3.2.08

·· Vacances

La cena resultó un éxito. Los invitados quedaron encantados, nos lo hicieron saber cuando se iban. Acabábamos de mudarnos de domicilio hacía muy poco, y les habíamos invitado a casa para mostrársela.
Él es músico exigente y ella mujer que baila. De forma que la música, bajo ningún motivo, debía pasar a ser aquella noche objeto de controversia. Todo lo contrario: pasar desapercibida, aún siendo protagonista. Un verdadero pequeño reto. Dicen algunos que, al escribir, el lenguaje que se utiliza no debe primar jamás sobre lo escrito. Pues bien, valga ese paralelismo: lo que habíamos estado buscando Rosa y yo era crear -musicalmente- un ambiente distendido, no exento de profunda brillantez. De ahí que nos esmerásemos en ofrecerles subrepticiamente un conjunto de melodías no estridentes y de sobrada categoría.
A media noche, el sueño profundo, tres o cuatro horas más tarde de habernos acostado, creí estar oyendo entre nebulosas el último disco que sonó durante la reunión. Me juré a mi mismo en sueños que había apagado el equipo. Saxofón y piano. Vacances, en francés, se titulaba. Se titula. Deliré que pensaba, mientras los temas de aquel disco se iban sucediendo una y otra vez: no sé si habremos hecho bien en ponerles esa música interpretada por ibicencos. (Ella es de Ibiza: aclarado.) Damase, Debussy, Luypaerts, Eugéne Bozza... sonaban a través de la ensalada mil delicias y el bacalao con huevo duro. Me entró entonces un no sé qué en el estómago, propio de las situaciones sin explicación aparente. ¿Música soñada o música real?: un escalofrío vino a sacudir mi cuerpo de norte a sur.
Imaginé que, de repente, saltaba de la cama y echaba a correr escaleras abajo. En el salón, sentado en el sofá, fumando y bebiendo a sus anchas, me topaba con un personaje extraño y, a primera vista, poco de fiar. Me sonaba de algo aquel tipo. Enmarañada sonrisa. Desaliñado. Mirada maléfica y extraviada. Como ido. Un tipo por otra parte muy familiar, al que acabé de identificar por completo cuando me deslizaba por encima de los dos últimos peldaños. Era Jack; el señor Jack Torrance, el protagonista de El Resplandor. (Ríos de sangre. Pasillos aterradores. Laberinto congelado. Hachazos definitivos. Carreras. Apariciones...) Un espécimen como para salir huyendo a marchas forzadas del lugar. Un segundo escalofrío se materializó entre las sábanas, nada más darme cuenta de lo que se me venía encima. Me quedé inmóvil intentando rebobinar la última grabación de mi cerebro, a la espera de un cambio drástico en el devenir de las cosas. No era posible que aquello que estaba viviendo fuese cierto. Desperté. Todo estaba en regla, como de costumbre.
El perro roncaba en la forma que acostumbra a hacerlo: como un viejo cascado, aún siendo cachorro. Lo que, en lugar de tranquilizarme, me dio todavía más qué temer. La música fluía, de hecho. De ahí que no me quedara otro remedio que bajar a investigar qué había podido suceder, o qué estaba sucediendo en realidad en la planta baja. Encontrarme, esta vez sin prisas, cara a cara con...
Pero en el salón no había nadie ni nada extraño, salvo música interpretada por ibicencos: Vacances, en francés: saxofón y piano.
Automáticamente, me puse a hacer una serie de comprobaciones domésticas. Las mismas que llevo a cabo todas las noches antes de retirarme a la habitación; las que había hecho ya horas atrás. Todo correcto. Luego apagué el equipo. Por si las moscas, desconecté también el enchufe de la pared. Y enfilé la escalera de regreso a la cama. Escalón a escalón, algo más sereno, me preguntaba qué había podido suceder para que el amplificador y el reproductor de compactos se pusieran solos en funcionamiento en plena madrugada. Qué me había hecho llegar hasta ese sueño, gracias a Dios no ejecutado por completo. Pequeños misterios sin resolver.
Al pasar por el rellano intermedio, donde la escalera tuerce a la derecha, antes de encarar el segundo tramo, la alarma del edificio sonó un instante. Me electricé. La cabeza comenzó a hervirme. El miedo se volvió a apoderar de mí. Sin embargo, no tuve dudas al respecto: el sistema de alarma no estaba activado. Lo último que había hecho antes de irme a dormir, después de que se hubieran ido los invitados, fue dar un último vistazo al teclado, justo en la base de la escalera. Efectivamente, nunca conectamos la alarma cuando permanecemos en el interior de la vivienda. Sería una locura comenzar a oír los estridentes pitidos en plena noche, cada vez que uno u otro se levanta para ir al baño o para beber un trago de agua. Carreras. Intento sincopado de desconexión del dispositivo. Posibilidad de romperse la crisma. Fallo en la desconexión. El teléfono que suena a los pocos segundos. La contraseña, por favor. “Carrito”, le contesto. Lo siento, no puedo aceptársela; tendremos que pasar a.... ¿Carrete?; ¿carrizo?; ¿correa? Ni hablar, señor. Disculpe, en este momento no me acuerdo de la maldita contraseña. ¡La contraseña... o damos aviso a la policía! ¡Carreta, sí, carreta! Afirmativo; que pase usted una buena noche. El sobresalto.
Espadas en alto, los nervios a flor de piel, no quise dar por sentado que en una casa recién estrenada pudieran habitar desdichas de ningún tipo. De modo que continué mi camino hacia la cama intentando apaciguarme. Ya en ella, sin música, me dispuse a conciliar un nuevo sueño.