3.2.08

·· Invidentes

¿Cómo se visten los ciegos? Éste es el dilema que mantiene ocupado a Francisco Martínez Cardán. Dice Paco que, gracias al bagaje que ha ido acumulando durante los últimos años, sería capaz de responder a esta chocante cuestión de muchas y muy diversas maneras, y que cualquiera de sus respuestas colmarían con creces nuestro interés por un tema tan peliagudo. Pero también asegura que ésta no es forma de abordar materia tan crucial, ya que hay asuntos que no deben ni pueden tomarse a la ligera. Por este motivo se encuentra ahora especialmente volcado en la recta final de su investigación, para, precisamente, poder simplificar las complicadas conclusiones a las que ha llegado. Sin embargo, no debemos estar confundidos en cuanto al desarrollo de su labor: le trae sin cuidado lo que podamos opinar o sentir todos aquéllos que nos encontramos en un radio de cinco mil doscientos cincuenta y dos kilómetros a su alrededor. De lo que se deduce, por el tipo de temas que plantea, que Martínez Cardán es un pensador totalmente distinto a lo que estamos acostumbrados. Es un sociólogo –un científico- en toda regla, apasionado y loco por su trabajo, y un humanista extraordinario. Con una forma de ir por la vida que es, en esencia, poco común. Pero el señor Martínez también es un hombre sensato y ajustado a razones, y aunque se sabe conocedor de muchísimos detalles en relación a los invidentes, es muy cierto que él es el primero en reconocer implícitamente que todavía no lo sabe todo acerca de este intrigante mundo de humanas tinieblas.
¿Eligen los invidentes las prendas que van a llevar? Y a la hora de elegirlas, ¿tienen en cuenta los colores o la hechura o la caída de lo que se van a poner; o, por el contrario, tiran de la despensa de la memoria y se aferran a nociones estéticas archivadas en el subconsciente? ¿Se preocupan por su imagen, o más bien les importa poco la forma de presentarse en público? ¿Son realmente responsables de la indumentaria que habitualmente visten? Y si es así, ¿entienden ellos y ellas que les queda bien, que la llevan en consonancia con su forma de ser; o en el fondo todo esto es fruto del subjetivismo de un buen, regular o mal consejo de sus amigos o familiares? ¿Es cierto lo que dicen por ahí, que su mundo interior, debido a esta ingente problemática, es mucho más rico que el del resto de los mortales, que tenemos la dicha de ver? ¿Cómo podría demostrarse, entonces, esa última conjetura? Estas y otras muchas cuestiones conforman el inusitado interés de este hombre por cualquier tema extra-radial. Y que nadie se atreva a imaginar que lo suyo es mera especulación imaginativa, fruto de una mente trasnochada que no hace más que rayas sobre la superficie del agua. Nada de eso, se equivocarían los que así pensaren. De todos modos, hay que observar que nunca nadie se había atrevido a llegar tan lejos en asunto de ciegos.
Aprovechando que un conocido suyo, médico estomatólogo de profesión, se había mudado a un edificio promovido por el Consorcio Nacional de Ciegos, se propuso llevar a cabo toda una serie de acciones programadas, con el fin de recabar información de primera mano entre los nuevos vecinos de aquél. Para empezar, descubrió que los matrimonios entre invidentes son el pan de cada día en la finca donde vive su amigo. Son mayoría absoluta. Por absurdo e insignificante que pueda parecer a primera vista el estado civil oftalmológico de esas gentes, éste es un detalle que le resultó decisivo a la hora de abordar el magnífico estudio comparativo de los ocupantes del edificio. En segundo lugar, se dio cuenta de que los ciegos no son en realidad tan hábiles como reza el mito, aunque tampoco más torpes que nosotros. Y por último, que son personas extremadamente organizadas, muy limpias y metódicas: no les queda otra alternativa, o se subyugan de por vida a las virtudes del orden y el concierto o, de lo contrario, sus vidas se verían abocadas a un infierno paranoico sin cuartel. Cada cosa debe estar en su lugar.
Pertrechado bajo el hueco de la escalera, en compañía del doctor Soley, Martínez Cardán comenzó un día a tomar notas sobre las distintas incidencias que se iban sucediendo en el zaguán de la entrada. Había tenido la premonición de que en aquel lugar sucedían muchas cosas que le podían ser útiles para su nuevo trabajo. Se escondieron ahí debajo, por la sencilla razón de que no todos en aquella casa eran ciegos, como es de suponer, aunque sí la gran mayoría. Circunstancia que les obligaba a mantenerse agazapados, para no ser descubiertos por unos, ni vistos por otros. De esta forma pudo observar, y confirmó con ello sus sospechas, que cuando coincidían en el vestíbulo dos o más grupos de ciegos -y también grupos mixtos-, que querían entrar o salir del ascensor, se organizaban unos saraos de mucho cuidado, en los que algunos de los implicados e implicadas no salían bien parados. Entrantes por un lado, y salientes por el contrario, se liaban a encontronazos hasta que lograban su propósito, que, al fin y al cabo, no era otro que entrar al elevador unos, y salir de él los otros.
Pero con el paso del tiempo aquellos encuentros delante de las puertas del ascensor se estabilizaron, dejando de aportar riqueza a sus estadísticas. Los datos que iba obteniendo, llegó un momento que eran siempre los mismos. Ante aquella perspectiva, se vio obligado a pasar página. Salió del cómodo escondrijo en el que había instalado su puesto de observación, para acceder de forma directa y obligada a un estadio superior en la investigación. Salir de ahí y quedar al pairo significó, de entrada, tener que afrontar las intimidades a la distancia del aliento, lo que le llevó a introducirse en las casas, una vez adquirida la ciencia y la habilidad necesarias para convertirse en indetectable. Aprovechaba cualquier oportunidad, cuando alguno de ellos aparecía cargado con las bolsas de la compra o con cualquier otra cosa que le ocupara las manos, para seguidamente iniciar la incursión que tenía en mente. Y en el preciso instante en el que sus conejillos de indias ponían en marcha el complicado operativo de la llegada al rellano, la descarga de las bolsas o de los objetos, la búsqueda e introducción de la llave en la cerradura, el abrir y cerrar la puerta, el pasa tú...paso yo, se deslizaba hacia adentro agazapado, o restregándose por las paredes, sin apenas infringir una sola arruga a su vestimenta. En resumen, que entraba en los domicilios sin anunciarse, aprovechando el cansancio y el aturdimiento de los recién llegados; se instalaba en los interiores a esperar que aquellas gentes se quitaran la ropa de abrigo y los observaba con detenimiento en el medio hogareño.
Una vez dentro, papel y pluma en mano, anotaba todo lo que veía y también lo que intuía, haciendo todo lo posible por no entremezclar ambas cosas. Pasó muchas noches con ellos, con unos y con otros, disfrutando de saberse ignorado, y sacando partido de los placeres y de las desdichas ajenas. A la mañana siguiente, se despertaba unos minutos antes de que lo hicieran sus anfitriones, adelantándose de esta forma a los temibles efectos de un súbito despertador; y era entonces cuando el ansia de conocimiento volvía a apoderarse de él. La hora de vestirse era un momento mágico, de igual o superior intensidad al de la noche anterior, cuando cenaban y luego se ponían el pijama. Se duchaba allí mismo, para hacer que todo fuera real, sobre las huellas mojadas de su materia de estudio, y desayunaba con ellos sin que se percataran de su presencia. Luego salía a la calle, al mismo tiempo que lo hacía los ciegos para acudir a sus obligaciones diarias.
Dice que no tocaba nada de lo que allí había, porque si alguno de ellos hubiera notado algo raro en la disposición de sus pertenencias, su proyecto se hubiera ido al traste de forma instantánea. La gente ciega es muy solidaria y al mismo tiempo recelosa de todo lo suyo, con lo que, de haber cometido un patinazo, la voz se hubiera corrido desde Madrid a Pekín en cuestión de décimas de segundo. Era extremadamente precavido. En el caso de que tuviera que verse en la necesidad de tocar algún objeto de las casas o de los bolsillos de sus estudiados, o de manipular las fuentes de energía, como la luz, el agua o el gas, inmediatamente después de hacerlo reinstauraba lo tocado en el mismo lugar de donde lo había tomado y en la misma posición en la que lo encontró. En la plenitud del allanamiento de morada se comportaba como un señor. Todo fuese por una ciencia limpia. Era tan meticuloso y perfeccionista en su labor de campo, que incluso llevaba su propia cena y su propio desayuno a los encuentros, para no variar la trayectoria de los procesos. Lo que más le costó –añade en su informe preliminar- fue adaptarse a ese mundo de oscuridad serena y cotidiana -para él, especialmente fantasmagórica al comienzo del trabajo-, donde la noción de la noche y del día se confunden, y en el que no existen ni siquiera conceptos tan simples como el de la persiana abierta. Porque no se necesitan para nada.