<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-4914216862019392922</id><updated>2011-07-08T03:29:39.370-07:00</updated><title type='text'>partituras</title><subtitle type='html'>cacahuetes y apuntes literarios // antoni socías</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://sociastextoslit.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://sociastextoslit.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>antoni socías</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09812434928382312510</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_MHMS51jloX0/R55ar0ZvlLI/AAAAAAAAArU/RIOaIfek94M/S220/Alomar+O+agua.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>19</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4914216862019392922.post-5657506846186369620</id><published>2008-02-03T12:58:00.000-08:00</published><updated>2009-09-28T11:37:25.401-07:00</updated><title type='text'>··  Piedras</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Paco Martín, además de trabajar la piedra, la ama y, sobre todo, la entiende. Le vino impuesta por imperativos de familia desde la más tierna infancia, y con el advenimiento de la razón tuvo que aprender a tomarle el pulso. Hoy día es un perfecto conocedor de los valores intemporales que encierra la materia mineral, y un genio intuitivo, un fuera de serie, en el arte del pico lento. Es por ello que, con cada uno de sus golpes de muñeca, descarga toda la sabiduría de la historia en el preciso instante del impacto. Su concepto del tiempo, vector importantísimo en los entresijos de la edificación, se aleja sustancialmente del nuestro. No es de extrañar, pues, que en los últimos dos años todo su trabajo haya consistido en levantar un solo muro de cincuenta metros de largo por dos de alto.&lt;br /&gt;           Nadie más que un loco apasionado por los proyectos sin final aparente, como don Bernardo Debades, hubiera sido capaz de contratar a Paco para levantar ese pequeño templo lineal que, si Dios quiere, circundará algún día su nuevo dominio en las afueras de la ciudad. Este empresario, incluso con el agobio al que se ve sometido diariamente, debido al mal rumbo que llevan sus negocios desde no se sabe cuando, ha decidido unirse al picapedrero para crear junto a él, contra natura, este nuevo monumento a la pureza estricta. "Un poco más de ruina material -argumenta Debades- ya no importa. Especialmente, cuando la finalidad última de acciones humanas, como la que acabamos de emprender, no es otra que la de confortar nuestro espíritu en mitad de este mar de mierda".&lt;br /&gt;Todos los días, el señor Debades, heredero directo de los limpios preceptos del Renacimiento italiano, abandona sus muchos quebraderos de cabeza para visitar la obra y, por consiguiente, a su amigo el cantero. Comentan los pormenores, y en más de una ocasión discuten sobre lo construido, y también sobre lo que queda pendiente y de cómo pueden abordarlo con expectativas. Planean cuidadosamente los posibles cambios, y solucionan todo tipo de problemas, en apariencia irresolubles, incluso antes de que aparezcan. Escogen los materiales que luego utilizarán y, por supuesto, tienen en cuenta las posibilidades que ofrece cada piedra en relación al lugar que ocupará en esa pared. Son habituales encuentros en los que el azar y la necesidad aúnan esfuerzos con el único objetivo de preparar algo tan simple como el inmediato mañana.&lt;br /&gt;           Contrariamente a lo que pueda pensarse, estos dos hombres no se encuentran solos en esto de la piedra sentida. La voz se ha ido corriendo, y un creciente número de personas -todavía inconexas- acuden en romerías privadas a contemplar el monumento, desde los más diversos rincones de la isla. Son creyentes silenciosos, adictos seguidores del sexto sentido pétreo, devotos de cualquier proceso ético que pueda contravenir las burdas conspiraciones comerciales que hoy día motivan a nuestro género. Son gente de todas las condiciones y extractos sociales, gente desengañada de un presente que les ha traicionado por uno u otro motivo, pero que todavía conservan la suficiente energía para rastrear cualquier indicio de claridad.&lt;br /&gt;Sin ir más lejos, un camionero recorre 140 kilómetros todos los fines de semana, acompañado de su esposa y de sus dos hijas, para contemplar la viva y cálida materialización de esta realidad, cimentada en la meditación responsable. Nunca se manifiestan, permanecen en pie por espacio una o dos horas, en silencio frente a lo construido, y luego desaparecen con el espíritu renovado.&lt;br /&gt;Esperanza es otro ejemplo digno de mención. Mujer elegante donde las haya, con un estilo y una clase fuera de toda duda, cuñada de un alto financiero de este país y clienta potencial para los negocios de Don Bernardo, acaba de caer también en las redes de este nuevo peregrinaje interior. Hace un mes, por invitación de éste, visitó la pared. El hombre quería cerciorarse, antes de seguir adelante con las transacciones que tenían apalabradas, de que ella no entraría a comerciar por puro y simple dinero. Lo cierto es que la visita dio sus frutos, a la mujer le bastó con ver la pared una sola vez, para sentir lo mismo que aquellos dos hombres. Se convirtió al instante a la religión lítica, y desde entonces visita todos los días el altar mayor, que tanto la reconforta. Tanto es así, que el rumbo de su actuación personal ha cambiado por completo; y se ha jurado solemnemente a sí misma no obrar nunca más por pura mecánica, sino plantearse los negocios y la vida de otro modo.&lt;br /&gt;           Pero no todo es un campo de rosas en el otro negocio de la metafísica. Resulta que en los últimos meses la pared no progresaba como debía; para ser exactos, se iba inclinando con el paso de los días hacia el lado de la casa, al tiempo que la conducta del albañil se hacía cada vez más distante y difícil. Por lo que el señor Debades decidió tomar cartas en el asunto, antes de que las cosas pudieran degenerar en una calamidad. Una mañana, sin pensárselo más, cogió al amigo y empleado y le atajó con estas palabras:&lt;br /&gt;           - Te noto raro Paco; no eres el Paco que yo conozco.&lt;br /&gt;           Estas palabras fueron más que suficientes para que la tormenta se desatara. El desdichado irrumpió en lágrimas y le contó a su patrón lo que le sucedía.&lt;br /&gt;           - Hace semanas que no duermo bien, don Bernardo. Se me repite cada noche una pesadilla en la que un atajo de cabrones, a los que no puedo reconocer, viene por las noches y destruye todo mi trabajo del día anterior. Y así, un día y otro día. También sueño que la propia pared se mueve de sitio, y que crece y se reduce sin parar, supongo que para hacerme la puñeta. Y eso no es todo, porque además parece como si las piedras hubieran tomado la iniciativa y ya no rompieran por donde deben, según las normas que dicta su propia naturaleza. Tengo la impresión de llevar siglos metido en esta locura y, la verdad, no puedo soportarlo más. Estoy acabado; no sé por donde tirar.&lt;br /&gt;           Don Bernardo se lo temía y las revelaciones de aquel hombre no le sorprendieron. De esta forma, atajando el problema de raíz, contrató rápidamente los servicios de un psiquiatra, para enderezar de nuevo su pared. Según observó el doctor, a Paco no le sucedía nada grave, solamente que su cerebro había entrado en un torpe bucle de repetición cansina, del que -dijo- no sería difícil sacarle. Y así ocurrió, que, a las dos semanas y media de tratamiento, el propio afectado dejó de acudir a la consulta, argumentando que "perder el tiempo con médicos que hablan tanto es una gilipollez para gente rica".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4914216862019392922-5657506846186369620?l=sociastextoslit.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/5657506846186369620'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/5657506846186369620'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://sociastextoslit.blogspot.com/2008/02/piedras.html' title='··  Piedras'/><author><name>antoni socías</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09812434928382312510</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_MHMS51jloX0/R55ar0ZvlLI/AAAAAAAAArU/RIOaIfek94M/S220/Alomar+O+agua.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4914216862019392922.post-6636723834285201427</id><published>2008-02-03T12:57:00.000-08:00</published><updated>2008-02-03T12:58:21.294-08:00</updated><title type='text'>··  Vacances</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;La cena resultó un éxito. Los invitados quedaron encantados, nos lo hicieron saber cuando se iban. Acabábamos de mudarnos de domicilio hacía muy poco, y les habíamos invitado a casa para mostrársela.&lt;br /&gt;Él es músico exigente y ella mujer que baila. De forma que la música, bajo ningún motivo, debía pasar a ser aquella noche objeto de controversia. Todo lo contrario: pasar desapercibida, aún siendo protagonista. Un verdadero pequeño reto. Dicen algunos que, al escribir, el lenguaje que se utiliza no debe primar jamás sobre lo escrito. Pues bien, valga ese paralelismo: lo que habíamos estado buscando Rosa y yo era crear -musicalmente- un ambiente distendido, no exento de profunda brillantez. De ahí que nos esmerásemos en ofrecerles subrepticiamente un conjunto de melodías no estridentes y de sobrada categoría.&lt;br /&gt;A media noche, el sueño profundo, tres o cuatro horas más tarde de habernos acostado, creí estar oyendo entre nebulosas el último disco que sonó durante la reunión. Me juré a mi mismo en sueños que había apagado el equipo. Saxofón y piano. Vacances, en francés, se titulaba. Se titula. Deliré que pensaba, mientras los temas de aquel disco se iban sucediendo una y otra vez: no sé si habremos hecho bien en ponerles esa música interpretada por ibicencos. (Ella es de Ibiza: aclarado.) Damase, Debussy, Luypaerts, Eugéne Bozza... sonaban a través de la ensalada mil delicias y el bacalao con huevo duro. Me entró entonces un no sé qué en el estómago, propio de las situaciones sin explicación aparente. ¿Música soñada o música real?: un escalofrío vino a sacudir mi cuerpo de norte a sur.&lt;br /&gt;Imaginé que, de repente, saltaba de la cama y echaba a correr escaleras abajo. En el salón, sentado en el sofá, fumando y bebiendo a sus anchas, me topaba con un personaje extraño y, a primera vista, poco de fiar. Me sonaba de algo aquel tipo. Enmarañada sonrisa. Desaliñado. Mirada maléfica y extraviada. Como ido. Un tipo por otra parte muy familiar, al que acabé de identificar por completo cuando me deslizaba por encima de los dos últimos peldaños. Era Jack; el señor Jack Torrance, el protagonista de El Resplandor. (Ríos de sangre. Pasillos aterradores. Laberinto congelado. Hachazos definitivos. Carreras. Apariciones...) Un espécimen como para salir huyendo a marchas forzadas del lugar. Un segundo escalofrío se materializó entre las sábanas, nada más darme cuenta de lo que se me venía encima. Me quedé inmóvil intentando rebobinar la última grabación de mi cerebro, a la espera de un cambio drástico en el devenir de las cosas. No era posible que aquello que estaba viviendo fuese cierto. Desperté. Todo estaba en regla, como de costumbre.&lt;br /&gt;El perro roncaba en la forma que acostumbra a hacerlo: como un viejo cascado, aún siendo cachorro. Lo que, en lugar de tranquilizarme, me dio todavía más qué temer. La música fluía, de hecho. De ahí que no me quedara otro remedio que bajar a investigar qué había podido suceder, o qué estaba sucediendo en realidad en la planta baja. Encontrarme, esta vez sin prisas, cara a cara con...&lt;br /&gt;Pero en el salón no había nadie ni nada extraño, salvo música interpretada por ibicencos: Vacances, en francés: saxofón y piano.&lt;br /&gt;Automáticamente, me puse a hacer una serie de comprobaciones domésticas. Las mismas que llevo a cabo todas las noches antes de retirarme a la habitación; las que había hecho ya horas atrás. Todo correcto. Luego apagué el equipo. Por si las moscas, desconecté también el enchufe de la pared. Y enfilé la escalera de regreso a la cama. Escalón a escalón, algo más sereno, me preguntaba qué había podido suceder para que el amplificador y el reproductor de compactos se pusieran solos en funcionamiento en plena madrugada. Qué me había hecho llegar hasta ese sueño, gracias a Dios no ejecutado por completo. Pequeños misterios sin resolver.&lt;br /&gt;Al pasar por el rellano intermedio, donde la escalera tuerce a la derecha, antes de encarar el segundo tramo, la alarma del edificio sonó un instante. Me electricé. La cabeza comenzó a hervirme. El miedo se volvió a apoderar de mí. Sin embargo, no tuve dudas al respecto: el sistema de alarma no estaba activado. Lo último que había hecho antes de irme a dormir, después de que se hubieran ido los invitados, fue dar un último vistazo al teclado, justo en la base de la escalera. Efectivamente, nunca conectamos la alarma cuando permanecemos en el interior de la vivienda. Sería una locura comenzar a oír los estridentes pitidos en plena noche, cada vez que uno u otro se levanta para ir al baño o para beber un trago de agua. Carreras. Intento sincopado de desconexión del dispositivo. Posibilidad de romperse la crisma. Fallo en la desconexión. El teléfono que suena a los pocos segundos. La contraseña, por favor. “Carrito”, le contesto. Lo siento, no puedo aceptársela; tendremos que pasar a.... ¿Carrete?; ¿carrizo?; ¿correa? Ni hablar, señor. Disculpe, en este momento no me acuerdo de la maldita contraseña. ¡La contraseña... o damos aviso a la policía! ¡Carreta, sí, carreta! Afirmativo; que pase usted una buena noche. El sobresalto.&lt;br /&gt;Espadas en alto, los nervios a flor de piel, no quise dar por sentado que en una casa recién estrenada pudieran habitar desdichas de ningún tipo.  De modo que continué mi camino hacia la cama intentando apaciguarme. Ya en ella, sin música, me dispuse a conciliar un nuevo sueño.&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4914216862019392922-6636723834285201427?l=sociastextoslit.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/6636723834285201427'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/6636723834285201427'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://sociastextoslit.blogspot.com/2008/02/vacances.html' title='··  Vacances'/><author><name>antoni socías</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09812434928382312510</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_MHMS51jloX0/R55ar0ZvlLI/AAAAAAAAArU/RIOaIfek94M/S220/Alomar+O+agua.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4914216862019392922.post-4276098713993333857</id><published>2008-02-03T12:56:00.000-08:00</published><updated>2008-02-03T12:57:33.761-08:00</updated><title type='text'>··  Tía María</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Aproximadamente cada quince o veinte días subíamos al pueblo para ver a los familiares; de entre toda esa gente entrañable, jamás olvidábamos por supuesto visitar a la que todos los parientes y amigos llamábamos cariñosamente "la tía rica". Apodo que nunca llegué a entender, pues, en apariencia, la mujer vivía de forma más que modesta. Jamás fui capaz de adivinar en ella el menor signo de ostentación, exceptuando sus ciento cuarenta y pico kilos de peso, que a nadie pasaban desapercibidos. Y lo que es más cierto todavía: no olimos un duro ni antes ni después de su muerte.&lt;br /&gt;         El último recuerdo vivo que tengo de ella coincidió con un acontecimiento muy especial. Aquel día llegamos a la población con una alegría desbordada. Ibamos a mostrar nuestra nueva adquisición. Mi padre acababa de comprarse un pequeño utilitario, después de que hubiéramos pasado las mil y una peripecias a lomos de varias motocicletas con sidecar. Queríamos hacer partícipes de aquella dicha a los nuestros. El ingenio mecánico en cuestión era el último avance de la tecnología mediterránea, y con él acabábamos de entrar de forma instantánea en la nueva era de las comodidades. Por lo que había que predicarlo a los cuatro vientos, supongo. De todas aquellas personas a las que llevamos a probar el invento, mi tía “rica” fue la única que no disfrutó con el paseo. La recuerdo sudorosa, agarrada a la manecilla del salpicadero con las dos manos, con el bolso entre las rodillas, y suplicando en voz alta. ¡Por favor, Sebastián, no corras que acabaremos en el hospital! No era para menos, la velocidad punta que alcanzamos aquella tarde rozó los sesenta kilómetros por hora. Toda una prueba evidente de las grandes posibilidades de aquel cochecito con cuatro ruedas, dos puertas, una baca  y un volante de serie.   &lt;br /&gt;         Si la memoria no me falla, a las pocas semanas de aquello, y sin que hubiera tenido el paseo en coche nada que ver en el trágico desenlace, ella nos dejó para siempre. Mis padres se empeñaron en llevarme a la casa mortuoria para que la viera por última vez, pero me negué tajantemente. La angustiosa idea de tenerme que enfrentar a un cadáver tan grande, a tan poca distancia y en la misma habitación, me aterraba. De modo que les propuse un trato: Yo les esperaba en el coche el tiempo que hiciera falta, y más tarde les acompañaría al entierro, como un mal menor. Ir al camposanto tampoco me parecía un regalo del Cielo pero, al menos allí, los muertos no estaban a la vista, que ya era mucho terreno ganado al pánico.&lt;br /&gt;         La tumba estaba ya abierta cuando llegamos, y el profundo agujero negro que se abría en el suelo me produjo una gran conmoción. Rezamos todos juntos y en voz alta; luego, el sacerdote salpicó el ataúd y dio paso al entierro. Los operarios municipales, mal vestidos e irrespetuosos con el pesar de la familia, como suele ser costumbre en ellos -según pude constatar a medida que me fui haciendo mayor-, comenzaron su faena. Y la que tenía que ser una sencilla y rutinaria operación de abrir, dejar a la muerta dentro y sellar la lápida, acabó convirtiéndose en una larga y complicada chapuza rural con algunos toques de terror agridulce.&lt;br /&gt;         Debido al perímetro del cuerpo y al volumen derivado de aquella realidad ahora inerte, mi tía había necesitado de un baúl especial, claramente incompatible con las medidas de la boca de acceso. Cuando fueron a levantar el féretro, aquellos hombres no pudieron con él, y nos pidieron ayuda a los que estábamos presentes; a los mayores. Varios de mis tíos paternos se ofrecieron solícitos para echar una mano, haciendo constar empero, que no sería ninguno de ellos quién se metiera bajo tierra para maniobrar la caja desde el interior de la sepultura. Y así se hizo, según la voluntad de los que querían ayudar. Pero los problemas continuaron. Después de varios intentos infructuosos por meterla en el lugar que le correspondía, hubo que montar un improvisado andamio para poder maniobrar desde arriba aquel extraordinario peso muerto. Habiéndose tomado un respiro, después de un animado cónclave en el que todos aportaron ideas, se optó por abrir la caja y entrar la base con el cuerpo primero, y la tapa en segundo lugar. Le ataron dos cabos al cuerpo, uno a la altura del pecho y otro sobre sus muslos, uniendo de esta forma continente y contenido, para obtener un conjunto uniforme, mucho más fácil de manejar.&lt;br /&gt;         Pero, ¡qué horror!, la muerta apareció de repente ante nosotros, majestuosa, como una momia recubierta por una fina capa de cera verdosa. Al verla tan cambiada, mis piernas cambiaron súbitamente la rigidez del hueso por la flexibilidad de la goma; y mi madre, intentando darme ánimos para que pudiera superar aquella prueba de madurez, me repetía una y otra vez que “los muertos, muertos están”. De aquella forma tan rocambolesca pudieron poner el bulto de pie, sin temor a que se les viniera encima la pesada mole que contenía. Seguidamente iniciaron la maniobra de descenso pero, en el momento en que hicieron efectiva la posición vertical, la cabeza de mi tía se inclinó bruscamente hacia delante y la boca se le abrió de par en par, para soltar un eructo atronador, que nos dejó –creo que a todos- sin respiración. El sonido helado, y la peste a masa descompuesta, puso en retirada, entre vómitos y gritos de histeria colectiva, a todo el cortejo fúnebre.&lt;br /&gt;Yo me quedé inmóvil delante de ella, de una sola pieza. Petrificado. Me despedí de este mundo, dándolo todo por perdido, y cerré los ojos esperando aquel bocado en el cuello, que me llevaría definitivamente al otro lado con ella.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4914216862019392922-4276098713993333857?l=sociastextoslit.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/4276098713993333857'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/4276098713993333857'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://sociastextoslit.blogspot.com/2008/02/ta-mara.html' title='··  Tía María'/><author><name>antoni socías</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09812434928382312510</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_MHMS51jloX0/R55ar0ZvlLI/AAAAAAAAArU/RIOaIfek94M/S220/Alomar+O+agua.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4914216862019392922.post-7334856648746290625</id><published>2008-02-03T12:55:00.002-08:00</published><updated>2008-02-03T12:56:41.178-08:00</updated><title type='text'>··  Y luego dicen que la escultura es cara</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Parafraseando a Joaquín Sorolla, cuando describía pictóricamente el esfuerzo y el drama de la pesca a principios de siglo en su querida Valencia, quisiera titular hoy a estas líneas de una forma tan ilustrada como esta: Y LUEGO DICEN QUE LA ESCULTURA ES CARA... Pintura y sacrificio bajo el imperativo de los colores; en el caso que nos ocupa, escultura y padecimiento. Temas complementarios y sustantivos, que han dado mucho que hablar a lo largo y ancho de la historia del arte. Y para contribuir a este legado en permanente proceso de desarrollo, quisiera dejar constancia de mi última experiencia en este campo. Sucedió el pasado verano cuando trabajaba en la pieza Busto observando la calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi relación con el mundo de los volúmenes ha sido siempre muy especial. Me considero escultor, entre otros tantos oficios, pero no deseo establecerme en él por muchas y muy diversas razones. Tampoco lo hago en los otros, precisamente porque me sacude el pánico cada vez que se me aparece el fantasma de las ocupaciones esclavas, y muy concretamente cuando se trata de asuntos pesados. Lo mío es el taller mental sin limitaciones. Por tal motivo, y porque lo de picar rocas y cortar metales es labor del todo sucia y engorrosa, cada vez que siento la llamada de la piedra, en lugar de recluirme entre las doce paredes de mi estudio, como sería normal, no se muy bien porqué ni cómo, pero lo cierto es que salgo a la calle y me instalo donde sea menos en casa. A pie de obra o de algarrobo o al amparo de algún muro acogedor. Debo suponer que hasta la fecha ha sido cosa de la casualidad, aunque también podría achacarlo a los devaneos de mi mente en constante expansión; y como última posibilidad, con la que no me siento en absoluto cómodo, no estaría de más admitir que puede existir un cierto exhibicionismo por mi parte en este terreno. En fin, sea como fuere, en aquella ocasión me instalé una vez más en la calle, en un solar que hace esquina y a la vista de todos. Un lugar próximo, que me ofrecía la no poco despreciable posibilidad de tomar la corriente eléctrica de la terraza de mis primos Marilén y Juan.&lt;br /&gt;A una hora prudente de cada mañana, por no atormentar todavía más a los vecinos, salía dispuesto a comerme aquellos pedruscos y, por simpatía, el mundo. Arrastrando mi flamante carrito, recién construido con maderas de desecho, y cargado de artilugios para cortar y dar golpes fuertes y también suaves, me dirigía al taller improvisado con la intención ambulante de montar la parada diaria. Un cortísimo recorrido que, no obstante, me servía para repasar ideas en unos casos, y para acabar de darles forma en otros; ciento veinticinco metros de alegría contenida, que se desataba como una tormenta con la tensión liberadora de los primeros martillazos. Picar piedra, amigos y amigas que no lo hayáis probado nunca, es algo muy grande; inmenso, intenso, desproporcionado, extraordinariamente difícil de explicar con palabras acordadas. De esta forma, al llegar al matorral esparcía mis cachibaches por el suelo y me ponía a trabajar, totalmente absorto y ceñido a la materia. Algunos curiosos se acercaban para comentarme sus impresiones sobre lo que iban viendo; otros me hablaban desde el asfalto, sin atreverse a cruzar la frontera de mi intimidad; aunque la mayoría hacía sus propios comentarios desde lejos, sin que yo pudiera llegarlos a captar. Muchos, los que más, por supuesto me ignoraban, como pasa con todo. Bien que hacían.&lt;br /&gt;En una de esas jornadas interminables, pulimentando la pieza en cuestión, perdí el cuidado de mis ropas holgadas, volcado en la frenética actividad de mi nueva maquinaria, y los acontecimientos se precipitaron. Once mil revoluciones por minuto, que se llevaron por delante todo lo que estaba a su alcance. Atrapó camisa, camiseta, calzoncillo, cinturón y pantalones, y también mis atributos de masculinidad. Como lo oís, me acababa de pillar, engullidos entre los estrujados pliegues de la ropa, el pene y también los huevos. Un suplicio que se alargó una eternidad, y del que no sabía como salir ni tampoco podía. Eran las tres menos cuarto de la tarde, pleno mediodía mediterráneo, y por añadidura la calle estaba desierta. Todo el mundo andaba en casa dedicado a las tareas propias de la hora, así que tuve que apañármelas completamente solo para salir de aquel atolladero sin aparente solución. No podía gritar debido al constreñimiento de la situación, y, por otra parte, no me quedaba más remedio que actuar de forma inmediata, sino quería terminar en la crónica de sucesos de algún periódico local. ¿Pero cómo?, el mecanismo continuaba agitándose con una virulencia inusitada; se movía, vibraba y zumbaba y yo no encontraba la forma de agarrarlo por ningún lado. El interruptor había quedado oculto entre el amasijo de las ropas, y no había forma de pararlo. La única solución viable pasaba por hacerme con la conexión, que estaba a ras de suelo, a unos dos metros y medio de mi posición, y desenchufar de una vez por todas el maldito ingenio mecánico. Pero, ¿cómo agacharme, con aquel torbellino de malas intenciones entre las piernas? Si doblaba el cuerpo, iba a exponer también mi vientre a los embates, y a agudizar aún más si cabía el sufrimiento de mis partes blandas: no las tenía todas conmigo a la hora de conservar la integridad. Pasaban los minutos, hasta que se me ocurrió desligar los enchufes a patadas, pero éstos no colaboraron; y cuanto más hacía yo por separarlos, menos parecían estar por la labor. Después de mucho intentarlo, se soltaron, y pude respirar profundamente por un instante.&lt;br /&gt;Pasado el primer sobresalto, fui consciente por fin del desastre que podía estar gestándose en el interior de mi bragueta. Me bajé los pantalones, y descubrí con espanto que un desbaratado mosaico, compuesto en apariencia por las más variadas lesiones, había pasado a ocupar la total superficie de mi geografía reproductiva y sus aledaños. Lejos de entretenerme a contemplar y a contabilizar los sanguinolentos detalles, arrastrado psicológica y emocionalmente por las evidencias, tuve la desagradable visión de haber pasado a formar parte de la corte de los milagros. Con el nudo en la garganta, convertido pues en minusválido de nuevo cuño, me subí la ropa a toda prisa y encarrilé los pasos a casa, con la intención de ducharme y de tomar un respiro; de aclarar las ideas. Algo más relajado, decidiría qué hacer y a donde acudir para conocer de buena fuente el alcance de las heridas. De camino hacia la ducha, recordé de súbito que tenía un invitado muy especial a comer ese día y que estaba a punto de llegar. Mis males se multiplicaron entonces por docenas, pues el negocio que tenía entre manos con esa persona podría irse al traste, si verdaderamente lo mío era tan grave como en principio se me antojaba que podía ser. Por un lado necesitaba todo el tiempo del mundo para concretar con él ciertos aspectos de nuestro proyecto común de futuro y, por otro, como era lógico, no podía perder ese mismo tiempo en asuntos que nada tuvieran que ver con la salud, que en aquellas desdichadas circunstancias había pasado a ser, en cuestión de media hora, lo más importante de mi vida. Por razones obvias, en cuanto el convidado hizo su aparición por la puerta, no tuve más remedio que hacerle partícipe de mis repentinas preocupaciones. El profesor, después de echarme una ojeada, me tranquilizó al darme su opinión neófita, asegurándome que todo aquel berenjenal era puro fuego de artificio, apariencia superficial, aunque muy aparatoso externamente.&lt;br /&gt;Resultó como él decía, que las inflamaciones fueron remitiendo a las pocas horas y las laceraciones desaparecieron milagrosamente a los pocos días del accidente. Así, sin necesidad de cuidados especiales, cada una de las partes recobró su aspecto original y retomó el pulso de sus funciones ancestrales. Y aún dicen que la escultura es cara.&lt;/span&gt;       &lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4914216862019392922-7334856648746290625?l=sociastextoslit.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/7334856648746290625'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/7334856648746290625'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://sociastextoslit.blogspot.com/2008/02/y-luego-dicen-que-la-escultura-es-cara.html' title='··  Y luego dicen que la escultura es cara'/><author><name>antoni socías</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09812434928382312510</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_MHMS51jloX0/R55ar0ZvlLI/AAAAAAAAArU/RIOaIfek94M/S220/Alomar+O+agua.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4914216862019392922.post-889862631026045379</id><published>2008-02-03T12:55:00.001-08:00</published><updated>2008-02-03T12:55:48.674-08:00</updated><title type='text'>··  Observador abstracto</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Cualquier rincón es bueno, cualquier fracción idónea. El gran conjunto de las situaciones es el mejor banco de experimentación para un observador. Lo abarca todo; cualquier cosa o carne acaba, en un momento u otro, en su red inteligente. Solamente escapan a él, aunque de forma inconsciente, los ignorantes.  &lt;br /&gt;         La profesión de observador abstracto es inusual, poco conocida; aunque pueden acceder a ella todos aquellos que, sin llegar a entender ni conocer, y más por su innata lucidez que por predisposición voluntarista, logran avistar algún indicio de la materia sensitiva. Los planteamientos en este campo son siempre laboriosos, enérgicos, y también implacables. La ejecución del trabajo, no obstante, mediante una adecuada preparación, resultará suave y distendida.&lt;br /&gt;El observador abstracto es eficaz por naturaleza; tanto en lo que respecta a la acción derivada de la propia observación, como en el archivo, cómputo y combinación de los datos que ésta aporta. Su genuina capacidad para intervenir en todo tipo de procesos, ya sea para variar su trayectoria, ya sea para enriquecer algunos de sus componentes, es ilimitada. En consecuencia, su medida es la medida de sus propias intenciones. Como fluido singular de un contenedor que también lo es, posee la potencia y el ímpetu necesarios para recorrer cualquier distancia fuera de sus límites, llevar a cabo las misiones que se traza constantemente, y replegarse en sí mismo, un     a vez contrastados los resultados en el programa motriz. Es un tipo tremendamente agudo, y muy perseverante. Una extraña mezcla, a partes iguales, de cariño y mala hostia ilógica. Sus maneras no son del todo razonables; no da cuenta de esquemas ni de pautas adscritas a convenciones humanas. Eso sí, actúa sin violencia. Se mueve por impulsos aparentemente ciegos, y sus prerrogativas energéticas son las mismas que rigen las todavía desconocidas leyes del universo. Cambia de programación a voluntad, de escenarios y de protagonistas; pero jamás su precepto vital. Se adapta a cualquier situación posible y saca de ella siempre el mejor partido. Pero en el preciso instante en el que todo parece estar en línea, bajo control, da un aviso apenas perceptible, y muta. Y para cuando alguno cree estar tras la pista que deja, ésta ya no existe, y el horizonte tiene otras medidas y otra orientación.&lt;br /&gt;Palpita sin descanso.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4914216862019392922-889862631026045379?l=sociastextoslit.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/889862631026045379'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/889862631026045379'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://sociastextoslit.blogspot.com/2008/02/observador-abstracto.html' title='··  Observador abstracto'/><author><name>antoni socías</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09812434928382312510</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_MHMS51jloX0/R55ar0ZvlLI/AAAAAAAAArU/RIOaIfek94M/S220/Alomar+O+agua.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4914216862019392922.post-5806748749096464929</id><published>2008-02-03T12:53:00.000-08:00</published><updated>2008-02-03T12:54:43.250-08:00</updated><title type='text'>··  Invidentes</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;¿Cómo se visten los ciegos? Éste es el dilema que mantiene ocupado a Francisco Martínez Cardán. Dice Paco que, gracias al bagaje que ha ido acumulando durante los últimos años, sería capaz de responder a esta chocante cuestión de muchas y muy diversas maneras, y que cualquiera de sus respuestas colmarían con creces nuestro interés por un tema tan peliagudo. Pero también asegura que ésta no es forma de abordar materia tan crucial, ya que hay asuntos que no deben ni pueden tomarse a la ligera. Por este motivo se encuentra ahora especialmente volcado en la recta final de su investigación, para, precisamente, poder simplificar las complicadas conclusiones a las que ha llegado. Sin embargo, no debemos estar confundidos en cuanto al desarrollo de su labor: le trae sin cuidado lo que podamos opinar o sentir todos aquéllos que nos encontramos en un radio de cinco mil doscientos cincuenta y dos kilómetros a su alrededor. De lo que se deduce, por el tipo de temas que plantea, que Martínez Cardán es un pensador totalmente distinto a lo que estamos acostumbrados. Es un sociólogo –un científico- en toda regla, apasionado y loco por su trabajo, y un humanista extraordinario. Con una forma de ir por la vida que es, en esencia, poco común. Pero el señor Martínez  también es un hombre sensato y ajustado a razones, y aunque se sabe conocedor de muchísimos detalles en relación a los invidentes, es muy cierto que él es el primero en reconocer implícitamente que todavía no lo sabe todo acerca de este intrigante mundo de humanas tinieblas.&lt;br /&gt;            ¿Eligen los invidentes las prendas que van a llevar? Y a la hora de elegirlas, ¿tienen en cuenta los colores o la hechura o la caída de lo que se van a poner; o, por el contrario, tiran de la despensa de la memoria y se aferran a nociones estéticas archivadas en el subconsciente? ¿Se preocupan por su imagen, o más bien les importa poco la forma de presentarse en público? ¿Son realmente responsables de la indumentaria que habitualmente visten? Y si es así, ¿entienden ellos y ellas que les queda bien, que la llevan en consonancia con su forma de ser; o en el fondo todo esto es fruto del subjetivismo de un buen, regular o mal consejo de sus amigos o familiares? ¿Es cierto lo que dicen por ahí, que su mundo interior, debido a esta ingente problemática, es mucho más rico que el del resto de los mortales, que tenemos la dicha de ver? ¿Cómo podría demostrarse, entonces, esa última conjetura? Estas y otras muchas cuestiones conforman el inusitado interés de este hombre por cualquier tema extra-radial. Y que nadie se atreva a imaginar que lo suyo es mera especulación imaginativa, fruto de una mente trasnochada que no hace más que rayas sobre la superficie del agua. Nada de eso, se equivocarían los que así pensaren. De todos modos, hay que observar que  nunca nadie se había atrevido a llegar tan lejos en asunto de ciegos.&lt;br /&gt;            Aprovechando que un conocido suyo, médico estomatólogo de profesión, se había mudado a un edificio promovido por el Consorcio Nacional de Ciegos, se propuso llevar a cabo toda una serie de acciones programadas, con el fin de recabar información de primera mano entre los nuevos vecinos de aquél. Para empezar, descubrió que los matrimonios entre invidentes son el pan de cada día en la finca donde vive su amigo. Son mayoría absoluta. Por absurdo e insignificante que pueda parecer a primera vista el estado civil oftalmológico de esas gentes, éste es un detalle que le resultó decisivo a la hora de abordar el magnífico estudio comparativo de los ocupantes del edificio. En segundo lugar, se dio cuenta de que los ciegos no son en realidad tan hábiles como reza el mito, aunque tampoco más torpes que nosotros. Y por último, que son personas extremadamente organizadas, muy limpias y metódicas: no les queda otra alternativa, o se subyugan de por vida a las virtudes del orden y el concierto o, de lo contrario, sus vidas se verían abocadas a un infierno paranoico sin cuartel. Cada cosa debe estar en su lugar.&lt;br /&gt;            Pertrechado bajo el hueco de la escalera, en compañía del doctor Soley, Martínez Cardán comenzó un día a tomar notas sobre las distintas incidencias que se iban sucediendo en el zaguán de la entrada. Había tenido la premonición de que en aquel lugar sucedían muchas cosas que le podían ser útiles para su nuevo trabajo. Se escondieron ahí debajo, por la sencilla razón de que no todos en aquella casa eran ciegos, como es de suponer, aunque sí la gran mayoría. Circunstancia que les obligaba a mantenerse agazapados, para no ser descubiertos por unos, ni vistos por otros. De esta forma pudo observar, y confirmó con ello sus sospechas, que cuando coincidían en el vestíbulo dos o más grupos de ciegos -y también grupos mixtos-, que querían entrar o salir del ascensor, se organizaban unos saraos de mucho cuidado, en los que algunos de los implicados e implicadas no salían bien parados. Entrantes por un lado, y salientes por el contrario, se liaban a encontronazos hasta que lograban su propósito, que, al fin y al cabo, no era otro que entrar al elevador unos, y salir de él los otros.&lt;br /&gt;            Pero con el paso del tiempo aquellos encuentros delante de las puertas del ascensor se estabilizaron, dejando de aportar riqueza a sus estadísticas. Los datos que iba obteniendo, llegó un momento que eran siempre los mismos. Ante aquella perspectiva, se vio obligado a pasar página. Salió del cómodo escondrijo en el que había instalado su puesto de observación, para acceder de forma directa y obligada a un estadio superior en la investigación. Salir de ahí y quedar al pairo significó, de entrada, tener que afrontar las intimidades a la distancia del aliento, lo que le llevó a introducirse en las casas, una vez adquirida la ciencia y la habilidad necesarias para convertirse en indetectable. Aprovechaba cualquier oportunidad, cuando alguno de ellos aparecía cargado con las bolsas de la compra o con cualquier otra cosa que le ocupara las manos, para seguidamente iniciar la incursión que tenía en mente. Y en el preciso instante en el que sus conejillos de indias ponían en marcha el complicado operativo de la llegada al rellano, la descarga de las bolsas o de los objetos, la búsqueda e introducción de la llave en la cerradura, el abrir y cerrar la puerta, el pasa tú...paso yo, se deslizaba hacia adentro agazapado, o restregándose por las paredes, sin apenas infringir una sola arruga a su vestimenta. En resumen, que entraba en los domicilios sin anunciarse, aprovechando el cansancio y el aturdimiento de los recién llegados; se instalaba en los interiores a esperar que aquellas gentes se quitaran la ropa de abrigo y los observaba con detenimiento en el medio hogareño.&lt;br /&gt;Una vez dentro, papel y pluma en mano, anotaba todo lo que veía y también lo que intuía, haciendo todo lo posible por no entremezclar ambas cosas. Pasó muchas noches con ellos, con unos y con otros, disfrutando de saberse ignorado, y sacando partido de los placeres y de las desdichas ajenas. A la mañana siguiente, se despertaba unos minutos antes de que lo hicieran sus anfitriones, adelantándose de esta forma a los temibles efectos de un súbito despertador; y era entonces cuando el ansia de conocimiento volvía a apoderarse de él. La hora de vestirse era un momento mágico, de igual o superior intensidad al de la noche anterior, cuando cenaban y luego se ponían el pijama. Se duchaba allí mismo, para hacer que todo fuera real, sobre las huellas mojadas de su materia de estudio, y desayunaba con ellos sin que se percataran de su presencia. Luego salía a la calle, al mismo tiempo que lo hacía los ciegos para acudir a sus obligaciones diarias.&lt;br /&gt;            Dice que no tocaba nada de lo que allí había, porque si alguno de ellos hubiera notado algo raro en la disposición de sus pertenencias, su proyecto se hubiera ido al traste de forma instantánea. La gente ciega es muy solidaria y al mismo tiempo recelosa de todo lo suyo, con lo que, de haber cometido un patinazo, la voz se hubiera corrido desde Madrid a Pekín en cuestión de décimas de segundo. Era extremadamente precavido. En el caso de que tuviera que verse en la necesidad de tocar algún objeto de las casas o de los bolsillos de sus estudiados, o de manipular las fuentes de energía, como la luz, el agua o el gas, inmediatamente después de hacerlo reinstauraba lo tocado en el mismo lugar de donde lo había tomado y en la misma posición en la que lo encontró. En la plenitud del allanamiento de morada se comportaba como un señor. Todo fuese por una ciencia limpia. Era tan meticuloso y perfeccionista en su labor de campo, que incluso llevaba su propia cena y su propio desayuno a los encuentros, para no variar la trayectoria de los procesos. Lo que más le costó –añade en su informe preliminar- fue adaptarse a ese mundo de oscuridad serena y cotidiana -para él, especialmente fantasmagórica al comienzo del trabajo-, donde la noción de la noche y del día se confunden, y en el que no existen ni siquiera conceptos tan simples como el de la persiana abierta. Porque no se necesitan para nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4914216862019392922-5806748749096464929?l=sociastextoslit.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/5806748749096464929'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/5806748749096464929'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://sociastextoslit.blogspot.com/2008/02/invidentes.html' title='··  Invidentes'/><author><name>antoni socías</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09812434928382312510</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_MHMS51jloX0/R55ar0ZvlLI/AAAAAAAAArU/RIOaIfek94M/S220/Alomar+O+agua.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4914216862019392922.post-5809159999907309972</id><published>2008-02-03T12:52:00.000-08:00</published><updated>2008-02-03T12:53:48.474-08:00</updated><title type='text'>··  Homo Agotador</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Vamos a dejarnos de historias: si para confeccionar estas líneas en las que acabamos de entrar, hubiéramos contratado a un profesional de los asuntos escritos del arte, y más concretamente a algún especialista en fotografía, es muy probable que no sacáramos nada, o casi nada, en claro. No es que esté yo en contra de esas personas que dedican su tiempo y su capacidad mental a ordenar y a hacer más fácil y comestible la metafísica plástica, o piense que no sean aptos para abordar ciertos temas de por sí más complicados que otros, ¡no!, Dios me libre de imaginarlo si quiera; lo que quiero decir es que deseábamos evitarle a ese desdichado o desdichada el pasar un mal trago al tenerse que enfrentar a una pesadilla. Y he escrito que no lo deseábamos, en plural, porque todo lo que hace referencia a Luis Pérez-Mínguez es materia pertinente, no sólo suya, sino también de todos aquellos que coincidimos con él en algún momento. Porque para abordar con garantías a este monstruo de la creación no sólo se necesitan buenos conocimientos sobre la materia -su materia-, tener además un mínimo de inventiva y no poca predisposición, sino también un hígado grande, y haberse ensuciado, al menos hasta las rodillas, en esta especie de  yacimiento paleo-antropológico que es su vida y, por defecto, su obra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luis Pérez-Minguez es, principalmente, aparte de otras muchas cosas, un hombre accidentado. Un adolescente que sufrió los avatares de una gran caída, casi mortal, que le condujo, para consuelo de unos y para desdicha de otros, a la fotografía. L. P-M. es fotógrafo, para quien no lo sepa todavía, gracias y debido a ese fortuito encontronazo con una roca marina. Un accidente desafortunado que, no obstante, le ha ayudado en gran medida a saber cómo descomponer el mundo y volverlo a montar a su medida, todos y cada uno de los días de su existencia. Montado en una silla de ruedas y con la cámara al hombro, después de haberse recuperado lo imprescindible, se fue un día a París, dejando el acomodaticio calor de la familia y los amigos, para aprender a caminar. En este punto se hace imprescindible recalcar que la selección de imágenes –podrían llevarse a cabo mil y una- que el autor ha escogido con motivo de este libro, son, aparte de una constante en toda su obra, herencia directa de su nueva manera de mirar. Tuvo, después de aquello, que aprender a mirarse, a mirar al paisaje con nuevos ojos y a mirar al prójimo desde una perspectiva quebrada. Y así, desde esa óptica diferente, comenzó a resituarse dentro del esquema diario. Fotografiando y dibujando hasta la exasperación su propio cuerpo, y el de los demás. Plasmando la necesidad de una adolescencia corporal que la vida le negó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su forma de captar imágenes ha sido, es, y seguirá siendo, pues, consecuencia directa de su andar a trompicones; de caer continuamente; de ir por ahí con las rodillas y los codos en carne viva; de arrastrarse y de restregarse por la tierra y el asfalto. Consecuencia directa de haber mirado tanto tiempo desde abajo; de vernos al revés y, por ello, de dominar ya a la perfección otros ángulos que para nosotros son extraños. Es su mirada oblícua, supina, exagerada; a punto siempre de romper lo que observa desde esa posición yaciente. Sus cámaras, debido a esta prodigada situación a ras de suelo, han estado siempre en un permanente lamentable estado de revista. Deterioradas por las circunstancias que les ha tocado vivir, se retuercen a hombros del que las maltrata, o dentro de una bolsa en la que se ven obligadas a convivir con todo tipo de enseres provenientes de otras castas que no son la suya. Pero no importa, porque no es este un problema digno de mención, a la hora de los resultados, en el bagaje de un profesional poco o nada vinculado al gremio. “Cuanto más deterioradas están mis máquinas, parece mentira, pero mejor me salen las fotografías”. Cámaras en carne viva, cámaras fieles, accidentadas a la fuerza, flageladas por una causa justa. En este ambiente tortuoso y al mismo tiempo amable, no hay descanso. Los domingos no existen. Así son las cosas en el Madrid, en el Nueva York, en el Bang-kok, en el Riahuelas de Luis Pérez-Minguez. De los procesos mecánicos que la fotografía, como toda disciplina, requiere, ni se ocupa. No le importan, le interesan de soslayo; no van con él ni con su forma de ser. Con que las imágenes tengan lo que tienen que tener, es más que suficiente. ” Lo importante en todo esto es estar vivo para contarlo. Las fotografías con alma no necesitan de excelente técnica ni tampoco de excesivo discurso”. Las mejores no serán nunca las más bonitas, las mejor hechas; las mejores fotografías son, simplemente, las que nos interesan de algún modo. Las que dicen de interioridades. Las que hablan por sí mismas, de sí mismas, mintiendo lo justo. Son imágenes desnudas. Como su autor, un hombre desnudo que ha dedicado toda sus fuerzas a expresar lo que lleva debajo de la ropa, que no sólo es cuerpo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay una gran falta de sentido del ridículo en todo lo que hace, por lo que su obra es absolutamente libre. Él es uno de esos pocos privilegiados que se maneja sin complejos, sabedor de que si no arriesga a conciencia todo lo que hay que arriesgar, no llegará hasta el fondo de las cuestiones de obligado cumplimiento. Que son todas. Y, de esta forma, metiéndose a menudo donde no le llaman, muchas veces, casi siempre, por no decir que lo hace en todo momento, provocar que aflore a la superficie todo aquello la mayoría intenta evitar a toda costa: llegar al fondo de los seres humanos, los animales, las plantas o los objetos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;         El concepto de autoría es otro de los puntos álgidos en la concepción de su obra. Por un lado es un artista convencional en el buen sentido de la palabra, más convencional si cabe que todos los otros. Alguien al que le fascina ser el único y el más personal; ese al que le encanta que le mimen en exceso. Un artista que exhala sutileza y buen hacer por los cuatro costados; que crea en la intimidad excelentes obras maestras en la dimensión de los grandes de la fotografía, digamos, entre comillas, “clásica”.  Composición, modelo, reflejo, diálogos, intimidad. Figuras en el paisaje. Y por otro lado es un creador abierto en el que la idea primigenia de autor, de obra y de derechos legales, no es la misma que en el resto de la humanidad creativa. Una contradicción que es el verdadero motor de este torbellino en constante movimiento acelerado. Y que da sus frutos en forma de complicidad, porque en él sí que se hace patente aquella máxima que dice que no hay modelos sino cómplices. Gente predispuesta a participar de un modo u otro en la creación; ya sea ésta pausada o agitada; directa o tangencial. Personas que no sólo ofrecen su cuerpo para que sea tratado, sino también su voluntad y su esencia. Haciendo hincapié en este segundo aspecto de su vasta obra, nadie podrá nunca saber cuántas de las fotos de Luis Pérez-Mínguez son realmente suyas, desde el punto de vista de la autoría material. Porque la verdad es que las hemos hecho también nosotros, los otros, los que estamos a su lado. No nos engañemos, pues, esas imágenes son suyas y sólo suyas porque las meneja él. Porque nos maneja a estos nosotros, que nos creíamos artistas por el simple hecho de haber apretado su disparador, al congelar un instante común. Y lo mismo sucede, también, al revés, que toma nuestras cámaras sin pudor, fotografiando por nosotros todo aquello que pensábamos nos pertenecía virtualmente. Para que se entienda: en su entorno, tomar una fotografía es un acto biológico simple, de orden común, un hecho animal –humano-, una necesidad corporal en muchos de los casos, como respirar, comer o amar. Alguien toma la cámara y dispara. Sin más. Luis no ha ocultado nunca que lo que más le mueve es lograr buenas fotografías con el mínimo esfuerzo. Para ahorrar energías pero sobre todo para compartir. Por tanto, que mejor que algunas de estas maravillas se las hagamos los demás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su obra conocida – su obra expuesta- no refleja, me atrevería a decir, ni una cuarta parte de la intensidad que atesora su obra completa. Este polvorín desconocido, que se esconde en el marasmo de miles de negativos y copias sobre mesas, estanterías o suelos rasos, es el que nos puede dar la justa medida de quien es el tipo en cuestión. Pero para entender esto, por su puesto, habría que conocerle, además, personalmente. Y eso no va a ser posible en todos los casos. Insisto: lo que conocemos de su trabajo no es más que la punta de un iceberg que no podemos abarcar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luis Pérez-Mínguez es un raro especímen que recibe a todas horas. Recibe en la cama, en el salón, en el cuarto de baño; en bata o en traje de paseo. La complicidad una vez más. Un espectáculo antropológico sin precedentes, en el que el recién llegado queda sumergido como por arte de magia en lo que se está cociendo. Tambores ancestrales. Ritual. Festín antropófago en el que todo y todos somos de alguna forma devorados, vomitados y vueltos a devorar por el fotógrafo artista. Nadie que tropiece con él puede escapar a la súbita vorágine que acontece en ese momento mágico. No importa el lugar, la persona o personas, la motivación del encuentro ni tampoco la hora o la situación atmosférica. Mientras esto escribo, sin ir más lejos, sus dos hijos interrumpen mi concentración con contínuas exclamaciones en voz alta, porque acaban de descubrir –pobres infelices- un paquete de varios cientos de fotografías que contienen los más severos detalles del cadáver de su abuelo paterno: todo lo que se puede fotografiar en un muerto querido y mucho más.  ¿Macabro, podría alguien preguntarse? ¡No!, íntimo y ritual, como he dicho antes. ¿Cariño por el padre? Por supuesto, pero sobre todo pasión por todo aquello que conforma el mundo y sus rincones carnales. Luis captó a su padre, el señor Pérez-Mínguez, despúes de muerto, para quedarse con él. Imágenes que nunca saldrán a la luz; imágenes de la intimidad. Y mientras en eso estábamos, comentando lo escrito y lo todavía por escribir, se oían en el salón tres músicas diferentes, entraba gente con intereses variados, otros hablaban por teléfono a voces, el perro demandaba atención, tronaba fuera en la calle, y los vecinos suplicaban al mismo tiempo un poco de tranquilidad para poder afrontar la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para concluir: supongamos que Luis Pérez-Minguez fuera Luis Pérez-Mínguez, pero que tan sólo conociéramos de él sus trabajos, no habiendo quedado constancia de su firma en ningún sitio. Supongamos también que hubiera desarrollado su labor creativa siete u ocho siglos atrás. Pues bien, dadas las circunstancias, es más que probable que los actuales estudiosos de esa época, lo bautizasen con el nombre de Maestro de la Intensidad. Porque todo en él es intenso, inmenso; es arduo y un tanto complicado, denso; a la vez que entrañable y paternal; y en ocasiones pendenciero, y hasta un poco criminal. Su trabajo y su persona son una mezcla explosiva, todo un poema difícil de tragar. Buscar los límites de lo prohibido, andar en la cuerda floja, lejos de la convención, es lo que le mueve al fin y al cabo. Inclusive para con sus imágenes más tiernas. Y diré aún más, remontándome mucho más lejos si cabe, esta vez hacia el futuro. Si dentro de varios millones de años, cuando algún paleolontólogo encuentre los vestigios de lo que fue un día nuestra civilización actual, y dé con la sima que contiene los huesos y el esqueleto de las cámaras de Pérez-Mínguez, y con todo aquello que le acompañó en vida, no me queda la menor duda de va a bautizar su descubrimiento con el nombre de Homo Agotador.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4914216862019392922-5809159999907309972?l=sociastextoslit.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/5809159999907309972'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/5809159999907309972'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://sociastextoslit.blogspot.com/2008/02/homo-agotador.html' title='··  Homo Agotador'/><author><name>antoni socías</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09812434928382312510</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_MHMS51jloX0/R55ar0ZvlLI/AAAAAAAAArU/RIOaIfek94M/S220/Alomar+O+agua.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4914216862019392922.post-5768599091506540568</id><published>2008-02-03T12:51:00.000-08:00</published><updated>2008-02-03T12:52:55.329-08:00</updated><title type='text'>··  Hijoputas</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;- Por favor, señor, ayúdeme a pasar, que soy ciega. Por favor, señor, ayúdeme…&lt;br /&gt;            El insistente rumor de súplica angustiada, que subía desde la calle, hizo que me levantara de la cama. Otro día sin poder descansar después de comer. Una hora crítica, la de la siesta. Doy fe de ello. Es el momento que media humanidad elige para tocar las pelotas a la otra media.&lt;br /&gt;Al principio no le di demasiada importancia al asunto, pues conocía de sobras el lamento de aquella voz afectada, que tenía ya archivado en las profundidades de una sección mental que yo llamo “la de los asuntos no vinculantes”. Pero que, después de tanto repicar, acabó por despertar mi interés, pasando a ocupar, contra pronóstico, el primer lugar de mis escasas preocupaciones por la raza humana a esa hora. Empapado en sudor, y con una hilacha de saliva en la comisura de los labios, propia del bochorno, me asomé al balcón. Era la primera vez que veía a la anciana esgrimir en directo su letanía lastimera, y parecía que llevaba toda la razón, al suplicar de la forma como lo estaba haciendo.&lt;br /&gt;Propietaria en exclusiva de un pasaporte oral sin parangón, con varias frases alternadas, muy efectivas todas ellas, conseguía siempre abrirse camino entre la multitud de la zona peatonal, sin necesidad de tener que trabajar demasiado el bastón blanco. A la ciega, que, entre nosotros, no creo que fuera tan ciega como ella hacía suponer, se la podía encontrar por el barrio a cualquier hora. Maquillada hasta el gallinero, y en continua demanda de una compasión generalizada que, al parecer, no recibía con la intensidad deseada.&lt;br /&gt;            La escena que pude divisar desde el tercer piso no resultaba francamente muy halagüeña. Dos auténticos problemas confluían en aquel punto, y su solución, a primer golpe de vista, se me antojaba especialmente difícil. Por un lado, la mujer había metido de lleno el pie izquierdo dentro de media sandía enorme, y por otro, tenía enfrente al chulo más cabrón de toda la ciudad. Uno de esos matones que pululan en algunos barrios de todas las ciudades, y al que hay que evitar a toda costa, porque es su característica esencial la de ocasionar problemas a todo el mundo. Un animal duro y sin escrúpulos –al que había visto otras veces actuar-, de los que no perciben más sensaciones cálidas que las de la propia piel que les envuelve; y aun así, les va muy justo percibirlas. Tendría el tipo unos treinta años, era muy curtido de carnes, debido, seguramente, al agitado vaivén de la vida ambulante, tenía la cintura estrecha, sus caderas no daban señales de vida, y lucía una melena negra rizada, que le llegaba hasta la mitad de la espalda. Me acuerdo que iba embutido en una estampada camisa con volantes, y que la llevaba abierta hasta el ombligo.&lt;br /&gt;            - "Por favor, señor, ayúdeme, que soy ciega" -repetía la mujer, sin descanso y con idéntica intensidad, totalmente extraviada en mitad de su propia locura circunstancial-.&lt;br /&gt;Él, por su lado, esbozando gestos obscenos a una concurrencia inexistente –se tocaba los huevos de forma exagerada, al tiempo que arqueaba las piernas y doblaba ligeramente las rodillas-, la dejaba recitar sin perder su compostura flamenca.&lt;br /&gt;- ¡Usted es tan ciega como yo, hija de la gran puta!&lt;br /&gt;- Que no señor, déjeme pasar, que soy ciega…&lt;br /&gt;- ¿Cómo ha sabido, pues, que estaba aquí, si no he dicho ni pío hasta ahora? -le gritó a bocajarro, alargando el cuello hacia delante, hasta casi tocarle la nariz a la que, en realidad, no era tan ciega como pretendía-.&lt;br /&gt;            - Por favor, señor, tenga piedad de mí -continuó ella, obviando la grosería del camorrista-. Ayúdeme a sacar el pie de esta cosa.  &lt;br /&gt;            - ¡El pie...!, ¿qué pie? ¡El pie se lo va a sacar su puta madre! No pienso despeinarme por una mierda como esa.&lt;br /&gt;            - Por favor señor, ayúdeme, que soy ciega.&lt;br /&gt;            - Muévalo usted misma y verá como se le suelta la pelota, llorica.&lt;br /&gt;            Y así lo hizo la mujer, saliendo despedida la sandía escaleras abajo, para ir a dar en los pies de un hombre, que se había parado para presenciar lo que estaba sucediendo en la escalera de la parroquia. Una vez que se hubo deshecho de la media fruta, algo más aliviada,  intentó proseguir su camino hacia la Cuesta de la Cofradía, agarrándose fuertemente a la barandilla metálica que hay en la pared lateral de la iglesia. Pero el buscarruidos continuaba en el mismo sitio en el que había echado raíces unos… –calculo- veinte minutos antes. Por supuesto, sin dar el menor síntoma de querer aflojar el ritmo de la afrenta.&lt;br /&gt;            - ¿Y ahora qué pretende abuela, que me mueva como un cagón para que usted pase a sus anchas? ¡Pues no pienso moverme! Todavía no ha nacido la mujer que me aparte a mí del camino.&lt;br /&gt;            - Por favor, señor, déjeme pasar, que soy ciega –insistía, una y otra vez, cansinamente, como si se mantuviera ajena a la violencia del palmero. Como si las fanfarronadas de ese canalla no fueran con ella-.&lt;br /&gt;            - Usted, abuelita de los cojones, o no sabe con quién está hablando, o es idiota del culo. Habráse visto, -suspiró al viento, después de hacer una pequeña pausa en la gesticulación-.&lt;br /&gt;            En pocas palabras, que la lucha por los derechos de paso, junto a la vieja iglesia de San Marcial, llevaba camino de no resolverse en la vida. Tan tensa por naturaleza, como aburrida por repetición, era aquella pugna entre dos cabezotas.&lt;br /&gt;Ninguno daba el brazo a torcer, ni uno para subir, ni la otra para bajar. Cada cual esgrimía sus propias razones, según su forma de entender el mundo y, muy concretamente, aquel proceso de caminantes. Ella, por su parte, amarrada a la condición de privilegio que aparentemente le otorgaban su edad y su minusvalía, sollozando sin respiro, torpe y consentida, clamando misericordia; y él, por la suya, enfurecido por la necesidad de un orgullo primario todavía no colmado, proclamando a diestro y siniestro su condición de macho poderoso. Y yo, en el balcón, debatiéndome en las alturas entre quedarme donde estaba, viendo cómodamente la película de los hechos en perspectiva cenital, o bajar a implicarme directamente en la tropelía. Mi deber, por educación, estaba allí abajo, pero mi conciencia no lo creía de este modo; y se rebelaba contra mi voluntad, en la creencia de que aquella mujer había encontrado, por fin, su merecido.&lt;br /&gt;            Mientras tanto, a escasos metros del fregado, el guardián de la sandía, un espantado caballerete con aspecto de hombre saludable, permanecía inmóvil, aunque con ganas de intervenir en ayuda de la que él creía ultrajada. Cosa que al fin hizo, avanzando lentamente hacia el infierno, dejando atrás cualquier síntoma evidente de pánico. Aproximación que le llevó su tiempo -toda una eternidad-, y que se saldó al fin con el éxito de la operación. Con el cuerpo agazapado, por temor a un guantazo, consiguió llegar hasta la dama, en una complicadísima maniobra, tomándola de la mano y rescatándola de las garras de aquel tipo.&lt;br /&gt;            - No tema, señora -le dijo el hombre al acercarse-, cójase de mi brazo para bajar.&lt;br /&gt;            Dieron un rodeo, evitando el obstáculo humano que cotinuaba gesticulando, y se colocaron justo detrás de él, continuando el camino truncado.&lt;br /&gt;            - Aquí tiene, agárrese a la barandilla, mujer. Será mejor que se olvide de todo esto.&lt;br /&gt;La ciega había perdido las ganas de hablar y no contestó.&lt;br /&gt;            Para culminar su faena, el melenas, describiendo una verónica de las que arrancan aplausos en los cosos, había dibujado en el aire la media circunferencia que la pareja tuvo que hacer para sortearle.&lt;br /&gt;            - ¡Habráse visto!, -volvió a repetir una vez más, culminando aquel magnífico pase de torero-.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4914216862019392922-5768599091506540568?l=sociastextoslit.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/5768599091506540568'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/5768599091506540568'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://sociastextoslit.blogspot.com/2008/02/hijoputas.html' title='··  Hijoputas'/><author><name>antoni socías</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09812434928382312510</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_MHMS51jloX0/R55ar0ZvlLI/AAAAAAAAArU/RIOaIfek94M/S220/Alomar+O+agua.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4914216862019392922.post-3003432858865838987</id><published>2008-02-03T12:50:00.000-08:00</published><updated>2008-02-03T12:51:44.049-08:00</updated><title type='text'>··  El número 8</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Traspasado el umbral preferente, comenzó a notar aquella brisa anormal a la distancia del aliento. Una especie de entidad volátil, que continuaría orbitando a su alrededor hasta que abandonaron el lugar, transcurrido el fin de semana de asueto. No supo determinar a priori de dónde surgía, ni qué era exactamente, pero sí que estaba allí mismo desplazándose por entre sus cuerpos, determinando de algún modo la atmósfera de la casa y, a medida que fueron transcurriendo las horas, su forma de proceder en ella. El único que se percató de que allí las cosas no funcionaban como en otras partes fue él; el resto se desenvolvía -inconscientemente- al margen de la eventualidad. Fueron tres agotadores e interminables días de un velado pero contundente hostigamiento. El caso es que la presencia no llegó en ningún momento a revelársele de forma categórica, en el sentido de descubrir partes esenciales de su naturaleza o constitución, aunque sí es cierto que se vio obligado a padecer las consecuencias de un sistema de comportamiento especialmente opaco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Transcurridos varios años, medita ahora en perspectiva que, de haber podido elegir la forma en que iban a darse aquellas cortas vacaciones, claramente se hubiera decantado por vivirlas en otras condiciones.  Es lógico. Afrontar la realidad, o incluso una semi-realidad aproximada, antes de verse sometido de forma drástica a la tensión frenética de lo intangible, hubiera sido todo más llevadero. Ver por dónde se acercaba aquella cosa, mirarle a la cara y descubrir sus intenciones antes de que fuera siempre tarde; hablarle con respeto, e incluso gritarle y enfrentarse a ella en caso de necesidad, saber, en definitiva, con quien estaba en litigio, le habría evitado la mitad del flagelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante las noches la manifestación se hacía más intensa, aunque también le daba por florecer con el sol en su punto más álgido. Para salvaguardar la integridad anímica, al principio quiso atribuirlo a una derivación propia de las debilidades pueriles. “Imaginaciones mías... o algo parecido”, se decía. Y especuló con ese devaneo temporal de la mente, hasta que pronto descubrió que se trataba de una fuerte y devastadora forma de existencia en progresión ascendente.&lt;br /&gt;Le acompañaban sus padres, como era natural al tratarse de un niño. Tenerlos a su lado le dio una cierta seguridad, pero una seguridad funcionarial, por decirlo de algún modo, si bien no todas las garantías que hubiera deseado. Al encontrase uno y otros en órbitas poco coincidentes, lo cierto es que no las tuvo todas consigo con aquella escolta de medio pelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recibidos en la masía, los anfitriones se desvivieron por agasajarles. Llevaban tanto tiempo esperando que se cumpliera la promesa de pasar unos días juntos, que se volvieron como locos de alegría nada más asomar los faros del coche sobre la última curva. Especialmente la mujer, que saltaba como una niña de corta edad. Pero el enorme cansancio acumulado, debido al interminable periplo, hizo que los viajeros no pudieran corresponder como hubiera sido en principio su deseo. Con las seis horas de viaje que llevaban a sus espaldas, entre avión, tren, autobús transbordos y, sobre todo, el agitado último tramo de andadura, que tuvieron que hacer en el todo-terreno de un vecino, lógicamente no estaban para nada. Esos treinta últimos minutos en coche por la pendiente angosta, salpicada de baches y anegada de agua y barro, habían sido la puntilla, el remate definitivo para una jornada difícil de olvidar por extenuante.&lt;br /&gt;La casa -la ermita- se encontraba en lo alto de una peña, dominando un paraje difícil de describir si no es echando mano de los consabidos tópicos paisajísticos de los suplementos dominicales. Les contó el vecino que les fue a buscar a la estación que, partiendo de allí y caminando un largo trecho, durante varios días, podía uno llegar hasta Francia sin cruzarse con nada que tuviera que ver con la civilización. Región atestada de rutas tan áridas como espectaculares, habitualmente utilizadas por los que huían de la represión franquista y por contrabandistas, sesenta años atrás. Al pequeño Luis le entraron unas enormes ganas de hacer ese viaje al otro lado de la frontera. El simple hecho de caminar hacia delante, sin impedimentos ni limitaciones, le sedujo a más no poder. No es de extrañar, por otra parte, teniendo en cuenta que sus recorridos habituales eran muy básicos: de casa al colegio y, a la vuelta, del colegio a casa. Si bien es cierto que, algunos fines de semana, salían en familia al campo a hacer kilómetros, aunque, nada de lo suyo podía compararse a la maravilla descrita.&lt;br /&gt;Entre los brincos que daba el vehículo, y los empellones involuntarios que se iban dando los unos a los otros, como consecuencia de las irregularidades de la superficie por la que transitaban, Sebastián, el padre, les descubrió que llevaba mucho tiempo planeando una gran excursión al estilo de la que, con tanto énfasis y lujo de detalles, estaba exponiendo el conductor. Aunque la suya, de llevarse a cabo, aclaró, lo sería en bicicleta. Aún a sus cuarenta y ocho años, el padre de Luis no había perdido todavía la vitalidad y el arrojo, al contrario que muchos de los padres de sus amigos, y se lanzaba al vacío, sobre las dos ruedas dentadas, desde los riscos más escarpados. Subir cuestas le costaba un poco más, tuvo que admitirlo, pero en bajada libre no había quien pudiera con él. En multitud de ocasiones su esposa había presagiado que le pasaría algo “por allí arriba”, refiriéndose por supuesto a la montaña, y que el día menos pensado se lo traerían a casa “dentro de un cajón, desmontado en piezas”.&lt;br /&gt;Mientras aquel señor presumía revisando una a una todas aquellas maravillas, papá ciclista le iba sonsacando detalles acerca de la idoneidad de unas rutas en detrimento de otras. Le preguntó si había muchas fuentes en el recorrido, y si no era difícil dar con ellas; si existía peligro de que por las noches pudieran atacarte fieras, como osos, lobos o jabalís; si había algún tipo de hospedaje donde poder pasar la noche... Indagó todo lo que pudo y más. Y profetizó que, para el verano siguiente, iba a sacar tiempo y fuerzas de donde fuera, para recorrer alguno de aquellos itinerarios tan apasionantes; siempre y cuando la unidad de parentesco directo estuviera de acuerdo. A la búsqueda de beneplácito, dirigió una mirada abierta a Paula, su esposa, y madre de Luis, que fue corroborada inmediatamente en sentido afirmativo con un suave y complaciente movimiento de cabeza hacia delante.&lt;br /&gt;El coche iba cargado hasta los topes, lo que, unido a las dificultades del terreno, hizo que los últimos kilómetros se convirtieran en el calvario apuntado. No había forma de sujetar el cargamento, que se movía de un lado a otro como si estuviera dotado de vida propia. Cargamento inicial aparte, ellos solos traían tres maletas, dos mochilas -una de ellas gigantesca-, las abultadas chaquetas de invierno, dos bolsas de mano con pertrechos que habían comprado en Barcelona, y aún otra bolsa más, repleta de embutidos y galletas de Mallorca para sus amigos. Parecía que se hubieran equipado para pasar un mes y medio en las alturas, cuando en realidad no era así.&lt;br /&gt;La familia Riotorte, la de Luis, ha sido siempre muy “gitana”. Así se definen ellos, como “gitanos”, en el sentido –en el buen sentido- de que bien podrían ser nómadas consumados. A dónde van, lo hacen siempre como burros de carga. Una característica que, por lo visto, se transmite de generación en generación.&lt;br /&gt;Además de la ropa y de los elementos de aseo personal, don Sebastián llevaba un maletín de cuero con su inseparable ordenador portátil -argumentando obstinadamente que “nunca se sabe”-, tres cámaras fotográficas de distinto calibre, y un cúmulo de cachivaches de lo más dispar. No quedándose atrás en el cómputo de la mercancía trajinada, la madre también iba bien surtida: dos pilas de exámenes, correspondientes a la última evaluación –Paula era profesora de ciencias naturales y, según ella, no le quedaba más opción que corregirlos durante el fin de semana, porque, de otro modo, “no hubiera podido acompañarnos”-, media docena de libros para poder escoger la lectura apropiada en cada momento, discos compactos de música relajante y un aparato para reproducirlos, además de su inseparable secador de pelo. Luis, por su parte, únicamente traía consigo como aditamento un diminuto procesador de juegos electrónicos, a los que estaba especialmente habituado. Al contrario que los de su sangre, detestaba con vehemencia los excesos en este sentido.&lt;br /&gt;El señor Besalduc facturaba en el maletero de su coche un auténtico cargamento de bidones de plástico llenos de agua potable, bombonas de gas, y un par o tres de cajas grandes de cartón llenas de productos alimenticios manufacturados, que él, en un momento dado, calificó de “imprescindibles ostentaciones de la vida moderna”. Por encontrarse tanto los pozos como los manantiales de la comarca en un estado de precariedad lamentable, a causa de la sequía, los residentes de la zona se veían obligados a tener que subir el agua para beber desde los pueblos de alrededor. Según el hombre, en aquellos parajes la gente era muy solidaria; lo daba la dificultad del terreno. Por eso, cada vecino procuraba estar siempre al tanto de las necesidades de los demás a la hora de bajar hasta la civilización; existiendo una especie de acuerdo tácito entre ellos, mediante el cual se iban avisando con los medios que tenían a su alcance y, de aquella forma, nunca nadie regresaba de vacío.&lt;br /&gt;Más tarde les explicaría su anfitrión, que no todo el mundo era tan espléndido como había especificado Besalduc en el camino, y que habitaban por allí arriba “algunos malnacidos, que no comen ni tampoco dejan comer”.&lt;br /&gt;En casa de los Peyrolet, aquel muchachito pudo descubrir con asombro que, todo lo que su maestra le había enseñado acerca del correcto uso del agua, no era sino una mera especulación ecológica para gente de ciudad. Porque allí, en la rectoría de Castellar, la utilizaban realmente como si de oro o mercurio se tratase. Pasando por un complicadísimo proceso de aprovechamiento ininterrumpido, dosificándola hasta extremos difíciles de imaginar, servía para todo lo imaginable y para varios cometidos más. Excepto para regar el huerto, que, como podía fácilmente deducirse de su contemplación apesadumbrada, se había abandonado a su suerte, harto de que lo tuvieran tan a raya.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con arreglo a cálculos muy optimistas, habían previsto llegar sobre las seis de la tarde, pero cuando los faros del vehículo alumbraron la fachada principal de la casa, el reloj vino a confirmarles un retraso de mas de dos horas y media. La oscuridad era completa. Un parón en la vía férrea, debido a un problema en el sistema transmisor de la locomotora, justo unos pocos kilómetros antes de llegar a la estación de Olot, había ayudado en parte a conformar el motivo de sus disculpas.&lt;br /&gt;Entre todos ayudaron a descargar el equipaje del coche y varios capítulos de la carga destinada a las necesidades básicas de la pareja Peyrolet y sus invitados. Depositados en el zaguán los bultos, las maletas y también los bidones y las bombonas, Mateo Peyrolet se empeñó en invitar al señor Besalduc a una taza de té, a la que éste se negó en rotundo argumentando que no tenía tiempo para tés, por la sencilla razón de que le quedaban todavía muchísimas cosas por hacer antes de acostarse. “Otro día será”. Peyrolet le dio las gracias en nombre de todos, y ambos se despidieron con efusivas muestras de afecto.&lt;br /&gt;A golpe de linterna, no sin haberles mostrado antes de la misma forma la fachada y los aledaños, Mateo les invitó a entrar a la rectoría. Pero, una vez dentro, resultó que era casi lo mismo que estar fuera. La casa estaba a medio hacer; no tenía ventanas todavía y le faltaban muchas puertas y una parte de la techumbre. De hecho, la puerta de la entrada, que sí estaba colocada en su sitio, no llegaba a cerrarse nunca debido a no se supo qué circunstancia. Ni falta que hacía, pues podía accederse a la vivienda por dónde se quisiera, aunque él se apresuró a comentar, contemplando nuestros rostros de perplejidad, que no era muy habitual que los desconocidos se aventuraran por aquellas tierras, y mucho menos de noche. Creo haberlo dicho al principio: el viento bufaba de una forma extraordinaria entre los muros; era una corriente de textura humana, que a Luis le produjo escalofríos sólo entrar en contacto con ella. Sentía ese frío ambulante de forma exagerada detrás de las orejas, y también en el reverso de las manos. Extrañamente próximo, semejante al resuello de un ser vivo.&lt;br /&gt;Sin darle más vueltas, quiso hacer partícipe a su madre y a los otros de la sensación cutánea y cerebral que le estaba atribulando; compartir aquel inesperado drama en suspensión oscilante. No le hicieron demasiado caso. De todos modos, confesarlo le ayudo a templar los nervios. Prosiguieron el camino hacia el interior profundo de la vivienda. En el extremo opuesto se divisaba una luz tenue; una luz que resultó ser la de la cocina, en dónde Marthia, la mujer de Peyrolet, les estaba preparando ese té de bienvenida, para que entraran en calor; el mismo té que acababa de rechazar Besalduch. La cena estaba en trámites de consumarse sobre los fogones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esa casa, además de carecer de agua, tampoco tenían corriente eléctrica. De noche se manejaban a la antigua, con velas y candiles y con alguna que otra linterna. No le hizo gracia al muchacho lo de deambular entre la penumbra primitiva. Cocinaban con gas butano, y tenían una fresquera en la que conservaban los alimentos perecederos. Para combatir el frío tenían en la misma cocina, que era donde prácticamente vivían, una estufa de leña, sobre la que había una gran olla de agua siempre caliente. La ducha, por problemas derivados de la propia rehabilitación del inmueble, todavía no había podido ser instalada. Mientras tanto, se lavaban con manoplas junto a esa estufa, utilizando una gran tina a modo de pequeña bañera, y un par de lebrillos de plástico para mojarse el cuerpo. Concluidas las abluciones, recogían el agua esparcida por suelo y paredes, y allí no había pasado nada. A la taza del water, totalmente nueva y reluciente, la habían confinado al final de una especie de semisótano de dimensiones palaciegas, sin más abertura que la propia entrada. De modo que, tanto de día como de noche, se veía uno obligado a tener que hacer sus necesidades a la luz de la cera, no sin antes haber peregrinado hasta el lejano emplazamiento. Toda una experiencia vivificadora en la sofisticada y adormecida civilización de la energía que se malgasta a raudales. Le llamó poderosamente la atención aquel sistema de vida tan precario; el que fuera posible desenvolverse felizmente con tan poco. Porque a los Peyrolet se les veía felices y orgullosos de vivir aquella vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con anterioridad al viaje, Luis había intuido que algo nuevo le esperaba en el lugar a donde irían, aunque decidió no comerse la cabeza desmembrando las cábalas. Lo dedujo después de oír una larga conversación entre Peyrolet y papá Sebastián, meses atrás, durante una excursión por los alrededores de Valldemossa, cuando aquél fue a la isla para organizar la mudanza de su hermana. No le gustaron un pelo las historias que salieron a relucir durante la caminata. Fue precisamente allí, en aquella excursión, donde se fraguó la convocatoria que ahora estaban corroborando con su presencia en Gerona. De subida al Teix, un pico a caballo entre las comarcas de Valldemossa y Sòller, ambos habían ido a parar a terreno sombrío; a ese estadio específico en el que se te estremecen los huesos al escuchar a la gente enredándose en asuntos relacionados claramente con la muerte. Por regla general, se comienza recordando la reciente desaparición de un familiar, para acabar dentro de su tumba efectuándole una autopsia psicológica en toda regla.&lt;br /&gt;Que se hablara de estos temas le ponía frenético. Dejaba de ser dueño de sus propias elucubraciones mientras los narradores, fueran quienes fueran, se abandonaban a la truculencia tangencial. Con el tiempo tuvo que ir acostumbrándose al devenir ancestral de los acontecimientos. Ley de vida.&lt;br /&gt;Montaña arriba, Peyrolet explicó que, al principio de instalarse en la rectoría, le habían contado que los espíritus errantes de dos antiguos vecinos se desplazaban por la comarca llevando el pánico a los residentes. La cantinela hacía referencia a que aquellos tipos habían enloquecido al unísono, al poco de matar a una mujer que se había negado a hacerles algún tipo favor. No llegó a especificar de que tipo de favor se trataba, al darse cuenta de que el menor cortejaba el relato con inusitado interés. En definitiva, que, por aquel motivo no desvelado, los tipos en cuestión le hicieron la vida imposible a la mujer durante meses, hasta que decidieron acabar con su vida. Luego conservaron el cuerpo en casa durante un tiempo para, posteriormente, hacerlo desaparecer en circunstancias que será mejor obviar. El misterio de los hermanos Colubí, que así se llamaban los homicidas, no pudo ser esclarecido hasta varios años más tarde, cuando fueron encontrados una parte de los restos de la víctima debajo de un pilar estructural, en una casa muy próxima a la rectoría. El hallazgo tuvo lugar cuando los nuevos propietarios iniciaron una serie de reformas en la vieja masía que acababan de adquirir. Concretamente al mover de sitio una escalera que les estaba entorpeciendo el paso hacia una estancia nueva. Le oyó contar también que esos dos energúmenos habían aparecido colgados de una viga, en el salón de su casa. Y que fueron descubiertos en avanzado estado de descomposición por un pariente cercano, que había acudido a saber qué pasaba, después de mucho tiempo sin saber de ellos. Los enterraron en un rincón apartado del cementerio. Concretamente detrás de una tapia, pues, al haberse quitado la vida, contraviniendo con su decisión última las leyes divinas, no habían sido merecedores de un par de metros cuadrados junto a los píos. Registrado quedó en los papeles –hoy día en poder de los Peyrolet, legítimos dueños de la rectoría y de su pequeño tesoro documental-, que los Colubí fueron las últimas personas sepultadas en aquel lugar.  La casa de los dos hermanos, aunque en ruinas, seguía todavía en pie y se encontraba muy cerca de la rectoría.&lt;br /&gt;¡Enterrados allí mismo!: no podía imaginar Luisito que un par de criminales de aquellas características pudieran encontrase tumbados a escasos metros de donde iba a dormir. En efecto, el complejo arquitectónico que habían adquirido en su día los amigos de sus padres, por medio de un ventajoso cambalache, estaba compuesto por una ermita del siglo XI, una amplísima vivienda de dos plantas y un semisótano, un bosque para surtirse de leña, varias huertas en torno al núcleo principal, prados para el ganado, un horno de pan en el exterior, prensas para hacer vino y aceite, un complejo sistema de pasadizos subterráneos y, por último, un auténtico cementerio con sus muertos y toda la pesca.&lt;br /&gt;Al oír que la ventana de la cocina, donde estaban a punto de cenar, y también la del único dormitorio disponible hasta la fecha en la vivienda, daban a ese pequeño cementerio, acabó de helársele la sangre. ¿Cómo podía esa gente, en referencia a los Peyrolet, convivir a todas horas con difuntos?, comenzó a interrogarse y no paró de hacerlo en varios días.&lt;br /&gt;Peyrolet insistió en el hecho de que las ruinas Colubí desprendían muy malas vibraciones, por qué iba a mentirles, pero que, no obstante, habría que ir a visitarlas, porque las excelencias arquitectónicas de la región se hacían más patentes en ellas que en otras edificaciones cercanas. “No como ahora, que se construye de cualquier manera”, dijo en un tono que albergaba cierta nostalgia de un pasado que, en cierto modo, no era el suyo.&lt;br /&gt;¡A la mierda con la arquitectura regional!, gritó en su interior Luis. Tendría que inventarse algo con tal de eludir aquella visita apenas planteada. Con el cementerio que acababan de endosarle obligatoriamente a dos pasos iba más que sobrado en turbaciones.&lt;br /&gt;Papá Sebastián se empeñó en replicar aquella historia de muertes con otra historia que le había sucedido a él cuando tenía aproximadamente la misma edad que su hijo Luis. (En estos casos, por defecto acaba organizándose un toma y daca entre todos los que tienen truculencias que contar: primero uno, luego otro, y así, hasta que se diluyen los ardores mentales y se pasa, encadenadamente, a otro tipo de temas más digeribles.) Contó que sus padres le habían obligado a ir a un entierro, y a él, lo mismo que a Luisito, le daba pavor lo de tener que enfrentarse a gente que había dejado de respirar. La intención de los abuelos de Luis era nítida: el chico –el padre- tenía que comenzar a tomarle el pulso a la vida; darse cuenta de que no sólo está compuesta de alborozo y juegos. En aquella ocasión, enterraban a la única prima del abuelo, la tía María, mal llamada la rica, pues al final resultó que no tenía nada de lo que se había rumoreado durante tantos años que tenía. Y fue precisamente la pretendida fortuna de la tía rica la que congregó a una muchedumbre en torno a la que iba a ser pronto su tumba. Entre potenciales beneficiarios y curiosos debía de haber no menos de doscientas personas. El caso tremendo fue que, por necesidades funcionales del propio enterramiento, el niño Sebastián tuvo que enfrentarse a la visión inmediata y cruda del cadáver de su tía abuela, cuando los enterradores se vieron obligados a destapar el féretro. Tía María había cambiado de aspecto como de la noche al día. No era, ni por asomo, la mujer que él conocía de semanas atrás. Su piel se había tornado de un color sin color, y toda ella aparentaba estar más tiesa que un leño. Además, iba mal peinada, síntoma evidente de que las cosas no iban bien, pues era mujer de tocado inmutablemente ordenado.&lt;br /&gt;El problema surgió en cuanto la rica, que era muy voluminosa –su peso, según cifras de especulación pendular, rondaba los ciento cincuenta kilos-, al no haber cabido en un ataúd convencional, tuvo que ser acondicionada de mala manera y con urgencia en otro de medidas especiales, que resultó incompatible con la modesta boca de la sepultura familiar. Ante la evidencia, los operarios municipales decidieron con muy buen tino ponerla de pie, quedando expuesta a la contemplación colectiva. Y en aquella postura tan poco ortodoxa, uniendo cuerpo y caja mediante varios cabos, intentaron de nuevo introducirla en la pudridero. Pero, en el momento en que hicieron efectiva la posición vertical completa, la cabeza de la muerta se inclinó bruscamente hacia delante, y la boca se le abrió de par en par soltando a continuación un eructo atronador. Los que formaban las primeras filas se quedaron sin respiración, mientras ella recuperaba la postura inicial, golpeándose la nuca en el retroceso con la base del cajón. El impacto resonante de sus huesos contra la madera dura, junto a la vaharada fétida que acababa de liberar, puso en retirada, entre vómitos y muestras de histeria, al amplísimo cortejo fúnebre. Gente gritando y por los suelos. Gente pisoteada. Y el niño Sebastián, hipnotizado por una especie de poderosa fuerza que le impedía actuar en cualquier sentido, se quedó inmóvil, como petrificado delante de ella. Dándolo todo por perdido, cerró los ojos y se despidió de este mundo, dando por supuesto que la muerta se le iba a echar al cuello de un momento a otro. Algo que, evidentemente, queda claro que no llegó a ocurrir.&lt;br /&gt;La excursión al Teix transcurrió la mayor parte del tiempo en ese tono lóbrego. No paraban de intercambiar crónicas, a cual más tenebrosa. La hermana de Peyrolet, Rosalía, les reprendió su actitud en varias ocasiones, haciéndoles observar que había niños, y que cada cosa tenía su tiempo. Sin embargo, a los ponentes andarines se les hizo muy difícil cambiar de conversación, por no decir que imposible. Le hacían caso un instante, sí, y aceleraban el paso con objeto de agilizar la marcha y de olvidarse de los cuentos, pero pronto volvían a enredarse en las mallas de la hora suprema.  En aquella disposición de ánimo, olvidándose una vez más de las buenas intenciones, Peyrolet se empeñó en rematar la siniestra jornada con otra historia intensa. Estaba cantado que aquella noche Luisito no iba a pegar ojo.&lt;br /&gt;Le resultó muy difícil de creer, porque el amigo de su padre no era un tipo fornido. Comenzó narrando que una noche caminaba cuesta arriba por aquellas pendientes imposibles, con un armario ropero a la espalda. Se lo acababan de regalar y, como estaba tan necesitado de mobiliario, no quiso esperar un par de días a que se lo subieran en un furgón. Argumentando que le sobraban fuerzas, cargó el mueble a la espalda y partió de inmediato con rumbo Norte. Por entonces, el matrimonio no disponía de coche y se veían obligados a tener que caminar un buen par de horas, cada vez que bajaban al pueblo o subían de él. Por no tener, no tenían ni techo; se las apañaban en una tienda de campaña instalada entre las ruinas, aunque eran felices disfrutando de su nueva vida en plena naturaleza.&lt;br /&gt;Pues bien, en una encrucijada de caminos, de las muchas que hay por allí arriba, se cruzó con una sombra que también traía sobre los hombros un ropero idéntico al suyo. Él, que no había tenido nunca miedo hasta ese día, reconoció que en aquella ocasión le entraron sudores y apetencia desmedida de vientre. La figura era de su misma estatura y de trazas muy parecidas a las suyas, aunque, no llegó a verle la cara. Mateo Peyrolet le hizo un limitado ademán de saludo, por aquello de no perder las formas ni siquiera en momentos críticos, pero el otro se limitó a seguir su camino, a paso lento, sin dar más señales de vida que el propio desplazamiento metódico hacia delante. Desde aquel día se lo pensó muy mucho cada vez que tenía que salir de noche.&lt;br /&gt;            Pero volvamos al día de la llegada. Después de saludarse efusivamente una y otra y otra vez, les fue servido por fin el té. Definitivamente, entraron en calor. Acto seguido, les sirvieron de comer. Durante la cena, escucharon con atención de boca de los Peyrolet todo lo concerniente a la adquisición y restauración de la vivienda. Se sentía tan orgullosa aquella pareja, al haberla comprado más con ilusión y esfuerzo que dinero.&lt;br /&gt;            Entre hormigón, muros maestros y corrimientos de tierras, sin apenas darse cuenta, Sebastián y Mateo fueron gradualmente retomando la siniestra conversación que dos meses atrás habían dejado suspendida en el aire de Mallorca. El escenario era objetivamente propicio para ello: las fantasías lúgubres brotaban hasta en los intersticios de las baldosas. Sin ir más lejos, una semana antes les había aparecido encajado entre dos vigas un cadáver momificado. Todavía no habían tenido tiempo de enterrarlo, y lo guardaban envuelto en una manta no muy lejos de donde estaban cenando.&lt;br /&gt;“No te asustes, Luisito –manifestó el anfitrión al verle con aquella cara-, que los muertos de campo no son como los de ciudad. Los de aquí arriba, en particular, son gente estupenda. Te lo aseguro; es muy raro que se metan con alguien. El monte, al igual que el mar, templa el ánimo tanto a los que son como a los que dejaron de ser. Por regla general, nos hace ser mejores personas, más... bondadosos”.&lt;br /&gt;            No supo el niño qué había querido expresar exactamente Peyrolet con lo de “...es muy raro que se metan con alguien”, aunque pudo esbozar fácilmente el trasfondo de la idea.&lt;br /&gt;            Al advertir el interés que suscitaba el tema en los invitados, la pareja pasó a hacerles un recuento exhaustivo de los cadáveres que se habían ido encontrando durante las distintas operaciones de desescombro. Por lo visto, se tropezaban con ellos tanto en paredes medianeras como en los suelos de la casa; en el sótano y en las huertas de los aledaños. En definitiva, que cementerio lo era todo en aquella hacienda, además del espacio específicamente proyectado en un principio para serlo. De entre todos los que salieron a colación, el ejemplo que más le intranquilizó a Luis fue uno que tenía que ver con una fosa repleta de niños. Los había de todas las edades, de recién nacidos a púberes, y habían aflorado al ir a despejar los bajos de la casa, lo que en otros tiempos fuera la escuela de la comarca.&lt;br /&gt;Peyrolet, erre que erre, no se bajaba del burro: “...pese a todo, en la rectoría hay muy buenas vibraciones”.&lt;br /&gt;            Con aquel panorama, acabaron desvaneciéndosele las pocas ganas de dormir que todavía le quedaban, y con ellas las expectativas de pasar un fin de semana placentero. Se obsesionó con la idea de descorrer la noche en un mágico abrir y cerrar de ojos. Poder espantar las tinieblas por medio de ese acto fantástico; huir definitivamente de la constatada persecución anímica que siempre trae consigo la oscuridad. Pero la magia no era su fuerte, y tuvo que confiar momentáneamente en que los mayores alargarían la cháchara hasta el alba. De improviso, su elucubrante planteamiento dio un giro de trescientos sesenta grados, y los reunidos en torno a la mesa se levantaron con la radical intención de acostarse. Como si de improviso se les hubieran agotado las pilas.&lt;br /&gt;            En un desproporcionado alarde de hospitalidad, los anfitriones les cedieron su cama en el piso superior. Alegaron que no les importaba en absoluto rememorar tiempos pasados, al calor de la estufa, acurrucándose de nuevo sobre una estera en el suelo de la cocina. Incluso iba a ser divertido.&lt;br /&gt;Antes de retirarse definitivamente al aposento, la familia Riotorte tuvo pasar un completo examen de todas las normas básicas que había que observar durante la vigilia. Para que no fueran a encontrarse luego con problemas. No es lo mismo habitar una casa con todas o casi todas las comodidades de la vida moderna, que hacerlo en la férrea disciplina del medievo. Les enseñaron de forma apresurada a manejar los diversos artilugios dispensadores de luz que, al mismo tiempo, estaban poniendo en sus manos. Les mostraron dónde estaba el retrete y cómo funcionaba. Y, enumerados los peligros más sobresalientes, como a dónde podían acercarse y a dónde no, les desearon por fin unas buenas y cálidas noches.&lt;br /&gt;En aquel instante daba comienzo el particular via crucis de Luis. No tenía por entonces -ni ha tenido nunca- mucha relación con ese tal Dios al que todo el mundo suplica lo indecible, pero sí es cierto que aquella noche le rogó de rodillas una sola cosa, que pusiera en marcha todo ese gran dispositivo milagroso, del que tanto había oído hablar a los abuelos, para que no le entraran las ganas de ir al baño. El Grande no le oyó o, ve tú a saber, no quiso oírle.&lt;br /&gt;Al despertarse por la mañana, no recordaba nada de lo que le comentaron sus padres. Que gran parte de la noche se la había pasado soñando en voz alta, y que se había movido en exceso y que gritaba y les daba patadas a los dos, como si buscara deshacerse de ellos. Indiscutibles señales de un ataque de orines. (Deambular en el sueño por entre situaciones aleatorias de agitación abstracta es la forma que tienen muchas personas, en especial los niños, de alargar en la cama las necesidades del cuerpo.) Se despertó sobresaltado de madrugada, por tanto, con unas ganas de orinar como nunca las había tenido anteriormente. La situación se le presentaba harto complicada: había que calzarse rápidamente, en la perentoriedad de aquella situación embarazosa, y abrigarse al mismo tiempo a conciencia, ya que cruzar el umbral de la habitación presuponía hallarse de repente en mitad del Polo Norte. No sabía cómo hacer para vestirse. Si soltaba las manos de donde las tenía agarradas, se pondría perdido y las cosas podrían ir a peor; mientras que si las mantenía en el estrangulamiento obstinado de sus convulsionadas partes, tampoco era solución viable. En un alarde de clarividencia nocturna, el padre se apercibió de la problemática filial y tomó la iniciativa. Le vistió como pudo y se abrigó también él a duras penas. Avivó la lánguida lámpara de petróleo que estaba en el suelo junto a la puerta, y salieron a trompicones.&lt;br /&gt;Al otro lado del recogido trópico interior, ventisca cortante y malos augurios, papá Sebastián caminaba semidormido, cabizbajo y arrastrando los pies, mientras que quien que se lo estaba haciendo encima no dejaba de vigilar los flancos y la trasera.&lt;br /&gt;            En el interminable itinerario hacia la liberación de su vejiga, pudo ver caras que le observaban. Decenas de rostros de facciones arriesgadas por confusas, que se movían de un sitio a otro. Vivas expresiones de tensión. Al acercarse a ellas, la luz del candil se empeñaba en exagerar sus perfiles grotescos sobre las paredes, imprimiendo a la caminata el carácter de alucinación. Luego se enteró de que lo que había tomado por apariciones espectrales, no eran sino esculturas antropomórficas hechas por el propio Mateo Peyrolet que, aparte de representante de productos químicos, también pertenecía al gremio de la creatividad indiscriminada, al igual que su padre. Para sorprenderles gratamente con los rendimientos de su arte, no se le había ocurrido otra idea que irlas colocando en lugares estratégicos de la casa, precisamente “para potenciar el carácter inquietante” de aquellas fisonomías difusas.&lt;br /&gt;Llegaron por fin al retrete. La flamante taza, único y aislado elemento que se empeñaba a duras penas en definir por si mismo la condición de la estancia, parecía un trono. Elevada sobre una pequeña plataforma de obra, alicatada con viejas baldosas de barro recuperadas, y situada al fondo de la nave repleta de escombros y materiales de derribo, se erigió por unos instantes en el bastión de su defensa frente al enemigo. Subido a la minúscula elevación de carácter sanitario, se sintió un poco más seguro que a suelo raso. A la derecha del sitial, sobre la misma plataforma, había tres pozales de plástico llenos de agua procedente del lavado de la vajilla, dispuestos en el suelo para ser utilizados después de cada sesión. Y a la izquierda, en el muro y sobre un estante de madera apolillada a punto de deshacerse, los rollos de papel higiénico quedaban ligeramente fuera de alcance para la mano de un niño.&lt;br /&gt;            Separó los faldones de la chaqueta acolchada, se bajó el pantalón del pijama y se dispuso a soltar lastre. Papá Sebastián seguía en babia. Con el primer chorrillo, volvió a advertir la presencia de aquel viento sobrehumano que le había recibido a la llegada, unas horas antes. Le sopló puntualmente, al igual que entonces, en la cara y en las manos, aunque ahora lo hacía también sobre las partes recién descubiertas. Constatación de que, en aquel lugar, sí sucedían cosas insólitas. No estaba loco, pues, parecía evidente que en un local cerrado como ese pudiera soplar el viento, a no ser que fuera provocado de forma intencionada. Mal rollo. Y aún así, logró mantener una cierta calma. Hasta que algo tiró de la punta de su pene hacia delante, y acabó desfondándose por completo. Le temblaron las piernas. Quiso llorar, pero no pudo; de repente se había quedado mudo. Y papá, con aquella mueca de idiota, montado en una nube.&lt;br /&gt;Toda vez que ese alguien le hubo abierto el grifo, el flujo amarillo comenzó a fluir de forma desordenada mojándole los muslos. Pero cesó de improviso el desbarajuste al cabo de unos segundos, comenzándose a formar una especie de incomprensibles bolsas de líquido en suspensión. Globos transparentes y brillantes, que, uno tras otro, fueron deshaciéndose como burbujas en el aire, yendo a parar la meada que contenían sobre las rodillas y sobre las ropas bajadas y los pies con zapatillas. Para completar la escena, la pinga empezó a meneársele sin ton ni son. Unas veces de izquierda a derecha, y otras estirándose hacia delante, para aplastársele seguidamente contra el pubis, en un movimiento de vaivén trastornado. De tal manera que no sabía qué le estaba sucediendo a su méntula. Acto seguido, el que no podía ser visto pasó a chuparle los dedos de las manos, que se le helaron al instante, completándose el recién iniciado ciclo de glaciación de todo el cuerpo. Inmovilizado, no era ya dueño de ninguno de sus actos. Transmitida de forma taxativa al cerebro la orden de vaciar el tanque, no pudo reaccionar en sentido contrario y acabó de desparramar el contenido de la vejiga. Salido del letargo momentáneamente, al percibir en el aire un cierto desvarío, papá Sebastián se limitó a preguntarle si había terminado de hacer sus necesidades, conduciéndole de vuelta a la habitación, en cuanto hubo obtenido la respuesta que esperaba oír.&lt;br /&gt;El misterioso y, al mismo tiempo, original efecto absorbente del que había sido objeto su miembro, le recordó otra sensación muy similar: la que vivió junto a sus primos cuando se bañaron desnudos en el gran estanque de Banyalbufar, dos veranos antes. Los peces les succionaban por todo el cuerpo, dándoles la risa por tal motivo, no sin haber pasado antes por instantes de desasosiego, hasta que descubrieron que eran unos bichos totalmente inofensivos. Aquel día, su prima Elisa recordó haber oído en algún sitio que algunos animales se comían la piel marchita de los hombres. Uno de esos tácitos acuerdos simbióticos entre especies distintas: maravillas de la madre naturaleza. En la alberca los peces les permitían bañarse y, a cambio, se cobraban el valor del ticket de entrada y baño en especie, para ellos tan nutritiva. Pero muy al contrario de lo que sucedió en el estanque, lo del retrete de la rectoría no había sido en absoluto agradable, ni simpático, ni mucho menos gracioso.&lt;br /&gt;Lo ves -le dijo su padre nada más hubieron llegado a la habitación-, este sitio es un remanso de tranquilidad; no tienes de qué preocuparte estando, como estás, tan bien acompañado. Puedes dormir tranquilo, que tu madre y yo velaremos para que todo continúe como hasta ahora.&lt;br /&gt;¡Y una mierda!, pensó para sus adentros mientras intentaba a duras penas convencerse de la bondad de aquellas palabras ingenuas. ¿Otra vez imaginaciones?: ni hablar. Obviamente, se pasó el resto de la madrugada en vela, consecuente de que la situación era muy otra.&lt;br /&gt;Entrado el día, le costó muchísimo salir del cuarto. La experiencia vivida, y la falta de sueño derivada de ella, no eran precisamente motivos de júbilo como para recibir a los rayos del sol con los brazos abiertos. A la vuelta del desayuno, sin embargo, le estaba esperando un auténtico paraíso natural, en donde podría dar rienda suelta a todas las fantasías que se había marcado como meta durante las semanas anteriores al viaje. Cruzó los dedos. Entretanto se decidía a salir de la cama, tuvo una intuición. Imaginó que, en cierto modo, los espíritus anclados en un lugar concreto debían de comportarse de forma muy similar a los animales domésticos que, con muy buen tino, procuran ignorar a quien les ignora positivamente, mientras que se ceban en aquellos que demuestran miedo en el cuerpo. El ejemplo más claro era el de su padre, que había pasado la noche más tranquila de su vida, mientras él se estaba debatiendo en mitad del delirio.&lt;br /&gt;Diatribas a un lado, se vistió y bajó a desayunar con los demás. Almorzaron copiosamente; se les sugirió que así debían hacerlo, pues no iban a volver a probar bocado hasta bien entrada la tarde. Panza llena, salieron a rastrear los aledaños. Mateo se había empeñado en mostrarles todo lo relacionado con la parte trasera de la casa y el paisaje más inmediato, antes de iniciar la excursión propiamente dicha.&lt;br /&gt;Al doblar la esquina del campanario, luego de haber flanqueado un diminuto, a la vez que sugestivo, bosquecillo de laureles, y de haber salvado con brío el terraplén que se forma en aquel recodo, con motivo de la acumulación de escombros procedentes de la obra, fueron a dar de bruces con el cementerio. Su primer alto en el recorrido de calentamiento; la etapa que Luis, aplicando de forma unilateral grandes dosis de inútil perseverancia psíquica, habría querido posponer indefinidamente. De todos modos, estaba cantado que si no era hoy, sería mañana que acabarían parando allí.&lt;br /&gt;Para su satisfacción, descubrió que el camposanto y la casa no estaban realmente unidos. Cuestión fundamental. Los comentarios de la noche anterior durante la cena, y la imposibilidad de una comprobación ocular a esa hora, le habían conducido a una tesis tan errónea como alarmante. Que no se tocaran físicamente, de repente imprimió a su trastocado ánimo renovadas expectativas. Entre uno y otra existía un camino actualmente en desuso, que, según los Peyrolet, debía de haber sido utilizado en otros tiempos como acceso hasta la originaria puerta principal del edificio.&lt;br /&gt;Convivir a todas horas con el cementerio y sus moradores, no suponía para los Peyrolet ninguna bendición especial del Cielo, como sí había supuesto en un principio Luis. Muy por el contrario, el hecho determinante de tener que compartir todo tipo de experiencias personales con extraños, no entraba deliberadamente dentro de sus planes generales. Y, si bien era cierto que hasta el momento no les había supuesto una preocupación crucial, pues tenían otras más acuciantes, como terminar la casa y sacar adelante el negocio de representación del que a duras penas subsistían, lo cierto era que se habían propuesto desde hacía muchos años quitarse de encima aquella espina clavada. Se lo hizo saber a papá Sebastián en un alto, después de que éste bromeara a propósito del tema. A partir de aquel instante, el niño dejó de mirar a esa gente como a excéntricos. Comprendió con soltura que cualquiera en su lugar habría tenido que actuar de la misma forma, con paciencia y buen humor, cuando lo primordial era sacar adelante aquella magnífica propiedad.&lt;br /&gt;Con esa finalidad habían iniciado hacía tiempo una serie de gestiones con la administración y el obispado de Gerona, de quien dependía el cementerio, encaminadas a conseguir su traslado a otro lugar. Incluso estaban dispuestos a ceder una parcela limítrofe de su propio terreno, con tal de que pudiera llevarse a cabo la operación. Pero el asunto se les estaba planteando harto complicado, por no decir que imposible. Burocracia y más burocracia: el subterfugio de las autoridades para enmascarar sus pocas ganas de remover tierra santa. Tierra sin beneficio porcentual, evidentemente. Tanto era así, que hasta la fecha no habían conseguido todavía sentar a las partes implicadas a la mesa de negociación. Les iban pasando con canciones, a ver si aquella gente de fuera se agotaba durante los prolegómenos.&lt;br /&gt;Como consecuencia del abandono, el complejo funerario ofrecía un panorama desolador. La mayoría de las tumbas habían sido profanadas por la acción del tiempo... y de las obras en la rectoría, que se estaban eternizando debido a la escasez de saldo para afrontarlas con dinamismo. Según recalcó Mateo durante el paseo, el último enterramiento –el de los hermanos Colubí, recordemos- se había producido unos cincuenta años atrás al otro lado de la tapia sur. A partir de ahí, nadie se había vuelto a ocupar del mantenimiento del recinto. Luis se dio cuenta rápidamente de que aquel no era un cementerio muy ortodoxo, que digamos. Descuido aparte, se veía a la legua que, desde un principio, no habían invertido en él ni dinero ni buenas maneras. Ni tan siquiera imaginación, que es lo último que debe dejar de aplicarse cuando falta lo esencial. Por comparación con los otros dos cementerios que conocía, el de Castellar se le antojaba especialmente primitivo. De cutre lo hubiera calificado, si le hubieran pedido su opinión al respecto. Sin duda conformado a través de los siglos por gente voluntariosa, llamaba poderosamente la atención por lo rudo de sus acabados. Los nombres de los difuntos, y las fechas de sus muertes, aparecían escritos de cualquier manera sobre el cemento o el yeso en su día frescos; torcidos en unos casos, y en otros -o en ambos casos a la vez- amputados en el límite de la superficie, fruto de una mala planificación a la hora de escribirlos. La mayoría habían sido trazados con palos, o incluso con los dedos. Sólo había una tumba que cumpliera los mínimos requisitos para ser considerada como aceptable, aunque tampoco en exceso. Poseía una lápida de mármol, la única lápida en todo el recinto, aunque grabada sin duda también por un inútil. La escritura, en ese caso particular, mostraba hasta cuatro parches, encajados sobre el material base con muy poca gracia después de sendas equivocaciones, prueba de que el cincelador desconocía aquel oficio santo.&lt;br /&gt;Los nichos estaban ordenados por números. Todos del mismo tamaño e igualmente mal grabados sobre placas ovaladas de piedra blanca, de unos cinco centímetros de alto por ocho o diez de ancho.&lt;br /&gt;Absorto, el padre de la criatura comenzó a palparlas con las yemas de los dedos, llegándose a olvidar por unos instantes de dónde estaba y de que no estaba solo. Era muy normal en él quedarse prendado de todo aquello en apariencia sin valor. Peyrolet alzó la voz jocosamente en tono solemne, para declarar que iba a hacerle entrega de un obsequio a papá Sebastián: “la número diez y la número ocho son para ti, mientras que la tres, la cuatro, la doce y la veintidós irán a parar a mi bolsillo, que para eso soy el jefe aquí”. Nunca antes había reparado en aquellas placas de mármol hasta ese día. El acto solidario del anfitrión consiguió devolver a Sebastián al tradicional mundo de los paseantes.&lt;br /&gt;Los números saltaban de la pared con mucha facilidad. Con tirar suavemente de ellos hacia fuera, se desprendían del cemento ajado. En el hueco resultante, aparecían unos bichos negros. Luis hizo referencia a que podían ser los mismos que se habían zampado a los muertos, aunque la acotación ilustrada de su padre le sacó rápidamente de dudas: “Estos animalitos son sanantonios -le dijo, al verle de nuevo con el rostro alterado-, que, al no encontrar oposición en los materiales de la pared, han ido conformando sus hogares ahí mismo, detrás de las placas”.&lt;br /&gt;A ser arrancado el número ocho el suelo tembló. Y con suelo se agitaron ellos, las tumbas y también el campanario de la pequeña iglesia adosada a la rectoría. Del susto, papá Sebastián dio un salto en retirada. A Luis se le pasó inmediatamente por la cabeza que no iban a salir indemnes de aquel fin de semana montañoso. ¿Qué podía esperarse de un paraje en donde sucedían las cosas más impredecibles, por muy poético y entrañable que pudiera parecerles a todos los demás?&lt;br /&gt;El amigo intentó tranquilizarles explicando que solían ser muy comunes los terremotos de baja intensidad en la comarca de Olot. Muy cierto: la Garrotxa es tierra de volcanes adormecidos a los que, de vez en cuando, les da por bostezar. Les señaló unas grietas en la fachada de la casa, a fin de corroborar su discurso. La grieta de la cocina, sin ir más lejos, aquella que dibujaba una línea profunda justo por encima del dintel de la ventana, se había producido a consecuencia de uno de esos temblores, hacía tan sólo unos meses.&lt;br /&gt;Haciendo caso omiso de los comentarios propicios, Luis se empeñó en relacionar la sacudida con la presencia de su difusa custodia, atribuyéndole en última instancia toda la responsabilidad de lo sucedido. Se angustió una vez más, al tiempo que otra convulsión terrena le ponía de nuevo en guardia. Si bien resultó físicamente algo más llevadera que la anterior, no lo fue tanto –para él- el hecho de que sus efectos se circunscribieran única y exclusivamente dentro de las estrictas coordenadas del nicho número ocho. Ni un paso más, ni un paso menos.&lt;br /&gt;Como se había establecido por costumbre desde que llegaron, sus acompañantes parecieron no darse cuenta de aquel detalle crucial. Fijaron la vista, eso sí, unas décimas de segundo sobre la tumba que tenían enfrente de sus narices, y continuaron hablando como si nada. Sólo él continuaba siendo plenamente consciente de lo delicado de la situación, porque allí sí estaba pasando algo. “Hubiera sido mucho mejor no haber venido…”, se flagelaba sin cesar.&lt;br /&gt;En el desconcierto general de su locura momentánea, aquél, al que bautizó de forma instantánea como El número ocho, fue a colársele por la base de los pantalones. Le subió por la pernera derecha y fue a instalársele en el interior de los calzoncillos. Al calor de la más sagrada intimidad, le estuvo mordisqueando las partes blandas; le daba tironcitos de la punta del capullo, y del vello ligero del escroto, al igual que lo había hecho ya la noche anterior en el sótano. Quiso imaginar que se trataba del espíritu de un niño con ganas de jugar; uno de aquellos niños a los que se había aludido en sombría conversación noctámbula, pero confirmar aquel detalle no le fue posible en ningún momento.&lt;br /&gt;Menea que te menea bajo la ropa, se tapó la bragueta con las manos en un acto reflejo sin precedentes, mezcla a partes iguales de pavor y decoro. Por nada del mundo hubiera dejado que los dos hombres fueran testigos de lo que estaba aconteciendo al otro lado de su cremallera. ¿Cómo explicarles...?&lt;br /&gt;Entre las tumbas del suelo había todo tipo de materiales de derribo en las peores condiciones: tejas rotas, vigas podridas, planchas oxidadas, ferralla, muebles para hacer leña… Intentó distraerse con todo aquello, contando y descontando piezas, y también con el canto de los pájaros.&lt;br /&gt;Mientras tanto, una especie de escozor salpicado de temblorcillos no dejaba de incordiarle allá en esas partes. Se rascaba a duras penas, para no destapar sospechas. Pero al verle en postura inquieta y perseverante, su padre le preguntaba cada vez que qué le sucedía. Le contestaba Luis que nada, que todo iba bien, y que tenía las manos sobre la bragueta como las podía tener en cualquier otra parte del cuerpo. Papá Sebastián arqueaba las cejas dibujando un gesto de extrañeza, y continuaban el recorrido que Peyrolet les iba trazando sobre la marcha.&lt;br /&gt;Caminó de aquella suerte por espacio de unos diez minutos, hasta que el bicho debió de cansarse y le dejó por fin tranquilo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Invitados por un vecino de nacionalidad belga, fueron a la mañana siguiente a montar a caballo por las montañas de alrededor, y hasta allí le siguió El número ocho. No bien estaba a punto de subirse al animal, cuando notó por segunda vez la manifestación de aquella protuberancia dentro de los pantalones. Doblemente mortificador, su recorrido en plena naturaleza resultó un martirio. Desconcertado tanto por la torpeza como por brusquedad de los movimientos del chaval, el belga tuvo que bajarse varias veces del caballo para comprobar si tenía la silla mal colocada, o si algún desperfecto en ella pudiera estar ocasionándole aquellas molestias en las ingles. Lógicamente, no hallaba nada extraño en los accesorios de cuero. Se sonreían mutuamente cada vez, y el caballista regresaba a su montura con la extraña sensación de que dejaba algo por resolver.&lt;br /&gt;“Quizá sea debido a que es la primera vez que se monta en un caballo”, se apresuraron a comentarle los padres al anfitrión de la montada, un tanto avergonzados por los incesantes desvelos de aquel señor.&lt;br /&gt;Cuando iban en el coche de los Peyrolet -lo tomaron en varias ocasiones, para hacer las rutas más largas-, sucedía tres cuartos de lo mismo. Tampoco le dejaba en paz aquella rémora. A partir de la segunda noche, se atrevió incluso a introducirse en la cama que Luis compartía con sus padres. Ellos no entendían qué le estaba sucediendo al hijo, pues los movimientos derivados de aquella unión de hecho no eran ni mucho menos similares a los de una vejiga constreñida que está pidiendo libertad de acción. Le atosigaban a preguntas, pues, mientras él no paraba de moverme como un hechizado. Preguntas a las que se veía obligado a replicar con peteneras y subterfugios. Cansados de tener que soportar aquel comportamiento abstruso por su parte, la tercera vigilia le obligaron a desnudarme a la luz del candil. ¡Estoy segura de que tiene lombrices!, argumentó su madre, creyendo haber dado con el problema. Sin embargo, sus males no eran de aquel mundo.&lt;br /&gt;Paso a paso y a fuerza de embates, fue perdiéndole el miedo a la compañía. Se acostumbró a sus maneras chocantes, como el que se acostumbra a dormir en suelo pedregoso, o sobre un lecho de espinas, y acaba por dejar de sentir las incomodidades derivadas de una situación poco común.&lt;br /&gt;Así, entre el uno y el otro, Luisito por desgaste, y aquél por sentirse cada vez más soberano en su medio, fueron perfeccionando el mecanismo de la extraña relación que los había unido en fin de semana.&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4914216862019392922-3003432858865838987?l=sociastextoslit.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/3003432858865838987'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/3003432858865838987'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://sociastextoslit.blogspot.com/2008/02/el-nmero-8.html' title='··  El número 8'/><author><name>antoni socías</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09812434928382312510</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_MHMS51jloX0/R55ar0ZvlLI/AAAAAAAAArU/RIOaIfek94M/S220/Alomar+O+agua.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4914216862019392922.post-3517119418442215133</id><published>2008-02-03T12:49:00.000-08:00</published><updated>2008-02-03T12:50:42.963-08:00</updated><title type='text'>··  Criaturas</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Acabo de despertar de un mal sueño y me encuentro en otro peor. Hace un sol de justicia. Recuerdo vagamente que algo interrumpió mi carrera, durante la noche, cuando regresaba a casa. Tengo la sensación de encontrarme tendido de mala manera, y eso no me gusta. Me siento húmedo, y al mismo tiempo seco como un desierto. Y vacío, muy vacío. Necesito beber.&lt;br /&gt;Una extraña corazonada me dice que éste no es mi cuerpo de toda la vida. No sabría definir con exactitud qué me está pasando. Tengo la mente algo confusa. Y mi voluntad tampoco es, ni por asomo, la que corresponde. Quiero moverme y no puedo. Me conformaría con poder girar solamente el cuello hacia un lado, tan siquiera un ápice, para saber donde me encuentro y qué está siendo de mí. Mi distancia focal es muy limitada, no alcanzará más allá del metro y medio; y mi ángulo de cobertura tampoco es bueno: Tengo la impresión de que solamente puedo ver con el ojo derecho.&lt;br /&gt;Mi situación debe ser mucho más grave de lo que alcanzo a imaginar. Una enorme franja blanca viene a metérseme por debajo del cuerpo; y encima de ella, justo delante de la cara, casi rozándomela, una especie de pequeño globo, con algo que bien podrían ser ramificaciones, se interpone en mitad de mi campo visual. ¡Hay que joderse! Detrás de esta bola, llego a vislumbrar un conjunto de hierbas secas, y detrás de ellas, al fondo, casi con toda certeza, aunque entre nebulosas, una carretera que limita a un lado por una pared de piedras. Ese es todo mi mundo por ahora.&lt;br /&gt;Apenas si puedo notar la respiración. Y lo único que me alivia un poco de tanta tensión es esa ligera brisa en las entrañas. No acierto a comprender si será para bien o para mal; ni quiero saberlo. En todo caso, una brisa tonificante es siempre algo de agradecer.&lt;br /&gt;            La mañana se ha levantado espléndida, todo hay que decirlo, y aunque no he podido dormir, por todos estos problemas que se ciernen sobre mí, la noche ha transcurrido tranquila. He oído mucho ruido, y he visto muchas luces, también. Varias veces he podido notar unas fuertes sacudidas en las patas traseras y en el rabo, pero no me voy a quejar, no estoy con fuerzas. Lo importante ahora es que ha amanecido. Definitivamente, la noche no es lo mío, nunca lo fue.&lt;br /&gt;            ¡Ay!, ¿qué ha sido este golpe? Me ahogo. La cabeza me da vueltas. Algo en la garganta me impide tragar. Nada vuelve a ser como parecía que era. Mi confusión ahora es total. Este último topetazo me ha puesto patas arriba, o al menos esa es mi impresión: El cielo y la tierra se han puesto al revés, y recuerdo que sólo se ponen así cuando en casa me acarician la vientre. ¡Y mi cola!, ¿qué pasa con mi cola, dónde está? Mi amada cola; no percibo su dulce y confortable balanceo. ¡Qué alguien me ayude!&lt;br /&gt;Algo se acerca desde el horizonte. Se mueve rápido. Viene hacia mí. Mi cuerpo continúa sin apenas reaccionar, aunque me noto más lúcido que hace un rato. La humedad que ayer me envolvía ha desaparecido. Acabo de descubrir que lo de la brisa interior no eran alucinaciones mías, es que tengo el vientre fuera de lugar, diría que abierto a lo que venga. Tengo el corazón en la boca, y las costillas destruidas. Esa cosa que venía a lo lejos acaba de perfilárseme en la única retina que me queda. Es un coche de los grandes y continúa en esta dirección, como me suponía. Me pasará por encima sin remedio y nada puedo hacer para impedirlo.&lt;br /&gt;            Acaba de pisarme.  “El mal de las prisas”, que decía mi padre. “Nadie se para por nadie”. Mi cráneo ha dado una vuelta completa, y ahora reposa -es un decir- sobre mi lomo totalmente allanado. El paisaje, al que me había ya acostumbrado, ha vuelto a cambiar de perspectiva. Qué mareo, con tanto trajín. Huele mal. Fatal. El zumbido de las moscas, que se ceban sobre mí, se me hace insoportable por momentos, y yo, con el rabo extraviado, sin poder ahuyentarlas. Para mi desdicha, otra plaga, paralela a la de las moscas, se ha sumado a la fiesta de mis heridas. No hay dos sin tres. Son muchos y forman una microalgarabía desquiciante, que peregrina sin rumbo a lo largo y ancho de toda mi geografía corporal. Me entran por los oídos y me salen por la boca. Vuelven a entrar por la nariz y al poco tiempo me los noto en el ano. Se me hace insoportable este cosquilleo que no cesa. No me había dado cuenta de que está oscureciendo y, al contrario que ayer, y en tiempo pasado, hoy no me importa. Lo que son las cosas. Pienso que la noche y su silencio me ayudarán a hacer más llevadero este inesperado calvario.&lt;br /&gt;            De nuevo se ha hecho la luz y amanezco más confundido que ayer. No sé cuantas horas, cuantos días, cuantas semanas llevo aquí. Ya he perdido la cuenta. Hoy me noto más seco que un rastrojo. Sólo unas pequeñas protuberancias, y mi cabeza prominente, que se resiste con orgullo a olvidar su forma primera, dan cuenta de lo que fui. Los vehículos siguen pisándome, uno tras otro, y este cuerpo que fue mío, lejos ya de sufrir por ello, cree estar acostumbrándose a su nuevo estado de sometimiento permanente. Son tantos los que abusan de mí... De puro aburrimiento, he dejado de apreciar los impactos. Los asumo como parte de este juego sin razón en el que acaban de meterme, y continúo a la espera de no sé qué. Siempre había oído decir que uno se acostumbra a todo, y es muy cierto.&lt;br /&gt;Un coche ha estacionado cerca. Se acerca un hombre. Se para junto a mí. Da una vuelta a mi alrededor y me observa atentamente desde ángulos diferentes. Se agacha. Se levanta. Repite posturas y movimientos. Se tumba en el suelo, apoyada la cara en él y me mira fijamente en esa postura. Saca algo de su bolsa y me lo acerca. Esa cosa brilla como el cristal, y puedo verme reflejado en ella. Apenas sí puedo reconocerme. Mi aspecto es, en verdad, deplorable. Mucho más de lo que había imaginado en el transcurso de esta pesadilla, que todavía continúa. Ahora habla, consigo mismo; murmura; está en lo suyo. No acierto a entender ni lo que dice, ni lo que hace. Continúa apuntándome con el artefacto, que emite una especie de pitidos, cada vez más intensos, cada vez que lo aprieta con los dedos. Ahora se pone en pie, me mira desde arriba, como cuando llegó, y se da la vuelta. Se aleja sobre sus pasos. Desaparece.&lt;br /&gt;He vuelto a quedarme solo en este lugar tan concurrido como inóspito. Absorbido por la tierra y el asfalto. Necesito agua, mucha agua, más agua que nunca en la vida. No me extrañaría que estuviera muerto, pero, ¿como voy a saberlo, si nunca antes lo he estado? Además, he oído decir en más de una ocasión que la muerte es como una liberación. Y lo que a mí me está sucediendo no es exactamente eso. Más bien todo lo contrario, un verdadero tormento.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4914216862019392922-3517119418442215133?l=sociastextoslit.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/3517119418442215133'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/3517119418442215133'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://sociastextoslit.blogspot.com/2008/02/criaturas.html' title='··  Criaturas'/><author><name>antoni socías</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09812434928382312510</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_MHMS51jloX0/R55ar0ZvlLI/AAAAAAAAArU/RIOaIfek94M/S220/Alomar+O+agua.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4914216862019392922.post-8889112981819457093</id><published>2008-02-03T12:48:00.001-08:00</published><updated>2008-02-03T12:48:57.734-08:00</updated><title type='text'>··  Cementerios</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Llegué bordeando la orilla. Es la forma más rápida y cómoda de acercarse al lugar, según dicen los nativos. No fue tarea fácil, sin embargo, dar con el camposanto. La propia orografía del terreno, junto a las trabas impuestas por la insensata forma de urbanizar aquellas tierras de la ribera norte, me obligaron a dar vueltas y más vueltas, hasta acabar con mi paciencia. El mar no acompañaba en aquel momento, las olas azotaban con fuerza los matorrales; me empapé hasta la cintura.&lt;br /&gt;Al fondo, casi al final del recorrido, una playa discreta mareada por la acción del hombre durante siglos de perrerías. Una ensenada diminuta, salpicada de piedras encaladas, de la que emergía un modesto embarcadero en ruinas. Me sorprendió que pudiera haber gente que cambiara el color a las rocas: piedras blancas sobre la oscura composición de arena, rastrojos y tierra casi negra. Al norte, a un lado del claro, un muro cegador encalado a conciencia, y una anciana puerta de madera deshilachada, se apresuraron a darme la bienvenida. La puerta estaba cerrada, y un humilde cabo, de un verde consumido, la mantenía sujeta al quicio, para que el viento y las olas, que durante el invierno arremeten con fuerza, no la maltratasen más de la cuenta.&lt;br /&gt;Miré a través de los barrotes, antes de decidirme a desatar la cuerda y cruzar el umbral. La emoción -me lo habían advertido otros que, como yo, pasaron antes por esto- fue muy intensa. Entré decididamente. Los signos me iban conduciendo, y mis pies no hacían otra cosa que dejarse guiar como por una extraña fuerza. De este modo, sin apenas darme cuenta, comencé una inevitable y concienzuda exploración.&lt;br /&gt;            Un antiguo cementerio de marinos en desuso, aunque no abandonado. Expuesto al sol y al viento del norte, siempre implacable. Cerrado al mundo por los cuatro costados, excepto por esa puerta. Extremadamente limpio y bien conservado. Abierto al cielo y separado de la tierra que lo circunda.&lt;br /&gt;Las proporciones del complejo no debían sobrepasar la mitad de un campo de fútbol. Y los muros que lo preservaban del árido campo circundante, allí donde las lagartijas y los mustélidos apenas sobreviven al embate de tanta naturaleza curtida, contribuían de forma drástica a determinar el verdadero sentido de aquel rectángulo sobrenatural. Sin esos muros aquel paraje no sería lo mismo. Ambiente denso, recogido, monacal. Poesía tórrida; metafísica pura. Cuentan de él, que una vez al año llega de otras tierras gente navegada, para limpiarle la cara y las manos, y para reparar los desperfectos que el invierno haya podido causar. Se trata de soldados también, marineros puntuales que, por razones de historia y honor, rinden tributo periódico a sus compatriotas del pasado. Un lugar cargado de historia, y de emociones apenas despuntadas.&lt;br /&gt;            Pude contar hasta treinta y cinco construcciones mortuorias, todas de formas y de tamaños desiguales, que encerraban otras tantas historias de luz y sequedad cautivas. Rangos y rasgos diferentes para cada una de ellas. Calor. Piedras. Garrapatas. Hierba seca. Tierra y más tierra desnuda. Un cactus. Los restos de algún animal irreconocible. Óxido camuflado por los brochazos negros del maquillaje primaveral. Silencio. Cualquier brote verde sobre la suelo calcinado no hubiera tenido razón de ser.&lt;br /&gt;            Al otro lado de las tapias se oían voces lejanas. Y el canto de las cigarras. En el interior, la más absoluta soledad. Y mi cámara, entre lo uno y lo otro, resucitó del letargo y recobró de nuevo el  aliento sobre mi pecho. Comenzó a tirar de mí hacia un lado y hacia otro, buscando su propia dirección. Me paré un instante, para comprobar que todo en ella estuviera a punto, y continué caminando por los senderos trazados de piedras encaladas. Me iba sentando sobre los túmulos, y respiraba sentimientos nuevos en cada estación. Aire puro. Sensaciones. Vida en la muerte. Tremendo ejercicio en el paraíso de la simplicidad y la nada. Infinita capacidad para recrear imágenes y fabricar ideas. Cientos de fotografías nacieron allí, de aquella confluencia de fuerzas. Muchas de ellas, repeticiones exactas unas de otras. Reiterar, re-hacer, volver atrás, por el intenso placer de volver a sentir lo sentido hace un instante. No volví hasta el año siguiente.&lt;br /&gt;            Hoy, transcurrido todo este tiempo, vuelvo al cementerio de nuevo. En esta ocasión no vengo solo, he traído conmigo a alguien a quien tengo en gran estima, y con el que comparto la demencia de algunos procesos creativos difíciles de confesar. Magma mental en estado incandescente. Su presencia en el recinto ha acelerado por supuesto mi natural predisposición a la creatividad. De modo que, nada más entrar, y sin dejar de pensar en lo mío, me separo de él y le voy marcando las pautas desde lejos. Le considero un extranjero todavía y, como tal, siento que debo guiarle. Para facilitarle la tarea, para que no cometa los mismos errores que yo cometí la primera vez que estuve aquí. Y para que no pierda tiempo en cuestiones superfluas, de las que yo puedo ponerle al día en casa, cuando pasemos revista a la experiencia vivida. No es mi voluntad condicionarle, él sabe de sobras lo que tiene que hacer, no se trata de eso, lo que deseo es que amplíe al máximo el espectro de lo que tiene enfrente.&lt;br /&gt;Me agacho y tomo las primeras imágenes. Los encuadres son cortos y muy centrados. Descubro, ahora, las placas de bronce, a las que no presté demasiada atención el año pasado, interesado como estaba con el sentido global de aquella maravilla. No estaba para los detalles en aquella ocasión. Las chapas metálicas a las que me refiero hablan de nombres y de graduaciones. De hombres, sobre todo, aunque también hay una mujer. Mi preocupación por olvidarme de alguno de ellos, durante el recuento fotográfico -no llevo nada para escribir-, me obliga a sudar de forma inaudita, con tanta excitación. Y voy repasando, mentalmente, palmo a palmo, las tumbas que ya he visitado y las que no. Alzo la vista constantemente, y la vuelvo a bajar para continuar con el rastreo. Y, como si se tratara de un scanner, arrastro mi cuerpo de aquí para allá, y en cada una de esas operaciones de peinado acumulo más y más datos, además de nuevas sensaciones enriquecedoras. Me duelen los codos. Me sangran. No importa.&lt;br /&gt;A mi espalda, una extraña sensación de fondo, un murmurio mecánico, paraliza por un momento mi actividad. Y también la de él. La gigantesca proa de un enorme transatlántico irrumpe por encima de la tapia que da al mar. Mi invitado se apercibe enseguida de la magnitud de la escena, pese a que estaba concentrado en un rincón, seguramente haciendo algo más importante. Mi amigo hace girar el mecanismo de su cuerpo ciento ochenta grados sobre su eje, de forma casi automática, y se dirige en aquella dirección, más agitado que de costumbre. Cojeando, como siempre. Él no lo sabe, porque acaba de llegar a la isla hace tan sólo una hora –le he traído directamente desde el aeropuerto-, pero el espectáculo no es tan extraordinario como en un principio parece; se repite todos los días y acaba por cansar. Puro efectismo, derivado del gran tamaño de la bestia acuática, y poco más. Consecuencias modernas. Vivo al otro lado del puerto, como he dicho antes, y dedico muchas horas a contemplar estas moles de acero en movimiento, que pasan, una tras otra, por delante de la ventana de mi habitación. Le grito a mi amigo, le advierto de que ya tendremos tiempo para los barcos, pero él permanece absorto contemplando como el coloso se jacta de la historia. No quiere oírme. Le insisto, no obstante, en que no le he traído aquí para esto. Digo en voz alta: El verdadero espectáculo, amigo mío, no está ahí fuera, sino aquí dentro, donde pisas la tierra. Continúa ignorándome, deslumbrado por la majestuosidad de la ciencia naval. Le olvido, resignado; y sin embargo debo admitir que la composición es más bella de lo que me atrevería a aceptar en público. Uno tiene su forma de ser.&lt;br /&gt;El barco avanza. Se despide de nosotros haciendo sonar la sirena. Desaparece. Dejando que me sumerja de nuevo en la poética castrense: Thomas Smothers / Us Navy / Uss Java / 1829. David Horton / Sea Us Navy / Uss North Carolina / 1825. John Graft / Us Navy / Uss Delaware / 1829. William Brown / Sea man / Aged 29 years. John Landsley / Sea Us Navy. Samuel Morton / Capt. of Forecastle Us Navy / Uss Delaware / 1843. Henry Butler / Sea Us Navy / Uss Cumberland / 1845. Unknown / United States / Sailor. William Mulloy / Sea Us Navy / Uss Delaware / 1829. Unknown / United States / Sailor. Unknown / United States / Sailor. Mary Griffith Hunter / Wife of Us Navy Sailor / 1870. Placa sin inscripción. Jesse / Surname Unknown / Qm Us Navy / Uss Constitution / Apr 14 1818. Unknown / United States / sailor.  Henry Jones / Qm Us Navy / Uss North Carolina / 1826. John Smith Patterson / Act Master Us Navy / Uss Frigate Congress / 1842. Unknown / United States / Sailor. Joseph Cooper / January 18th 1870 / Aged 20 years.  A Ed W. Ar(  ) Gayner. Placa sin inscripción. Benjamin Zell / Sea Us Navy / Uss Delaware / 1843. Adam Gillis / Sea Us Navy / Uss Delaware. Jacob Shane / Sea Us Navy / Uss Delaware / 1845. John brown / Sea Us Navy / Uss Java / 1832. Silas Howard / Sea Us Navy / Uss Delaware / 1828.  James M Lee / Appicl Us Navy / Uss Delaware / 1843. Lester Johnson / Sea Us Navy. Edward Elton/ Sea Us Navy. Ben Andeken Des / Capitän=Lieutenant / Karl Von Bunsen / Gestorben Am 28 März 1890 / Am Bord S.M.S. Kaiser -el único de todos ellos que descansa en una parcela cerrada, decorada con hierro forjado por los cuatro lados-. Robert Alberger / Sea Us Navy / Uss Delaware / 1845. Placa sin inscripción. Placa sin inscripción. (   )org Bel(  ) M(    ) / (       ) To Seal. Unknown / United States / sailor.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4914216862019392922-8889112981819457093?l=sociastextoslit.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/8889112981819457093'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/8889112981819457093'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://sociastextoslit.blogspot.com/2008/02/cementerios.html' title='··  Cementerios'/><author><name>antoni socías</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09812434928382312510</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_MHMS51jloX0/R55ar0ZvlLI/AAAAAAAAArU/RIOaIfek94M/S220/Alomar+O+agua.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4914216862019392922.post-4092152407255008475</id><published>2008-02-03T12:46:00.002-08:00</published><updated>2008-02-03T12:48:08.154-08:00</updated><title type='text'>··  Camino de subida, camino de perfección</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Pelar ajos es una de las pocas tareas culinarias que se me da francamente mal. De hecho, no me gusta. Muy de tarde en tarde consigo sacarles la piel de forma correcta. Esa especie de pringue aceitoso que rezuman se me queda en las manos y, en consecuencia, se me pegan en los dedos las infinitas cutículas que componen su embrollada cobertura, impidiéndome llevar a cabo con soltura la tarea que viene a continuación. No consigo controlar lo que tiene que quedarse de ellos, para guisar, y lo que debe ir al estercolero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sonó el teléfono cuando más engrescado estaba con los ajos. El caldo comenzaba en aquel mismo instante a salirse de la olla, y yo a medio camino entre apagar el gas y contestar a la llamada. El grifo abierto, por otro lado. Y, para completar ese pequeño caos apenas despuntado, el perro me ladraba iracundo para que le abriera la puerta que da al jardín. No era de extrañar, pues, que, una vez descolgado el auricular, con tanto embrollo no le hiciera demasiado caso a quién estaba requiriéndome de forma tajante a través del auricular. Pretendía que dejara todo en banda y me fuera con él. Me vi obligado a cortar sus expectativas:&lt;br /&gt;- Sí, Pablo, sí, ha muerto Abd, pero la cruda realidad de mi vida, en este momento, es que no puedo moverme de casa.&lt;br /&gt;- ¿Cómo que no puedes...?&lt;br /&gt;- Pues eso, que no puedo. ¿No me has entendido bien?: “no puedo” significa exactamente que no puedo.&lt;br /&gt;No obstante, insistió:&lt;br /&gt;- Oye: si es por conducir, no te apures... paso a buscarte en menos de quince minutos y vamos en mi coche. ¡Anda!, apaña como puedas lo que tienes entre manos, y nos vamos los tres.&lt;br /&gt;- ¡Qué tres!&lt;br /&gt;- Se me olvidaba: también vendrá Tristán.&lt;br /&gt;Sin duda, lo de que viniera mi cuñado debió de añadirlo para terminar de convencerme; aunque a ese le basta con poco para unirse a cualquier jarana.&lt;br /&gt;- ¡No me presiones, por favor! No puedo irme antes de que llegue María; hoy es uno de esos días familiarmente complicados, un día difícil para quedar.&lt;br /&gt;- Exactamente... ¿dónde está el problema?&lt;br /&gt;         - El problema son varios a la vez y ninguno al mismo tiempo. Un conjunto de temas sin aparente importancia, es cierto, pero que me complican la existencia para poder salir ahora mismo: te repito. Resulta que no está del todo claro que ella aparezca a su hora habitual y, aparte de eso, me pillas haciendo la comida y... Un lío, en definitiva. Y hay más, el niño sale a las cuatro del colegio y no tengo a nadie que pueda recogerle.&lt;br /&gt;         La conversación se interrumpió en ese punto. Colgamos al unísono sin despedirnos.&lt;br /&gt;Bajando el auricular hacia la base del teléfono, súbitamente me di cuenta de que algo acababa de hacer mal. Follón doméstico, por un lado, y niño esperando en la escuela, por otro, aterricé de repente en el mundo de los afligidos. En un caso de tanta trascendencia, está claro que uno debería dejarlo todo y acudir donde la fatalidad acaba de poner un cirio, me dije. Imaginé por un instante la cara de mi amigo, después de haberle dado largas; lo que debía haber pensado de mí al negarme a ir con ellos. Y me entró un no sé qué en el estómago.&lt;br /&gt;         Con el remordimiento instalado en mí, terminé de escurrir las judías en el colador de aluminio. Corté seguidamente los tomates, la cebolla y las aceitunas negras en pedacitos, como a mí me gusta, mientras continuaba mentalmente al otro lado de la línea telefónica remendando aquella repentina frustración. Comenzaron a caerme las lágrimas sobre el platito de la cebolla. ¡Mierda, como es posible que Abdullah...!&lt;br /&gt;Atando cabos, remontándome a una conversación que había tenido dos semanas atrás con Tristán, recordé sus palabras confundidas entre otras muchas palabras de otras conversaciones entrecruzadas: “Abd salió antes de ayer de la clínica”. Yo estaba contestando en aquel preciso instante a una pregunta de mi hermana Francisca, y dejé en suspenso lo de la enfermedad de nuestro amigo; enfermedad de la que no estaba al corriente. Como el flujo de aquella conversación múltiple derivara de inmediato por otros derroteros, se me fue la mente hacia otra latitud, y me olvidé por completo de preguntarle a Tristán por Abdullah; por qué había estado ingresado en el hospital.  &lt;br /&gt;Sonó el teléfono de nuevo cuando estaba aliñando la mezcla. Pensé que volvía a ser Pablo, que me llamaba por segunda vez con la intención de darme una segunda oportunidad. Pero no, en aquella ocasión fue Elena, una antigua compañera sentimental de Abd, con la que yo había trabado amistad compartiendo interminables horas de trabajo en un proyecto común, por espacio de más de tres años.&lt;br /&gt;Al igual que yo, lloraba desconsolada; y hablaba a trompicones:&lt;br /&gt;- Tooonni, ¿te has enterado del...del desastre?&lt;br /&gt;Dejé fluir la saliva hacia el esófago, y tomé el aire necesario para contestar conservando un mínimo de dignidad.&lt;br /&gt;- Me acabo de enterar por Pablo.&lt;br /&gt;- ¿Pablo?&lt;br /&gt;- Sí, mi amigo, el de la productora de cine.&lt;br /&gt;- Mi... mira, Toni, yo m... me encuentro ahora en... una... –paró un instante para acompasar la respiración, y continuó- ...gasolinera; voy de camino a Termè. Imagino que subirás.&lt;br /&gt;- Por supuesto que sí; en cuanto llegue María: lo mismo le he dicho a Pablo, aunque... Me jode no poder partir ahora mismo, pero no me queda más alternativa que esperar.&lt;br /&gt;Contra todo pronóstico, antes de que pudiera extenderme en explicaciones, a través de la ventana vi asomar el coche de María por el portalón del garaje. No llegó a entrarlo. Apresurada, recogió sus bártulos del asiento trasero, bajó del vehículo y vino hacia la cocina por el caminito del jardín.&lt;br /&gt;- ¿Ha pasado algo? –me preguntó nada más abrir la puerta, al verme compungido, sin darse cuenta de que estaba manteniendo otra conversación a través del teléfono inalámbrico.&lt;br /&gt;- Ahora te explico...&lt;br /&gt;- ¿Qué dices? – preguntó a su vez Elena creyendo que me estaba dirigiendo a ella.&lt;br /&gt;- Perdona, Elena, estoy hablando al mismo tiempo con María, que acaba de llegar -¡milagro!- e este mismo instante.&lt;br /&gt;-  Entonces... ¿vas a salir ya?&lt;br /&gt;- Sí: lo que tarde en abrigarme y sacar el coche a la calle.&lt;br /&gt;- Mira, pues, te esperaré en...&lt;br /&gt;No acabó la frase, el llanto se lo impidió. La conversación quedó suspendida en aquel fragmento.&lt;br /&gt;Le esbocé muy brevemente a María lo sucedido, y me puse en marcha sin apenas darle tiempo a reaccionar. Ella me siguió hasta el garaje. “Te quiero”, susurró a mi espalda, para levantarme el ánimo, mientras yo me montaba en el vehículo.&lt;br /&gt;- ¡Acuérdate de que hoy es el día en que el niño sale a las cuatro! –le grité ya en la calle.&lt;br /&gt;- Lo sé, lo sé... ¡Ve con mucho cuidado; con esta lluvia apenas se distingue nada!&lt;br /&gt;Cuando enfilé la carretera general, después del desvío del tren, eran aproximadamente las tres y cuarto. Escruté apresuradamente los discos compactos que traía conmigo, y me decidí por uno de ragas de Ravi Shankar y Ali Akbar Khan. Pensé que era lo único que podía servirme de preludio para un velatorio; para el velatorio de Abdullah Ripstein, “Abd” para los amigos, un apasionado entusiasta de los ritmos étnicos en toda su amplitud geográfica y conceptual.&lt;br /&gt;Quizás Shankar y su compañero Khan estuvieran tratando de exuberantes alegrías en aquella música eflúvica, pero a mí, en mi total desconocimiento de la cultura que dictaba sus notas, lo cierto es que me hundía cada vez más en la miseria de este mundo traidor, que no perdona a nadie. Tratara de lo que tratase la música en cuestión, aquellos temas me ayudarían muy probablemente a reubicar la figura del difunto en el mundo de lo etéreo, y a recomponer también nuestras dispersas relaciones esporádicas. Los demás discos del repertorio disponible no contenían sino efímeras concesiones tecnoculturales para otro tipo de situación anímica; ritmos cotidianos de evolución repetitiva, en algunos casos hiriente. Lo opuesto para un ambiente de melancolía.&lt;br /&gt;Jamás se me habían hecho tan largos aquellos treinta y tantos kilómetros de –ahora- triste y sollozado asfalto. Ante el inminente encuentro con el cuerpo inerte de mi amigo, al volante tuve tiempo de dar un concienzudo y panorámico repaso a algunos de los velatorios a los que había asistido hasta la fecha, en especial durante mi infancia. Dicen que Muerte llama siempre a Muerte. Y es cierto. La liturgia que se da en este tipo de encuentros, y en sus aledaños, suele ser un poco la misma en todos lados, aunque no las circunstancias adscritas a cada óbito en particular. Encadenas un recuerdo con otro y acabas hecho polvo de polvo.&lt;br /&gt;Entre lágrima y lágrima y evocaciones funestas, sin darme cuenta comencé a poner en práctica de forma intuitiva una particular teoría de la deriva, que fui elaborando en exclusiva durante y para el itinerario. (Me doy cuenta de ello ahora, cuando han pasado algunos meses, y recapacito en calma sobre lo sucedido aquella tarde.) Deriva: efectos de naturaleza puramente psicológica conducidos por efectos de naturaleza psicogeográfica. O lo que viene a ser lo mismo, desplazamiento aleatorio en el tiempo y sus avatares, condicionado por el desplazamiento físico concreto que suponía mi viaje hacia la muerte. Hacia la muerte del otro, por supuesto. Afinando un poco más: la combinación del impacto que acababa de producirme la noticia de la muerte de Abdullah, y las circunstancias físicas concretas de la trayectoria entre mi casa y la suya. Me dejaba llevar y, al mismo tiempo, era yo quien iba condicionando el paso y los pequeños acontecimientos de alrededor. Fluctuaba ligeramente de izquierda a derecha, intuyendo idas y venidas previas, llevadas a cabo tanto por él como por mí mismo. Al volante, me salí de la calzada o invadí el carril contrario en varias ocasiones. Atajé por donde pude. Y lo hice para evidenciar posibilidades más allá de la norma que establecen los parámetros de comportamiento vial. El resultado de unir en mi imaginación varios desplazamientos no estrictamente idénticos, me proporcionaba en un mapa ficticio una línea de dibujo zigzagueante, que no contradecía en absoluto su propia naturaleza de línea global; de línea que señala un recorrido y una distancia entre dos o más puntos consecutivos.&lt;br /&gt;Aparcado el coche en la base de la montaña, me desplacé pisando las piedras más sobresalientes incrustadas en la tierra del camino. No quise tocar las que estaban sueltas. Salté hacia los bordes de la calzada (barrizal), entré y salí de la hierba cien veces, y me uní a las paredes de piedra como si fuera yo una piedra más. Me quedaba algunos instante inmóvil simulando piedra, y reanudaba luego mi deriva. Dibujaba el recorrido con mi cuerpo; dibujando el mapa “derivado”. Acaricié hierba suave y rehuí la que no lo era. Conté árboles y escudriñé en su pasado y quise ver su futuro. Conjeturé a propósito de a cuántos de ellos había podido mirar Abdullah con la misma atención que yo lo estaba haciendo; o bajo cuántos se había podido sentar y cuántas veces. Apoyaba mis posaderas luego bajo sus copas, a pesar de la lluvia; y hacía esfuerzos mentales para coincidir en el sitio exacto en el que mi amigo debió de posar las suyas. También busqué con ansiedad pájaros a resguardo. No se dejaban ver. A pesar de ello, les asigné a algunos de ellos unas coordenadas concretas: tú en aquella rama, tú en la de más allá... (En mi deriva los pájaros no podían mojarse, a pesar de que muchos, a buen seguro, estaban mojándose.) Azar, determinismo y voluntad propia: el uso ideológico de todo eso: casi nada. Así es la teoría. O, mejor dicho, así podría ser, si hubiera sido pensada para el campo. Sin embargo, la deriva pura se desarrolla por regla general en ciudades, y tiene muy en cuenta la relación de los practicantes con los flujos de población, la ecología social, el tejido urbano, la interdependencia de los barrios o los accidentes arqutectónico-geográficos: bocas de metro, escalinatas, fuentes, avenidas que no se pueden cruzar así como así...&lt;br /&gt;Dice Debord, el creador e instigador de la teoría, que “vagar en el campo raso es deprimente y las interrupciones del azar son más pobres que en ninguna otra ocasión”. Quizás ese hombre no hubiera pisado nunca el campo mientras vivió; debió de ser sin duda un tipo de esos que, cuando termina una calle y no hay otra, se pierden para siempre; no saben volver.&lt;br /&gt;Derivando en el camino, por tanto, antes de afrontar de forma directa lo que tenía que afrontar al término del kilometraje, muy probablemente conseguiría dos propósitos a la vez. Por un lado, evadirme del indudable mal trago que iba a pasar –que estaba pasando ya-, y por otro calentarme, ponerme a tono para poder sobrellevar ese encuentro no deseado. En resumen, que, en la derivación, consciente o semiconsciente, fui encontrando la forma de implicarme al cien por cien en un tema que acababa de caerme del cielo como a quien le cae una cornisa sin sujeción.&lt;br /&gt;En el concienzudo repaso por aquellas muertes infantiles a las que aludía, salieron a relucir detalles de historias y de personajes que, ni por asomo, recordaba que pudieran haber sido registrados algún día en las profundidades de mi memoria siempre renqueante. Me reaparecieron tía María “la rica”, el veterinario de Inca, Cayetano Marina, Josep “el de la leche”, Apolonia y Rafael, mis vecinos de corral, Rosselló, el compañero de clase que murió en extrañas circunstancias no especificadas. Conducía despacio, lento de reflejos, e iba intercalando, con la ayuda de aquella lentitud, esas pequeñas historias de horrores entrañables con distintos momentos de mi relación de treinta años con el muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abd había llegado a la isla hacía tres décadas, con toda probabilidad a rebufo de influencias hippies, llamado de algún modo a rescatar ciertas formas de vida que Nueva York, Londres o París le estaban negando por aquellos días. El reciente éxito de sus creaciones artísticas en medio mundo le permitía ese dispendio. Su presencia fue al principio estacional, pero con los años se asentó de manera definitiva la tierra que tanto llegó a amar.&lt;br /&gt;Todavía recuerdo con todo lujo de detalles nuestro primer encuentro. Fue en casa de Rosita Poch, mi vecina, la hija de la comadrona del pueblo. Abdullah acompañaba aquel día a Ernst Folchi, el literato mundialmente conocido por su versión de la vida del emperador Calígula, que había difundido por capítulos la televisión. Estaban tomándose un café con leche los tres, cuando entré en el salón para darle a ella un recado de mi madre. Me pusieron una taza nada más verme aparecer, y Rosita, que era poseedora de una incontinencia verbal extrema, les hizo saber de inmediato que yo iba “a ser algún día un alguien tan importante o más que ellos”. Tanto uno como otro asintieron con la cabeza sin dejar de lado su verdadero objetivo: los bollos y las galletas de Rosita. Folchi era inglés, Günter –todavía no se llamaba Abdullah por entonces- alemán, y Rosi mallorquina hasta un poco más allá de la médula. No obstante, se entendían a la perfección. Chapurreaban una especie de idioma equidistante, un esperanto asistencial, mezcla de todos esos idiomas y también de guturales y gestos enfatizantes. Una jerga muy expresiva y útil a la que ella, en su desenfrenada pasión por expresarse a todas horas, era especialmente dada.&lt;br /&gt;Folchi poseía un piso en la misma finca en donde yo vivía con mis padres. Motivo por el cual había trabado una especie de amistad interesada con ella. La solterona Rosi desempeñaba amablemente la función de ama de llaves, cuando el escritor se encontraba de viaje, que era casi siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué habrán hecho con el cuerpo?, me pregunté interrumpiendo el recuerdo en el que me hallaba inmerso. De esa gente (en referencia a los hijos de Abd y a los muchos amigos y conocidos que siempre merodean por su casa) se puede esperar cualquier excentricidad. De todos modos, reaccionando rápidamente en defensa de los restos de Abdullah, me adscribí a la realidad tangible de que las leyes españolas actuales son muy precisas y disuasorias en este sentido. No puede uno hacer lo que le viene en gana con los muertos; el asunto está más que regulado. Aunque también cabía la posibilidad de que él mismo hubiera dejado dicho, o escrito, antes de morir, cualquier dislate con respecto al operativo que seguiría a su muerte. No le faltaron ni imaginación ni resortes de cualquier tipo para eso y mucho más. Todo era posible en torno a Ripstein el viejo.&lt;br /&gt;Nunca olvidaré que Abdullah fue uno de los pocos que acudió a ver mi primera exposición en los bajos de aquella librería. Aquello detalle me colmó de orgullo y emoción en su momento. A los diecisiete años, para mí él era uno de los grandes -sus diseños aparecían en las portadas de los discos de mis músicos preferidos-, y su presencia en la muestra me ayudó en gran medida a vadear los innumerables complejos de novato. Sus cálidos comentarios, con respecto a los trabajos expuestos, me sirvieron de mucho. Nunca se retractó de aquellas alabanzas primeras.&lt;br /&gt;Nuestra relación, basada en un profundo y sólido lazo estructural, fue no obstante esporádica y azarosa a lo largo de los años. En el sentido de que nuestros encuentros surgían cuando surgían; a la vuelta de una esquina, después de la inauguración de alguna exposición, o porque un amigo compartido hacía que nos sentáramos a comer o cenar juntos. Encuentros de este tipo. Por regla general, no acudíamos nunca a citas prefijadas de antemano. Tampoco frecuentábamos los mismos círculos, aunque sí los rozábamos tangencialmente por una circunstancia u otra. El problema de nuestra aparente lejanía se perdía inevitablemente por mi lado. Lo tenía yo muy claro: Abd era de Termè y a mí eso se me hacía muy cuesta arriba. Digamos... que él era de una tribu que no era exactamente la de mis convicciones profundas. En líneas generales, y dejando de lado a una gran parte de los oriundos, nunca me ha gustado la gente que se mueve, de forma constante o esporádica, por la zona de Termè. No obstante, situados uno y otro en un punto equidistante de nuestros mundos respectivos, llegamos a entendernos a la perfección. Y era lógico, porque ambos pretendíamos objetivos muy similares en lo conceptual. No así en su reafirmación consciente, y mucho menos en el proceso y en toda la parafernalia para llegar hasta esa reafirmación.&lt;br /&gt;Abd era de esa clase de tipos que tienen la edad de tu padre, y que no llegas a entender cómo es posible que su coco sigua funcionando en continua progresión positiva hacia delante, mientras que aquél se enrolla cada vez más al tronco ideológico de la locura atávica colectiva. Ésa, y muchas otras motivaciones, consiguieron hacer de Abdullah un pilar estable, aunque inubicado físicamente, en mi vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin parar el motor, aparqué un instante al borde de la estrecha carretera, aprovechando que había un ligero ensanchamiento a la derecha, para poder enjuagar libremente mis incontenidas emociones en el regazo de un pañuelo. Ligeramente recompuesto, reanudé la lenta marcha. La lluvia no cesaba, y eso me hizo caer en la cuenta de que, con las prisas, me había dejado el paraguas apoyado junto a la puerta de la cocina, después de haberlo puesto precisamente allí para reparar en él al salir. Menuda perspectiva: subir a pie, desprotegido y con aquella tormenta.&lt;br /&gt;El camino de tierra que conduce hacia la casa de mi amigo es un camino muy estrecho y tortuoso, un camino difícil, y la gente que acude allí con motivo de alguna celebración suele dejar el coche al borde de la carretera, para no tener que sufrir el calvario de la orografía o el enfrentamiento directo con otro vehículo.&lt;br /&gt;No puedo continuar ni un segundo más con este llanto, me dije. Como llegue de esta suerte, y a alguno de “ellos” se le ocurra hacer algún comentario a propósito de mi aspecto, puedo suceder que me hunda directamente en el pavimento de la entrada. Los de Termè están tan de vuelta de todo... No puede uno presentarse a un velatorio llorando... En absoluto. Ellos son tan... diferentes al resto de la humanidad; tan pasados de rosca... en cierto sentido. Y, por supuesto, no lloran. Tuve una visión muy clara de cómo iba a ser mi entrada a escena, si aquellas lágrimas incontenibles no lograban detenerse. Llegaría a la casa de la peña aturdido como un paleto, mientras esos “genios” seminómadas se encontrarían disertando -como siempre- en torno a temas “profundos”; me mirarían de arriba a abajo con un cierto desdén, aunque sin decirme nada, y continuarían cambiando el devenir del mundo desde una filosófica silla de cuerda.&lt;br /&gt;La gente de Termè es así. Son años y años de intelectualidad, en muchos de los casos mal asumida. La mezcla de una cierta vida sana –domesticada- con las drogas y la poesía desmedida, ha acabado por convertirlos en esa tribu especial de la que hablaba. La pereza que me daba el tener que enfrentarme a este panorama... Por Abd que lo tengo que superar por una sola vez, me repetía. Aunque lo cierto es que no encuentro nunca la forma de remediar esta falla en mi complejo dispositivo emocional. Las reminiscencias contemporáneas del topónimo Termè me producen una especie de sarpullido cerebral.&lt;br /&gt;Quise luego explayarme a placer rememorando nuestro último encuentro en la casa de la playa, meses atrás, en verano. Pretendía dejar fijada su última imagen para siempre en mi recuerdo. (No sé si os sucede lo mismo, que... cuando una persona querida lleva algunos años fuera, su retrato comienza a disiparse en la neblina del cerebro. Ni con la ayuda de fotografías consigo recuperar de nuevo sus rasgos más elementales.) Abd acababa de alicatar de arriba a bajo una caseta de aperos a escasos dos kilómetros de la mía. Según Elena, lo hizo porque no quería pasar calor. Tan simple como eso. En petit comité, él decía que se había comprado ese lugarcito entre cuatro paredes de argamasa y piedras, para descansar psicológica y perceptivamente de la montaña; “para allanar un poquito –enfatizando lo de “poquito”- mi encrespado horizonte”, bromeaba. Mi lectura acerca de su desplazamiento hacia la planicie del sudeste podría plantearse de otra forma: se había buscado una salida a ese acoso mental y físico al que le sometía, directa o indirectamente, toda esa plebe de Termè. Tengo muy pocas dudas al respecto, mi amigo estaba hasta el gorro de tener que soportar tanta estupidez, tanta superchería intelectual. Años atrás la cosa era bien distinta, debo de admitirlo, la pureza de los propósitos y las ideas..., pero con el tiempo el buen ambiente fue degenerando hacia ese otro producto sociológico, al que aludo constantemente en estas líneas y continuaré aludiendo. A propósito del tema, revoloteando desde fuera me llegó a la memoria aquella frase de Marx: “Los hombres no pueden tener nada alrededor de sí, que no sea su rostro; todo les habla de sí mismos. Su mismo paisaje está animado”. Imaginé a Abdullah mirándose en todos aquellos que le seguían de cerca con prerrogativas imbéciles. Sus rostros convertidos en su propio rostro; un rostro imperturbable en su capa más externa, pero descompuesto ya en la dermis por la mala influencia de aquella caterva. Me quedó claro: no le había quedado más opción que cambiar de aires, aunque fuera durante una sola estación al año.&lt;br /&gt;Continúo con lo que estaba. Bien entrada la tarde, Abd se presentó con varias botellas de vino y un queso, con la amabilísima intención de incorporarlos al menú de la cena. Como era costumbre en él, portaba la mercancía en el interior de su inseparable cesta de cuerda con asas largas. Ni por asomo supuse que pudiera estar enfermo. Él nada dijo al respecto; tampoco se le apreciaban síntomas externos. Paradójicamente, incluso llegó a hacer algunos alardes de buena salud. Según él, desde que había llegado a la playa a todos lados iba a pie, después de haber decidido aparcar el viejo Mercedes Benz a las puertas de su caseta. Lo tomaría únicamente el día que tuviera que regresar a Termè.&lt;br /&gt;Ni Tristán ni mi hermana me hablaron tampoco durante el verano, y en los meses sucesivos, de los de salud que, por lo visto, le acuciaban. O quizás fuese que se enteraran más tarde, pues Abd era una persona muy reservada en lo tocante a su intimidad. No así con los males del mundo, de los que hablaba a menudo sin cortarse un pelo. Era de los pocos que huyen explícitamente del merodeo continuo por la vida del prójimo. Y en esa línea, tal vez porque creía que a los demás –en ese caso nosotros- tampoco debían de interesarles demasiado los asuntos particulares, no mencionó en ningún momento su dolencia, hasta que ésta afloró a la luz pública cuando no hubo ya salida.&lt;br /&gt;Abdullah nos habló durante la cena de su teoría de resistir frente a la maquinaria tecno-económica mediante la creación cultural continuada. Infatigable artista convencido. Combatiente en cien luchas. Militante de las buenas razones. Nos habló de cómo el fenómeno de la globalización afecta no sólo a entes y estructuras transpersonales, sino a nosotros mismos. A personas concretas; y, entre las personas, muy en especial a los creadores, que sufren doblemente esta plaga por su condición intrínseca de visionarios. Recalcó lo de “visionarios”, y continuó perorando: “Frente a la doctrina fascinante que pretende construir un nuevo humanismo de pacotilla (“...basado en la concepción de un hombre anodino y conforme con todo”, apostilló Tristán), hay que oponer siempre C-U-L-T-U-R-A. Cultura crítica”. En realidad, todos los allí presentes no hacíamos otra cosa a diario que resistir frente a la gran mentira programática disfrazada de libertad conciliadora. Me sorprendió su afinidad luchadora con Roger Lesgards, el crítico y pensador francés, al que yo acababa de leer hacía muy poco, y al que Abd, dijo, no conocía. Siempre supe que no se conformaba con poco, pero nunca le había visto tan... tan en buena forma intelectualmente. Él era de esos que se comportan como los sabios a la antigua. De hecho, muchos le llamaban “el sabio de la montaña”; no sé si sería por eso. Pensaba mucho, meditaba mucho más aún, pero hablaba lo justo. Lo imprescindible para rematar o remendar faenas de otros. Amante de que otros hicieran el trabajo sucio por el, sabía como nadie dar la puntilla definitiva al final de las conversaciones. Ecología mental. Ahorro y reflexión activa. De ahí que me sorprendiera tanto su repentina y poco habitual extralimitación lingüística.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al llegar al desvío de la montaña, y reconocer de nuevo el portalón de piedra por el que había pasado al menos una o dos veces al año durante muchos años, me volvió a dar la aflicción en forma de agobio traqueal. Los ojos a reventar. Tengo que parar esta mierda aquí mismo, ¡ahora mismo!, me grité. De no ser así, perderé sin remisión mi dignidad al llegar a la cumbre. Me propuse, por tanto, dar un giro radical a la exteriorización de mis sentimientos a partir de la barrera. Camino de subida, camino de perfección, repetí en voz alta varias veces, antes de emprender la empinada cuesta por entre olivos, acebuches y algarrobos.&lt;br /&gt;Sospeché que la casa estaría atestada de bohemios recitando poesías en inglés, o enarbolando fastuosas presunciones con respecto a sus formas de proceder en la vida, por supuesto en inglés. Toda esa gente, sean nativos o foráneos, habla en inglés todo el tiempo, sin importarles que pueda haber alguien que no entienda ese idioma. Se relacionan en inglés para todo. Incluso se han generado entre los vecinos autóctonos la necesidad de saber la lengua inglesa. Los comerciantes de la zona, sin ir más lejos, no se llevan un duro a la caja si no hablan lo que está en boga. Concluyentemente, Termè es un micromundo dentro de otro no más grande.&lt;br /&gt;Yo hablo un inglés normalito, para entenderme con gente normal, pero no un inglés como para poder mantener conversaciones excelsas sobre todo ese tipo de temas trascendentales que se tocan en la montaña. Y aun así, entendiendo mucho de lo que habitualmente comentan, me he declarado en perpetua huelga de inglés. No les hablo si no se dirigen a mí en alguna de las dos lenguas propias de casa. Ellos deben de pensar que estoy en inferioridad de condiciones, pero andan muy equivocados. Mudo y con la antena puesta, me entero de lo que quieren hablar a mis espaldas o a las espaldas de otros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrí la barrera de hierro, introduje el coche en la finca y volvía a cerrarla para que no salieran las ovejas. Puse la primera y seguí adelante. A las tres curvas, divisé el coche de Elena, aparcado en un repecho libre de árboles y rocas. Por un momento, me había olvidado de ella. Sentí alivio al recobrar su presencia en forma de ese vehículo ladeado de color rojo bermellón. Ella era una de las pocas personas que podrían servirme de válvula de escape en ese ambiente tan hostil para mí. Otras dos serían también Pablo y Tristán, en el caso de que todavía se encontraran velando.&lt;br /&gt;Aparqué mi coche junto al de Elena, y continué a pie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Qué gesto más insólito, qué bizarría la de Abdullah: decidió un día bautizarse como mahometano -de ahí el nombre-, aunque sin perder su condición hebraica. Alemán de nacimiento, judío de familia y musulmán de adopción directa, quiso luchar de por vida en contra de las atrocidades que se cometían en Palestina, predicando con el ejemplo. Paradójicamente, el día de su muerte había coincidido con una brutal invasión de las principales ciudades palestinas, por parte de los carros de combate israelíes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La lluvia arreciaba con fuerza, y yo sin nada a mano con qué protegerme de ella. Al poco tiempo de iniciar mi andadura, llevaba ya toda la ropa empapada. Con la humedad en el cuerpo, me entraron ganas de orinar. Siempre lo mismo. Apostado contra un árbol, el grifo abierto, aproveché para continuar repasando algunas de las facetas que teníamos en común Abdullah y yo. Como por ejemplo, a propósito del tema, escupir al mismo tiempo que la meada iniciaba su corto descenso en picado. “¡Anda! -me dijo una vez durante una excursión en la que coincidimos-, tú también eres de los que haces puntería”. No se refería a lo de acertar con el chorro sobre objetos o pequeñas zonas acotadas en el suelo; hablaba de hacer puntería con los gargajos sobre el propio chorro caliente. Darle de lleno y sentirse orgulloso de atinar a la primera. “Me encanta como lo haces, porque no escupes con fuerza, como hago yo, sino que dejas caer suavemente la saliva en vertical sobre el pipí. Me reconcilié con la palabra “pipí”, al oirla en su boca y con su acento tan especial. “Está muy bien esta técnica tuya; de ahora en adelante, tendré que practicarla”. Abdullah podía llegar a ser el tipo más coñón del mundo cuando se lo proponía. Lo jodido de verdad, Abd, vine a corroborar, es no mancharte la ropa a la altura del vientre; sobre todo si hace viento, como ahora; eso sí que me joroba. “Pero si yo no tengo vientre...”, apostilló. Ciertamente, un tipo de lo más enjuto.&lt;br /&gt;Enfrascado en aquella micción disquisitoria, bajo la copa de un frondoso algarrobo, oí un zumbido sordo a la vez que notaba una sacudida en el cuerpo. Me di un buen susto. Al otro lado del tronco, un cabrón había emergido de improviso de entre las matas como una centella, rozándome una pierna en su huida y haciéndome tambalear. El animal dio un salto espectacular hacia lo alto de una pared de piedra que me quedaba a la espalda y ahí, desde su atalaya, se me quedó mirando con cara de pocos amigos. No las tuve todas conmigo hasta haberme alejado unas curvas de él, y tenerlo completamente bajo mi dominio visual.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada vez que me topo de improviso con cabras, que no suele ser muy a menudo, se me revuelven las tripas. Me viene a la memoria un infortunado percance, que me ocurrió de pequeño en el monte de Curia. Jugaba con unos amigos en la base de un risco, cuando se nos aparecieron tres bichos de esos, uno de los cuales poseía una enorme cornamenta retorcida en espiral. Era el de mayor tamaño, y comenzó a escarbar la tierra con una de sus patas delanteras, al tiempo que resoplaba sin apartar la vista de mí. Su actitud me hizo recelar, e inmediatamente me giré hacia donde creía que seguían estando mis compañeros, para hacerles un comentario urgente al respecto de lo que teníamos enfrente. Acaba de ocurrírseme la maravillosa idear de huir. ¡Pobre infeliz!: detrás de mí no había nadie. Los que creía mis amigos, acababan de esfumarse dejándome a merced del peligro. Unos metros más abajo se encontraban sus papás que, catapultándose hacia delante desde un banco de piedra, en el que se habían apostado para descansar un rato, pasaron a gritarme desaforadamente: “¡corre, Antonio, apártate de estos animales!. Fue cuando tomé plena conciencia de que el de los cuernos iba a por mí. En efecto, no había terminado de calibrar aquella hipótesis, cuando la bestia arremetió con todas sus fuerzas contra mi estómago. Me dejó fuera de juego. Caí rodando rocas abajo y me golpeé en todas partes.&lt;br /&gt;Aquel pasaje me condujo de nuevo, por asociación directa, a rememorar la figura del judío mahometano como un inigualable escalador de riscos. Se conocía toda la sierra como la palma de su mano, y no había quién pudiera seguirle montaña arriba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mis únicos acompañantes en la ruta despoblada, aparte del rumiante, que continuaba escoltándome de lejos, eran el viento racheado y los múltiples riachuelos que se entrecruzaban por doquier. No había vehículos aparcados en los recodos. Y me sorprendía a cada paso por eso mismo, pues andaba con la idea prefijada de que aquello debía de haber sido un auténtico barrizal y un atolladero sin solución. Coches y gente yendo y viniendo a propósito de un congreso especialísimo en torno a la figura de Abdullah Ripstein. Nada de eso. Aunque, por otra parte, también quedaba la posibilidad de que, debido a las imprevisibles leyes del azar, en el ínterin de mi subida nadie hubiera acudido a la cita o estuviera de regreso. Azar, puro azar: espontáneos movimientos de autogestión del tiempo, del espacio y de las criaturas. Por qué no.&lt;br /&gt;La tormenta había trastocado por completo la composición original del día, negándole a la luz la perseverante posibilidad de reafirmación. A un lado del recorrido, muy cerca ya de las casas, sobre la tierra de un ancho bancal, pude vislumbrar entre brumas su eterno Mercedes Benz. Aparcado junto a una gran lona de color verde azulado, que hacía un gran esfuerzo por cubrir diferentes materiales de construcción. Debían de estar en obras. Un poco más allá, el corral de las gallinas; ese mismo corral en el que él, y los nuevos inquilinos de la casa señorial, habían puesto tanto empeño por recuperar del olvido en el que se encontraba desde hacía tiempo. No parecía que hubiera gallinas en su interior. Me asomé a la portezuela al pasar por delante y, en efecto, ni rastro de ellas.&lt;br /&gt;Al franquear el portal de la gran casa, en la que Abd había vivido durante muchos años –por circunstancias que no vienen ahora al caso, hacia unos pocos que se había mudado a la casa del fondo-, me vino a la memoria el día en que me llamó por teléfono para que subiera a hacerle unas fotos. Le gustaban mis fotografías; no se cansó nunca de repetírmelo. Necesitaba “un par de instantáneas consistentes” para incluir en el catálogo de una exposición, ¿o para un dossier? No recuerdo bien para qué las quería. Como un proyector de diapositivas cerebralmente automático, fui pasando una a una todas las imágenes resultantes de aquella sesión entrañable. Su rostro expresivo, su rostro y su busto, y su figura completa frente al espectacular paisaje circundante; el mismo paisaje, las mismas revueltas y los mismos rincones por los que había pasado desde que aparqué el coche. No pude hacerle fotos en el estudio; me lo impidió de forma tajante. Tenía una extraña fijación negativa con las fotos de estudio. Argumentaba que su estudio verdadero, el estudio que debía ver la gente, su públicol público, era el campo. Su montaña, para ser exactos. Y eso... “como mal menor. Porque lo que necesita el público es ver la obra del artista, no el lugar donde se precipita. De puertas adentro, por tanto, nada de nada –sentenció-. Los desconocidos no deben acceder a nuestra realidad cotidiana. Nosotros, tú y yo, vendemos ficción; no te das cuenta. Entrar en nuestra intimidad podría perturbarles la percepción de todo un mundo de fantasía. Ya pueden ir diciendo impunemente por ahí los necios que eso ayuda a situar al artista en su justo contexto y toda esa mandanga... ¡Y una mierda!, les contesto a esos...”.&lt;br /&gt;Regresaron los ahogos a mi garganta, aunque conseguí sobreponerme de nuevo.&lt;br /&gt;No parecía que hubiese nadie arriba, aunque creí estar oyendo una música a lo lejos. Sólo había un coche aparcado en la estrecha calzada de piedras adoquinadas, y se encontraba situado justo enfrente del edificio principal, especialmente arrimado al muro del aljibe para dejar expedito el paso. No reconocía aquel vehículo. Tampoco los había subiendo a la era, ni cerca de su estudio, los dos únicos espacios en los que se puede aparcar. Mi perplejidad iba en aumento. ¿Dónde se habrán metido? Caminé hasta el fondo, en dirección hacia su casa. Temblaba. Y quise hacerme a mí mismo una distinción a propósito de los temblores que sacudían mi esqueleto, antes de legar; saber si eran fruto del inminente encuentro con ese alguien al que iba a visitar por última vez, o sencillamente tenían que ver con frío y la humedad que mantenían mi cuerpo atenazado. Imposible sacar una conclusión definitiva con respecto a eso. Conforme iba avanzando, aquella música inicialmente imaginaria se oía más y más alta. Extrañísimos presentimientos eflúvicos, que me condujeron fugazmente a creer que me había equivocado de tiempo y de lugar. Aunque también era posible que Abd se hubiera mudado en los últimos meses y yo no me hubiera enterado de la incidencia. Se me ocurrió por otro lado que el ayuntamiento, o algún amigo importante, que los tenía, hubiera ofrecido a la familia un lugar más amplio y de más fácil acceso, en el pueblo o donde fuere, para velar el cadáver. En tal caso... ¿cómo no han dejado una nota en la barrera de abajo?, me pregunté dando por hecho que esa última posibilidad era la más viable de entre todas las que me rondaban en la cabeza.&lt;br /&gt;Descendí los tres escalones que hay junto al algarrobo que cobija la entrada y vi luz en el interior. Asomé la cara por los cristales de la puerta, que estaba entornada, y al mismo tiempo la abrí ligeramente para obtener más información. Música a todo volumen; lo que vino a confirmar mi recién alumbrada hipótesis de que allí no había ningún muerto. ¿Y si al final todo aquello resultaba haber sido una pájara de Pablo?. ¿O un mal sueño mío? Incertidumbre. ¿Qué coño estaba haciendo yo por aquellos andurriales... el ganso? Junto a la chimenea, sobre la mesa, en el suelo el desorden era monumental. Platos, vasos, restos de comida esparcidos aquí y allá, ceniceros rebosantes de colillas que se agolpaban en grandes tumultos inarmónicos. Ni un alma. Vacilación. Sorpresa. Titubeo. Incertidumbre. Ni se me pasó por la cabeza llamar, no fuera a meter la pata. Retrocedí sobre mis pasos y me quedé un instante pensativo bajo el árbol. ¿Qué hago... bajo al pueblo y pregunto allí, o llamo a Pablo para que me saque de dudas? Mejor hablo con Pablo.. Pero llamar no era posible, pues en aquel paraje nunca ha habido cobertura para los móviles. El frío acababa de invadirme definitivamente los huesos. Huesos y congelación, la misma cosa. No me quedaba más opción que bajar hasta Termè y preguntar allí. La inmediata bajada se tornó repentinamente repecho infinito; impotencia, agotamiento y desolación.&lt;br /&gt;Avanzados varios metros, oí una puerta cerrándose y me detuve. Giré la cabeza unos grados a la derecha y vi salir del portalón a una mujer muy bien vestida, con aspecto de no ser de la tierra; una mujer de esas a las que la gente corriente califica de “finas”. Que hizo como que no me había visto, siguiendo su camino sin inmutarse. ¡Por Dios!: pasa un extraño en mitad de un desierto y... como si nada, rumié. Se dirigía hacia ¿la casa de Abd? La interpelé, toda vez que me había dado ya la espalda:&lt;br /&gt;- Perdone, señora, ¿por casualidad se ha cambiado de casa el señor Ripstein?&lt;br /&gt;- Abd is living in the same house –me contestó lacónica, sin ni siquiera esforzarse por mirarme.&lt;br /&gt;Volví a interrumpir sus pasos: &lt;br /&gt;- No la molestaré más, señora, pero dígame, ¿conoce usted a Elena; la ha visto? Me dijo hace rato que venía hacia acá.&lt;br /&gt;Con ese acento tan particular de los que pululan por Termé, mitad autóctono, mitad Commonwealth, me dijo, esta vez esbozando una leve sonrisa en la cara, al poderme relacionar ahora de algún modo con el entorno:&lt;br /&gt;- She’s in the kitchen now. ¡En la cocina!, tradujo de forma abreviada elevando el tono al creer que no había captado la contestación.&lt;br /&gt;Se refería a la cocina del caserón del que acababa de salir ella.&lt;br /&gt;- ¿Do you know the way?&lt;br /&gt;Le hice saber que sí con la cabeza.&lt;br /&gt;- That door, back to the hall.&lt;br /&gt;- Muchas gracias.&lt;br /&gt;Y me metí hacia dentro como una exhalación.&lt;br /&gt;Elena estaba sentada a la mesa y se tomaba una ensalada revuelta de mil especies vegetales. El fanatismo vegetariano de aquel municipio ilustrado no creo que pueda darse en otro lado tan iracundo. Me saludó muy poco efusivamente. No es normal en ella, doy fe. Por eso tuve la visión de que acababa de transmutarse definitivamente en una termense. Suele suceder a menudo, en especial con los que provienen de la península ibérica, a excepción de una clase de catalanes; son gente muy influenciable por ese extraño culto no ortodoxo que se da en Termè.&lt;br /&gt;Hizo ademán de verter una parte de su ración en otro plato que le quedaba cerca. La ensaladera vacía.&lt;br /&gt;- Toma un poco, está riquísima.&lt;br /&gt;- Gracias, pero no tengo hambre. Justo cuando me llamaste estaba en el postre.&lt;br /&gt;- Pues toma un higo seco, te sentará bien.&lt;br /&gt;Y me acercó un bote de vidrio lleno de higos a rebosar.&lt;br /&gt;- ¡Siéntate, anda! Pero... si vas completamente mojado. ¿No me digas que has subido a pelo con este tiempo?&lt;br /&gt;Le hice una mueca para darle a entender que no podía sentarme en presencia de desconocidos. Lo pilló al vuelo, y cambió de tercio:&lt;br /&gt;- Creo que no os he presentado; hoy tengo la cabeza en otro sitio.&lt;br /&gt;No era para menos, con el susto que llevábamos todos encima, después de la faena que acababa de jugarnos el destino de nuestro amigo.&lt;br /&gt;- Este es Toni. Es vecino de Abd en la playa.&lt;br /&gt;Me quedé más helado todavía al oírla: no entendí por qué, de repente, me presentaba como a un simple vecino. Estaba claro que yo no compartía aquel mundo de eternas idas y venidas de gente de todos los pelajes entorno a él y a sus “amigos”. Había tenido siempre mi propio mundo aparte con Abd, al margen de toda la parafernalia termense, y eso era lo único que debía primar entre nosotros. ¡Por qué, pues, de repente, aquella diferenciación tan absurda! En un abrir y cerrar de ojos se me fueron al garete treinta años de conocimiento y encuentros con el amigo de la montaña.&lt;br /&gt;Evité cualquier comentario, sin embargo; no había espacio para las reprobaciones en un día como aquel.&lt;br /&gt;-         Este es Philip, el hijo mayor de Abd.&lt;br /&gt;-         Hola, ¿cómo estás Philip?&lt;br /&gt;Podía haberme tragado la lengua antes de largarle semejante perogrullada al chico. A él, no obstante, pareció no importarle, ya que continuó tarareando la canción que llevaba grabada en los labios. Se movió a un lado y a otro, como bailando, y me interpeló:&lt;br /&gt;         - ¿No habrás venido por mi padre?&lt;br /&gt;Mis ojos debieron de parecerle dos bolas girando a toda velocidad dentro de una ruleta. Continuó:&lt;br /&gt;- It was a joke; I’m sorry. ¡Lo siento! I beg your pardon.&lt;br /&gt;En aquel punto, mi desconcierto fue absoluto. Radical. Continuó:&lt;br /&gt;- He’s in bed now: the siesta, you know… If you wait for a while, you can see him in a few minutes.&lt;br /&gt;Ninguno de los presentes abrió la boca para reírle la gracia, en caso de que aquello fuera realmente una ocurrencia a destiempo, ni tampoco para confirmar o reprobar su revelación.&lt;br /&gt;Sin demasiado convencimiento, y, más que nada, para fundir el hielo que se había apoderado del horizonte, le dije lo primero que se me ocurrió:&lt;br /&gt;-Te recuerdo de cuando eras así –y coloqué la mano a la altura de la mesa.&lt;br /&gt;El muchacho había estado viviendo a caballo entre varios lugares, siempre de la mano de su madre, y la verdad es que hacía muchos años que no habíamos coincidido. Por su expresión, quedó claro que no sabía quien era yo.&lt;br /&gt;Ignoró por completo mi comentario y se puso a barrer la ceniza dispersa alrededor del hogar.&lt;br /&gt;Elena quiso presentarme a la chica, mientras yo introducía mi cuerpo helado en el interior de la inmensa chimenea campesina.&lt;br /&gt;- Bien: esta es Rina; está al cuidado de todo. Ella es la única persona en esta casa que sabe dónde se encuentra cada cosa; la que sabe quién está a punto de llegar y quién de irse; ese tipo de cosas, ya sabes...&lt;br /&gt;Me despachó con un escueto hello Toni, mientras yo me despojaba de la chaqueta buscando el calor de las brasas. Mirando hacia la ventana, pasó a hablar de otra cosa:&lt;br /&gt;- I’d must take a look at the horses.&lt;br /&gt;Y como por la acción de un resorte especial, volvió automáticamente a cambiar de idioma y de tema:&lt;br /&gt;- Oye, Elena, ¿te apuntas este verano a la reforma de las viejas bodegas? Tenemos previsto comenzar a finales de mayo, con el buen tiempo. Victoria y Pedro, los de Madrid, se han apuntado ya. Y Jennifer. Y también Paul. Vendrá mucha gente. Puede estar muy bien...&lt;br /&gt;         Termè es como una gran comuna fluctuante, en la que las cosas se hacen siempre en corporación, al compás de la charla y al amparo de la bebida y bajo el cobijo de las drogas.&lt;br /&gt;Ignorando por un instante la oferta para el verano, Elena interrumpió su bocado para hacerme saber una noticia relacionada con el primero de los comentarios dispersos de Rina:&lt;br /&gt;- ¿Sabes, Antonio, que hace pocos días nació una potrilla guapísima aquí al lado. Si te apetece,  podemos ir luego a verla.&lt;br /&gt;A continuación, contestó al requerimiento de Rina:&lt;br /&gt;         - Seguramente sí, dijo mirando al techo. Todo dependerá de un par de temas que tengo en mente; si salen o no.&lt;br /&gt;         A su contestación de sí iba o no a ayudarles, siguió un silencio, sólo interrumpido por las toses esporádicas de Philip, y por la rotura de las fibras de lechuga en el interior de la boca de Elena.&lt;br /&gt;Todo esto está muy bien, pero... ¿qué coño pasa con Abd?, me iba preguntando en mitad de aquella disparatada plática. Y reincidía en la absurda impresión de haber entrado de nuevo en barrena; como si las llamadas de Pablo y de ella a mi casa hubieran sido realmente fruto de una locura espontánea. Sin parar, dándole vueltas al tarro con la muerte imaginaria de Abd, mientras ellos se explayaban en trivialidades.&lt;br /&gt;         Como es de suponer, a aquellas alturas de la tarde, y teniendo en cuenta las circunstancias que rodeaban mi situación, las penas que me habían acompañado desde la primera llamada de teléfono se habían esfumado ya por completo, albergando en mí un estado de ánimo difícilmente descriptible.&lt;br /&gt;La extranjera que me había dado veinte minutos antes la buena nueva de que Elena sen encontraba allí, entró como proyectada en la cocina, y comenzó a recoger compulsivamente botellas y botes de cristal y a introducirlos por tamaños en distintas bolsas.&lt;br /&gt;La conversación continuaba ramificándose sin limitaciones. Yo, más callado que de costumbre. Hasta que la “fina” abrió la boca para devolverme a este mundo:&lt;br /&gt;- Did you see...?&lt;br /&gt;- ¿Se refiere usted a Abd? -le corté. Pues no. Y, si tengo que serle sincero, para eso he venido y no para otra cosa.&lt;br /&gt;- Would you like to see him now?&lt;br /&gt;Elena y yo meneamos al unísono la cabeza en sentido afirmativo.&lt;br /&gt;- Yes?&lt;br /&gt;- Of course! –le contestó Elena.&lt;br /&gt;- So, stand up and come with me.&lt;br /&gt;Fuimos tras ella como dos autómatas. &lt;br /&gt;         En casa de Abdullah el ambiente era el de un tugurio de noctámbulos. Nada había cambiado desde que me asomé al llegar, excepto que había gente en mitad de la música. Todo mujeres. Mujeres de distintas edades y de aspectos contradictorios. Unas parecían extranjeras y otras no. No me extrañó que fueran a su aire. De sus primeras conversaciones aisladas pude deducir que conocían bien a Abd.&lt;br /&gt;         Abdullah era de esa clase de hombres, seductores por naturaleza y esencia, a los que no les han faltado nunca las mujeres a su lado. Los nativos siempre habían dicho de él, equivocadamente, que era un donjuán. Ellas, sus mujeres, con conocimiento de causa, argumentaban en otro sentido diciendo que su poder de fascinación no tenía límites, y que aquellos que hablaban tanto, a propósito del tema, no tenían ni la más remota idea de lo que estaban diciendo.&lt;br /&gt;         Los cigarrillos y las copas corrían por docenas. No se estaba mal, para qué voy a decir ahora lo contrario.&lt;br /&gt;         - ¿Te apetece un ron? –me preguntó una mujer bajita, al apercibirse de mi eterna soledad.&lt;br /&gt;         - No gracias, más tarde. (El ron no es lo mío.) Bueno... la verdad es que un vaso de vino no me vendría mal.&lt;br /&gt;         Tanteó las botellas que le quedaban más a mano y, en cuanto dio con una que no estaba vacía, me lo sirvió al instante. Me ofreció también uno de aquellos cigarrillos mancomunados. Aunque el cigarrillo resultó no ser exactamente eso, sino un porro liado a conciencia. A las dos caladas, me dio el subidón.&lt;br /&gt;         No había vuelto a ver a Elena desde que entramos. Me levanté tambaleante para ver si estaba en la habitación contigua, pero no di con ella.&lt;br /&gt;         - ¿Has visto a Elena? -le pregunté a la mujer fina, después de descubrir que era la vecina de la casa de enfrente y que, por tal motivo, se movía como pedro por su casa.&lt;br /&gt;- She’s upstairs. With him. Would you like…?&lt;br /&gt;         Volvió a pasarme por la cabeza la idea de que Abd pudiera no estar muerto, y de que todo aquello, como había insinuado Philip en el caserón, fuese tan sólo un montaje de mis neuronas vacilantes. O una performance creativa, por qué no. Uno de esos montajes lúdicos a los que los termenses suele ser tan proclives; un concienzudo plan de divertimento urdido en la mente expandida de aquella familia -tan poco común- y sus acólitos.&lt;br /&gt;         - Ahora subo –le contesté para que me dejara en paz, pese a que, de momento, no pensaba hacerlo.&lt;br /&gt;A lo mejor... después del cuarto o quinto porro me veo con fuerzas, quise convencerme. Pero el cannabis no había hecho sino ensanchar la frontera de mis temores. Encontrándome en el estado en el que me encontraba, bien podía darse el caso de que subiera arriba y él difunto decidiera tomar la palabra.&lt;br /&gt;Un escalofrío me hizo encoger de hombros al reanudar la ofensiva de mi imaginación.  &lt;br /&gt;Aparecieron por la puerta dos lugareños, y gracias a ellos pude irme por otros derroteros. Parecían labriegos, gente rústica, nada que ver con el paisanaje de la casa. Elena acaba de bajar en aquel mismo instante la escalera incorporándose cómodamente al grupo de los que rodeábamos la mesa principal. Philip se acercó a la puerta para dar la bienvenida a los recién llegados.&lt;br /&gt;- Buena nos la ha hecho tu papá, ¿eh, Philip? -le soltó a la cara en tono campechano el primero en traspasar el umbral.&lt;br /&gt;         El chico les obsequió con una amplia sonrisa, al tiempo que dejaba en las manos un vaso a cada uno:&lt;br /&gt;         - ¡Pasau i bebeu a gust! (en mallorquín.)&lt;br /&gt;         - Hasta para esto ha tenido que ser diferente a los demás –apostilló el otro visitante-: mira que no decirnos nada de lo que le sucedía. Estos artistas...&lt;br /&gt;         - El sabio de la montaña –pronunció en voz baja Elena.&lt;br /&gt;         En la mesa se oyeron risotadas de aprobación por el comentario del segundo hombre. Por el contrario, a mí se me dibujó bruscamente una mueca de pena al dotar de significado a la frase de dicho Elena. La mujer bajita se apercibió de inmediato, y no le faltó tiempo para devolverme el semblante a su configuración inmediatamente anterior:&lt;br /&gt;         - En casa de Abd no hay lugar para el mal rollo, no sé si lo sabes... ¡Por Abd! –gritó, al mismo tiempo que alzaba su vaso lleno, en aquella ocasión de anís.&lt;br /&gt;- ¡Cheers! –gritó el resto-; ¡salut! –corroboraron los dos lugareños, ya con los vasos llenos.&lt;br /&gt;La mujer se bebió medio vaso de anís, de golpe, y prosiguió:&lt;br /&gt;- ¿Habéis visto como lloraban eso dos tíos que han venido al mediodía?&lt;br /&gt;- The writer, do you mean? Toni... and the other that affirmed he was preparing a video about Abd’s work? –preguntó la de más edad, no teniendo demasiado claro quién era uno y quién era otro.&lt;br /&gt;         - No –le rectificó Elena-, Toni is this man beside me –y me tocó ligeramente el hombro para que la otra recompusiera su incorrecto esquema de visitas y visitantes.&lt;br /&gt;         - Ok, ok... I mean the two that cry disconsolately – y lanzó una sonora carcajada.&lt;br /&gt;         - Sheet to the weepings! –gritó alguien en la otra sala.&lt;br /&gt;         Todo apuntaba a que esos dos a los que aludía la comunidad eran Pablo y Tristán. Debían de haberse largado poco antes de que yo apareciera. Menuda imagen habían dejado. La misma que yo había pretendido evitar en todo momento. Aunque a punto había estado de cagarla, de no ser por el cable que me echó sin darse cuenta la del ron... la del anís.&lt;br /&gt;         - Me dijo tu papá hace un par de semanas que me iba a regalar una de estas escultura. Está claro que acabo de quedarme sin ella –bromeó Bartomeu, el primer hombre, abrazando efusivamente a Philip, después de pasar la mano sobre las pequeñas piezas confeccionadas con elementos del bosque. Se notaba a simple la mucha confianza que había entre ellos.&lt;br /&gt;         Philip les invitó a subir.&lt;br /&gt;Viéndoles avanzar, escaleras arriba, sopesé de nuevo la posibilidad de unirme al trasiego, o continuar en la planta baja escuchando como toda aquella gente se dejaba la piel enhebrando razonamientos insondables. Elena pareció leerme el pensamiento:&lt;br /&gt;         - Sube. Está espléndido; como durmiendo un sueño pasajero. No impresiona, te lo aseguro. Al revés, invita a la contemplación y al diálogo.&lt;br /&gt;         ¡A qué diálogo se estará refiriendo! Otra vez... volvíamos a estar en el mismo punto. Dejé ir la ocasión, para continuar rendido al escrutinio exacerbado de las múltiples conversaciones cruzadas. De momento, no era capaz de hacer otra cosa. En el salón se hablaba sin reparo alguno de arte y de creación; del objeto de la creación y del sujeto que la llevaba a cabo; de percepción simple y de percepción subordinada. De las absurdas fluctuaciones en la política de conservación del medio ambiente. De maquillaje, de arrugas y de trapos. De huertos ecológicos y, consecuentemente, de hortalizas ecológicas. Pero, sobre todo, se rememoraban innumerables pasajes de la vida de Abdullah. Para ser más estrictos, Abd aparecía en todos los pasajes, trataran de lo que trataran. Abd y Termè, por supuesto. Y cada cual tenía sus propias anécdotas; anécdotas por separado; anécdotas firmadas exclusivamente por el artista para cada una de aquellas personas en exclusiva. Se hablaba de los hijos. De tensiones entre seres queridos; entre amigos que no lo eran tanto. De drogas. De tiempos pasados. Al final, cualquier comentario concluía indefectiblemente en el pueblo. Termè como punto de encuentro de sus gentes; como foco de irradiación de una energía que sólo podía darse en aquella latitud. Desde cualquier enfoque, todas las conversaciones sellaban su peculiaridad en torno a ese extravagante ecosistema.&lt;br /&gt;         Philip tomaba a cada tanto una fregona y la pasaba por los rincones. Plegaba ropa o lavaba compulsivamente vasos y ceniceros, pienso que para poder continuar atendiéndonos a todos con unas mínimas condiciones de higiene. Acciones que, con toda seguridad, debían ser fruto del manojo de nervios que albergaba en su estómago. No era lógico que un hijo bien avenido no soltara una sola lágrima teniendo a su padre en el piso superior, a punto de enterrar.&lt;br /&gt;         En eso, llegó una pareja. Me sonaban de algo. El era español y ella poseía una fisonomía eslava exhuberante. Polaca, rusa o algo así... Nos presentaron:&lt;br /&gt;         - Estos son David y Olga.&lt;br /&gt;         - Y tú eres Toni, ¿verdad? Nos conocimos en la fiesta que dio Elena en su casa de Palma la primavera pasada.&lt;br /&gt;La verdad, no tenía ni idea de quienes eran.&lt;br /&gt;- ¿No te acuerdas? –me preguntaron, al ver la expresión de desconcierto que les estaba ofreciendo mi cara-, nosotros somos los del bebé que gateaba por toda la casa. Ja, ja , ja.&lt;br /&gt;         - ¡Ah, si, por supuesto! –aunque continuaba sin situarles.&lt;br /&gt;         - Come in, friends, and do have a cup! –les gritó la más vieja de todas desde el rincón de la chimenea, del que no se movía ni por casualidad.&lt;br /&gt;         Los dos mallorquines se unieron a la fiesta de la planta baja, después de ver a Abd.&lt;br /&gt;En el otro extremo del enorme vestíbulo, que también era cocina, y que se utilizaba para casi todo en aquella casa, Rina intentaba abrir la puerta de la entrada como podía. Con el jaleo, nadie la había oído llegar. Al verla en apuros, me levanté para echarle una mano. Venía cargada con innumerables bolsas de supermercado, y dijo tener otras tantas en el coche.&lt;br /&gt;         - ¿Te ha bastado la pasta? –le preguntó Philip emergiendo de entre la espesa bruma.&lt;br /&gt;         - Enough. Yes. I’ll give you the surplus just I release the weight.&lt;br /&gt;         - Sin problema. By the way, how many bottles did you find at the Ultramarinos?&lt;br /&gt;         - Twenty two or twenty three, I don’t know exactly Do you think they will be enough? Night it’s going to be so long.&lt;br /&gt;         - That’s right. Another thing, Rina, did you get some cigarettes?&lt;br /&gt;         - Seven cartones –respondió la muchacha.&lt;br /&gt;         Ha llegado mi hora de la verdad, me dije mentalmente, mientras aquellos dos echaban cuentas. Dejé el salón y me dirigí al piso superior donde, supuestamente, estaba el cuerpo de Abd en exposición.&lt;br /&gt;         Al cruzar por la habitación contigua, descubrí con sorpresa que había más gente en la casa; gente que supuestamente había permanecido allí todo el tiempo y que, acaso, a tenor de la evidencia, debían de tener su fiesta aparte. Luego caí en la cuenta del trasiego continuo de mis contertulias hacia el otro lado. Idiota de mí, había imaginado hasta entonces que se levantaban con tanta frecuencia para ir a ver al muerto. Los recién descubiertos conformaban varios conjuntos separados dentro de la sala. En un principio, creí percibir de soslayo un grupo de tres; el resto eran parejas. A primera vista, parecía como si estuvieran tratando por separado de temas oscuros; profundos. Apenas se les oía. Una de aquellas parejas se estaba dando el pico. No quise mirar con detenimiento, para no distraerme, toda vez que había enfilado ya la proa hacia mi inmediato destino.&lt;br /&gt;Adrenalina fluyendo.&lt;br /&gt;         Enfilé la estrecha y rústica escalera, y fui a plantarme justo detrás de la cortina que dividía la habitación de Abd en dos espacios. Cajas de ropa y enseres amontonados aquí y allá. Libros por todos lados. Pinturas apiladas. Los objetos más inesperados e inclasificables. Velas encendidas. Olor a incienso. Sabor a pétalos. Me había costado sangre, sudor y lágrimas llegar hasta ese punto; ahora ya no había marcha atrás. La tela de las cortinas rozándome la punta de la nariz. Se oían voces suaves al otro lado de la finísima frontera. Me pareció oír la de Elena. Pero... ¿no acabo de dejarla abajo?&lt;br /&gt;         - ¿Eres tú, Toni?&lt;br /&gt;No dije nada, ni tampoco moví un pelo. Mi concentración era completa.&lt;br /&gt;- Pasa ya de una vez, ¡anda!, que Abd está ansioso por verte.&lt;br /&gt;         ¡No puede ser! Se me disparó el corazón de nuevo. Descorrí un pequeño tramo de la gran cortina y di dos pasos al frente. El muerto parecía realmente muerto: ligera sensación de alivio. Ella mantenía levantada a un lado de la cama la colcha.&lt;br /&gt;         - ¿Has visto esto? –me preguntó con el cuerpo volcado hacia lo que intentaba mostrarme. Me señalaba con una mano debajo de las ropas que tenía sujetas con la otra.&lt;br /&gt;Hice un ligero ademán hacia un lado, para enterarme. En uno de los bloques grises de hormigón prensado, de los que se usan para hacer paredes, y que nuestro amigo utilizó sin cimentar en vida para hacerse la base de la cama, había una inscripción: M-E-D-I-O-C-R-I-T-Y. &lt;br /&gt;         La palabra estaba escrita sin demasiadas pretensiones, en azul cobalto y a pincel ligero. Garabateada en algún momento de reflexión profunda, con toda probabilidad aprovechando el óleo o el esmalte residual de alguno de sus pinceles, después de dar por finalizada una sesión de pintura. Y ahí había quedado. No le di mayor importancia.&lt;br /&gt;Sin embargo, ella comenzó a rumiar a propósito del graffiti, y no paraba de conjeturar al respecto de lo que podía significar eso en la vida de Abd. Elucubró hasta que tuve que pararle los pies. Elena es muy dada a liarse en bucles mentales por los asuntos más dispares. Cuando se atora en uno, como parecía que estaba comenzando a suceder, no hay quien la pare. Se sube a la parra y no hay forma humana de hacer que se baje de ella. A veces, la pájara le dura varios días... hasta que, sin más, se olvida.&lt;br /&gt;         - No te rompas los sesos, Elena. En serio; lo escribió y ya está; baja la colcha y olvídate. Si no hubieras hurgado por ahí, muy probablemente ahora no estaríamos hablando de este asunto que ni nos va ni nos viene.&lt;br /&gt;-         Sí, aunque...&lt;br /&gt;- ¡Déjalo ya! Se trata de una simple inscripción ocasional y eso es todo. No le des más vueltas.&lt;br /&gt;Se quedo pensativa, aunque no relajada.&lt;br /&gt;Ella siempre le había tenido en un pedestal y, haber descubierto esa palabra tan cerca del cuerpo, de repente había trastocado sus armoniosos esquemas.&lt;br /&gt;         Le asomaron un par de lágrimas suaves.&lt;br /&gt;Zanjado en primera instancia el tema, le hizo un gesto a la mujer que estaba con ella, para salir las dos juntas de la habitación y dejarme a solas con el difunto. Estaban sentadas sobre la cama, una en un costado y otra en otro, el cuerpo inerte entre las dos, en una postura muy cercana a la del loto, lo que indicaba que habían estado haciendo meditación o algo parecido. La cama era muy amplia y permitía aquella disposición. Se levantaron al unísono dirigiéndose hacia la puerta.&lt;br /&gt;         - No te asustes –me dijo antes de salir de la habitación-, se mueve como si estuviera vivo. Yo creo que está vivo.&lt;br /&gt;         Será su imaginación, que siempre vuela, especulé. Habrá bebido más de la cuenta, o tal vez esté influida por este contexto tan a flor de piel.&lt;br /&gt;Abdullah tenía puesta una chilaba blanca. En las manos le habían colocado un ramillete de flores, seguramente recogidas por alguna de aquellas mujeres a escasos metros de la habitación. Tenía los pies desnudos; producía escalofríos verle sin zapatos ni calcetines con aquel tiempo. Me impresionaron aquellas uñas enormes; me recordaron a las de mi abuela: uñas que parecían postizas, talladas en madera antigua o en alabastro de dudosa calidad.&lt;br /&gt;         De repente Abd movió la cabeza, o al menos a mí me pareció que la había movido. ¡Hostia!, Elena estaba en lo cierto. Y volvió a moverse, esta vez de piernas, viniendo a confirmar las sospechas, después de que Elena me hubiera puesto en antecedentes. No podía dar crédito a lo que mis sentidos estaban percibiendo. Aunque, si he de hacer honor a la verdad, por otro lado tampoco me extrañaba. (En Termè, y mucho más en aquella casa, no me cansaré de repetirlo, muchas cosas que no son posibles en el resto del mundo, allí sí lo son.) Las dichosas “energías positivas” de las que hablan tanto los termenses, debían ser tan ciertas como que Abdullah se estaba zarandeando, mientras que yo, incrédulo militante ancestral de lo tangible, las había estado ignorando toda la vida.&lt;br /&gt;Si me habla, no sabré qué hacer; si contestarle o no. Nunca antes he hablado con un muerto. No sé cómo se hace lo de hablar con seres que ya no están.&lt;br /&gt;Sin comerlo ni beberlo, de repente me vi impelido a hilvanar una serie de palabras en voz alta.&lt;br /&gt;- ¡No, no! Yo no hablo con muertos. Esto debe ser cosa de los porros...&lt;br /&gt;Entonces, una de las flores del ramito que tenía Abd en las manos vino a parar a mi pecho, proyectada por alguna fuerza inesperada, rebotando, acto seguido, hacia el suelo. Entonces, me dirigí a él:&lt;br /&gt;- ¡No, Abd, no hablaré, si eso es lo que buscas! No estoy loco. ¡No diré nada!&lt;br /&gt;         Las “energías terméticas” de las que hablaba antes estaban sin duda intentando apoderarse de mi voluntad. Relájate, chico, no vaya a darte un pasmo ahora, me dije. Control, sobre todo control.&lt;br /&gt;Le miré fijamente a los ojos, creyendo que, de un momento a otro, se iba a despertar para soltarme algún exabrupto, o para revelarme alguna gran verdad de más allá de la frontera humana. Pero Abd, ni abrió los ojos, ni volvió a moverse y tampoco dijo nada.&lt;br /&gt;Luego caí en la cuenta, al levantársele el faldón por completo y dejarle al pairo su intimidad, de que todos aquellos movimientos eran fruto de la acción del viento. Las ventanas del cuarto estaban abiertas de par en par por evidentes motivos de salubridad, y la tempestad se había ido apoderando paso a paso del cuarto. Fuera, continuaba lloviendo. Muy precariamente, me relajé por enésima vez. Permanecí vacilante un par de minutos más junto a él, para regresar de nuevo a la vida de la planta baja.&lt;br /&gt;Sonaban ritmos caribeños en el salón. Las mujeres bailaban. No me fue fácil aceptar que en mi tierra se bailara antes de un entierro, como sí se hace por tradición en África, o en la América de los indios Navajos, o en algunas comunidades de Centroamérica. Gente “civilizada” divirtiéndose de aquella forma con un fallecido bajo el mismo techo...&lt;br /&gt;Por otro lado, David comentaba el acuerdo al que había llegado con los de la funeraria para incinerar a Abdullah en Palma el sábado a las cinco de la tarde. A propósito: en un lugar que no le pegaba nada; un amarmolado tanatorio para gente... mejor será dejarlo así, para no ofender a nadie. En fin, que David había quedado con los funcionarios en que, a la mañana siguiente, un grupo de amigos bajaría a Abd a la capital en su propio Mercedes Benz. Lo acomodarían al lado del conductor y le llevarían a dar un paseo por sus lugares preferidos. Una especie de última voluntad no confirmada. Me pareció extraño el hecho de que les hubieran dado permiso para llevar a cabo semejante extravagancia. Evidentemente, alrededor de Abd era siempre todo muy raro.&lt;br /&gt;Cansado de polarizar tantas sandeces, quise dar por finalizada mi visita en aquel punto. Me despedí fugazmente de los –las- que me quedaban más a mano, con la intención de salir en dirección hacia la otra casa, en donde había dejado la chaqueta secándose bajo la campana gigante de la chimenea.&lt;br /&gt;- ¿Por qué no te quedas un rato más? –insistió Elena-, tu cuñado, el escritor, está a punto de llegar.&lt;br /&gt;- ¿En qué quedamos: no ha estado aquí antes?&lt;br /&gt;- En efecto, pero tuvo que bajar a Palma por no sé qué asuntos urgentes. Le dejó dicho a Wilma que iba a volver, en cuanto resolviera esas cuestiones, para pasar la noche con nosotros.&lt;br /&gt;La besé en la mejilla derecha, confirmando una negativa, y salí al frío.&lt;br /&gt;El camino de regreso lo hice con la mente revolucionada. En realidad no recuerdo si continuaba lloviendo o había parado ya. Pasé la noche en ebullición. Derivando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tres días más tarde, a las cinco menos cuarto de la tarde, me subí al coche para ir hasta El Humano Recuerdo. Con el volante entre las manos, fui retomando poco a poco aquella deriva interrumpida en el momento de llegar a casa de mi amigo. Y comencé a trasplantar cerebralmente algarrobos de Termè a Vilatxí y de Vilatxí a Termè. (Vilatxí es zona de algarrobos, de algarrobos grandes, exóticos. Aquellos algarrobos que, de niño, me transportaban a la sabana africana: a las fieras; a los indígenas con lanza y escudo; a Trazan de los monos...) Me esforzaba en recobrar la imagen de todos aquellos bajo los que me senté en el camino de subida, y que, por unos instantes y por decreto mío, decidí que habían sido también los mismos bajo los que debió de sentarse Abd en algún momento de su vida en Termè. Los traía desde allí para, inmediatamente, replantarlos en el hueco que dejaban los que acababa de llevarme a su vez a Termè. Sentencié derivadamente, que, de aquella forma, le tendría más cerca. Conté palmeras. Quise resituar y relacionar casas y moradores. Y pisé adrede con los neumáticos todas cuantas señales viales se me pusieron a tiro. Combiné aspectos lúdicos con tristeza y con objetos o marcas en la carretera o en sus aledaños. Derivé.&lt;br /&gt;Sin haberlo previsto de antemano, iba a convertir mi deriva en una especie de deriva díptica, con una interrupción abstracta en mitad del proceso. (Al llegar a casa consulté el manual de Debord y, efectivamente, estaba permitido que una deriva pudiera subdividirse en otras derivas, aunque, eso sí, de un modo sustancialmente distinto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ambiente en el tanatorio era bien distinto al del otro día en su casa. También es cierto que se había llegado a congregar una pequeña multitud, con toda probabilidad a rebufo de los múltiples artículos aparecidos en prensa en el ínterin de los tres días. Estaban los habituales de Termè, como era de esperar; también gente próxima que, por uno u otro motivo, no había podido subir al domicilio. Estaban todas aquellas mujeres de la otra tarde, y estaba David; pero, sobre todo, muchas personas de los círculos más alejados a la vida cotidiana de Abd, esa multitud a la que aludía, gente que llega de oídas para sumarse a cualquier convocatoria, sean cuales fueren los motivos de concentración.&lt;br /&gt;         En un principio, yo no había contemplado la posibilidad de acudir al acto social que iba a tener lugar antes de la incineración. No obstante, dado que El Humano Recuerdo me queda, como quién dice, a la vuelta de la esquina, concluí que Abd, estuviera donde estuviera, no me perdonaría del todo que me quedara en casa sentada, aun siendo tan infinitamente tolerante y flexible como era. Mala conciencia.&lt;br /&gt;         El tanatorio, que siempre había pensado al pasar por delante que estaba fuera de servicio, fruto de sucias maniobras financieras que llevaron a cabo algunos de los socios fundadores años atrás, me sorprendió. De todos modos, continúo pensando: nada que ver con la idiosincrasia de Abd y los de Termè. Desde la carretera parecía un extraño complejo abandonado, aunque en los últimos tiempos, todo hay que decirlo, el jardín había mejorado mucho. Dentro era otra cosa: un vestíbulo y unas dependencias de proporciones desmesuradas; cortinas infinitas; mármol entonado por doquier; acero inoxidable; elementos accesorios de buen gusto. Ambiente de hotel de lujo, en definitiva; exceptuando la recepción, que era poco menos que un cutrerío.  Asombroso, sí, pero lo que me sorprendió de verdad fue la pieza en la estaban depositados los restos de mi amigo.&lt;br /&gt;         La decoración de la antesala era muy diferente al resto de las dependencias del edificio. Extraños cuadros de sabor oriental y tapices exóticos, que me sonaban de algo, colgaban de las paredes. Sobre las mesitas y en suelo, algunas piedras representaban el papel de esculturas. Piedras que también me resultaban harto familiares... Como pude, estaba a rebosar de curiosos, me adentré en la segunda sala. Lo primero en lo que me fije fue en él, y luego en las personas que, cada una a su modo, evidenciaban su dolor de corazón. Dentro de una gran urna de cristal, un ataúd de mal gusto, como casi todos los ataúdes, contenía su cuerpo. Vestía la misma chilaba del miércoles. Le habían cambiado el ramo de flores de entre las manos, eso sí. Sus pies todavía desnudos. Pero había mucho más alrededor de Abd. Expuestos a modo de tenderete en un mercadillo de calle, dispersos por toda la habitación estaban sus cayados, sus sombreros, una selección de sus innumerables camisas coloristas, varios amuletos y otros muchos objetos que no me entretuve en mirar detenidamente. La más genuina Termè...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;         Ante la inminente desaparición física de su padre, Philip no pudo contener sus emociones, hasta entonces bien disimuladas, y rompió en un llanto desgarrador y compulsivo; como si fuera a darle un ataque de corazón o algo parecido. Le sujetaban, y él se deshacía de ellos y corría por los pasillos como un enajenado.&lt;br /&gt;Como en un castillo de naipes de particularidad sonora, la gran mayoría de aquellos y aquellas que, hasta aquel momento, habían aguantado el tipo de forma alarmante, asistidos por aquella artificiosa cultura de autosuficiencia “termètica”, se desfondaron como magdalenas. Apenas unos pocos pudieron soportar la dramática desesperación de Philip. Una estampa digna de análisis (en otro momento, como es lógico). Tan fuertes, tan distantes, y en el fondo tan... corrientes.&lt;br /&gt;La sordina de un motor, dio paso al desplazamiento del ataúd con los restos de Abd hacia el interior de la pared. Aquellos carriles metálicos, sobre los que se había sustentado el féretro durante el tiempo de exposición, quedaron de improviso desabrigados, a la espera de un nuevo inquilino temporal.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4914216862019392922-4092152407255008475?l=sociastextoslit.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/4092152407255008475'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/4092152407255008475'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://sociastextoslit.blogspot.com/2008/02/camino-de-subida-camino-de-perfeccin.html' title='··  Camino de subida, camino de perfección'/><author><name>antoni socías</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09812434928382312510</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_MHMS51jloX0/R55ar0ZvlLI/AAAAAAAAArU/RIOaIfek94M/S220/Alomar+O+agua.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4914216862019392922.post-3264011648083184145</id><published>2008-02-03T12:46:00.001-08:00</published><updated>2008-02-03T12:46:46.506-08:00</updated><title type='text'>··  Calzado</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Los zapateros de Barletta están de suerte. Varios empresarios de esta localidad italiana, cercana a Bari, han optado por organizar viajes de recreo para sus empleados más sobresalientes, como aliciente a la hora de hacer cundir el trabajo entre sus plantillas. Han descubierto que, motivando a los empleados con este tipo de iniciativas generosas, algo que hasta hace poco era impensable en el sector de la piel, mejoran sustancialmente sus beneficios empresariales. Con este propósito organizan dos veces al año salidas incentivadas al extremo oriente. Todos los meses los propios trabajadores de cada sección votan libremente a los compañeros que, en su opinión, mejor rendimiento han ofrecido durante ese tiempo. A final de temporada se recuentan dichos votos, y los que salen elegidos se disponen a partir, junto con sus jefes, con el único propósito de recargar las pilas. Energía que, sin ninguna duda, renovará a toda la empresa para el próximo período de trabajo. El calzado de esta región, por este motivo, sin ser más caro que el de la competencia, posee una calidad excelente y, como parte de su valor añadido, ofrece al consumidor incalculables dosis de buen rollo. Algo que, hoy día, no es demasiado frecuente en el mundo del comercio.&lt;br /&gt;            En uno de mis vuelos a Tokyo, haciendo escala en Roma, coincidí en el avión con una de estas expediciones. Su destino era Bangkok, la siguiente parada técnica de mi periplo hasta Japón. Sin saber nada de lo que se traían entre manos, noté a esos italianos muy excitados. No era para menos, como descubriría después. Serían unas veinte personas, todos hombres y, como digo, no paraban de moverse como si fueran adolescentes en viaje de estudios. Luego pude enterarme de que no era por discriminación sexual, lo de que toda esa tropa festiva perteneciera al género masculino, ya que las mujeres trabajadoras viajaban en agosto, al finalizar la otra temporada comercial, para poder llevar a cabo sus propios planes, lejos de la influencia de los varones, a los que tenían que soportar, con sus tópicas impertinencias machistas, durante el resto del año. De entre todos los italianos, sobresalía por su figura y por su talante, el que resultó ser el patrón del grupo. Un caballero muy digno, que rebosaba carisma por los cuatro costados.&lt;br /&gt;Tardaron no menos de quince minutos en tomar asiento. Intercambiaban sus posiciones, se pasaban prendas, paquetes, bolsas y enseres de todo tipo. Lo que más me sorprendió de ellos fue que gritaran tanto.&lt;br /&gt;El avión en el que íbamos era de los grandes, de los que tienen varios pasillos y, entre ellos, numerosas zonas de asientos. No obstante, y pese a la gran cantidad de plazas de que disponía la nave, dio la casualidad de que no habían podido sentarse todos juntos, viéndose obligados a repartirse por aquí y por allá, aunque relativamente cerca unos de otros. De esta forma conocí a Vicenzo, un patronista especializado en botas de alta montaña, que resultó ser un tipo extremadamente próximo. Gracias a su carácter extrovertido, pude enterarme con todo lujo de detalles de cómo iban a ser sus días de asueto en Oriente.&lt;br /&gt;            Los motores se pusieron en marcha y actuaron como un sedante para el grupo de Barletta, aunque el efecto duró muy poco tiempo. No habíamos hecho más que despegar, cuando comenzaron a trajinar de nuevo. De las bolsas de viaje y de las mochilas que portaban como equipaje de mano, comenzaron a sacar bolsas de supermercado repletas de comida. Panecillos,  embutidos, queso de varias clases, encurtidos y también guindillas. En un abrir y cerrar de ojos, la parte trasera de la nave se convirtió en algo así como un mercadillo popular. No sé cómo lo hicieron, pero habían logrado pasar varios cuchillos de cocina, envueltos en hojas de periódico, y también una tabla de madera para cortar las porciones. Supongo que los policías de fronteras, en este país de meriendas fáciles, donde la comida es más que sagrada, saben diferenciar sobradamente a un terrorista con malas intenciones de un hambriento paisano.&lt;br /&gt;            Los intendentes de la cofradía barlettana eran cuatro, y conocían de sobra su especialidad. Lo tenían todo calculado. Uno abría los panes, otro los aderezaba con aceite de oliva y un poco de sal, un tercero les colocaba las tajadas, y el último se ocupaba de la repartición equitativa entre sus compañeros. Comieron a sus anchas y aliviaron su sed con buen vino de bodega. Las azafatas tailandesas, entre tanto jolgorio, no daban crédito a lo que estaba teniendo lugar en el avión. Pese a que invirtieron muy buenas y delicadas maneras en persuadirles de sus intenciones, les fue totalmente imposible dar a entender a esa gente, que la compañía lo tenía todo dispuesto para que sus clientes no pasaran hambre durante el vuelo. Entre risas y cantando, se mofaban de ellas y les decían con sorna que "...una merienda es una merienda, y no importa lo que venga detrás". Al poco rato, coincidiendo con el apogeo de su particular tentempié, comenzaron a servirnos una espléndida comida tailandesa, salpicada de diminutos y suculentos manjares. Como era de esperar, aquellos alborotadores no le hicieron ascos a nada, sumándose inmediatamente se sumaron a la comida oficial. Al terminar la ración que les habían puesto, pidieron más. Repitieron varias veces y, además, tomaron cafés y licores hasta agotar las existencias de la nave. En ningún momento dieron muestras de haber quedado satisfechos; aquellos hombres eran insaciables. La inminente perspectiva de pasarse diez días a cuerpo de rey, fornicando a placer con sedosas y tersas adolescentes, sin duda les había extremado el apetito, a la vez que les mantenía en el punto más álgido de su carácter grosero y parlanchín. El director y presidente, ni se inmutaba con las groserías de sus asalariados; sabía muy bien lo que se traía entre manos, y les dejaba hacer. Tenía muy claro que pasar ese ridículo valía realmente la pena, formaba parte de su elaborado plan de acción. Después de todo, a la vuelta iban a revolucionar la fábrica y, en consecuencia, también la producción. Aquel follón no era otra cosa que parte de la estrategia comercial para ampliar sus beneficios anuales.&lt;br /&gt;            Mi compañero italiano de asiento fue relatándome a conciencia, entre grandes sorbos y bocados, cómo iban a ser sus vacaciones a punto de comenzar. No sé lo que habría visto en mí -creo recordar que no había abierto la boca todavía-, para que me hiciera partícipe de todo su proyecto carnal tailandés. Por unas horas me convertí en su mejor amigo. La erudición de aquel hombre, en cuanto a temas de sexo, se me antojaba infinita. Todo el trayecto fue como una lección ininterrumpida sobre mujeres, puteríos, consoladores, masajes, condones, acometidas y saltos del tigre. Pero, una vez hubo terminado de contarme sus planes, pareció darse cuenta de que había estado ocupando abusivamente todo el espacio de la conversación.  Me pidió disculpas. Seguidamente, y a petición suya, pasé a contarle el motivo de mi viaje, que pareció interesarle.&lt;br /&gt;Al saber que mi vida y mis planes inmediatos estaban directamente relacionados con el arte, se empeñó, como suele suceder muy a menudo con la gente sencilla, en que le dedicara un dibujo sobre la doble hoja impresa con el menú. Yo, cansado como estaba, con la inspiración por los suelos, después de tantas horas de viaje y de trajín, sólo fui capaz de esbozarle con el lápiz un enorme aparato genital con piernas de hombre. Creí que aquella polla andarina, con un buen par de cojones bien peludos por acompañantes, colmaría sus repentinas ansias intelectuales. Me equivoqué de cabo a rabo. El patronista, totalmente perplejo ante mi obra, daba la impresión de no haberla comprendido. Creyó, el muy ignorante, que le estaba tomando el pelo. De modo que tuve que hacerle entrar en razón, esgrimiendo razones de peso: "El arte -le dije- es un fluido espiritual que pretende unir a las personas; y, como entre nosotros sólo existe, de momento, una fuerte elucubración sexual, el resultado de mi arte no puede ser otro que este cariñoso dibujo con el que deseo obsequiarte". Por supuesto, me agradeció el regalo, muy lacónicamente, eso sí, y se lo guardó en el bolsillo interior de la americana, haciéndome saber que jamás podría colgarlo en una casa cristiana como era la suya.&lt;br /&gt; &lt;/span&gt;&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4914216862019392922-3264011648083184145?l=sociastextoslit.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/3264011648083184145'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/3264011648083184145'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://sociastextoslit.blogspot.com/2008/02/calzado.html' title='··  Calzado'/><author><name>antoni socías</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09812434928382312510</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_MHMS51jloX0/R55ar0ZvlLI/AAAAAAAAArU/RIOaIfek94M/S220/Alomar+O+agua.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4914216862019392922.post-466956269650131029</id><published>2008-02-03T12:45:00.001-08:00</published><updated>2008-02-03T12:45:57.479-08:00</updated><title type='text'>·· Profesores</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;En la academia del arte no observábamos con el rigor necesario la principal norma de su decálogo instituido. Ni tampoco las otras nueve, que, al ser consecuencia directa de la primera, quedaban inhabilitadas por el mero hecho de irle a la zaga. Dicho reglamento estatutario, sin embargo, ofrecía como contrapartida a la cantidad que teníamos que abonar todos los meses, en concepto por las enseñanzas recibidas, una educación ejemplar. Pero allí, en el Estudio Lauria, al contrario que en el resto de las escuelas del mundo civilizado, donde se supone que las gentes acuden voluntariamente a recibir los conocimientos que han elegido como propios, cada cual debía buscarse la vida. Esa era, y no otra, la verdadera ley que había que observar en aquella modesta institución. El único profesor del establecimiento, amo y señor de todas las áreas docentes, además de la casa, ocupaba la mayor parte del día en atender asuntos que poco o nada tenían que ver con la instrucción de los buenos oficios del color y la forma. Aunque, en el fondo, tengo que admitir -lo descubrí años más tarde- que nuestro tutor no nos tenía del todo abandonados. Por la mañana temprano impartía una clase de vagas generalidades, salpicada de objetivos a cumplir; y por la noche, a la hora de cerrar, surgía de entre las tinieblas de su despacho para comprobar que todo aquello que nos había impuesto como meta, doce horas antes, se había cumplido en la mayoría de su totalidad. Y dado que la clase artística ha tenido siempre una gran capacidad de adaptación al medio, debo hacer constar también que, visto en perspectiva, los resultados no eran del todo malos. En este sentido, nos manejábamos como una sociedad juvenil autogestionada, y aprendimos a sobrevivir en esa espesa jungla que es el mundo del arte. Los veteranos ayudaban a los nuevos, y los recién llegados aportaban aire fresco a los más antiguos, que comenzaban a adolecer de ciertos vicios corporativos, propiciados por el ambiente limitado y la repetición de técnicas y modelos educativos, en cierto modo ya obsoletos. En aquel lugar, los únicos alumnos que se relacionaban con el maestro, de forma directa y continuada, eran las mujeres. Pero no… para obtener de él ninguna dosis suplementaria de magisterio, sino por aquello del derecho de pernada, que en los dominios feudales de don Mario Congost continuaba vigente, de la misma forma que en las oscuras edades de la historia, y en algunas sociedades tribales todavía hoy vigentes. Los del género masculino le tratábamos muy poco; y así nos fue que, por no aprender, ni siquiera aprendimos a mover con soltura la pelvis, como sí hicieron, al fin y al cabo, las chicas. Esta singular forma de aprendizaje, incluía además estrictos turnos para guisar y limpiar las dependencias; prácticas muy sanas en el fondo, que ayudaron a muchos de nosotros a superar ciertos malos hábitos machistas para con las labores del hogar. &lt;br /&gt;            El mismo día que yo ingresaba como alumno de base en el Estudio Lauria, lo hacía también Roberto, un enjuto y atolondrado centroamericano que, a los pocos días de instalarse en la pequeña comunidad, se destapó como un tipo más raro que el dormir de pie. Aparentaba alrededor de unos veinticinco años, aunque en realidad tenía más de cuarenta. Según dijo, vivía a caballo entre América y Europa, viajando de un lado a otro del Atlántico con sus padres y su hermana, a pesar de la edad, por algún motivo directamente relacionado con asuntos del negocio familiar en expansión. Negocio del que hablaba mucho, pero que nunca llegó a explicar de qué se trataba en realidad; sin duda, porque no debía de saberlo. Le había venido impuesto por los imperativos del destino, y su corto raciocinio no alcanzaba para poder abarcarlo ni siquiera por la parte del enunciado. En efecto, Roberto era uno de esos eternos artistas principiantes, que lo único que les mueve en esta vida es su pasión enfermiza por las naturalezas muertas y las composiciones paisajísticas decadentes. Todo lo demás le traía sin cuidado. El centroamericano era un enajenado, y un vicioso de la pincelada relamida que, para obtener aquellos finos trazos ensortijados que, según él, tanto enlucían sus bodegones, chupaba sin descanso la punta de los pinceles, con objeto de que no perdieran la magia, por falta de humedad. Su principal ocupación en el ámbito escolar era la de incordiar a todos los compañeros, intentando siempre arañar de todo el mundo técnicas y trucos, con la clara y obsesiva intención de mejorar su precario estilo. Roberto, por increíble que parezca, y salvando las distancias, tenía muchos puntos en común con el legendario Vincent Van Gogh. Sólo que éste último logró expandir sus impulsos vitales a través de la fuerza de su obra, mientras que nuestro hombre de Venezuela hacía todo lo contrario, liofilizaba la suya en diminutas cápsulas pictóricas de una sola toma. Creaba una especie de miniaturas concentradas que le llevaban innumerables días de trabajo enfermizo y que, en lugar de ampliar las barreras de su espíritu, lo que hacían era acongojarlo todavía más. Nunca le vimos dar por terminado un cuadro.&lt;br /&gt;            A los dos meses y medio de haber comenzado el curso, el señor Congost admitió a dos hermanos discapacitados, que no hacían otra cosa que gritar hasta la extenuación para expresar su desmesurado impulso estético, invariablemente en ebullición. Para mí, tímido de ultramar y desconocedor hasta la fecha de lo que era el arte comunitario, esas eran cosas muy difíciles de entender. Puro desbarajuste de la bohemia. "Cuestión de estatutos", me contestó el director cuando le pregunté acerca de la viabilidad de las dos nuevas incorporaciones. Aquel par de ángeles benditos emitía guturales en voz alta, y los iba alternando, simultáneamente, en un clamor muy bien acoplado, que con los meses llegó a constituirse en un cántico de guerra para toda la tropa académica. Los que llevaban allí mucho tiempo afirmaban que los gemelos aprenderían rápido; me decían que no me preocupara por ellos en exceso, pues no eran los primeros disminuídos que recalaban en el centro; y siempre había sucedido que todos ellos iban pasando los cursos sin problemas. Al final resultó que aquellos gritos, provenientes de inteligencias poco favorecidas por la naturaleza, y que yo atribuía a una supuesta locura, no eran sino términos cultos como color, tonalidad, composición, perspectiva, esbozo o escorzo, entre otros.&lt;br /&gt;            Como es de suponer, al director y al mismo tiempo profesor, con tanto ajetreo no le quedaba tiempo para enseñar. "Si pudiérais comprender la burocracia y el trabajo que supone tener abierta al público una organización de estas características...", nos repetía constantemente, cuando surgían dudas a propósito de su dedicación. Recuerdo haber entrado en su despacho una sola vez, concretamente fue el día que mi padre me acompañó para formalizar la matrícula. De las paredes de su oficina no colgaban obras suyas, ni diplomas en propiedad, como hubiera sido lo ajustado a oficio, sino grandes fotografías de sí mismo luciendo chupas de cuero, conduciendo motos a lo Marlon Brando en Rebelde Sin Causa, y abrazando entre sus músculos de acero a las hembras más vistosas de su Barcelona juvenil. Pero ahora ya no era el mismo joven apuesto, bullanguero y camorrista de las fotos; se había convertido en un vulgar hombre casado con problemas, que utilizaba las reliquias de su cuerpo -en otros tiempos glorioso- para engatusar a todas aquellas jovencitas, que aterrizaban en aquel -su- picadero disimulado por pinceles, colores al óleo y carboncillo de asphodelos. Un comercio desleal, que quedó totalmente al pairo con el advenimiento del bodegonista venezolano, y -para ser mucho más precisos- con la llegada de su hermana Natividad María. Una curvilínea pelirroja, que era pura sensualidad y que, como era de esperar, volvió loco a nuestro profesor. Don Mario consiguió convencer a Roberto para que la matriculara durante un tiempo en la academia, so pretexto de infundirle ciertos conocimientos asombrosos, que posteriormente ella podría utilizar para echarle una mano, cuando ambos se encontraran lejos de Barcelona. De esta forma solucionaría una gran parte de los eternos problemas que tan a menudo la pintura le solía plantear. Gracias a un sencillo curso de psicología aplicada, de muy corta duración, la chica estaría en condiciones óptimas para guiar los impulsos del arte constreñido de su hermano, ayudándole a superar cualquier trauma repentino, que pudiera surgirle en la soledad del estudio ambulante. Después de todo, ella no estaba tan ocupada, dedicaba la mayor parte de su tiempo a malgastar la fortuna de la familia, comprando a diestro y siniestro todo aquello que le apetecía y no necesitaba. Además, ayudar a un hermano es algo a lo que nadie, en principio, debería negarse.&lt;br /&gt;El profesor lo dispuso todo para que la futura conductora de pintores atormentados se encontrara como en casa. Tanto fue así, que rápidamente consiguió hacerse con los servicios completos de la joven, arrastrado por la pasión irrefrenable de un vicio al que no podía poner barreras. Sin embargo, las protestas de las otras alumnas, a las que había tenido subyugadas en secreto hasta que apareció el tornado de Centroamérica, no se hicieron esperar. Al verse humilladas, después de haber sido súbitamente apartadas del -hasta aquel momento- dulce yugo académico, acabaron por organizar una revolución cruenta de la que salimos todos escaldados.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4914216862019392922-466956269650131029?l=sociastextoslit.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/466956269650131029'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/466956269650131029'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://sociastextoslit.blogspot.com/2008/02/profesores.html' title='·· Profesores'/><author><name>antoni socías</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09812434928382312510</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_MHMS51jloX0/R55ar0ZvlLI/AAAAAAAAArU/RIOaIfek94M/S220/Alomar+O+agua.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4914216862019392922.post-5631605758295054893</id><published>2008-02-03T12:44:00.000-08:00</published><updated>2008-02-03T12:45:08.547-08:00</updated><title type='text'>··  Bedeles</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Si en el Estudio Lauria aprendíamos poco, cuando llegamos a la escuela homologada de las Bellas Artes todavía fue mucho peor. Me gustaría puntualizar, antes de nada, que el bagaje tangencial que llegamos a acumular durante el tiempo que pasamos en el primero, contribuyó decisivamente a la hora de afrontar el encorsetado mundo del arte oficial. Los pupilos del profesor Congost nos enfrentábamos por primera vez a un reto muy particular. Un desafío que distaba años luz del que tenían en mente toda esa horda de ilusos que entrarían junto a nosotros, aunque por otras vías, en la gran Escuela. Esa otra gente a la que me refiero, acudía en manada al examen de ingreso, como borregos, plenamente confiados en salvar aquel escollo inicial de la plástica institucionalizada, simple y llanamente gracias a la genialidad de sus dotes expresivas naturales. Los de la Lauria, por el contrario, llegábamos allí totalmente convencidos de nuestras excelencias personales, avaladas por la aureola de triunfos que nuestra modesta academia ostentaba desde su fundación, diez años antes. Es decir, que nos adentrábamos en aquella ficticia aventura todavía más confiados en aprobar, si cabe, que ningún otro aspirante. No era para menos, la realidad venía a demostrar, de forma taxativa, que incluso los más torpes conseguían pasar, año tras año, las complicadas e interminables pruebas de acceso. Un milagro reconocido por todos los que, de algún modo, estaban relacionados con la academia del señor Congost, y que repercutía directamente sobre la propia figura de nuestro director y único maestro, situándole en una posición sobresaliente, por encima de la discreta media gremial. Algo que no atinábamos a comprender del todo, después de haber sufrido en propia carne como alumnos, lo precario y peregrino de sus enseñanzas multidisciplinares. Pero, como los resultados eran siempre inmejorables, a la hora de recibir en mano las actas definitivas, ningún discípulo se preocupaba luego de investigar qué sucedía al margen de sus notables o sobresalientes calificaciones.&lt;br /&gt;            Dada la complejidad de las pruebas, estos exámenes de ingreso se desarrollaban de forma totalmente diferente a los de cualquier otra especialidad superior. Requerían de un laborioso, lento, y destilado proceso, con sabor antiguo, derivado de las técnicas ancestrales que nos obligaban a utilizar, para hacer aflorar todo lo bueno que llevábamos dentro. Este complejo cúmulo circunstancial nos obligaba a trabajar y a permanecer en el centro por espacio de diez horas diarias durante seis días consecutivos. Cada mañana al entrar en el aula correspondiente, con la almohada todavía adherida a la mejilla, comprobábamos con asombro que, donde habíamos dejado la noche anterior un volumen de encaje, por supuesto no solucionado hasta sus últimas consecuencias, aparecían ahora manos, pies o costillares magistralmente definidos. O que, donde no éramos todavía capaces de vislumbrar ni siquiera la presencia del color, amanecía ante nuestros ojos un universo de correspondencias cromáticas, que dejaban en ridículo cualquier práctica colorista convencional, ya fuera clásica o moderna. Infinidad de fragmentos preciosistas que, aparte de sembrar en nosotros la duda natural, nos llenaban por supuesto de gozo, al quedar demostrado que la nocturnidad obraba en favor de un talento que creíamos naufragado, al dar por finalizada la jornada anterior. Nos mirábamos perplejos, los unos a los otros, al principio de cada sesión, con una alegría silenciosa pero trémula, y continuábamos trabajando, como si tal cosa, con el ánimo totalmente renovado. Y al día siguiente, cuarto y mitad de lo mismo: aquella mano, aquel pie, o aquel costillar de apariencia deslumbrante, aparecía reelaborado diez centímetros arriba o abajo o a la derecha, rindiendo pleitesía a los últimos cambios generales que habíamos introducido en la sesión anterior; y así, un día y otro día, hasta cinco días consecutivos, como en un juego del que, en apariencia, no se conocían las reglas ni tampoco el origen de su procedencia. En ocasiones, incluso todo el trabajo -la composición completa- amanecía totalmente restaurado, suponemos que en función de esas hipotéticas normas que la noche imponía a nuestros trabajos. En aquellas circunstancias se nos hacía muy difícil discernir si aquellas mutaciones, en constante evolución, eran fruto del sueño engañoso de la primera hora matinal, o realmente sucedía que las oscuras fuerzas del arte generaban vida propia durante la vigilia, decidiendo su propio destino en el transcurso de las horas oscuras.&lt;br /&gt;            El tiempo y la casualidad se encargaron de desvelar el enigma. Aunque también es cierto que una fluida alianza con los subalternos de la casa, porteros, jardinero y modelos, me ayudó de forma decisiva a la hora de destapar aquel oscuro asunto. Atando cabos de conversaciones dispares, llegué hasta Cipriano, el bedel más joven de la institución académica, que operaba de botones desde hacía varios años, en espera de que a alguno de sus compañeros más mayores le llegara la jubilación. Recién casado, Cipriano, que era un aprovechado y un vivales, había conseguido, además, hacerse con el puesto suplementario de guardián oficial de la Escuela, aparte de con otros muchos cometidos. En este orden de cosas, al margen de su estricto horario laboral de ocho horas como subalterno, y de sus rondas nocturnas en busca de una seguridad integral para el centro, también invertía otras cuatro o cinco de su jornada interminable en posar como modelo en aquellas mismas aulas. Y por añadidura, a su mujer le había conseguido el puesto de gobernanta general, empleo que traía parejo el derecho a utilizar gratuitamente la vivienda anexa, habilitada para tal fin en los bajos del edificio. En resumen, un conjunto de circunstancias económicas que catapultaron los negocios del matrimonio hacia una situación inmejorable. Negocios que, gracias a las mil y una habilidades de este hombre, habían ido siempre viento en popa. Fruto de este monopolio, Cipriano se conocía a la perfección todos los  entresijos de la Escuela, desde atajos para acceder a cualquier rincón de la casa sin ser visto, hasta cualquier detalle técnico del edificio, pasando por las marcas de ropa interior que usaban todas y cada una de las amantes del director, que no eran pocas. Lo sabía todo sobre todo y sobre todos. Desde el día en que hizo su presentación, Cipriano asumió que allí, en la periferia de las bellas artes, estaba su futuro. Vivía a sus anchas.&lt;br /&gt;No obstante, un par de botellas de vino después de la victoria en la liga de nuestro común equipo favorito, acabaron haciéndole cantar por alegrías el trato de favor que dispensaba hacia una parte de los alumnos; entre los que, sin ser consciente de ello, y gracias a Dios, me encontraba yo.&lt;br /&gt;Me explicaré: escuelas de arte de cierto prestigio se podían contar en aquellos momentos con los dedos de una mano, circunstancia que obligaba a que las pocas plazas disponibles estuvieran mucho más que solicitadas. Por consiguiente, una avalancha de artistas en ciernes combatía a sangre y hierro, cada primavera, con el objetivo de conseguir el preciado pase a la inmortalidad. Las dificultades derivadas de la lucha eran tan grandes, que una gran parte de los posibles candidatos no lograban superar ni tan siquiera los trámites previos. Conminándose a vagar por el mundo de las academias el resto del año, con la esperanza puesta en la siguiente convocatoria. Nosotros, los del Estudio Lauria, no éramos de ésos, nosotros entrábamos cada año a lo grande, pulverizando cualquier pronóstico; y lo hacíamos en grupo, la plantilla al completo, sin distinción de categorías, ni de sexo, ni de nada de nada. Aunque el verdadero éxito no había que atribuírnoslo a nosotros, los examinandos, sino al profesor Congost, y más concretamente a la suerte que tuvo el día que trabó amistad con Cipriano Domínguez. Cipriano era quién en realidad hacía posible aquel milagro todos los meses de junio. Juntos, profesor y subalterno, habían fundado en la sombra una sociedad clandestina, que fue yendo a mejor a medida que los excelentes resultados se iban consolidando. Este último aportaba las facilidades que su cargo ponía a disposición del negocio, a sabiendas del riesgo que corría, y el profesor sus capacidades, tanto intelectuales como manuales. Los resultados eran inmejorables, la reputación de Mario Congost fue subiendo como la espuma y su fama cruzaba fronteras.&lt;br /&gt;            De noche, el bedel que, dicho sea de paso, cobraba una buena suma por su contribución a la causa del Estudio Lauria, abría la trampilla de uno de los sótanos, cerca de unas matas en el ala este, para que el licenciado pudiera introducirse desde el jardín en el interior del edificio principal. Una vez dentro, los dos desplegaban un dispositivo táctico sin precedentes en el mundo de la docencia. Y después de haber corrido todas las cortinas con suma habilidad y presteza, Cipriano tomaba su linterna y se dejaba guiar por las directivas de su socio y amigo. Eran diez interminables horas cada noche, en las que cada dibujo transmutaba el aliento, cada vaciado las formas, y para cada pintura suponía una transfusión renovadora de sangre multicolor. El señor Congost era tan precavido como ocurrente. Atajaba de raíz cualquier error embrionario, incluso antes de que éste pudiera llegar a materializarse sobre los soportes. A grandes rasgos, dejaba esbozadas las líneas maestras por las que deberíamos guiarnos al día siguiente y, de paso, él se allanaba el camino hacia las correcciones siguientes. En consecuencia, su trabajo y el nuestro eran perfectos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4914216862019392922-5631605758295054893?l=sociastextoslit.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/5631605758295054893'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/5631605758295054893'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://sociastextoslit.blogspot.com/2008/02/bedeles.html' title='··  Bedeles'/><author><name>antoni socías</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09812434928382312510</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_MHMS51jloX0/R55ar0ZvlLI/AAAAAAAAArU/RIOaIfek94M/S220/Alomar+O+agua.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4914216862019392922.post-1733775359504896354</id><published>2008-02-03T12:43:00.000-08:00</published><updated>2008-02-03T12:44:17.871-08:00</updated><title type='text'>··  Bebés</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;Durante muchos años fue uno de mis entretenimientos predilectos. Con el impulso de mis piernas y la fuerza de sus brazos, me elevaba sin interrupción cada varios metros. Cantábamos, no recuerdo qué, pero tenía que ver con los saltos.&lt;br /&gt;            Aquella tarde de agosto salimos a pasear como tantas otras tardes solíamos hacer. Pasadas varias travesías, calle abajo y rumbo al centro, que al fin y al cabo era siempre nuestro destino ineludible, nos encontramos con unos amigos. Los Ferrer tenían la misma costumbre de salir a distraer el bochorno vespertino, aproximadamente a la misma hora y por los mismos andurriales, por lo que no era extraño encontrarse con ellos en algún punto de aquel recorrido sistemático. El hijo lloraba ese día desconsoladamente. De hecho el chaval se pasaba la vida llorando; me sacaba de quicio; con sólo oírle nombrar se me ponían los pelos de punta. Para aliviar su disgusto la madre, sin perder la compostura ni el ritmo del paseo, le dirigía palabras suaves  mientras iban acercándose a nuestra posición. Al principio no caí en la cuenta, y creí, más por inexperiencia que por otra cosa, que en aquella ocasión ciertamente le sucedía algo al niño. Pero no. Tardé muy poco tiempo en cerciorarme de que ese mimado seguía siendo el miserable mamón que yo conocía. Berrear era su moneda de cambio, y la utilizaba a su antojo, para obtener de sus progenitores todo aquello que se le metía entre ceja y ceja.&lt;br /&gt;A saber qué estará tramando éste… con tanto jaleo -pensé para mis adentros-. ¡Cabronazo! Mientras tanto, nuestros padres habían emprendido ya la conversación de siempre por parejas; los machos hablaron de trabajo y de deportes, y ellas de sus cosas. Entre hombres y mujeres no hubo apenas cruce de palabras, como suele acontecer en la mayoría de este tipo de encuentros familiares; lo que me dejó en una situación inmejorable para poder actuar a placer, proporcionándome una gran facilidad a la hora de abordar al monstruito. Tan mayor –me decía yo- y todavía montado en un coche para bebés: ¡qué vergüenza!. No le soportaba. La visión de sus pies grandes a ras de suelo, y de su cuerpo sobrealimentado, desbordando con creces el asiento de aquel delicado vehículo, era una tentación demasiado grande como para que me resistiera a asaltarle sin contemplaciones. No había tiempo que perder. Le clavé una mirada profunda, de odio congénito y premeditado, en mitad de su turbia alma de infante consentido. Una buena puñalada de efecto para cortar el hielo. Seguidamente, y sin más preámbulos, le metí mano. Me aproveché de la distracción de la madre, que mecía el coche como una autómata, sin ni siquiera dedicarle la más escueta mirada compasiva.&lt;br /&gt;Para ser exactos, le introduje el puño en la boca. Y lo hice de forma suave y acompasada, procurando no lastimarle demasiado al principio. Tanito, que así era como le llamaban cariñosamente los suyos, quedó perplejo. No se lo esperaba. Completamente bloqueado en el más estricto silencio de la sumisión, no supo cómo reaccionar. Ni tampoco podía, debido al repentino ahogo al que se vieron sometidas sus cuerdas vocales. A la sazón, fui abriendo y cerrando los dedos en el interior de su cavidad bucal, al mismo tiempo que giraba la mano como si fuera un dispositivo programado, arañando fuertemente en mis cortos desplazamientos internos encías, dientes y, por supuesto, mucosas. Me aventuré incluso hasta el esófago, y habría llegado mucho más lejos, al estómago, o al intestino, o quizás más allá, si no hubiera notado ciertos espasmos en el interior de aquella canalización viscosa; contracciones que relacioné rápidamente con arcadas. La repugnante visión del vómito ajeno estampado sobre mis ropas, chorreándome por el brazo y oliendo a rancio, hizo que me retirara justo a tiempo. El atemorizado Cayetano no podía creerse que aquello estuviera sucediéndole a él. Me observaba fijamente, en aquella incómoda postura, con los ojos fuera de sus órbitas. Como quien espera de antemano una nueva embestida del adversario, y se prepara para desviarla a tiempo y poder retroceder. El chaval no iba desencaminado, porque al primer conato de mueca que intentó esbozar, como reacción a mi primera embestida, le asesté en la cabeza tal capón de nudillos, que se quedó sin aliento. Con gesto entrecortado y con las manos alzadas, gesticulando a la manera de los marionetas mal accionadas, tomó aire como pudo, e intentó apercibir a su familia del drama que estaba viviendo ahí abajo. Le quedaba mucho por aprender a aquel imbécil: nunca tan acompañado, y a la vez tan solo.   &lt;br /&gt;            Me gustaría precisar en este punto, que yo era plenamente consciente de mi actitud canalla, aunque también querría dejar constancia de que hay cosas y personas que uno, por más civilizado que sea, no puede soportar. (Hay mucha gente que necesita un toque de atención de vez en cuando).&lt;br /&gt;Quise darle un ligero respiro, tras el cual, volvió a la carga. Berreó de nuevo, sólo que ahora, además, se revolvía como un animal ensartado. Al parecer no tenía suficiente. Me arrimé un poco más al coche, y deslizando suavemente mi mano por debajo de su camisa de hombrecito, le pellizqué con fuerza los michelines de la barriga. Si antes había tenido pocos escrúpulos con él, a partir de ese mismo instante la cosa iba a ser todavía mucho peor. Nadie me impediría actuar a lo grande, como siempre había soñado, después de haber dado con éxito los primeros pasos en esto del crimen.&lt;br /&gt;Los cuatro de arriba no existían ya para nosotros dos, sumergidos como estaban en una de esas interminables chácharas fácticas en las que nadie arriesga nada personal. Mientras, aquel angelito seguía retorciéndose al son de los irrelevantes comentarios domésticos de nuestros papás. Ver como ese capullo perdía el mundo de vista, fue muy emocionante para mí; fue... como vivir una fantasía; era la máxima expresión de una necesidad hasta ese día latente. Pero por desgracia, la cosa no pudo pasar de ahí. Llegado el momento de la despedida, me fue del todo imposible terminar a conciencia lo que había comenzado minutos antes con tanta firmeza e ilusión. Guardé el gesto de la guerra en el fondo de la epidermis, escondí mis armas con extremo disimulo en la base de la espalda, y saludé cortésmente a los señores Ferrer, como era mi obligación de chico bien educado. A continuación, besé a Tanito en la mejilla, y cada familia continuó su camino. El gordito se iba bien arreglado, y yo, por el contrario, tremendamente insatisfecho por saberme a poco la faena.&lt;br /&gt;            Desde lejos, apoltronado en su vagoncito para capullos malcriados, con el cuello vuelto ciento ochenta grados para no perder de vista a su verdugo, no dejó de mirar atrás hasta verme desaparecer por la esquina de la Bodega España.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4914216862019392922-1733775359504896354?l=sociastextoslit.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/1733775359504896354'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/1733775359504896354'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://sociastextoslit.blogspot.com/2008/02/bebs.html' title='··  Bebés'/><author><name>antoni socías</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09812434928382312510</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_MHMS51jloX0/R55ar0ZvlLI/AAAAAAAAArU/RIOaIfek94M/S220/Alomar+O+agua.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4914216862019392922.post-8189908656859474996</id><published>2008-02-03T12:41:00.000-08:00</published><updated>2008-02-03T12:43:10.850-08:00</updated><title type='text'>··  Anónimo</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;“Amigo, si pierdes, extravías o te roban tu perro. Pregunta qué ha sido de tu animal a la siguiente dirección: Manuel Collado Collado, calle Obispo Oliver 80, es una cuchillería, el teléfono es 878146.&lt;br /&gt;Este individuo es el responsable de la muerte de muchos perros, ya que se dedica a organizar peleas de perros y a criar pit bulls sin ningún tipo de permiso o licencia&lt;br /&gt;En estas peleas se juega mucho dinero, La policía y la guardia civil no hacen nada para impedirlo y quitar de la circulación a este individuo que es un asesino de perros, ahora te toca a ti, canalla, sufrirás”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este comunicado fue repartido en innumerables ocasiones en los buzones de todo el pueblo de Inca, en la Comunidad de las Baleares. Unos días mecanografiado a folio entero, otros en una cuartilla, o simplemente recortado a la medida del texto. Unas veces dentro de un sobre, y otras a pelo. Su autor insistió tanto, debido a la desesperación por el trauma que el cuchillero debió causarle, que el valor de sus palabras ha pasado a formar parte del mundo de los Cacahuetes. El nombre del supuesto canalla, la dirección y su número de teléfono han sido cambiados. Todo lo demás se reproduce aquí fielmente.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4914216862019392922-8189908656859474996?l=sociastextoslit.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/8189908656859474996'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/8189908656859474996'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://sociastextoslit.blogspot.com/2008/02/annimo.html' title='··  Anónimo'/><author><name>antoni socías</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09812434928382312510</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_MHMS51jloX0/R55ar0ZvlLI/AAAAAAAAArU/RIOaIfek94M/S220/Alomar+O+agua.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4914216862019392922.post-7218313982888477994</id><published>2008-02-03T12:40:00.000-08:00</published><updated>2008-02-03T12:41:19.160-08:00</updated><title type='text'>··  Abuelas</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;br /&gt;            Cuestión de abuelas. Materia muy seria, formal, mesurada, circunspecta, sensata, asentada, reflexiva, e incluso grave. Porque, todo lo que concierne a ellas proviene de universos remotos y conlleva, por tanto, sensaciones nuevas, a las que quizás nosotros, que somos de una época diferente a la suya, nunca tengamos acceso directo. Tanto es así, que todos aquellos a los que eso de la ancianidad nos queda todavía un poco lejos, nos sentimos como perdidos, cuando topamos con esa circunstancia de la vida o con alguno de sus derivados. Es lógico, no pasa nada. Se impone un respeto ponderado, para empezar, y tener mucha paciencia con ellas. Son buena gente.&lt;br /&gt;            Existen muy claramente dos clases de abuelas, las que se quejan hasta el aburrimiento, fruto de lo que ellas perciben como una incomprensión infinita por parte de las personas, y de los objetos, que las rodean; y las que no tienen aparentemente -por dignidad o por disipación de la mente- nada de que quejarse. En su conjunto, dicho sea de paso, todas muy respetables, aunque las primeras resulten infinitamente más cargantes que las otras. Mi abuela materna Margarita, sin ir más lejos, ha sido un ejemplo digno de mención, con referencia al segundo grupo. Un caso excepcional y extremo, dentro de ese conjunto de las que aguardan en silencio que les llegue la hora final.&lt;br /&gt;Con objeto de no ocasionar molestias innecesarias, mi abuela debió de decidir un día no perder el aliento vital, hasta que hubiera pasado el momento de su muerte efectiva. Y lo hizo de este modo, para acostumbrar a todos los que la velábamos, a su nuevo estado fronterizo entre el mundo y el más allá. Así, sin que apenas llegáramos a notar que se estaba yendo de nosotros, quiso obsequiarnos con un dulce óbito, totalmente alejado del común sufrimiento, que la mayoría de los mortales suele expresar en el momento del fallecimiento. Y quisiera añadir, además, y no me cabe la menor duda de ello, que, si no hubiera sido por el exagerado rigor que bloqueaba sus articulaciones, muy propio de la muerte, por otro lado, seguramente hubiera querido levantarse del lecho, bayeta y escoba en mano, para dar ella misma un último y definitivo repaso a la estancia, antes de dejarnos definitivamente. Para dejarla como los chorros del oro, como solía hacer todos los días.&lt;br /&gt;Hasta el preciso instante en que fue llamada desde el otro lado, esta mujer soportó estoicamente los embates de la edad, luciendo una beatífica sonrisa en los labios, procurando en todo momento no exteriorizar el sufrimiento que la embargaba en aquella situación extrema. Y eso que en sus buenos tiempos de mujer vigorosa había sido una gobernanta de armas tomar, que nos llevó a todos por el camino de la recta disciplina, a toques de tambor y corneta.&lt;br /&gt;Hay una persona por encima de todas las demás que, para ilustrar mis palabras, podría dar fe de ello: mi abuelo, su marido. Empedernido hombre interior, muy casero, y sobradamente cómodo como pocos, persona reacia a las malas influencias de la calle, y también precursor y fundador de la Real Academia de los Buenos Humos, se veía obligado a tener que comerse las cenizas de sus puros habanos, para que ella no notara que había fumado dentro de la casa.&lt;br /&gt;Pero volvamos a la historia que nos ocupaba hace un instante: Al cerciorarse mi abuela de haber entrado en el tramo final de su existencia, nos miró de lejos, como agradeciendo todo lo que habíamos hecho por ella en sus últimos tiempos de imposibilidad, y dejó de respirar con el semblante iluminado, tocada con el velo del deber cumplido.&lt;br /&gt;            Habitualmente, la mayoría de nuestros mayores se lamenta y se queja reiteradamente, por falta de salud, muy especialmente. Rebosan de mal humor por los cuatro costados, a barra libre, por la sencilla razón de que no acaban de entender todavía, a sus años, el porqué de tantas cosas. Confundiendo, de algún modo, la impotencia congénita de sus mentes extenuadas con el estado de decrepitud de las carnes que les dan cobijo. Singularidad que también es propia de muchos otras personas, aún encontrándose en la flor de la vida. Como les pasaba a alguna de mis tías que, en el estado de excitación, propio de la menopausia, no eran capaces de comprender –soportar- la buena salud de la que gozaba su madre -mi abuela-, a una edad tan avanzada. Durante mucho tiempo le estuvieron insistiendo hasta la saciedad, para que acudiera al médico de cabecera a hacerse un reconocimiento. Sin que ella se dejase convencer por los argumentos que le planteaban, al no tener nada -decía- que ofrecer al médico. Al final, le dieron un ultimátum –casi la obligaron por la fuerza-, aunque ella lo quiso hacer a su modo y no necesitó de ningún acompañante para acudir a la consulta. Justo el día en que cumplía sus primeros noventa y cinco años, harta de tanta insistencia por parte de las hijas, se presentó sin avisar en casa don Juan Cifre.&lt;br /&gt;- Doctor, no sé por qué estoy aquí, pero usted míreme de arriba a bajo, que si no lo hace, no voy a poder volver a mi casa. Me encuentro perfectamente –prosiguió-, mucho mejor que cuando era una adolescente, que sí sufría de interminables males, aunque fueran de amor y de inseguridad. Para ser sincera con usted, le diré que mis hijas son las responsables de que hoy esté aquí; se han obstinado en que una mujer, a mis años, debe tener, quieras o no, algo que no le funcione.&lt;br /&gt;- Pues no sé, la verdad es que no tiene por qué ser así.&lt;br /&gt;Y se dispuso a auscultarla.&lt;br /&gt;- Vamos a ver qué tiene usted por aquí -le dijo don Juan, señalando circularmente con el dedo índice de su mano derecha una zona indeterminada de su cuerpo, entre el monte de Venus y la garganta-. Déjeme ayudarla a tumbarse en la camilla y saldremos de dudas.&lt;br /&gt;            La miró de arriba abajo, muy por encima, porque saltaba a la vista que no tenía nada que pudiera ser motivo de preocupación, y mientras en eso estaba, dando cabezaditas de ciencia para certificar a la paciente que todo andaba bien en el interior de su organismo, mi abuela, por no irse de vacio de la consulta, y también, pretendidamente, para contrarrestar el tiempo que el señor Cifre había invertido en ella, siguiéndole el juego, le salió con esas:&lt;br /&gt;            - No será, doctor, pues, si dice usted que no ve ni oye nada raro por ahí dentro, que debo tener eso que llaman ahora vejez prematura.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4914216862019392922-7218313982888477994?l=sociastextoslit.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/7218313982888477994'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/7218313982888477994'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://sociastextoslit.blogspot.com/2008/02/abuelas.html' title='··  Abuelas'/><author><name>antoni socías</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09812434928382312510</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_MHMS51jloX0/R55ar0ZvlLI/AAAAAAAAArU/RIOaIfek94M/S220/Alomar+O+agua.jpg'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4914216862019392922.post-4294607969171354285</id><published>2008-02-02T01:57:00.001-08:00</published><updated>2008-02-03T12:40:14.357-08:00</updated><title type='text'>··  80</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="color:#ff0000;"&gt;80.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Mezcla de reflexiones en voz alta y comentarios directos a temas que aparecen en pantalla. Alternando)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ff0000;"&gt;¿Cómo que 80?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;(Pausa durante la foto de escolar con el libro abierto)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ff0000;"&gt;Pues sí, 80.&lt;/span&gt;  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(La iglesia  y el campanario)&lt;br /&gt;80 campanadas y 80 sirenas, para alertar a la población de 80 aviones con 80 bombas cada uno: malos tiempos. En el campanario, no obstante, bocadillos de mejillón, bebida, bombazos... y mucho jolgorio infantil. ¡Que vienen, que vienen! Cantimplora por aquí, proyectiles por allá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(De la iglesia a los grupos de colegiales)&lt;br /&gt;Me viene de lejos lo de 80. Con 80 amigos crecí, con 80 estudié y con 80 me divertí a instancias de la vida. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Reflexión 1, que coincide con el inicio de las máquinas)&lt;br /&gt;Siempre tuve claro que quería ser un número libre. Para llegar a 80 sin ataduras. En esta disposición, 8 máquinas compré con gran esfuerzo, por consejo de mi padre, para que pudieran convertirse algún día en 80... o en 800. 80 máquinas a los 80, pensé entonces, un negocio cabal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Espacio y... ruido de máquinas)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Cuando aparece por primera vez la novia)&lt;br /&gt;80 máquinas... y una novia para toda la vida. En algunos temas, como éste y como dios: mejor una, uno que 2.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Reflexión 2)&lt;br /&gt;Aunque creáis conocerme de sobras, amigos míos, yo, 80, el 80, soy una cifra muy poco corriente; toda una entidad para los especialistas en enteros. Tanto... que, a veces, ni yo mismo alcanzo a reconocerme cuando me sitúo frente al espejo. Me veo, como diría... extranjero. Soy el 80, me repito una y otra vez, mezcla a partes iguales de diez ochos por un lado, y ve tú a saber de cuantas cosas más por el otro; y aún así, conociendo de sobras de qué estoy hecho, y de que pié calza el mundo que me rodea, no llego a ubicarme del todo en él.&lt;br /&gt;Y me quejo, sí, pero sólo un poco. Me lamento casi en silencio, porque entiendo que, cuando se refiere a mí, la gente habla siempre de apariencias, de cómo soy y de la forma que tengo, de cómo sumo, resto. multiplico o divido, pero muy pocas veces de mis otras capacidades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Reflexión 3)&lt;br /&gt;No os engaño si os digo que, en el fondo, me gustaría llegar a ser un excelente 100. O un 120, ¿por qué no?. Con los deberes bien hechos, claro está.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Comentario reiterativo a propósito de imprentas y máquinas)&lt;br /&gt;Miradlas, ¡qué bonitas; y cómo suenan de bien! Me refiero a mis máquinas, por supuesto. Escuchad esta. Y esta otra... Y aquella. Qué maravilla...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Reflexión 4, que sirve para introducir las primeras fotos de familia)&lt;br /&gt;A lo que ibas,  80.&lt;br /&gt;80 hijos me hubiera gustado tener, aunque jamás lo expresé en público. Llegaron 2: ¡bienvenidos fueron! No hay 80 sin 2, tuve que admitir. 2 para hacer piña, para ser 80.&lt;br /&gt;Papá, comenzaron a llamarme esos dos números pequeños; papá, continúan llamándome aún.&lt;br /&gt;¡Hijos, les contesto yo, ojo... que voy para 80!&lt;br /&gt;¿Cómo que 80?, me responden ellos interrogándose, como si no entendieran del todo –que no entienden todavía- de qué va esto.&lt;br /&gt;O-CH-E-N-T-A. ¿Os suena? Pues claro: 30, 40, 50, 60, 70... y ahora 80, ¡collons!. Espabilad, muchachos, que ya está aquí 80.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Insistimos suavemente en lo maravilloso del ruido de las máquinas)&lt;br /&gt;Qué bien suenan... ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Reflexión 5)&lt;br /&gt;80 son los dedos de las dos manos, si multiplicamos 10x10 y restamos 20. Mirad que importante. ¡Adelante, 80!, me voy dando cuerda yo mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Reflexión 6)&lt;br /&gt;80 son los escalones que me llevan al cielo. 80 también para bajar del burro, que está muy alto. Las escaleras que van a alguna parte tienen todas 80 escalones. Siempre: comprobado. Y las que no, es que no llegan donde tienen que llegar. Menos de 80 escalones en la misma escalera es signo de que las cosas no van bien. Y más de 80, de momento, pura ambición. De modo que, por este año, quédeme en 80.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Reflexión 7)&lt;br /&gt;80 espíritus son los que me animan, 80 y sólo 80. Ni uno más, ni uno menos. Todos con nombre y apellidos. Podrían haber sido noventa, o veintitrés, pero lo cierto es que son exactamente 80. 80 espíritus del dios Neptuno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Reflexión 8)&lt;br /&gt;Gran 80 es el dios de la caza y de la pesca. Vengan a mi capazo, pues, perdices, tordos, becadas, atunes, rayas o doradas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Comentario reflexivo coincidiendo con las imágenes de navegación y pesca)&lt;br /&gt;80 barcas para ayudarme a sacar del mar los 80 frutos maravillosos. Voy y vengo, vengo y voy: del mar no me canso nunca. 80 marineros en 80 barcas. 80 ochentas que son, al fin y al cabo, la misma cosa: alegría sobre una superficie tan soberbia como inesperada. Esperanza, fantasía, aventura, desafío, pasión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Reflexión 9)&lt;br /&gt;Los Santos Apóstoles tendrían que haber sido 80 y no 12. Que mala suerte que Jesucristo no lo dispusiera de este modo; a buen seguro que esto de la religión hubiera sido de otra forma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Comentario dirigido a su mujer. Debe coincidir con las primera&lt;br /&gt;Ay, Coloma: ¡80!. Sólo tú sabes todo lo que pasa por esta cabecita mía...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Reflexión 10)&lt;br /&gt;80 capítulos tiene el mejor de los 80 libros: El gran libro de las 80 maravillas del universo. 80 maravillas para 80 pueblos. 80 pueblos para 80 líderes. 80 líderes de pacotilla... para joderla 80 veces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Comentario para involucrar a la audiencia)&lt;br /&gt;A los que no lo veis con optimismo, quisiera aconsejaros. ¡Sí, sí, tú, tú y tú también!: no os dejéis llevar por la monserga, casi-ochentas; que no os metan en la cabeza que estáis acabados. Ved, sino, cuantos buenos 80 han llegado lejos dando caña al mono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Reflexión 12)&lt;br /&gt;80 vértebras tiene la columna, para soportar la cruz de cada día, porque no todo es campo de rosas en eso de labrarse un futuro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Comentario alusivo al paso de las imágenes de Cartonajes Mallorca)&lt;br /&gt;Al paso de las hojas de cartón, escuchad lo que os voy a contar: vino a verme el otro día un parroquiano y me propuso lo siguiente: amigo 80, me dijo, ha llegado la hora de servir 80 preservativos en una misma caja. 200 son demasiados, 12 insuficientes, 2... ni te cuento. Y con 60 te puedes quedar corto. La cantidad justa para un provechoso fin de semana largo, intuyo que son 80. Necesitamos cajas, por tanto, para agrupar conjuntos de 80 unidades de latex. Hazme 80 cajas de prueba y no te arrepentirás.&lt;br /&gt;No desvelaré de quién se trata, pero sí que era, al igual que yo, un 80 recién estrenado.&lt;br /&gt;Pues bien, no han pasado tres semanas, y 880 cajas le entrego cada 8 horas, para que pueda llevar a cabo sus incipientes planes preservativos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Reflexión 13)&lt;br /&gt;Un poco de metafísica en los últimos compases, que nunca viene mal. Imaginemos juntos que el infinito se alió con el 80 en la noche de los tiempos. Que aprendió de él y que se echó a vivir. Tumbado, allá en lo lejos. Un 80 en calma. Meditando acerca del futuro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Comentario para la audiencia)&lt;br /&gt;80 invitados hoy, por cierto, mirad que casualidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y para concluir definitivamente todo este embrollo de ochos y de ochentas, amigos míos, en voz alta proclamo: ¡bienvenida sea la era del 80!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Pausa)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aplausos...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4914216862019392922-4294607969171354285?l=sociastextoslit.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/4294607969171354285'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4914216862019392922/posts/default/4294607969171354285'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://sociastextoslit.blogspot.com/2008/02/pgina-en-construccin.html' title='··  80'/><author><name>antoni socías</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09812434928382312510</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_MHMS51jloX0/R55ar0ZvlLI/AAAAAAAAArU/RIOaIfek94M/S220/Alomar+O+agua.jpg'/></author></entry></feed>
