3.2.08

·· Hijoputas

- Por favor, señor, ayúdeme a pasar, que soy ciega. Por favor, señor, ayúdeme…
El insistente rumor de súplica angustiada, que subía desde la calle, hizo que me levantara de la cama. Otro día sin poder descansar después de comer. Una hora crítica, la de la siesta. Doy fe de ello. Es el momento que media humanidad elige para tocar las pelotas a la otra media.
Al principio no le di demasiada importancia al asunto, pues conocía de sobras el lamento de aquella voz afectada, que tenía ya archivado en las profundidades de una sección mental que yo llamo “la de los asuntos no vinculantes”. Pero que, después de tanto repicar, acabó por despertar mi interés, pasando a ocupar, contra pronóstico, el primer lugar de mis escasas preocupaciones por la raza humana a esa hora. Empapado en sudor, y con una hilacha de saliva en la comisura de los labios, propia del bochorno, me asomé al balcón. Era la primera vez que veía a la anciana esgrimir en directo su letanía lastimera, y parecía que llevaba toda la razón, al suplicar de la forma como lo estaba haciendo.
Propietaria en exclusiva de un pasaporte oral sin parangón, con varias frases alternadas, muy efectivas todas ellas, conseguía siempre abrirse camino entre la multitud de la zona peatonal, sin necesidad de tener que trabajar demasiado el bastón blanco. A la ciega, que, entre nosotros, no creo que fuera tan ciega como ella hacía suponer, se la podía encontrar por el barrio a cualquier hora. Maquillada hasta el gallinero, y en continua demanda de una compasión generalizada que, al parecer, no recibía con la intensidad deseada.
La escena que pude divisar desde el tercer piso no resultaba francamente muy halagüeña. Dos auténticos problemas confluían en aquel punto, y su solución, a primer golpe de vista, se me antojaba especialmente difícil. Por un lado, la mujer había metido de lleno el pie izquierdo dentro de media sandía enorme, y por otro, tenía enfrente al chulo más cabrón de toda la ciudad. Uno de esos matones que pululan en algunos barrios de todas las ciudades, y al que hay que evitar a toda costa, porque es su característica esencial la de ocasionar problemas a todo el mundo. Un animal duro y sin escrúpulos –al que había visto otras veces actuar-, de los que no perciben más sensaciones cálidas que las de la propia piel que les envuelve; y aun así, les va muy justo percibirlas. Tendría el tipo unos treinta años, era muy curtido de carnes, debido, seguramente, al agitado vaivén de la vida ambulante, tenía la cintura estrecha, sus caderas no daban señales de vida, y lucía una melena negra rizada, que le llegaba hasta la mitad de la espalda. Me acuerdo que iba embutido en una estampada camisa con volantes, y que la llevaba abierta hasta el ombligo.
- "Por favor, señor, ayúdeme, que soy ciega" -repetía la mujer, sin descanso y con idéntica intensidad, totalmente extraviada en mitad de su propia locura circunstancial-.
Él, por su lado, esbozando gestos obscenos a una concurrencia inexistente –se tocaba los huevos de forma exagerada, al tiempo que arqueaba las piernas y doblaba ligeramente las rodillas-, la dejaba recitar sin perder su compostura flamenca.
- ¡Usted es tan ciega como yo, hija de la gran puta!
- Que no señor, déjeme pasar, que soy ciega…
- ¿Cómo ha sabido, pues, que estaba aquí, si no he dicho ni pío hasta ahora? -le gritó a bocajarro, alargando el cuello hacia delante, hasta casi tocarle la nariz a la que, en realidad, no era tan ciega como pretendía-.
- Por favor, señor, tenga piedad de mí -continuó ella, obviando la grosería del camorrista-. Ayúdeme a sacar el pie de esta cosa.
- ¡El pie...!, ¿qué pie? ¡El pie se lo va a sacar su puta madre! No pienso despeinarme por una mierda como esa.
- Por favor señor, ayúdeme, que soy ciega.
- Muévalo usted misma y verá como se le suelta la pelota, llorica.
Y así lo hizo la mujer, saliendo despedida la sandía escaleras abajo, para ir a dar en los pies de un hombre, que se había parado para presenciar lo que estaba sucediendo en la escalera de la parroquia. Una vez que se hubo deshecho de la media fruta, algo más aliviada, intentó proseguir su camino hacia la Cuesta de la Cofradía, agarrándose fuertemente a la barandilla metálica que hay en la pared lateral de la iglesia. Pero el buscarruidos continuaba en el mismo sitio en el que había echado raíces unos… –calculo- veinte minutos antes. Por supuesto, sin dar el menor síntoma de querer aflojar el ritmo de la afrenta.
- ¿Y ahora qué pretende abuela, que me mueva como un cagón para que usted pase a sus anchas? ¡Pues no pienso moverme! Todavía no ha nacido la mujer que me aparte a mí del camino.
- Por favor, señor, déjeme pasar, que soy ciega –insistía, una y otra vez, cansinamente, como si se mantuviera ajena a la violencia del palmero. Como si las fanfarronadas de ese canalla no fueran con ella-.
- Usted, abuelita de los cojones, o no sabe con quién está hablando, o es idiota del culo. Habráse visto, -suspiró al viento, después de hacer una pequeña pausa en la gesticulación-.
En pocas palabras, que la lucha por los derechos de paso, junto a la vieja iglesia de San Marcial, llevaba camino de no resolverse en la vida. Tan tensa por naturaleza, como aburrida por repetición, era aquella pugna entre dos cabezotas.
Ninguno daba el brazo a torcer, ni uno para subir, ni la otra para bajar. Cada cual esgrimía sus propias razones, según su forma de entender el mundo y, muy concretamente, aquel proceso de caminantes. Ella, por su parte, amarrada a la condición de privilegio que aparentemente le otorgaban su edad y su minusvalía, sollozando sin respiro, torpe y consentida, clamando misericordia; y él, por la suya, enfurecido por la necesidad de un orgullo primario todavía no colmado, proclamando a diestro y siniestro su condición de macho poderoso. Y yo, en el balcón, debatiéndome en las alturas entre quedarme donde estaba, viendo cómodamente la película de los hechos en perspectiva cenital, o bajar a implicarme directamente en la tropelía. Mi deber, por educación, estaba allí abajo, pero mi conciencia no lo creía de este modo; y se rebelaba contra mi voluntad, en la creencia de que aquella mujer había encontrado, por fin, su merecido.
Mientras tanto, a escasos metros del fregado, el guardián de la sandía, un espantado caballerete con aspecto de hombre saludable, permanecía inmóvil, aunque con ganas de intervenir en ayuda de la que él creía ultrajada. Cosa que al fin hizo, avanzando lentamente hacia el infierno, dejando atrás cualquier síntoma evidente de pánico. Aproximación que le llevó su tiempo -toda una eternidad-, y que se saldó al fin con el éxito de la operación. Con el cuerpo agazapado, por temor a un guantazo, consiguió llegar hasta la dama, en una complicadísima maniobra, tomándola de la mano y rescatándola de las garras de aquel tipo.
- No tema, señora -le dijo el hombre al acercarse-, cójase de mi brazo para bajar.
Dieron un rodeo, evitando el obstáculo humano que cotinuaba gesticulando, y se colocaron justo detrás de él, continuando el camino truncado.
- Aquí tiene, agárrese a la barandilla, mujer. Será mejor que se olvide de todo esto.
La ciega había perdido las ganas de hablar y no contestó.
Para culminar su faena, el melenas, describiendo una verónica de las que arrancan aplausos en los cosos, había dibujado en el aire la media circunferencia que la pareja tuvo que hacer para sortearle.
- ¡Habráse visto!, -volvió a repetir una vez más, culminando aquel magnífico pase de torero-.