdullah por entonces- alemán, y Rosi mallorquina hasta un poco más allá de la médula. No obstante, se entendían a la perfección. Chapurreaban una especie de idioma equidistante, un esperanto asistencial, mezcla de todos esos idiomas y también de guturales y gestos enfatizantes. Una jerga muy expresiva y útil a la que ella, en su desenfrenada pasión por expresarse a todas horas, era especialmente dada.
Folchi poseía un piso en la misma finca en donde yo vivía con mis padres. Motivo por el cual había trabado una especie de amistad interesada con ella. La solterona Rosi desempeñaba amablemente la función de ama de llaves, cuando el escritor se encontraba de viaje, que era casi siempre.
¿Qué habrán hecho con el cuerpo?, me pregunté interrumpiendo el recuerdo en el que me hallaba inmerso. De esa gente (en referencia a los hijos de Abd y a los muchos amigos y conocidos que siempre merodean por su casa) se puede esperar cualquier excentricidad. De todos modos, reaccionando rápidamente en defensa de los restos de Abdullah, me adscribí a la realidad tangible de que las leyes españolas actuales son muy precisas y disuasorias en este sentido. No puede uno hacer lo que le viene en gana con los muertos; el asunto está más que regulado. Aunque también cabía la posibilidad de que él mismo hubiera dejado dicho, o escrito, antes de morir, cualquier dislate con respecto al operativo que seguiría a su muerte. No le faltaron ni imaginación ni resortes de cualquier tipo para eso y mucho más. Todo era posible en torno a Ripstein el viejo.
Nunca olvidaré que Abdullah fue uno de los pocos que acudió a ver mi primera exposición en los bajos de aquella librería. Aquello detalle me colmó de orgullo y emoción en su momento. A los diecisiete años, para mí él era uno de los grandes -sus diseños aparecían en las portadas de los discos de mis músicos preferidos-, y su presencia en la muestra me ayudó en gran medida a vadear los innumerables complejos de novato. Sus cálidos comentarios, con respecto a los trabajos expuestos, me sirvieron de mucho. Nunca se retractó de aquellas alabanzas primeras.
Nuestra relación, basada en un profundo y sólido lazo estructural, fue no obstante esporádica y azarosa a lo largo de los años. En el sentido de que nuestros encuentros surgían cuando surgían; a la vuelta de una esquina, después de la inauguración de alguna exposición, o porque un amigo compartido hacía que nos sentáramos a comer o cenar juntos. Encuentros de este tipo. Por regla general, no acudíamos nunca a citas prefijadas de antemano. Tampoco frecuentábamos los mismos círculos, aunque sí los rozábamos tangencialmente por una circunstancia u otra. El problema de nuestra aparente lejanía se perdía inevitablemente por mi lado. Lo tenía yo muy claro: Abd era de Termè y a mí eso se me hacía muy cuesta arriba. Digamos... que él era de una tribu que no era exactamente la de mis convicciones profundas. En líneas generales, y dejando de lado a una gran parte de los oriundos, nunca me ha gustado la gente que se mueve, de forma constante o esporádica, por la zona de Termè. No obstante, situados uno y otro en un punto equidistante de nuestros mundos respectivos, llegamos a entendernos a la perfección. Y era lógico, porque ambos pretendíamos objetivos muy similares en lo conceptual. No así en su reafirmación consciente, y mucho menos en el proceso y en toda la parafernalia para llegar hasta esa reafirmación.
Abd era de esa clase de tipos que tienen la edad de tu padre, y que no llegas a entender cómo es posible que su coco sigua funcionando en continua progresión positiva hacia delante, mientras que aquél se enrolla cada vez más al tronco ideológico de la locura atávica colectiva. Ésa, y muchas otras motivaciones, consiguieron hacer de Abdullah un pilar estable, aunque inubicado físicamente, en mi vida.
Sin parar el motor, aparqué un instante al borde de la estrecha carretera, aprovechando que había un ligero ensanchamiento a la derecha, para poder enjuagar libremente mis incontenidas emociones en el regazo de un pañuelo. Ligeramente recompuesto, reanudé la lenta marcha. La lluvia no cesaba, y eso me hizo caer en la cuenta de que, con las prisas, me había dejado el paraguas apoyado junto a la puerta de la cocina, después de haberlo puesto precisamente allí para reparar en él al salir. Menuda perspectiva: subir a pie, desprotegido y con aquella tormenta.
El camino de tierra que conduce hacia la casa de mi amigo es un camino muy estrecho y tortuoso, un camino difícil, y la gente que acude allí con motivo de alguna celebración suele dejar el coche al borde de la carretera, para no tener que sufrir el calvario de la orografía o el enfrentamiento directo con otro vehículo.
No puedo continuar ni un segundo más con este llanto, me dije. Como llegue de esta suerte, y a alguno de “ellos” se le ocurra hacer algún comentario a propósito de mi aspecto, puedo suceder que me hunda directamente en el pavimento de la entrada. Los de Termè están tan de vuelta de todo... No puede uno presentarse a un velatorio llorando... En absoluto. Ellos son tan... diferentes al resto de la humanidad; tan pasados de rosca... en cierto sentido. Y, por supuesto, no lloran. Tuve una visión muy clara de cómo iba a ser mi entrada a escena, si aquellas lágrimas incontenibles no lograban detenerse. Llegaría a la casa de la peña aturdido como un paleto, mientras esos “genios” seminómadas se encontrarían disertando -como siempre- en torno a temas “profundos”; me mirarían de arriba a abajo con un cierto desdén, aunque sin decirme nada, y continuarían cambiando el devenir del mundo desde una filosófica silla de cuerda.
La gente de Termè es así. Son años y años de intelectualidad, en muchos de los casos mal asumida. La mezcla de una cierta vida sana –domesticada- con las drogas y la poesía desmedida, ha acabado por convertirlos en esa tribu especial de la que hablaba. La pereza que me daba el tener que enfrentarme a este panorama... Por Abd que lo tengo que superar por una sola vez, me repetía. Aunque lo cierto es que no encuentro nunca la forma de remediar esta falla en mi complejo dispositivo emocional. Las reminiscencias contemporáneas del topónimo Termè me producen una especie de sarpullido cerebral.
Quise luego explayarme a placer rememorando nuestro último encuentro en la casa de la playa, meses atrás, en verano. Pretendía dejar fijada su última imagen para siempre en mi recuerdo. (No sé si os sucede lo mismo, que... cuando una persona querida lleva algunos años fuera, su retrato comienza a disiparse en la neblina del cerebro. Ni con la ayuda de fotografías consigo recuperar de nuevo sus rasgos más elementales.) Abd acababa de alicatar de arriba a bajo una caseta de aperos a escasos dos kilómetros de la mía. Según Elena, lo hizo porque no quería pasar calor. Tan simple como eso. En petit comité, él decía que se había comprado ese lugarcito entre cuatro paredes de argamasa y piedras, para descansar psicológica y perceptivamente de la montaña; “para allanar un poquito –enfatizando lo de “poquito”- mi encrespado horizonte”, bromeaba. Mi lectura acerca de su desplazamiento hacia la planicie del sudeste podría plantearse de otra forma: se había buscado una salida a ese acoso mental y físico al que le sometía, directa o indirectamente, toda esa plebe de Termè. Tengo muy pocas dudas al respecto, mi amigo estaba hasta el gorro de tener que soportar tanta estupidez, tanta superchería intelectual. Años atrás la cosa era bien distinta, debo de admitirlo, la pureza de los propósitos y las ideas..., pero con el tiempo el buen ambiente fue degenerando hacia ese otro producto sociológico, al que aludo constantemente en estas líneas y continuaré aludiendo. A propósito del tema, revoloteando desde fuera me llegó a la memoria aquella frase de Marx: “Los hombres no pueden tener nada alrededor de sí, que no sea su rostro; todo les habla de sí mismos. Su mismo paisaje está animado”. Imaginé a Abdullah mirándose en todos aquellos que le seguían de cerca con prerrogativas imbéciles. Sus rostros convertidos en su propio rostro; un rostro imperturbable en su capa más externa, pero descompuesto ya en la dermis por la mala influencia de aquella caterva. Me quedó claro: no le había quedado más opción que cambiar de aires, aunque fuera durante una sola estación al año.
Continúo con lo que estaba. Bien entrada la tarde, Abd se presentó con varias botellas de vino y un queso, con la amabilísima intención de incorporarlos al menú de la cena. Como era costumbre en él, portaba la mercancía en el interior de su inseparable cesta de cuerda con asas largas. Ni por asomo supuse que pudiera estar enfermo. Él nada dijo al respecto; tampoco se le apreciaban síntomas externos. Paradójicamente, incluso llegó a hacer algunos alardes de buena salud. Según él, desde que había llegado a la playa a todos lados iba a pie, después de haber decidido aparcar el viejo Mercedes Benz a las puertas de su caseta. Lo tomaría únicamente el día que tuviera que regresar a Termè.
Ni Tristán ni mi hermana me hablaron tampoco durante el verano, y en los meses sucesivos, de los de salud que, por lo visto, le acuciaban. O quizás fuese que se enteraran más tarde, pues Abd era una persona muy reservada en lo tocante a su intimidad. No así con los males del mundo, de los que hablaba a menudo sin cortarse un pelo. Era de los pocos que huyen explícitamente del merodeo continuo por la vida del prójimo. Y en esa línea, tal vez porque creía que a los demás –en ese caso nosotros- tampoco debían de interesarles demasiado los asuntos particulares, no mencionó en ningún momento su dolencia, hasta que ésta afloró a la luz pública cuando no hubo ya salida.
Abdullah nos habló durante la cena de su teoría de resistir frente a la maquinaria tecno-económica mediante la creación cultural continuada. Infatigable artista convencido. Combatiente en cien luchas. Militante de las buenas razones. Nos habló de cómo el fenómeno de la globalización afecta no sólo a entes y estructuras transpersonales, sino a nosotros mismos. A personas concretas; y, entre las personas, muy en especial a los creadores, que sufren doblemente esta plaga por su condición intrínseca de visionarios. Recalcó lo de “visionarios”, y continuó perorando: “Frente a la doctrina fascinante que pretende construir un nuevo humanismo de pacotilla (“...basado en la concepción de un hombre anodino y conforme con todo”, apostilló Tristán), hay que oponer siempre C-U-L-T-U-R-A. Cultura crítica”. En realidad, todos los allí presentes no hacíamos otra cosa a diario que resistir frente a la gran mentira programática disfrazada de libertad conciliadora. Me sorprendió su afinidad luchadora con Roger Lesgards, el crítico y pensador francés, al que yo acababa de leer hacía muy poco, y al que Abd, dijo, no conocía. Siempre supe que no se conformaba con poco, pero nunca le había visto tan... tan en buena forma intelectualmente. Él era de esos que se comportan como los sabios a la antigua. De hecho, muchos le llamaban “el sabio de la montaña”; no sé si sería por eso. Pensaba mucho, meditaba mucho más aún, pero hablaba lo justo. Lo imprescindible para rematar o remendar faenas de otros. Amante de que otros hicieran el trabajo sucio por el, sabía como nadie dar la puntilla definitiva al final de las conversaciones. Ecología mental. Ahorro y reflexión activa. De ahí que me sorprendiera tanto su repentina y poco habitual extralimitación lingüística.
Al llegar al desvío de la montaña, y reconocer de nuevo el portalón de piedra por el que había pasado al menos una o dos veces al año durante muchos años, me volvió a dar la aflicción en forma de agobio traqueal. Los ojos a reventar. Tengo que parar esta mierda aquí mismo, ¡ahora mismo!, me grité. De no ser así, perderé sin remisión mi dignidad al llegar a la cumbre. Me propuse, por tanto, dar un giro radical a la exteriorización de mis sentimientos a partir de la barrera. Camino de subida, camino de perfección, repetí en voz alta varias veces, antes de emprender la empinada cuesta por entre olivos, acebuches y algarrobos.
Sospeché que la casa estaría atestada de bohemios recitando poesías en inglés, o enarbolando fastuosas presunciones con respecto a sus formas de proceder en la vida, por supuesto en inglés. Toda esa gente, sean nativos o foráneos, habla en inglés todo el tiempo, sin importarles que pueda haber alguien que no entienda ese idioma. Se relacionan en inglés para todo. Incluso se han generado entre los vecinos autóctonos la necesidad de saber la lengua inglesa. Los comerciantes de la zona, sin ir más lejos, no se llevan un duro a la caja si no hablan lo que está en boga. Concluyentemente, Termè es un micromundo dentro de otro no más grande.
Yo hablo un inglés normalito, para entenderme con gente normal, pero no un inglés como para poder mantener conversaciones excelsas sobre todo ese tipo de temas trascendentales que se tocan en la montaña. Y aun así, entendiendo mucho de lo que habitualmente comentan, me he declarado en perpetua huelga de inglés. No les hablo si no se dirigen a mí en alguna de las dos lenguas propias de casa. Ellos deben de pensar que estoy en inferioridad de condiciones, pero andan muy equivocados. Mudo y con la antena puesta, me entero de lo que quieren hablar a mis espaldas o a las espaldas de otros.
Abrí la barrera de hierro, introduje el coche en la finca y volvía a cerrarla para que no salieran las ovejas. Puse la primera y seguí adelante. A las tres curvas, divisé el coche de Elena, aparcado en un repecho libre de árboles y rocas. Por un momento, me había olvidado de ella. Sentí alivio al recobrar su presencia en forma de ese vehículo ladeado de color rojo bermellón. Ella era una de las pocas personas que podrían servirme de válvula de escape en ese ambiente tan hostil para mí. Otras dos serían también Pablo y Tristán, en el caso de que todavía se encontraran velando.
Aparqué mi coche junto al de Elena, y continué a pie.
Qué gesto más insólito, qué bizarría la de Abdullah: decidió un día bautizarse como mahometano -de ahí el nombre-, aunque sin perder su condición hebraica. Alemán de nacimiento, judío de familia y musulmán de adopción directa, quiso luchar de por vida en contra de las atrocidades que se cometían en Palestina, predicando con el ejemplo. Paradójicamente, el día de su muerte había coincidido con una brutal invasión de las principales ciudades palestinas, por parte de los carros de combate israelíes.
La lluvia arreciaba con fuerza, y yo sin nada a mano con qué protegerme de ella. Al poco tiempo de iniciar mi andadura, llevaba ya toda la ropa empapada. Con la humedad en el cuerpo, me entraron ganas de orinar. Siempre lo mismo. Apostado contra un árbol, el grifo abierto, aproveché para continuar repasando algunas de las facetas que teníamos en común Abdullah y yo. Como por ejemplo, a propósito del tema, escupir al mismo tiempo que la meada iniciaba su corto descenso en picado. “¡Anda! -me dijo una vez durante una excursión en la que coincidimos-, tú también eres de los que haces puntería”. No se refería a lo de acertar con el chorro sobre objetos o pequeñas zonas acotadas en el suelo; hablaba de hacer puntería con los gargajos sobre el propio chorro caliente. Darle de lleno y sentirse orgulloso de atinar a la primera. “Me encanta como lo haces, porque no escupes con fuerza, como hago yo, sino que dejas caer suavemente la saliva en vertical sobre el pipí. Me reconcilié con la palabra “pipí”, al oirla en su boca y con su acento tan especial. “Está muy bien esta técnica tuya; de ahora en adelante, tendré que practicarla”. Abdullah podía llegar a ser el tipo más coñón del mundo cuando se lo proponía. Lo jodido de verdad, Abd, vine a corroborar, es no mancharte la ropa a la altura del vientre; sobre todo si hace viento, como ahora; eso sí que me joroba. “Pero si yo no tengo vientre...”, apostilló. Ciertamente, un tipo de lo más enjuto.
Enfrascado en aquella micción disquisitoria, bajo la copa de un frondoso algarrobo, oí un zumbido sordo a la vez que notaba una sacudida en el cuerpo. Me di un buen susto. Al otro lado del tronco, un cabrón había emergido de improviso de entre las matas como una centella, rozándome una pierna en su huida y haciéndome tambalear. El animal dio un salto espectacular hacia lo alto de una pared de piedra que me quedaba a la espalda y ahí, desde su atalaya, se me quedó mirando con cara de pocos amigos. No las tuve todas conmigo hasta haberme alejado unas curvas de él, y tenerlo completamente bajo mi dominio visual.
Cada vez que me topo de improviso con cabras, que no suele ser muy a menudo, se me revuelven las tripas. Me viene a la memoria un infortunado percance, que me ocurrió de pequeño en el monte de Curia. Jugaba con unos amigos en la base de un risco, cuando se nos aparecieron tres bichos de esos, uno de los cuales poseía una enorme cornamenta retorcida en espiral. Era el de mayor tamaño, y comenzó a escarbar la tierra con una de sus patas delanteras, al tiempo que resoplaba sin apartar la vista de mí. Su actitud me hizo recelar, e inmediatamente me giré hacia donde creía que seguían estando mis compañeros, para hacerles un comentario urgente al respecto de lo que teníamos enfrente. Acaba de ocurrírseme la maravillosa idear de huir. ¡Pobre infeliz!: detrás de mí no había nadie. Los que creía mis amigos, acababan de esfumarse dejándome a merced del peligro. Unos metros más abajo se encontraban sus papás que, catapultándose hacia delante desde un banco de piedra, en el que se habían apostado para descansar un rato, pasaron a gritarme desaforadamente: “¡corre, Antonio, apártate de estos animales!. Fue cuando tomé plena conciencia de que el de los cuernos iba a por mí. En efecto, no había terminado de calibrar aquella hipótesis, cuando la bestia arremetió con todas sus fuerzas contra mi estómago. Me dejó fuera de juego. Caí rodando rocas abajo y me golpeé en todas partes.
Aquel pasaje me condujo de nuevo, por asociación directa, a rememorar la figura del judío mahometano como un inigualable escalador de riscos. Se conocía toda la sierra como la palma de su mano, y no había quién pudiera seguirle montaña arriba.
Mis únicos acompañantes en la ruta despoblada, aparte del rumiante, que continuaba escoltándome de lejos, eran el viento racheado y los múltiples riachuelos que se entrecruzaban por doquier. No había vehículos aparcados en los recodos. Y me sorprendía a cada paso por eso mismo, pues andaba con la idea prefijada de que aquello debía de haber sido un auténtico barrizal y un atolladero sin solución. Coches y gente yendo y viniendo a propósito de un congreso especialísimo en torno a la figura de Abdullah Ripstein. Nada de eso. Aunque, por otra parte, también quedaba la posibilidad de que, debido a las imprevisibles leyes del azar, en el ínterin de mi subida nadie hubiera acudido a la cita o estuviera de regreso. Azar, puro azar: espontáneos movimientos de autogestión del tiempo, del espacio y de las criaturas. Por qué no.
La tormenta había trastocado por completo la composición original del día, negándole a la luz la perseverante posibilidad de reafirmación. A un lado del recorrido, muy cerca ya de las casas, sobre la tierra de un ancho bancal, pude vislumbrar entre brumas su eterno Mercedes Benz. Aparcado junto a una gran lona de color verde azulado, que hacía un gran esfuerzo por cubrir diferentes materiales de construcción. Debían de estar en obras. Un poco más allá, el corral de las gallinas; ese mismo corral en el que él, y los nuevos inquilinos de la casa señorial, habían puesto tanto empeño por recuperar del olvido en el que se encontraba desde hacía tiempo. No parecía que hubiera gallinas en su interior. Me asomé a la portezuela al pasar por delante y, en efecto, ni rastro de ellas.
Al franquear el portal de la gran casa, en la que Abd había vivido durante muchos años –por circunstancias que no vienen ahora al caso, hacia unos pocos que se había mudado a la casa del fondo-, me vino a la memoria el día en que me llamó por teléfono para que subiera a hacerle unas fotos. Le gustaban mis fotografías; no se cansó nunca de repetírmelo. Necesitaba “un par de instantáneas consistentes” para incluir en el catálogo de una exposición, ¿o para un dossier? No recuerdo bien para qué las quería. Como un proyector de diapositivas cerebralmente automático, fui pasando una a una todas las imágenes resultantes de aquella sesión entrañable. Su rostro expresivo, su rostro y su busto, y su figura completa frente al espectacular paisaje circundante; el mismo paisaje, las mismas revueltas y los mismos rincones por los que había pasado desde que aparqué el coche. No pude hacerle fotos en el estudio; me lo impidió de forma tajante. Tenía una extraña fijación negativa con las fotos de estudio. Argumentaba que su estudio verdadero, el estudio que debía ver la gente, su públicol público, era el campo. Su montaña, para ser exactos. Y eso... “como mal menor. Porque lo que necesita el público es ver la obra del artista, no el lugar donde se precipita. De puertas adentro, por tanto, nada de nada –sentenció-. Los desconocidos no deben acceder a nuestra realidad cotidiana. Nosotros, tú y yo, vendemos ficción; no te das cuenta. Entrar en nuestra intimidad podría perturbarles la percepción de todo un mundo de fantasía. Ya pueden ir diciendo impunemente por ahí los necios que eso ayuda a situar al artista en su justo contexto y toda esa mandanga... ¡Y una mierda!, les contesto a esos...”.
Regresaron los ahogos a mi garganta, aunque conseguí sobreponerme de nuevo.
No parecía que hubiese nadie arriba, aunque creí estar oyendo una música a lo lejos. Sólo había un coche aparcado en la estrecha calzada de piedras adoquinadas, y se encontraba situado justo enfrente del edificio principal, especialmente arrimado al muro del aljibe para dejar expedito el paso. No reconocía aquel vehículo. Tampoco los había subiendo a la era, ni cerca de su estudio, los dos únicos espacios en los que se puede aparcar. Mi perplejidad iba en aumento. ¿Dónde se habrán metido? Caminé hasta el fondo, en dirección hacia su casa. Temblaba. Y quise hacerme a mí mismo una distinción a propósito de los temblores que sacudían mi esqueleto, antes de legar; saber si eran fruto del inminente encuentro con ese alguien al que iba a visitar por última vez, o sencillamente tenían que ver con frío y la humedad que mantenían mi cuerpo atenazado. Imposible sacar una conclusión definitiva con respecto a eso. Conforme iba avanzando, aquella música inicialmente imaginaria se oía más y más alta. Extrañísimos presentimientos eflúvicos, que me condujeron fugazmente a creer que me había equivocado de tiempo y de lugar. Aunque también era posible que Abd se hubiera mudado en los últimos meses y yo no me hubiera enterado de la incidencia. Se me ocurrió por otro lado que el ayuntamiento, o algún amigo importante, que los tenía, hubiera ofrecido a la familia un lugar más amplio y de más fácil acceso, en el pueblo o donde fuere, para velar el cadáver. En tal caso... ¿cómo no han dejado una nota en la barrera de abajo?, me pregunté dando por hecho que esa última posibilidad era la más viable de entre todas las que me rondaban en la cabeza.
Descendí los tres escalones que hay junto al algarrobo que cobija la entrada y vi luz en el interior. Asomé la cara por los cristales de la puerta, que estaba entornada, y al mismo tiempo la abrí ligeramente para obtener más información. Música a todo volumen; lo que vino a confirmar mi recién alumbrada hipótesis de que allí no había ningún muerto. ¿Y si al final todo aquello resultaba haber sido una pájara de Pablo?. ¿O un mal sueño mío? Incertidumbre. ¿Qué coño estaba haciendo yo por aquellos andurriales... el ganso? Junto a la chimenea, sobre la mesa, en el suelo el desorden era monumental. Platos, vasos, restos de comida esparcidos aquí y allá, ceniceros rebosantes de colillas que se agolpaban en grandes tumultos inarmónicos. Ni un alma. Vacilación. Sorpresa. Titubeo. Incertidumbre. Ni se me pasó por la cabeza llamar, no fuera a meter la pata. Retrocedí sobre mis pasos y me quedé un instante pensativo bajo el árbol. ¿Qué hago... bajo al pueblo y pregunto allí, o llamo a Pablo para que me saque de dudas? Mejor hablo con Pablo.. Pero llamar no era posible, pues en aquel paraje nunca ha habido cobertura para los móviles. El frío acababa de invadirme definitivamente los huesos. Huesos y congelación, la misma cosa. No me quedaba más opción que bajar hasta Termè y preguntar allí. La inmediata bajada se tornó repentinamente repecho infinito; impotencia, agotamiento y desolación.
Avanzados varios metros, oí una puerta cerrándose y me detuve. Giré la cabeza unos grados a la derecha y vi salir del portalón a una mujer muy bien vestida, con aspecto de no ser de la tierra; una mujer de esas a las que la gente corriente califica de “finas”. Que hizo como que no me había visto, siguiendo su camino sin inmutarse. ¡Por Dios!: pasa un extraño en mitad de un desierto y... como si nada, rumié. Se dirigía hacia ¿la casa de Abd? La interpelé, toda vez que me había dado ya la espalda:
- Perdone, señora, ¿por casualidad se ha cambiado de casa el señor Ripstein?
- Abd is living in the same house –me contestó lacónica, sin ni siquiera esforzarse por mirarme.
Volví a interrumpir sus pasos:
- No la molestaré más, señora, pero dígame, ¿conoce usted a Elena; la ha visto? Me dijo hace rato que venía hacia acá.
Con ese acento tan particular de los que pululan por Termé, mitad autóctono, mitad Commonwealth, me dijo, esta vez esbozando una leve sonrisa en la cara, al poderme relacionar ahora de algún modo con el entorno:
- She’s in the kitchen now. ¡En la cocina!, tradujo de forma abreviada elevando el tono al creer que no había captado la contestación.
Se refería a la cocina del caserón del que acababa de salir ella.
- ¿Do you know the way?
Le hice saber que sí con la cabeza.
- That door, back to the hall.
- Muchas gracias.
Y me metí hacia dentro como una exhalación.
Elena estaba sentada a la mesa y se tomaba una ensalada revuelta de mil especies vegetales. El fanatismo vegetariano de aquel municipio ilustrado no creo que pueda darse en otro lado tan iracundo. Me saludó muy poco efusivamente. No es normal en ella, doy fe. Por eso tuve la visión de que acababa de transmutarse definitivamente en una termense. Suele suceder a menudo, en especial con los que provienen de la península ibérica, a excepción de una clase de catalanes; son gente muy influenciable por ese extraño culto no ortodoxo que se da en Termè.
Hizo ademán de verter una parte de su ración en otro plato que le quedaba cerca. La ensaladera vacía.
- Toma un poco, está riquísima.
- Gracias, pero no tengo hambre. Justo cuando me llamaste estaba en el postre.
- Pues toma un higo seco, te sentará bien.
Y me acercó un bote de vidrio lleno de higos a rebosar.
- ¡Siéntate, anda! Pero... si vas completamente mojado. ¿No me digas que has subido a pelo con este tiempo?
Le hice una mueca para darle a entender que no podía sentarme en presencia de desconocidos. Lo pilló al vuelo, y cambió de tercio:
- Creo que no os he presentado; hoy tengo la cabeza en otro sitio.
No era para menos, con el susto que llevábamos todos encima, después de la faena que acababa de jugarnos el destino de nuestro amigo.
- Este es Toni. Es vecino de Abd en la playa.
Me quedé más helado todavía al oírla: no entendí por qué, de repente, me presentaba como a un simple vecino. Estaba claro que yo no compartía aquel mundo de eternas idas y venidas de gente de todos los pelajes entorno a él y a sus “amigos”. Había tenido siempre mi propio mundo aparte con Abd, al margen de toda la parafernalia termense, y eso era lo único que debía primar entre nosotros. ¡Por qué, pues, de repente, aquella diferenciación tan absurda! En un abrir y cerrar de ojos se me fueron al garete treinta años de conocimiento y encuentros con el amigo de la montaña.
Evité cualquier comentario, sin embargo; no había espacio para las reprobaciones en un día como aquel.
- Este es Philip, el hijo mayor de Abd.
- Hola, ¿cómo estás Philip?
Podía haberme tragado la lengua antes de largarle semejante perogrullada al chico. A él, no obstante, pareció no importarle, ya que continuó tarareando la canción que llevaba grabada en los labios. Se movió a un lado y a otro, como bailando, y me interpeló:
- ¿No habrás venido por mi padre?
Mis ojos debieron de parecerle dos bolas girando a toda velocidad dentro de una ruleta. Continuó:
- It was a joke; I’m sorry. ¡Lo siento! I beg your pardon.
En aquel punto, mi desconcierto fue absoluto. Radical. Continuó:
- He’s in bed now: the siesta, you know… If you wait for a while, you can see him in a few minutes.
Ninguno de los presentes abrió la boca para reírle la gracia, en caso de que aquello fuera realmente una ocurrencia a destiempo, ni tampoco para confirmar o reprobar su revelación.
Sin demasiado convencimiento, y, más que nada, para fundir el hielo que se había apoderado del horizonte, le dije lo primero que se me ocurrió:
-Te recuerdo de cuando eras así –y coloqué la mano a la altura de la mesa.
El muchacho había estado viviendo a caballo entre varios lugares, siempre de la mano de su madre, y la verdad es que hacía muchos años que no habíamos coincidido. Por su expresión, quedó claro que no sabía quien era yo.
Ignoró por completo mi comentario y se puso a barrer la ceniza dispersa alrededor del hogar.
Elena quiso presentarme a la chica, mientras yo introducía mi cuerpo helado en el interior de la inmensa chimenea campesina.
- Bien: esta es Rina; está al cuidado de todo. Ella es la única persona en esta casa que sabe dónde se encuentra cada cosa; la que sabe quién está a punto de llegar y quién de irse; ese tipo de cosas, ya sabes...
Me despachó con un escueto hello Toni, mientras yo me despojaba de la chaqueta buscando el calor de las brasas. Mirando hacia la ventana, pasó a hablar de otra cosa:
- I’d must take a look at the horses.
Y como por la acción de un resorte especial, volvió automáticamente a cambiar de idioma y de tema:
- Oye, Elena, ¿te apuntas este verano a la reforma de las viejas bodegas? Tenemos previsto comenzar a finales de mayo, con el buen tiempo. Victoria y Pedro, los de Madrid, se han apuntado ya. Y Jennifer. Y también Paul. Vendrá mucha gente. Puede estar muy bien...
Termè es como una gran comuna fluctuante, en la que las cosas se hacen siempre en corporación, al compás de la charla y al amparo de la bebida y bajo el cobijo de las drogas.
Ignorando por un instante la oferta para el verano, Elena interrumpió su bocado para hacerme saber una noticia relacionada con el primero de los comentarios dispersos de Rina:
- ¿Sabes, Antonio, que hace pocos días nació una potrilla guapísima aquí al lado. Si te apetece, podemos ir luego a verla.
A continuación, contestó al requerimiento de Rina:
- Seguramente sí, dijo mirando al techo. Todo dependerá de un par de temas que tengo en mente; si salen o no.
A su contestación de sí iba o no a ayudarles, siguió un silencio, sólo interrumpido por las toses esporádicas de Philip, y por la rotura de las fibras de lechuga en el interior de la boca de Elena.
Todo esto está muy bien, pero... ¿qué coño pasa con Abd?, me iba preguntando en mitad de aquella disparatada plática. Y reincidía en la absurda impresión de haber entrado de nuevo en barrena; como si las llamadas de Pablo y de ella a mi casa hubieran sido realmente fruto de una locura espontánea. Sin parar, dándole vueltas al tarro con la muerte imaginaria de Abd, mientras ellos se explayaban en trivialidades.
Como es de suponer, a aquellas alturas de la tarde, y teniendo en cuenta las circunstancias que rodeaban mi situación, las penas que me habían acompañado desde la primera llamada de teléfono se habían esfumado ya por completo, albergando en mí un estado de ánimo difícilmente descriptible.
La extranjera que me había dado veinte minutos antes la buena nueva de que Elena sen encontraba allí, entró como proyectada en la cocina, y comenzó a recoger compulsivamente botellas y botes de cristal y a introducirlos por tamaños en distintas bolsas.
La conversación continuaba ramificándose sin limitaciones. Yo, más callado que de costumbre. Hasta que la “fina” abrió la boca para devolverme a este mundo:
- Did you see...?
- ¿Se refiere usted a Abd? -le corté. Pues no. Y, si tengo que serle sincero, para eso he venido y no para otra cosa.
- Would you like to see him now?
Elena y yo meneamos al unísono la cabeza en sentido afirmativo.
- Yes?
- Of course! –le contestó Elena.
- So, stand up and come with me.
Fuimos tras ella como dos autómatas.
En casa de Abdullah el ambiente era el de un tugurio de noctámbulos. Nada había cambiado desde que me asomé al llegar, excepto que había gente en mitad de la música. Todo mujeres. Mujeres de distintas edades y de aspectos contradictorios. Unas parecían extranjeras y otras no. No me extrañó que fueran a su aire. De sus primeras conversaciones aisladas pude deducir que conocían bien a Abd.
Abdullah era de esa clase de hombres, seductores por naturaleza y esencia, a los que no les han faltado nunca las mujeres a su lado. Los nativos siempre habían dicho de él, equivocadamente, que era un donjuán. Ellas, sus mujeres, con conocimiento de causa, argumentaban en otro sentido diciendo que su poder de fascinación no tenía límites, y que aquellos que hablaban tanto, a propósito del tema, no tenían ni la más remota idea de lo que estaban diciendo.
Los cigarrillos y las copas corrían por docenas. No se estaba mal, para qué voy a decir ahora lo contrario.
- ¿Te apetece un ron? –me preguntó una mujer bajita, al apercibirse de mi eterna soledad.
- No gracias, más tarde. (El ron no es lo mío.) Bueno... la verdad es que un vaso de vino no me vendría mal.
Tanteó las botellas que le quedaban más a mano y, en cuanto dio con una que no estaba vacía, me lo sirvió al instante. Me ofreció también uno de aquellos cigarrillos mancomunados. Aunque el cigarrillo resultó no ser exactamente eso, sino un porro liado a conciencia. A las dos caladas, me dio el subidón.
No había vuelto a ver a Elena desde que entramos. Me levanté tambaleante para ver si estaba en la habitación contigua, pero no di con ella.
- ¿Has visto a Elena? -le pregunté a la mujer fina, después de descubrir que era la vecina de la casa de enfrente y que, por tal motivo, se movía como pedro por su casa.
- She’s upstairs. With him. Would you like…?
Volvió a pasarme por la cabeza la idea de que Abd pudiera no estar muerto, y de que todo aquello, como había insinuado Philip en el caserón, fuese tan sólo un montaje de mis neuronas vacilantes. O una performance creativa, por qué no. Uno de esos montajes lúdicos a los que los termenses suele ser tan proclives; un concienzudo plan de divertimento urdido en la mente expandida de aquella familia -tan poco común- y sus acólitos.
- Ahora subo –le contesté para que me dejara en paz, pese a que, de momento, no pensaba hacerlo.
A lo mejor... después del cuarto o quinto porro me veo con fuerzas, quise convencerme. Pero el cannabis no había hecho sino ensanchar la frontera de mis temores. Encontrándome en el estado en el que me encontraba, bien podía darse el caso de que subiera arriba y él difunto decidiera tomar la palabra.
Un escalofrío me hizo encoger de hombros al reanudar la ofensiva de mi imaginación.
Aparecieron por la puerta dos lugareños, y gracias a ellos pude irme por otros derroteros. Parecían labriegos, gente rústica, nada que ver con el paisanaje de la casa. Elena acaba de bajar en aquel mismo instante la escalera incorporándose cómodamente al grupo de los que rodeábamos la mesa principal. Philip se acercó a la puerta para dar la bienvenida a los recién llegados.
- Buena nos la ha hecho tu papá, ¿eh, Philip? -le soltó a la cara en tono campechano el primero en traspasar el umbral.
El chico les obsequió con una amplia sonrisa, al tiempo que dejaba en las manos un vaso a cada uno:
- ¡Pasau i bebeu a gust! (en mallorquín.)
- Hasta para esto ha tenido que ser diferente a los demás –apostilló el otro visitante-: mira que no decirnos nada de lo que le sucedía. Estos artistas...
- El sabio de la montaña –pronunció en voz baja Elena.
En la mesa se oyeron risotadas de aprobación por el comentario del segundo hombre. Por el contrario, a mí se me dibujó bruscamente una mueca de pena al dotar de significado a la frase de dicho Elena. La mujer bajita se apercibió de inmediato, y no le faltó tiempo para devolverme el semblante a su configuración inmediatamente anterior:
- En casa de Abd no hay lugar para el mal rollo, no sé si lo sabes... ¡Por Abd! –gritó, al mismo tiempo que alzaba su vaso lleno, en aquella ocasión de anís.
- ¡Cheers! –gritó el resto-; ¡salut! –corroboraron los dos lugareños, ya con los vasos llenos.
La mujer se bebió medio vaso de anís, de golpe, y prosiguió:
- ¿Habéis visto como lloraban eso dos tíos que han venido al mediodía?
- The writer, do you mean? Toni... and the other that affirmed he was preparing a video about Abd’s work? –preguntó la de más edad, no teniendo demasiado claro quién era uno y quién era otro.
- No –le rectificó Elena-, Toni is this man beside me –y me tocó ligeramente el hombro para que la otra recompusiera su incorrecto esquema de visitas y visitantes.
- Ok, ok... I mean the two that cry disconsolately – y lanzó una sonora carcajada.
- Sheet to the weepings! –gritó alguien en la otra sala.
Todo apuntaba a que esos dos a los que aludía la comunidad eran Pablo y Tristán. Debían de haberse largado poco antes de que yo apareciera. Menuda imagen habían dejado. La misma que yo había pretendido evitar en todo momento. Aunque a punto había estado de cagarla, de no ser por el cable que me echó sin darse cuenta la del ron... la del anís.
- Me dijo tu papá hace un par de semanas que me iba a regalar una de estas escultura. Está claro que acabo de quedarme sin ella –bromeó Bartomeu, el primer hombre, abrazando efusivamente a Philip, después de pasar la mano sobre las pequeñas piezas confeccionadas con elementos del bosque. Se notaba a simple la mucha confianza que había entre ellos.
Philip les invitó a subir.
Viéndoles avanzar, escaleras arriba, sopesé de nuevo la posibilidad de unirme al trasiego, o continuar en la planta baja escuchando como toda aquella gente se dejaba la piel enhebrando razonamientos insondables. Elena pareció leerme el pensamiento:
- Sube. Está espléndido; como durmiendo un sueño pasajero. No impresiona, te lo aseguro. Al revés, invita a la contemplación y al diálogo.
¡A qué diálogo se estará refiriendo! Otra vez... volvíamos a estar en el mismo punto. Dejé ir la ocasión, para continuar rendido al escrutinio exacerbado de las múltiples conversaciones cruzadas. De momento, no era capaz de hacer otra cosa. En el salón se hablaba sin reparo alguno de arte y de creación; del objeto de la creación y del sujeto que la llevaba a cabo; de percepción simple y de percepción subordinada. De las absurdas fluctuaciones en la política de conservación del medio ambiente. De maquillaje, de arrugas y de trapos. De huertos ecológicos y, consecuentemente, de hortalizas ecológicas. Pero, sobre todo, se rememoraban innumerables pasajes de la vida de Abdullah. Para ser más estrictos, Abd aparecía en todos los pasajes, trataran de lo que trataran. Abd y Termè, por supuesto. Y cada cual tenía sus propias anécdotas; anécdotas por separado; anécdotas firmadas exclusivamente por el artista para cada una de aquellas personas en exclusiva. Se hablaba de los hijos. De tensiones entre seres queridos; entre amigos que no lo eran tanto. De drogas. De tiempos pasados. Al final, cualquier comentario concluía indefectiblemente en el pueblo. Termè como punto de encuentro de sus gentes; como foco de irradiación de una energía que sólo podía darse en aquella latitud. Desde cualquier enfoque, todas las conversaciones sellaban su peculiaridad en torno a ese extravagante ecosistema.
Philip tomaba a cada tanto una fregona y la pasaba por los rincones. Plegaba ropa o lavaba compulsivamente vasos y ceniceros, pienso que para poder continuar atendiéndonos a todos con unas mínimas condiciones de higiene. Acciones que, con toda seguridad, debían ser fruto del manojo de nervios que albergaba en su estómago. No era lógico que un hijo bien avenido no soltara una sola lágrima teniendo a su padre en el piso superior, a punto de enterrar.
En eso, llegó una pareja. Me sonaban de algo. El era español y ella poseía una fisonomía eslava exhuberante. Polaca, rusa o algo así... Nos presentaron:
- Estos son David y Olga.
- Y tú eres Toni, ¿verdad? Nos conocimos en la fiesta que dio Elena en su casa de Palma la primavera pasada.
La verdad, no tenía ni idea de quienes eran.
- ¿No te acuerdas? –me preguntaron, al ver la expresión de desconcierto que les estaba ofreciendo mi cara-, nosotros somos los del bebé que gateaba por toda la casa. Ja, ja , ja.
- ¡Ah, si, por supuesto! –aunque continuaba sin situarles.
- Come in, friends, and do have a cup! –les gritó la más vieja de todas desde el rincón de la chimenea, del que no se movía ni por casualidad.
Los dos mallorquines se unieron a la fiesta de la planta baja, después de ver a Abd.
En el otro extremo del enorme vestíbulo, que también era cocina, y que se utilizaba para casi todo en aquella casa, Rina intentaba abrir la puerta de la entrada como podía. Con el jaleo, nadie la había oído llegar. Al verla en apuros, me levanté para echarle una mano. Venía cargada con innumerables bolsas de supermercado, y dijo tener otras tantas en el coche.
- ¿Te ha bastado la pasta? –le preguntó Philip emergiendo de entre la espesa bruma.
- Enough. Yes. I’ll give you the surplus just I release the weight.
- Sin problema. By the way, how many bottles did you find at the Ultramarinos?
- Twenty two or twenty three, I don’t know exactly Do you think they will be enough? Night it’s going to be so long.
- That’s right. Another thing, Rina, did you get some cigarettes?
- Seven cartones –respondió la muchacha.
Ha llegado mi hora de la verdad, me dije mentalmente, mientras aquellos dos echaban cuentas. Dejé el salón y me dirigí al piso superior donde, supuestamente, estaba el cuerpo de Abd en exposición.
Al cruzar por la habitación contigua, descubrí con sorpresa que había más gente en la casa; gente que supuestamente había permanecido allí todo el tiempo y que, acaso, a tenor de la evidencia, debían de tener su fiesta aparte. Luego caí en la cuenta del trasiego continuo de mis contertulias hacia el otro lado. Idiota de mí, había imaginado hasta entonces que se levantaban con tanta frecuencia para ir a ver al muerto. Los recién descubiertos conformaban varios conjuntos separados dentro de la sala. En un principio, creí percibir de soslayo un grupo de tres; el resto eran parejas. A primera vista, parecía como si estuvieran tratando por separado de temas oscuros; profundos. Apenas se les oía. Una de aquellas parejas se estaba dando el pico. No quise mirar con detenimiento, para no distraerme, toda vez que había enfilado ya la proa hacia mi inmediato destino.
Adrenalina fluyendo.
Enfilé la estrecha y rústica escalera, y fui a plantarme justo detrás de la cortina que dividía la habitación de Abd en dos espacios. Cajas de ropa y enseres amontonados aquí y allá. Libros por todos lados. Pinturas apiladas. Los objetos más inesperados e inclasificables. Velas encendidas. Olor a incienso. Sabor a pétalos. Me había costado sangre, sudor y lágrimas llegar hasta ese punto; ahora ya no había marcha atrás. La tela de las cortinas rozándome la punta de la nariz. Se oían voces suaves al otro lado de la finísima frontera. Me pareció oír la de Elena. Pero... ¿no acabo de dejarla abajo?
- ¿Eres tú, Toni?
No dije nada, ni tampoco moví un pelo. Mi concentración era completa.
- Pasa ya de una vez, ¡anda!, que Abd está ansioso por verte.
¡No puede ser! Se me disparó el corazón de nuevo. Descorrí un pequeño tramo de la gran cortina y di dos pasos al frente. El muerto parecía realmente muerto: ligera sensación de alivio. Ella mantenía levantada a un lado de la cama la colcha.
- ¿Has visto esto? –me preguntó con el cuerpo volcado hacia lo que intentaba mostrarme. Me señalaba con una mano debajo de las ropas que tenía sujetas con la otra.
Hice un ligero ademán hacia un lado, para enterarme. En uno de los bloques grises de hormigón prensado, de los que se usan para hacer paredes, y que nuestro amigo utilizó sin cimentar en vida para hacerse la base de la cama, había una inscripción: M-E-D-I-O-C-R-I-T-Y.
La palabra estaba escrita sin demasiadas pretensiones, en azul cobalto y a pincel ligero. Garabateada en algún momento de reflexión profunda, con toda probabilidad aprovechando el óleo o el esmalte residual de alguno de sus pinceles, después de dar por finalizada una sesión de pintura. Y ahí había quedado. No le di mayor importancia.
Sin embargo, ella comenzó a rumiar a propósito del graffiti, y no paraba de conjeturar al respecto de lo que podía significar eso en la vida de Abd. Elucubró hasta que tuve que pararle los pies. Elena es muy dada a liarse en bucles mentales por los asuntos más dispares. Cuando se atora en uno, como parecía que estaba comenzando a suceder, no hay quien la pare. Se sube a la parra y no hay forma humana de hacer que se baje de ella. A veces, la pájara le dura varios días... hasta que, sin más, se olvida.
- No te rompas los sesos, Elena. En serio; lo escribió y ya está; baja la colcha y olvídate. Si no hubieras hurgado por ahí, muy probablemente ahora no estaríamos hablando de este asunto que ni nos va ni nos viene.
- Sí, aunque...
- ¡Déjalo ya! Se trata de una simple inscripción ocasional y eso es todo. No le des más vueltas.
Se quedo pensativa, aunque no relajada.
Ella siempre le había tenido en un pedestal y, haber descubierto esa palabra tan cerca del cuerpo, de repente había trastocado sus armoniosos esquemas.
Le asomaron un par de lágrimas suaves.
Zanjado en primera instancia el tema, le hizo un gesto a la mujer que estaba con ella, para salir las dos juntas de la habitación y dejarme a solas con el difunto. Estaban sentadas sobre la cama, una en un costado y otra en otro, el cuerpo inerte entre las dos, en una postura muy cercana a la del loto, lo que indicaba que habían estado haciendo meditación o algo parecido. La cama era muy amplia y permitía aquella disposición. Se levantaron al unísono dirigiéndose hacia la puerta.
- No te asustes –me dijo antes de salir de la habitación-, se mueve como si estuviera vivo. Yo creo que está vivo.
Será su imaginación, que siempre vuela, especulé. Habrá bebido más de la cuenta, o tal vez esté influida por este contexto tan a flor de piel.
Abdullah tenía puesta una chilaba blanca. En las manos le habían colocado un ramillete de flores, seguramente recogidas por alguna de aquellas mujeres a escasos metros de la habitación. Tenía los pies desnudos; producía escalofríos verle sin zapatos ni calcetines con aquel tiempo. Me impresionaron aquellas uñas enormes; me recordaron a las de mi abuela: uñas que parecían postizas, talladas en madera antigua o en alabastro de dudosa calidad.
De repente Abd movió la cabeza, o al menos a mí me pareció que la había movido. ¡Hostia!, Elena estaba en lo cierto. Y volvió a moverse, esta vez de piernas, viniendo a confirmar las sospechas, después de que Elena me hubiera puesto en antecedentes. No podía dar crédito a lo que mis sentidos estaban percibiendo. Aunque, si he de hacer honor a la verdad, por otro lado tampoco me extrañaba. (En Termè, y mucho más en aquella casa, no me cansaré de repetirlo, muchas cosas que no son posibles en el resto del mundo, allí sí lo son.) Las dichosas “energías positivas” de las que hablan tanto los termenses, debían ser tan ciertas como que Abdullah se estaba zarandeando, mientras que yo, incrédulo militante ancestral de lo tangible, las había estado ignorando toda la vida.
Si me habla, no sabré qué hacer; si contestarle o no. Nunca antes he hablado con un muerto. No sé cómo se hace lo de hablar con seres que ya no están.
Sin comerlo ni beberlo, de repente me vi impelido a hilvanar una serie de palabras en voz alta.
- ¡No, no! Yo no hablo con muertos. Esto debe ser cosa de los porros...
Entonces, una de las flores del ramito que tenía Abd en las manos vino a parar a mi pecho, proyectada por alguna fuerza inesperada, rebotando, acto seguido, hacia el suelo. Entonces, me dirigí a él:
- ¡No, Abd, no hablaré, si eso es lo que buscas! No estoy loco. ¡No diré nada!
Las “energías terméticas” de las que hablaba antes estaban sin duda intentando apoderarse de mi voluntad. Relájate, chico, no vaya a darte un pasmo ahora, me dije. Control, sobre todo control.
Le miré fijamente a los ojos, creyendo que, de un momento a otro, se iba a despertar para soltarme algún exabrupto, o para revelarme alguna gran verdad de más allá de la frontera humana. Pero Abd, ni abrió los ojos, ni volvió a moverse y tampoco dijo nada.
Luego caí en la cuenta, al levantársele el faldón por completo y dejarle al pairo su intimidad, de que todos aquellos movimientos eran fruto de la acción del viento. Las ventanas del cuarto estaban abiertas de par en par por evidentes motivos de salubridad, y la tempestad se había ido apoderando paso a paso del cuarto. Fuera, continuaba lloviendo. Muy precariamente, me relajé por enésima vez. Permanecí vacilante un par de minutos más junto a él, para regresar de nuevo a la vida de la planta baja.
Sonaban ritmos caribeños en el salón. Las mujeres bailaban. No me fue fácil aceptar que en mi tierra se bailara antes de un entierro, como sí se hace por tradición en África, o en la América de los indios Navajos, o en algunas comunidades de Centroamérica. Gente “civilizada” divirtiéndose de aquella forma con un fallecido bajo el mismo techo...
Por otro lado, David comentaba el acuerdo al que había llegado con los de la funeraria para incinerar a Abdullah en Palma el sábado a las cinco de la tarde. A propósito: en un lugar que no le pegaba nada; un amarmolado tanatorio para gente... mejor será dejarlo así, para no ofender a nadie. En fin, que David había quedado con los funcionarios en que, a la mañana siguiente, un grupo de amigos bajaría a Abd a la capital en su propio Mercedes Benz. Lo acomodarían al lado del conductor y le llevarían a dar un paseo por sus lugares preferidos. Una especie de última voluntad no confirmada. Me pareció extraño el hecho de que les hubieran dado permiso para llevar a cabo semejante extravagancia. Evidentemente, alrededor de Abd era siempre todo muy raro.
Cansado de polarizar tantas sandeces, quise dar por finalizada mi visita en aquel punto. Me despedí fugazmente de los –las- que me quedaban más a mano, con la intención de salir en dirección hacia la otra casa, en donde había dejado la chaqueta secándose bajo la campana gigante de la chimenea.
- ¿Por qué no te quedas un rato más? –insistió Elena-, tu cuñado, el escritor, está a punto de llegar.
- ¿En qué quedamos: no ha estado aquí antes?
- En efecto, pero tuvo que bajar a Palma por no sé qué asuntos urgentes. Le dejó dicho a Wilma que iba a volver, en cuanto resolviera esas cuestiones, para pasar la noche con nosotros.
La besé en la mejilla derecha, confirmando una negativa, y salí al frío.
El camino de regreso lo hice con la mente revolucionada. En realidad no recuerdo si continuaba lloviendo o había parado ya. Pasé la noche en ebullición. Derivando.
Tres días más tarde, a las cinco menos cuarto de la tarde, me subí al coche para ir hasta El Humano Recuerdo. Con el volante entre las manos, fui retomando poco a poco aquella deriva interrumpida en el momento de llegar a casa de mi amigo. Y comencé a trasplantar cerebralmente algarrobos de Termè a Vilatxí y de Vilatxí a Termè. (Vilatxí es zona de algarrobos, de algarrobos grandes, exóticos. Aquellos algarrobos que, de niño, me transportaban a la sabana africana: a las fieras; a los indígenas con lanza y escudo; a Trazan de los monos...) Me esforzaba en recobrar la imagen de todos aquellos bajo los que me senté en el camino de subida, y que, por unos instantes y por decreto mío, decidí que habían sido también los mismos bajo los que debió de sentarse Abd en algún momento de su vida en Termè. Los traía desde allí para, inmediatamente, replantarlos en el hueco que dejaban los que acababa de llevarme a su vez a Termè. Sentencié derivadamente, que, de aquella forma, le tendría más cerca. Conté palmeras. Quise resituar y relacionar casas y moradores. Y pisé adrede con los neumáticos todas cuantas señales viales se me pusieron a tiro. Combiné aspectos lúdicos con tristeza y con objetos o marcas en la carretera o en sus aledaños. Derivé.
Sin haberlo previsto de antemano, iba a convertir mi deriva en una especie de deriva díptica, con una interrupción abstracta en mitad del proceso. (Al llegar a casa consulté el manual de Debord y, efectivamente, estaba permitido que una deriva pudiera subdividirse en otras derivas, aunque, eso sí, de un modo sustancialmente distinto.
El ambiente en el tanatorio era bien distinto al del otro día en su casa. También es cierto que se había llegado a congregar una pequeña multitud, con toda probabilidad a rebufo de los múltiples artículos aparecidos en prensa en el ínterin de los tres días. Estaban los habituales de Termè, como era de esperar; también gente próxima que, por uno u otro motivo, no había podido subir al domicilio. Estaban todas aquellas mujeres de la otra tarde, y estaba David; pero, sobre todo, muchas personas de los círculos más alejados a la vida cotidiana de Abd, esa multitud a la que aludía, gente que llega de oídas para sumarse a cualquier convocatoria, sean cuales fueren los motivos de concentración.
En un principio, yo no había contemplado la posibilidad de acudir al acto social que iba a tener lugar antes de la incineración. No obstante, dado que El Humano Recuerdo me queda, como quién dice, a la vuelta de la esquina, concluí que Abd, estuviera donde estuviera, no me perdonaría del todo que me quedara en casa sentada, aun siendo tan infinitamente tolerante y flexible como era. Mala conciencia.
El tanatorio, que siempre había pensado al pasar por delante que estaba fuera de servicio, fruto de sucias maniobras financieras que llevaron a cabo algunos de los socios fundadores años atrás, me sorprendió. De todos modos, continúo pensando: nada que ver con la idiosincrasia de Abd y los de Termè. Desde la carretera parecía un extraño complejo abandonado, aunque en los últimos tiempos, todo hay que decirlo, el jardín había mejorado mucho. Dentro era otra cosa: un vestíbulo y unas dependencias de proporciones desmesuradas; cortinas infinitas; mármol entonado por doquier; acero inoxidable; elementos accesorios de buen gusto. Ambiente de hotel de lujo, en definitiva; exceptuando la recepción, que era poco menos que un cutrerío. Asombroso, sí, pero lo que me sorprendió de verdad fue la pieza en la estaban depositados los restos de mi amigo.
La decoración de la antesala era muy diferente al resto de las dependencias del edificio. Extraños cuadros de sabor oriental y tapices exóticos, que me sonaban de algo, colgaban de las paredes. Sobre las mesitas y en suelo, algunas piedras representaban el papel de esculturas. Piedras que también me resultaban harto familiares... Como pude, estaba a rebosar de curiosos, me adentré en la segunda sala. Lo primero en lo que me fije fue en él, y luego en las personas que, cada una a su modo, evidenciaban su dolor de corazón. Dentro de una gran urna de cristal, un ataúd de mal gusto, como casi todos los ataúdes, contenía su cuerpo. Vestía la misma chilaba del miércoles. Le habían cambiado el ramo de flores de entre las manos, eso sí. Sus pies todavía desnudos. Pero había mucho más alrededor de Abd. Expuestos a modo de tenderete en un mercadillo de calle, dispersos por toda la habitación estaban sus cayados, sus sombreros, una selección de sus innumerables camisas coloristas, varios amuletos y otros muchos objetos que no me entretuve en mirar detenidamente. La más genuina Termè...
Ante la inminente desaparición física de su padre, Philip no pudo contener sus emociones, hasta entonces bien disimuladas, y rompió en un llanto desgarrador y compulsivo; como si fuera a darle un ataque de corazón o algo parecido. Le sujetaban, y él se deshacía de ellos y corría por los pasillos como un enajenado.
Como en un castillo de naipes de particularidad sonora, la gran mayoría de aquellos y aquellas que, hasta aquel momento, habían aguantado el tipo de forma alarmante, asistidos por aquella artificiosa cultura de autosuficiencia “termètica”, se desfondaron como magdalenas. Apenas unos pocos pudieron soportar la dramática desesperación de Philip. Una estampa digna de análisis (en otro momento, como es lógico). Tan fuertes, tan distantes, y en el fondo tan... corrientes.
La sordina de un motor, dio paso al desplazamiento del ataúd con los restos de Abd hacia el interior de la pared. Aquellos carriles metálicos, sobre los que se había sustentado el féretro durante el tiempo de exposición, quedaron de improviso desabrigados, a la espera de un nuevo inquilino temporal.