Paco Martín, además de trabajar la piedra, la ama y, sobre todo, la entiende. Le vino impuesta por imperativos de familia desde la más tierna infancia, y con el advenimiento de la razón tuvo que aprender a tomarle el pulso. Hoy día es un perfecto conocedor de los valores intemporales que encierra la materia mineral, y un genio intuitivo, un fuera de serie, en el arte del pico lento. Es por ello que, con cada uno de sus golpes de muñeca, descarga toda la sabiduría de la historia en el preciso instante del impacto. Su concepto del tiempo, vector importantísimo en los entresijos de la edificación, se aleja sustancialmente del nuestro. No es de extrañar, pues, que en los últimos dos años todo su trabajo haya consistido en levantar un solo muro de cincuenta metros de largo por dos de alto.
Nadie más que un loco apasionado por los proyectos sin final aparente, como don Bernardo Debades, hubiera sido capaz de contratar a Paco para levantar ese pequeño templo lineal que, si Dios quiere, circundará algún día su nuevo dominio en las afueras de la ciudad. Este empresario, incluso con el agobio al que se ve sometido diariamente, debido al mal rumbo que llevan sus negocios desde no se sabe cuando, ha decidido unirse al picapedrero para crear junto a él, contra natura, este nuevo monumento a la pureza estricta. "Un poco más de ruina material -argumenta Debades- ya no importa. Especialmente, cuando la finalidad última de acciones humanas, como la que acabamos de emprender, no es otra que la de confortar nuestro espíritu en mitad de este mar de mierda".
Todos los días, el señor Debades, heredero directo de los limpios preceptos del Renacimiento italiano, abandona sus muchos quebraderos de cabeza para visitar la obra y, por consiguiente, a su amigo el cantero. Comentan los pormenores, y en más de una ocasión discuten sobre lo construido, y también sobre lo que queda pendiente y de cómo pueden abordarlo con expectativas. Planean cuidadosamente los posibles cambios, y solucionan todo tipo de problemas, en apariencia irresolubles, incluso antes de que aparezcan. Escogen los materiales que luego utilizarán y, por supuesto, tienen en cuenta las posibilidades que ofrece cada piedra en relación al lugar que ocupará en esa pared. Son habituales encuentros en los que el azar y la necesidad aúnan esfuerzos con el único objetivo de preparar algo tan simple como el inmediato mañana.
Contrariamente a lo que pueda pensarse, estos dos hombres no se encuentran solos en esto de la piedra sentida. La voz se ha ido corriendo, y un creciente número de personas -todavía inconexas- acuden en romerías privadas a contemplar el monumento, desde los más diversos rincones de la isla. Son creyentes silenciosos, adictos seguidores del sexto sentido pétreo, devotos de cualquier proceso ético que pueda contravenir las burdas conspiraciones comerciales que hoy día motivan a nuestro género. Son gente de todas las condiciones y extractos sociales, gente desengañada de un presente que les ha traicionado por uno u otro motivo, pero que todavía conservan la suficiente energía para rastrear cualquier indicio de claridad.
Sin ir más lejos, un camionero recorre 140 kilómetros todos los fines de semana, acompañado de su esposa y de sus dos hijas, para contemplar la viva y cálida materialización de esta realidad, cimentada en la meditación responsable. Nunca se manifiestan, permanecen en pie por espacio una o dos horas, en silencio frente a lo construido, y luego desaparecen con el espíritu renovado.
Esperanza es otro ejemplo digno de mención. Mujer elegante donde las haya, con un estilo y una clase fuera de toda duda, cuñada de un alto financiero de este país y clienta potencial para los negocios de Don Bernardo, acaba de caer también en las redes de este nuevo peregrinaje interior. Hace un mes, por invitación de éste, visitó la pared. El hombre quería cerciorarse, antes de seguir adelante con las transacciones que tenían apalabradas, de que ella no entraría a comerciar por puro y simple dinero. Lo cierto es que la visita dio sus frutos, a la mujer le bastó con ver la pared una sola vez, para sentir lo mismo que aquellos dos hombres. Se convirtió al instante a la religión lítica, y desde entonces visita todos los días el altar mayor, que tanto la reconforta. Tanto es así, que el rumbo de su actuación personal ha cambiado por completo; y se ha jurado solemnemente a sí misma no obrar nunca más por pura mecánica, sino plantearse los negocios y la vida de otro modo.
Pero no todo es un campo de rosas en el otro negocio de la metafísica. Resulta que en los últimos meses la pared no progresaba como debía; para ser exactos, se iba inclinando con el paso de los días hacia el lado de la casa, al tiempo que la conducta del albañil se hacía cada vez más distante y difícil. Por lo que el señor Debades decidió tomar cartas en el asunto, antes de que las cosas pudieran degenerar en una calamidad. Una mañana, sin pensárselo más, cogió al amigo y empleado y le atajó con estas palabras:
- Te noto raro Paco; no eres el Paco que yo conozco.
Estas palabras fueron más que suficientes para que la tormenta se desatara. El desdichado irrumpió en lágrimas y le contó a su patrón lo que le sucedía.
- Hace semanas que no duermo bien, don Bernardo. Se me repite cada noche una pesadilla en la que un atajo de cabrones, a los que no puedo reconocer, viene por las noches y destruye todo mi trabajo del día anterior. Y así, un día y otro día. También sueño que la propia pared se mueve de sitio, y que crece y se reduce sin parar, supongo que para hacerme la puñeta. Y eso no es todo, porque además parece como si las piedras hubieran tomado la iniciativa y ya no rompieran por donde deben, según las normas que dicta su propia naturaleza. Tengo la impresión de llevar siglos metido en esta locura y, la verdad, no puedo soportarlo más. Estoy acabado; no sé por donde tirar.
Don Bernardo se lo temía y las revelaciones de aquel hombre no le sorprendieron. De esta forma, atajando el problema de raíz, contrató rápidamente los servicios de un psiquiatra, para enderezar de nuevo su pared. Según observó el doctor, a Paco no le sucedía nada grave, solamente que su cerebro había entrado en un torpe bucle de repetición cansina, del que -dijo- no sería difícil sacarle. Y así ocurrió, que, a las dos semanas y media de tratamiento, el propio afectado dejó de acudir a la consulta, argumentando que "perder el tiempo con médicos que hablan tanto es una gilipollez para gente rica".
Nadie más que un loco apasionado por los proyectos sin final aparente, como don Bernardo Debades, hubiera sido capaz de contratar a Paco para levantar ese pequeño templo lineal que, si Dios quiere, circundará algún día su nuevo dominio en las afueras de la ciudad. Este empresario, incluso con el agobio al que se ve sometido diariamente, debido al mal rumbo que llevan sus negocios desde no se sabe cuando, ha decidido unirse al picapedrero para crear junto a él, contra natura, este nuevo monumento a la pureza estricta. "Un poco más de ruina material -argumenta Debades- ya no importa. Especialmente, cuando la finalidad última de acciones humanas, como la que acabamos de emprender, no es otra que la de confortar nuestro espíritu en mitad de este mar de mierda".
Todos los días, el señor Debades, heredero directo de los limpios preceptos del Renacimiento italiano, abandona sus muchos quebraderos de cabeza para visitar la obra y, por consiguiente, a su amigo el cantero. Comentan los pormenores, y en más de una ocasión discuten sobre lo construido, y también sobre lo que queda pendiente y de cómo pueden abordarlo con expectativas. Planean cuidadosamente los posibles cambios, y solucionan todo tipo de problemas, en apariencia irresolubles, incluso antes de que aparezcan. Escogen los materiales que luego utilizarán y, por supuesto, tienen en cuenta las posibilidades que ofrece cada piedra en relación al lugar que ocupará en esa pared. Son habituales encuentros en los que el azar y la necesidad aúnan esfuerzos con el único objetivo de preparar algo tan simple como el inmediato mañana.
Contrariamente a lo que pueda pensarse, estos dos hombres no se encuentran solos en esto de la piedra sentida. La voz se ha ido corriendo, y un creciente número de personas -todavía inconexas- acuden en romerías privadas a contemplar el monumento, desde los más diversos rincones de la isla. Son creyentes silenciosos, adictos seguidores del sexto sentido pétreo, devotos de cualquier proceso ético que pueda contravenir las burdas conspiraciones comerciales que hoy día motivan a nuestro género. Son gente de todas las condiciones y extractos sociales, gente desengañada de un presente que les ha traicionado por uno u otro motivo, pero que todavía conservan la suficiente energía para rastrear cualquier indicio de claridad.
Sin ir más lejos, un camionero recorre 140 kilómetros todos los fines de semana, acompañado de su esposa y de sus dos hijas, para contemplar la viva y cálida materialización de esta realidad, cimentada en la meditación responsable. Nunca se manifiestan, permanecen en pie por espacio una o dos horas, en silencio frente a lo construido, y luego desaparecen con el espíritu renovado.
Esperanza es otro ejemplo digno de mención. Mujer elegante donde las haya, con un estilo y una clase fuera de toda duda, cuñada de un alto financiero de este país y clienta potencial para los negocios de Don Bernardo, acaba de caer también en las redes de este nuevo peregrinaje interior. Hace un mes, por invitación de éste, visitó la pared. El hombre quería cerciorarse, antes de seguir adelante con las transacciones que tenían apalabradas, de que ella no entraría a comerciar por puro y simple dinero. Lo cierto es que la visita dio sus frutos, a la mujer le bastó con ver la pared una sola vez, para sentir lo mismo que aquellos dos hombres. Se convirtió al instante a la religión lítica, y desde entonces visita todos los días el altar mayor, que tanto la reconforta. Tanto es así, que el rumbo de su actuación personal ha cambiado por completo; y se ha jurado solemnemente a sí misma no obrar nunca más por pura mecánica, sino plantearse los negocios y la vida de otro modo.
Pero no todo es un campo de rosas en el otro negocio de la metafísica. Resulta que en los últimos meses la pared no progresaba como debía; para ser exactos, se iba inclinando con el paso de los días hacia el lado de la casa, al tiempo que la conducta del albañil se hacía cada vez más distante y difícil. Por lo que el señor Debades decidió tomar cartas en el asunto, antes de que las cosas pudieran degenerar en una calamidad. Una mañana, sin pensárselo más, cogió al amigo y empleado y le atajó con estas palabras:
- Te noto raro Paco; no eres el Paco que yo conozco.
Estas palabras fueron más que suficientes para que la tormenta se desatara. El desdichado irrumpió en lágrimas y le contó a su patrón lo que le sucedía.
- Hace semanas que no duermo bien, don Bernardo. Se me repite cada noche una pesadilla en la que un atajo de cabrones, a los que no puedo reconocer, viene por las noches y destruye todo mi trabajo del día anterior. Y así, un día y otro día. También sueño que la propia pared se mueve de sitio, y que crece y se reduce sin parar, supongo que para hacerme la puñeta. Y eso no es todo, porque además parece como si las piedras hubieran tomado la iniciativa y ya no rompieran por donde deben, según las normas que dicta su propia naturaleza. Tengo la impresión de llevar siglos metido en esta locura y, la verdad, no puedo soportarlo más. Estoy acabado; no sé por donde tirar.
Don Bernardo se lo temía y las revelaciones de aquel hombre no le sorprendieron. De esta forma, atajando el problema de raíz, contrató rápidamente los servicios de un psiquiatra, para enderezar de nuevo su pared. Según observó el doctor, a Paco no le sucedía nada grave, solamente que su cerebro había entrado en un torpe bucle de repetición cansina, del que -dijo- no sería difícil sacarle. Y así ocurrió, que, a las dos semanas y media de tratamiento, el propio afectado dejó de acudir a la consulta, argumentando que "perder el tiempo con médicos que hablan tanto es una gilipollez para gente rica".