3.2.08

·· En torno al Maestro de la Intensidad



            Luis Pérez-Mínguez es, además de otras muchas cosas, un hombre accidentado. Un adolescente que sufrió una caída, casi mortal, que le condujo, para consuelo de unos y para desdicha de otros, a la fotografía. Es fotógrafo, para quien no lo sepa todavía, gracias y debido a ese fortuito encontronazo con una roca marina. Un accidente dramático al principio, que, no obstante, le ha ayudado en gran medida a saber cómo descomponer el mundo y cómo volverlo a organizar a su medida, todos y cada uno de los días de su existencia.
            Subido a una silla de ruedas y con la cámara al hombro, después de haberse recuperado lo justo del trauma, se fue un día a París, dejando atrás el acomodaticio esquema de la familia y los amigos, para aprender a caminar. Lo consiguió, emprendiendo al mismo tiempo otra cruzada simultánea, no menos audaz que aquella: el aprendizaje de la mirada. Se hace imprescindible en este punto recalcar que la específica selección de imágenes que, con motivo de este libro, el autor ha preparado, son herencia directa y profunda de su nueva manera de mirar. El cuerpo, la figura humana; sus propias trazas. Una constante a lo largo de toda su carrera. Después del drama, tuvo que reaprender a conocerse, tuvo que aprender a mirar el paisaje con nuevos ojos y a ver al prójimo desde una perspectiva quebrada. Con la óptica cambiada, comenzó a resituarse, a reorganizarse dentro del esquema cotidiano de los modos y las maneras, fotografiando y dibujando hasta la exasperación su nuevo cuerpo y el de los demás. Plasmando en papel la extrema necesidad de una adolescencia anatómica que la vida le había negado.       
            Su forma de captar imágenes es una consecuencia directa de ese andar a trompicones; de caer cada quince minutos; de ir por ahí con las rodillas y los codos en carne viva. Derivación analógica de haber mirado durante tanto tiempo desde abajo; de vernos al revés y, por ello, de dominar, cómo no, a la perfección, otros ángulos que a los demás nos son extraños. Es su mirada oblicua, supina, exagerada; a punto siempre de hacer saltar en pedazos todo lo observado. Sus cámaras, fruto de esta prodigada situación a ras de suelo, se mantienen en un permanente lamentable estado de revista. Deterioradas debido a las circunstancias adversas, se retuercen a hombros del que las maltrata sin culpa, o dentro de una bolsa maltrecha, obligadas a convivir con todo tipo de enseres, provenientes de otras castas que no son precisamente la de los mecanismos de alta precisión. Pero no importa, porque no es este un problema digno de mención a la hora de los resultados, en el bagaje de un profesional poco o nada vinculado al gremio del nitrato de plata. “Cuanto más jodidas están mis máquinas, parece mentira, mejor me salen las fotografías”. Cámaras en carne viva, cámaras fieles, accidentadas a la fuerza, torturadas por una causa justa. En este ambiente de agitación y flagelo, al mismo tiempo adorable y candoroso, no hay descanso. Los domingos no tienen cabida en el calendario, porque sencillamente no existen. Así son las cosas en el Madrid, en el Nueva York, en el Bangkok, en la Mallorca, en el Riahuelas de Luis Pérez-Mínguez.     
            De los procesos mecánicos que la fotografía, como toda disciplina, requiere, ni se ocupa. Le interesan solo de forma oblicua. Dice que no van con él ni con su forma de ser. Con que las imágenes tengan lo que tienen que tener, es más que suficiente. “Lo importante en todo esto es estar vivo y poder contar que lo estás. Las fotografías con alma no necesitan de una excelente técnica ni tampoco estar al abrigo de un excesivo discurso”. Las mejores, por eso, no serán nunca las más bonitas ni las mejor hechas, sino aquellas que nos interesen de algún modo. Son las que dicen de interioridades. Las que hablan por sí mismas, de sí mismas, mintiendo estrictamente lo justo. Imágenes desnudas. Como su autor, un hombre desnudo que ha dedicado todas sus fuerzas, desde que recobró la razón al caerse, a expresar lo que lleva debajo de la ropa, que no solo es cuerpo.
            Hay una gran falta de sentido del ridículo en todo lo que hace, lo que confiere a su forma de obrar una absoluta libertad. Él es uno de esos pocos privilegiados que se maneja sin complejos dentro del arte, sabedor de que si no arriesga a conciencia todo lo que hay que arriesgar, no podrá acercarse nunca hasta las cuestiones que valen la pena. Que son muchas. Así, metiéndose a menudo donde no le llaman, provoca que aflore a la superficie lo que la mayoría intenta evitar a toda costa: llegar al fondo de los seres humanos, los animales, el paisaje o los objetos.
            El concepto de autoría es otro de los puntos álgidos en la concepción de toda su obra. Es un artista convencional en el sentido intrínseco de la palabra. Le fascina ser el único y el más personal. Le encanta que le mimen en exceso. Un creador que exhala sutileza por los cuatro costados, dando a luz en la intimidad excelentes obras maestras en la dimensión de los grandes de la fotografía, digamos, “clásica”. Composición, modelo, reflejo, diálogos, intimidad, claroscuro. Figuras en el paisaje. Y es también, por la misma regla de tres, un artista despejado, en el que la idea moderna de autor, de obra o de derechos legales, no es la misma que en el resto de la humanidad inventiva. Un artista desprendido, que no oculta su satisfacción al pregonar que, en la mayoría de los casos, el resultado del trabajo creativo es fruto del azar cooperativo más que de la imperiosa y extendida necesidad de atribuírselo como propio. Una contradicción muy útil a la hora de afrontar su propio torbellino acelerado. Que da sus frutos en forma de complicidad; porque en él sí que se hace bien patente aquella máxima que dice que no existen modelos sino cómplices. Gente de todos los pelajes, predispuesta a participar de un modo u otro en cualquiera de sus proposiciones. Voluntarios que no solo ofrecen su cuerpo para que sea tratado, sino también su alma.
            En el cómputo de su vasta obra nadie podrá nunca saber cuántas de las fotos de Luis Pérez-Mínguez son realmente suyas, desde el punto de vista de la gestión material. Algunas de ellas, más bien muchas, las hemos hecho en realidad nosotros, los otros, los que estamos a su lado; y esas imágenes son suyas y solo suyas, pese a quien pese, porque las maneja él desde su concepción hasta el momento del disparo. Porque nos maneja también a nosotros, pobres infelices, que nos creíamos artistas por el simple hecho de haber apretado su disparador, para congelar un instante que creíamos comunitario. Aunque lo mismo sucede al contrario, cuando él toma alguna de nuestras cámaras sin pudor, fotografiando por nosotros todo aquello que le apetece compartir. Para que se entienda: en su entorno, tomar una fotografía no es otra cosa que un acto biológico simple, de orden común, un hecho animal –humano-; una necesidad corporal en muchos de los casos, como respirar, comer, amar o dormir. Alguien toma la cámara, enfoca y dispara. Sin más. Luis no ha ocultado nunca que lo que más le mueve es lograr buenas fotografías con el mínimo esfuerzo. Para ahorrar energías pero, sobre todo, para compartir.
            Todo lo que hace referencia a Luis Pérez-Mínguez es materia pertinente, no solo suya, sino también de todos aquellos que coincidimos con él en algún momento de su órbita anamórfica. Para abordar con garantías a este monstruo de la creación no solo se necesitan buenos conocimientos sobre la materia -su materia-, tener además un mínimo de fantasía y no poca predisposición, sino también un hígado grande, y haberse ensuciado, al menos hasta las rodillas, en esta especie de yacimiento paleoantropológico que es su vida y, por defecto, su obra. Este hombre es un raro espécimen que recibe a todas horas. Recibe en la cama, en el salón, en el cuarto de baño; en bata o en traje de paseo, para arrancarles varios grados de complicidad a los que llegan sin saber que pronto comulgarán con su credo. Una ceremonia sin precedentes, en la que el recién llegado se sumerge como por arte de magia en aquello que se está gestando a escasos metros. Tambores ancestrales. Música primaria. Ritual. Festín antropófago en el que todo y todos somos de alguna forma devorados, vomitados y vueltos a devorar por el fotógrafo caníbal. Nadie que tropiece con él puede escapar, pues, a la vorágine que acontece cuando el ambiente se calienta. No importan el lugar, la persona o personas, la motivación del encuentro ni tampoco la hora o la situación atmosférica que enmarca el evento
            Todo en él es intenso, inmenso, arduo y un tanto complicado. Denso, muy denso, a la vez que entrañable y paternal; pendenciero también y, en ocasiones, hasta criminal. Su trabajo y su persona son una explosiva mezcla de elementos antagónicos. Hallar los límites de lo prohibido, andar sobre la cuerda floja, es lo que le mueve. Inclusive para con sus imágenes más tiernas. Todo un poema alegre pero difícil de tragar.
            Para concluir: supongamos que Luis Pérez-Mínguez hubiera sido Luis Pérez-Mínguez siete u ocho siglos atrás, aunque tan solo conociéramos de él sus trabajos, sin que quedase constancia escrita de su firma ni de su biografía por ningún lado. Pues bien, dada la magnitud de las circunstancias que acabamos de plantear, es más que probable que estudiosos de aquella época dorada, lo bautizaran con el nombre artístico de Maestro de la Intensidad.
            Texto publicado en el libro de Luis Pérez-Mínguez, número ocho de la colección PhotoBolsillo / Editorial La Fábrica /

·· Criaturas



Acabo de despertar de un mal sueño y me encuentro en otro mucho peor. Hace un sol de justicia. Recuerdo vagamente que algo interrumpió mi carrera, durante la noche, cuando regresaba a casa. Tengo la sensación de encontrarme tendido de mala manera, y eso no me gusta. Me siento húmedo... y al mismo tiempo seco ; y vacío, muy vacío. Necesito beber.
Una extraña corazonada me dice que este no es mi cuerpo de toda la vida. No sabría definir con exactitud qué me está pasando. Tengo la mente confundida. Estoy embotado. Y mi voluntad tampoco es, ni por asomo, la que corresponde. Quiero moverme y no puedo. Me conformaría con poder girar solamente el cuello hacia un lado, tan siquiera un ápice, para saber dónde me encuentro y qué está siendo de mí. Mi distancia focal es muy limitada, no alcanzará más allá del metro y medio; y mi ángulo de cobertura tampoco es bueno. Tengo la impresión de que solo me funciona el ojo derecho. Mi situación debe de ser mucho más grave de lo que alcanzo a imaginar.
Una enorme franja blanca viene a cruzarse por debajo del cuerpo; y encima de ella, justo delante de la cara, casi rozándomela, una especie de pequeño globo, con algo que bien podrían ser ramificaciones, se interpone en mitad de mi campo visual. ¡Hay que joderse! Detrás de esta bola, llego a vislumbrar un conjunto de hierbas secas y detrás de ellas, al fondo, casi con toda certeza, aunque entre nebulosas, una carretera que limita a un lado por una pared de piedras. Ese es todo mi mundo por ahora.
Apenas si puedo notar la respiración. Y lo único que me alivia un poco, entre tanta tensión, es esa ligera brisa en las entrañas. No acierto a comprender si será para bien o para mal ni quiero saberlo. En todo caso, me reconforta pensar que una brisa tonificante es siempre algo muy de agradecer.

            La mañana se ha levantado espléndida, todo hay que decirlo, y aunque no he podido dormir, debido a los problemas que se ciernen sobre mí, la noche ha transcurrido de algún modo tranquila. He oído mucho ruido y he visto muchas luces transitar. Varias veces he podido notar unas fuertes sacudidas en las patas traseras y en el rabo. No me voy a quejar, no tengo fuerzas para hacerlo. Lo importante es que ha amanecido y eso me da ciertas esperanzas. Hay que ser positivo aunque, definitivamente, la noche no es lo mío. Nunca lo fue.

            ¡Dios mío! ¿Qué ha sido este golpe? Me ahogo. La cabeza me da vueltas. Algo en la garganta me impide tragar. Nada vuelve a ser como parecía que había sido hasta hace un instante. Mi confusión ahora es total. Este último topetazo me ha puesto patas arriba, o al menos esa es la impresión que tengo. El cielo y la tierra se han puesto al revés, y recuerdo que solo se ponen así cuando en casa me acarician el vientre. ¡Y mi cola!, ¿qué pasa con mi cola? ¿Dónde ha ido a parar? No percibo ya su dulce y confortable balanceo. ¡Que alguien me ayude!
Un bulto de color rojo se acerca desde el horizonte invertido. Cada vez más rápido. Viene hacia mí. Mi cuerpo continúa sin reaccionar, aunque me noto algo más lúcido que hace un rato. La humedad que ayer me envolvía ha desaparecido. Acabo de descubrir que lo de la brisa interior no eran alucinaciones mías. Tengo el vientre fuera de lugar; diría que abierto a lo que venga. El corazón en la boca. Y las costillas iniciando un maldito puzle.
Esa cosa roja que venía a lo lejos acaba de perfilárseme en mi única retina en activo. Se trata de un automóvil de los grandes y continúa en dirección a mí. ¡Me pasará por encima!, de eso no me caben dudas.
             “El mal de las prisas”, que decía mi padre, “nadie se para por nadie”. En efecto, acaba de pisarme. Mi cráneo ha dado una vuelta completa de nuevo y ahora reposa -es un decir- sobre mi lomo totalmente allanado. El paisaje, al que me había ya acostumbrado, una vez más ha vuelto a cambiar de perspectiva. Con tanto trajín, me dan náuseas. Y aquí huele fatal. El zumbido de las moscas, que se ceban sobre mí, se me hace insoportable por momentos, y yo con el rabo extraviado, sin poder ahuyentarlas. Para mi desdicha, otra plaga, paralela a la de las moscas, se ha sumado a la fiesta de mis heridas. Son muchos y forman una microalgarabía desquiciante, que peregrina sin rumbo a lo largo y ancho de toda mi geografía corporal. Me entran por los oídos y me salen por la boca. Vuelven a entrar por la nariz y al poco tiempo los siento en la otra punta de mi vida maltrecha. Noto como si caminaran en fila india. Se me hace insoportable este cosquilleo que no cesa. Con todo este lío, no me había dado cuenta de que estaba oscureciendo y, al contrario que ayer y en tiempo pasado, tampoco me importa mucho. Lo que son las cosas.
            De nuevo se ha hecho la luz, y amanezco todavía más confundido que ayer. No sé cuántas horas, cuántos días, cuántas semanas llevo en esta situación. He perdido la cuenta. Hoy me noto todavía más seco. Solo unas pequeñas protuberancias, y mi cabeza prominente, que se resiste con orgullo a olvidar su forma primera, dan cuenta de lo que fui. Los vehículos siguen pisándome, uno tras otro, y este cuerpo que fue en otras circunstancias mío, lejos ya de sufrir por ello, cree estar acostumbrándose a su nuevo estado de sometimiento permanente. Son tantos los que abusan de mí... De puro aburrimiento, he dejado de apreciar los impactos. Los asumo como parte de este juego sin razón en el que me ha metido algún hijoputa y continúo a la espera de no sé qué. Siempre había oído decir que uno se acostumbra a todo y ahora puedo certificar que la afirmación es del todo cierta.
Un coche ha estacionado cerca de mi posición. Se acerca un hombre. Se para junto a mí. Da una vuelta a mi alrededor observándome atentamente desde ángulos diferentes. Se agacha. Se levanta. Repite posturas y ademanes. Se tumba en el suelo. Apoya la cara en él y me mira fijamente. Saca un objeto de su macuto y me lo acerca. El objeto en cuestión brilla como el cristal de una botella, y puedo verme reflejado en él. Apenas si me reconozco, de no ser por la mancha blanca de mi frente y por el bigote cobrizo, que todavía mantiene una cierta presencia. Mi aspecto es deplorable. Mucho más de lo que había imaginado en el transcurso de esta pesadilla, que todavía continúa. El humano se ha puesto a hablar consigo mismo. Murmura. No comprendo lo que dice ni lo que hace ni lo que busca de mí. Continúa observándome desde detrás del artefacto, que emite una especie de pitidos, cada vez más intensos, cuando lo maneja con los dedos. Ahora el tipo se pone en pie, me mira desde arriba como cuando llegó, da la vuelta y se aleja sobre sus pasos. Se introduce en el vehículo y desaparece.
Necesito agua, más agua de la que nunca había necesitado. No me extrañaría estar muerto, pero... ¿cómo voy a saberlo, si nunca antes lo he estado?

·· Profesores


En la academia de arte no observábamos con el rigor necesario la principal norma de su instituido. Ni tampoco las otras nueve, que, al ser consecuencia directa de la primera, quedaban inhabilitadas por el mero hecho de irle a la zaga. Dicho reglamento estatutario ofrecía, como contrapartida a la cantidad que teníamos que abonar todos los meses en concepto por las enseñanzas recibidas, una educación ejemplar. Pero allí, en el Estudio Lauria, al contrario que en el resto de las escuelas del mundo civilizado, donde se supone que las gentes acuden voluntariamente a recibir los conocimientos que han elegido como propios, cada cual debía buscarse la vida. Esa era, y no otra, la verdadera ley que había que observar en aquella modesta institución. El único profesor, amo y señor de todas las áreas docentes, además del establecimiento, ocupaba la mayor parte del día en atender asuntos que poco o nada tenían que ver con la instrucción del extraordinario oficio del arte. Aunque, en el fondo, tengo que admitir -lo descubrí años más tarde- que nuestro tutor no nos tenía del todo abandonados. Por la mañana temprano impartía una clase de vagas generalidades, salpicada de objetivos a cumplir; y por la noche, a la hora de cerrar, surgía de entre las tinieblas de su despacho para comprobar que todo aquello que nos había impuesto como meta, doce horas antes, se había cumplido. Y dado que la clase artística ha tenido siempre una gran capacidad de adaptación al medio, debo hacer constar también que, visto en perspectiva, los resultados eran más que aceptables.
            Nos manejábamos como una sociedad juvenil, en régimen de autogestión, y aprendimos organizadamente a sobrevivir en mitad de aquella pequeña jungla. Los veteranos ayudaban a los nuevos, mientras que nosotros, los recién llegados, les aportábamos aire fresco de la calle. En aquel lugar los únicos alumnos que se relacionaban con el maestro, de forma directa y continuada, eran las chicas. Pero no para obtener de él ninguna dosis suplementaria de magisterio, sino por motivos derivados del derecho de pernada, que en los dominios feudales de don Mario Congost continuaba vigente. Los del género masculino definitivamente le tratamos poco.
            El mismo día que yo ingresaba como alumno de base en el Estudio Lauria, lo hacía también Roberto, un enjuto y atolondrado venezolano que, a los pocos días de instalarse en la pequeña comunidad, se destapó como un tipo más raro que el dormir de pie. Aparentaba alrededor de unos veinticinco años, aunque en realidad tenía más de cuarenta. Según dijo, vivía a caballo entre América y Europa, viajando de un lado a otro del Atlántico con sus padres y su hermana, a pesar de la edad, por algún motivo directamente relacionado con asuntos del negocio familiar en expansión, negocio al que hacía referencia con mucha frecuencia, pero que nunca llegó a explicar de qué trataba en realidad. Sin duda, porque no debía saberlo. Le había venido impuesto por imperativos del destino y su corto raciocinio no alcanzaba ni para el enunciado de referencia. En efecto, Roberto era uno de esos eternos artistas principiantes a los que lo único que les mueve en esta vida es su pasión enfermiza por las naturalezas muertas, las composiciones paisajísticas decadentes y los retratos de payasos. Lo demás le traía sin cuidado. Todo miniaturas, claro está, no vayamos ahora a pensar que era un aduanero Rousseau y que sabía explayarse a gusto a partir de sus carencias. El sudamericano era un enajenado y, al mismo tiempo, un vicioso de la pincelada relamida. Para obtener aquellos finos trazos ensortijados que, según él, tanto enlucían sus bodegones, chupaba sin descanso la punta de los pinceles, con objeto de que no perdieran la magia –ni la punta- por falta de humedad. Su principal ocupación en el ámbito académico era la de incordiar a todos los compañeros, intentando siempre arañar de todo el mundo técnicas y trucos, con la clara y obsesiva intención de mejorar su angosto estilo. Roberto, por increíble que pueda parecer y salvando las distancias, sí tenía muchos puntos en común con el legendario Van Gogh. Solo que este último logró expandir sus impulsos vitales a través de la fuerza de su obra, mientras que nuestro hombre de Venezuela hacía todo lo contrario, liofilizaba la suya en diminutas cápsulas pictóricas de una sola toma. Creaba una especie de cuadritos enfermizos, muy reconcentrados, que le llevaban innumerables días de trabajo y que, en lugar de ampliar las barreras de su espíritu, lo que hacían era constreñirlo. Nunca le vimos dar por terminado un cuadro.
            A los dos meses y medio de haber comenzado el curso, el señor Congost admitió a dos hermanos discapacitados, que no hacían otra cosa que gritar hasta la extenuación para expresar su desmesurado impulso artístico en eterna fermentación. Para mí, tímido de ultramar y desconocedor hasta la fecha de lo que era el arte comunitario, todo aquello me resultaba muy difícil de entender. Lo atribuía en principio al desbarajuste propio de la bohemia. "Cuestión de estatutos", me contestó el director cuando le pregunté acerca de la viabilidad de las dos nuevas incorporaciones. Aquel par de almas benditas emitían guturales en voz alta a todas horas, y las iba alternando simultáneamente, en un clamor muy bien acompasado, que con los meses llegó a constituirse en un cántico de guerra para toda la tropa de la academia. Los que llevaban allí mucho tiempo afirmaban que los gemelos aprenderían rápido. Me insistían en que no me preocupara por ellos en exceso, pues no eran los primeros disminuidos que recalaban en el centro, y que en todos los casos iban pasando los cursos sin más problemas. Al final resultó que aquellos gritos, que yo atribuía a una supuesta locura congénita, no eran sino la interpretación disminuida de términos cultos como color, tonalidad, composición, perspectiva, apunte o escorzo.
            «Si pudierais comprender la burocracia y el trabajo que supone tener abierta al público una organización de estas características...», nos repetía cada vez que surgían dudas a propósito de su dedicación al centro. Recuerdo haber entrado en su despacho una sola vez, concretamente el día que mi padre me acompañó desde Mallorca para formalizar la matrícula. De las paredes de su oficina no colgaban obras suyas, ni diplomas en propiedad, como hubiera sido lo ajustado a oficio, sino grandes fotografías de sí mismo luciendo chupas de cuero, conduciendo motos a lo Marlon Brando en Salvaje,  y abrazando entre sus músculos de acero a las hembras más vistosas de su Barcelona juvenil. Ya no era, sin embargo, el mismo joven apuesto, bullanguero y camorrista de las fotografías. Se había convertido en un vulgar hombre casado con problemas, que utilizaba las reliquias de su cuerpo voluminoso -en otros tiempos musculado- para engatusar a todas aquellas jovencitas, que aterrizaban en aquel picadero disimulado con pinceles y colores al óleo sobre los papeles y consumidos carboncillos de Asphodelos al lado del teléfono. Un comercio desleal que quedó totalmente al pairo con el advenimiento del bodegonista venezolano y, más concretamente, con el de su hermana Natividad María, una curvilínea pelirroja, pura sensualidad, que volvió loco de inmediato a nuestro profesor. Don Mario consiguió convencer a Roberto para que la matriculara durante un tiempo en la academia, so pretexto de infundirle ciertos conocimientos asombrosos, que posteriormente ella podría utilizar para echarle una mano a él, cuando ambos se encontraran lejos de Barcelona. De esta forma podría solucionar una gran parte de los eternos problemas que tan a menudo la pintura le solía plantear. Gracias a un sencillo curso de psicología aplicada, la muchacha estaría en condiciones óptimas para guiar los impulsos creativos de su hermano, ayudándole a superar cualquier problema que pudiera surgir en la soledad de un hipotético estudio ambulante. Después de todo, ella no estaba tan ocupada. Dedicaba la mayor parte de su tiempo a malgastar la fortuna de la familia, comprando a diestro y siniestro todo aquello que le entraba por la vista y que no necesitaba. «Ayudar a un hermano es algo a lo que nadie debería negarse», concluyó Congost para terminar de convencerla.
El profesor lo dispuso todo para que la futura conductora de pintores atormentados se encontrara como en casa. Tanto fue así, que rápidamente consiguió hacerse con los servicios completos de la joven, arrastrado por la pasión irrefrenable de un vicio, el suyo, al que no podía ni sabía poner fronteras. En contraposición, las protestas de las otras alumnas, a las que había tenido subyugadas en secreto hasta que apareció el tornado de América del Sur, no se hicieron esperar. Al verse humilladas, después de haber sido súbitamente apartadas del candoroso yugo académico, acabaron por organizar una revolución cruenta de la que salimos todos escaldados.

·· Bebés

Durante muchos años fue uno de mis entretenimientos predilectos. Con el impulso de mis piernas y la fuerza de sus brazos, me elevaba sin interrupción cada varios metros. Cantábamos, no recuerdo qué, pero tenía que ver con los saltos.
Aquella tarde de agosto salimos a pasear como tantas otras tardes solíamos hacer. Pasadas varias travesías, calle abajo y rumbo al centro, que al fin y al cabo era siempre nuestro destino ineludible, nos encontramos con unos amigos. Los Ferrer tenían la misma costumbre de salir a distraer el bochorno vespertino, aproximadamente a la misma hora y por los mismos andurriales, por lo que no era extraño encontrarse con ellos en algún punto de aquel recorrido sistemático. El hijo lloraba ese día desconsoladamente. De hecho el chaval se pasaba la vida llorando; me sacaba de quicio; con sólo oírle nombrar se me ponían los pelos de punta. Para aliviar su disgusto la madre, sin perder la compostura ni el ritmo del paseo, le dirigía palabras suaves mientras iban acercándose a nuestra posición. Al principio no caí en la cuenta, y creí, más por inexperiencia que por otra cosa, que en aquella ocasión ciertamente le sucedía algo al niño. Pero no. Tardé muy poco tiempo en cerciorarme de que ese mimado seguía siendo el miserable mamón que yo conocía. Berrear era su moneda de cambio, y la utilizaba a su antojo, para obtener de sus progenitores todo aquello que se le metía entre ceja y ceja.
A saber qué estará tramando éste… con tanto jaleo -pensé para mis adentros-. ¡Cabronazo! Mientras tanto, nuestros padres habían emprendido ya la conversación de siempre por parejas; los machos hablaron de trabajo y de deportes, y ellas de sus cosas. Entre hombres y mujeres no hubo apenas cruce de palabras, como suele acontecer en la mayoría de este tipo de encuentros familiares; lo que me dejó en una situación inmejorable para poder actuar a placer, proporcionándome una gran facilidad a la hora de abordar al monstruito. Tan mayor –me decía yo- y todavía montado en un coche para bebés: ¡qué vergüenza!. No le soportaba. La visión de sus pies grandes a ras de suelo, y de su cuerpo sobrealimentado, desbordando con creces el asiento de aquel delicado vehículo, era una tentación demasiado grande como para que me resistiera a asaltarle sin contemplaciones. No había tiempo que perder. Le clavé una mirada profunda, de odio congénito y premeditado, en mitad de su turbia alma de infante consentido. Una buena puñalada de efecto para cortar el hielo. Seguidamente, y sin más preámbulos, le metí mano. Me aproveché de la distracción de la madre, que mecía el coche como una autómata, sin ni siquiera dedicarle la más escueta mirada compasiva.
Para ser exactos, le introduje el puño en la boca. Y lo hice de forma suave y acompasada, procurando no lastimarle demasiado al principio. Tanito, que así era como le llamaban cariñosamente los suyos, quedó perplejo. No se lo esperaba. Completamente bloqueado en el más estricto silencio de la sumisión, no supo cómo reaccionar. Ni tampoco podía, debido al repentino ahogo al que se vieron sometidas sus cuerdas vocales. A la sazón, fui abriendo y cerrando los dedos en el interior de su cavidad bucal, al mismo tiempo que giraba la mano como si fuera un dispositivo programado, arañando fuertemente en mis cortos desplazamientos internos encías, dientes y, por supuesto, mucosas. Me aventuré incluso hasta el esófago, y habría llegado mucho más lejos, al estómago, o al intestino, o quizás más allá, si no hubiera notado ciertos espasmos en el interior de aquella canalización viscosa; contracciones que relacioné rápidamente con arcadas. La repugnante visión del vómito ajeno estampado sobre mis ropas, chorreándome por el brazo y oliendo a rancio, hizo que me retirara justo a tiempo. El atemorizado Cayetano no podía creerse que aquello estuviera sucediéndole a él. Me observaba fijamente, en aquella incómoda postura, con los ojos fuera de sus órbitas. Como quien espera de antemano una nueva embestida del adversario, y se prepara para desviarla a tiempo y poder retroceder. El chaval no iba desencaminado, porque al primer conato de mueca que intentó esbozar, como reacción a mi primera embestida, le asesté en la cabeza tal capón de nudillos, que se quedó sin aliento. Con gesto entrecortado y con las manos alzadas, gesticulando a la manera de los marionetas mal accionadas, tomó aire como pudo, e intentó apercibir a su familia del drama que estaba viviendo ahí abajo. Le quedaba mucho por aprender a aquel imbécil: nunca tan acompañado, y a la vez tan solo.
Me gustaría precisar en este punto, que yo era plenamente consciente de mi actitud canalla, aunque también querría dejar constancia de que hay cosas y personas que uno, por más civilizado que sea, no puede soportar. (Hay mucha gente que necesita un toque de atención de vez en cuando).
Quise darle un ligero respiro, tras el cual, volvió a la carga. Berreó de nuevo, sólo que ahora, además, se revolvía como un animal ensartado. Al parecer no tenía suficiente. Me arrimé un poco más al coche, y deslizando suavemente mi mano por debajo de su camisa de hombrecito, le pellizqué con fuerza los michelines de la barriga. Si antes había tenido pocos escrúpulos con él, a partir de ese mismo instante la cosa iba a ser todavía mucho peor. Nadie me impediría actuar a lo grande, como siempre había soñado, después de haber dado con éxito los primeros pasos en esto del crimen.
Los cuatro de arriba no existían ya para nosotros dos, sumergidos como estaban en una de esas interminables chácharas fácticas en las que nadie arriesga nada personal. Mientras, aquel angelito seguía retorciéndose al son de los irrelevantes comentarios domésticos de nuestros papás. Ver como ese capullo perdía el mundo de vista, fue muy emocionante para mí; fue... como vivir una fantasía; era la máxima expresión de una necesidad hasta ese día latente. Pero por desgracia, la cosa no pudo pasar de ahí. Llegado el momento de la despedida, me fue del todo imposible terminar a conciencia lo que había comenzado minutos antes con tanta firmeza e ilusión. Guardé el gesto de la guerra en el fondo de la epidermis, escondí mis armas con extremo disimulo en la base de la espalda, y saludé cortésmente a los señores Ferrer, como era mi obligación de chico bien educado. A continuación, besé a Tanito en la mejilla, y cada familia continuó su camino. El gordito se iba bien arreglado, y yo, por el contrario, tremendamente insatisfecho por saberme a poco la faena.
Desde lejos, apoltronado en su vagoncito para capullos malcriados, con el cuello vuelto ciento ochenta grados para no perder de vista a su verdugo, no dejó de mirar atrás hasta verme desaparecer por la esquina de la Bodega España.

·· Alcohol y Arte en mayúsculas




Medio en broma, medio en serio, sabíamos y no sabíamos que la mona Chita fue en vida muy aficionada a empinar el codo. Por las secciones de miscelánea de algunas revistas del corazón y los noticiarios generalistas, corrían periódicamente imágenes y comentarios, haciendo referencia a sus whiskies con hielo después de las interminables sesiones de trabajo ante las cámaras. Se la podía contemplar en actitud de relax, sentada sobre la clásica silla de lona de los actores, con un grueso habano en la boca y un vaso de licor entre las manos. Quiero remarcar que no teníamos del todo claro el vicio de Chita, aunque lo intuyéramos, precisamente porque la poderosa industria del cine, a través de la comunicación publicitaria, crea elaborados estereotipos con objeto de promocionar en un sentido u otro a sus artistas. Chita tenía que ganarse el cariño del público a toda costa, tenía que ser simpática y graciosa y su papel de golfilla de salón sin duda ayudó mucho en este sentido.
A su muerte nos inundaron con infinidad de anécdotas, en su mayoría chismes, muchos de los cuales abundaban en su afición a la bebida. El lenguaje jocoso con respecto a los bebedores ha dado mucho de sí a lo largo de la historia, y mucho más si cabe cuando se trata de animales. Se dijo que amaba la cerveza por encima de todo y que, en su residencia de California, Dan Westfall -su cuidador, la persona que le hizo de padre, secretario y psicólogo– le mantenía en todo momento la nevera bien surtida.
Al final, todo aquello que se había rumoreado durante décadas, resultó ser cierto. Con los riñones hechos polvo y una diabetes galopante, los veterinarios tuvieron que darle el ultimátum obligándola a dejar el alcohol.
En España le atribuimos el rol femenino desde el inicio de su carrera, cuando en realidad era un macho y se llamaba Cheeta. Bautizado en Liberia con el nombre de Jiggs en mil novecientos treinta y dos, nuestro protagonista murió a los ochenta años de una insuficiencia renal el Día de los Inocentes de dos mil once, en el centro de acogida para primates de Palm Harbor, en Florida. Fue distinguido posteriormente en el Libro Guinness de los Récords como el chimpancé más longevo de la historia, dato sobre el que confluyen muchas controversias, ya que los chimpancés no pasan de los treinta y cinco años en libertad, ni de los cuarenta y cinco cuando han vivido entre rejas o junto al ser humano, como Cheeta.
De lo que yo quería hablar, sin embargo, era de arte.
Los chimpancés son muy inteligentes. Aprenden con facilidad el lenguaje de signos para comunicarse con nosotros y, de la misma manera, imitan a la perfección actitudes, maneras y posturas. En este sentido le encantaba el fútbol, como a su mentor y a mucha gente. No tanto jugar como sí verlo por televisión acostado en el sofá. Lo que nos remite de nuevo, en su caso, al alcohol.
Pudiera parecer una burla, pero he querido introducir con toda la intención el tema de la bebida, para relacionarlo con toda esa parafernalia superficial, a la vez que cargante, que rodea al arte. En primer lugar con la bohemia de breviario que se ha atribuido al gremio por sistema. Con la trillada “locura” de los artistas; la melancolía y el idealismo corporativos; la soledad congénita; la inspiración y las musas de los cojones; la incomprensión por parte de la sociedad; el papel de las cotizaciones económicas a la hora de valorarnos artísticamente; el plus de libertad e independencia que se nos atribuye en detrimento del resto de la población... En resumidas cuentas, un sinfín de condicionamientos y arbitrariedades, que vienen siendo tratados históricamente de forma poco juiciosa y reiterativa, y que una parte del sistema utiliza premeditadamente para encauzar y fidelizar a mentecatos, pobres de espíritu, “ciegos” y confundidos.
Me refiero a todo esto a propósito de la otra faceta que hizo famoso al actorcito de Hollywood: su dominio del color y las formas indeterminadas. Porque la mona Chita pintaba… y dicen los que trataron el tema que lo hacía bastante bien. Por supuesto no tenía ni idea de cómo llevar a cabo un retrato canónico, ni tampoco sabía de bodegones u otras especialidades figurativas, aunque esa inicua contrariedad importaba poco en la era del expresionismo abstracto, cuando comenzó a hacer sus pinitos. Cheeta tenía un don natural. Sabía darle a la brocha y al bote de pintura del mismo modo que lo hicieron Jackson Pollock, Motherwell o el sintético Franz Kline. En realidad pintaba con los dedos, aunque firmaba las obras a pincel.
Cheeta protagonizó cuatro películas de la serie Tarzán, aunque hay historiadores menos rigurosos que aseguran que fueron doce. Todo es muy confuso en la biografía de este singular personaje. Película arriba, película abajo, las que protagonizara en su día le resultaron más que suficientes para alcanzar la fama y retirarse con una pequeña fortuna a disfrutar de la vida. Fue en su gozoso retiro cuando descubrió el arte de la pintura, a través de la que Westfall, que nunca se separaría del mono hasta su muerte, consiguió acrecentar aún más la fortuna familiar.
Existen a la par mucha confusión e informaciones cruzadas con respecto a la faceta artística de nuestro protagonista. Unos dicen que sus cuadros se vendieron por una pasta en exclusivas subastas, junto a la obra de creadores consagrados, mientras que otras fuentes aseguran que sus obras se vendían básicamente a los turistas. Fuera como fuere, y por la información que tengo en mi poder, me queda claro que su notoriedad se consolidó a partir de hacerse pública su creativa condición. Corroboradas las ventas, los más puritanos se aferraron como a un clavo ardiendo a la cándida versión de que de las ganancias de Cheeta se dedicaban exclusivamente a financiar varios albergues para animales, entre ellos el de Palm Harbor. Versión y discusiones aparte, el caso es que una mona madurita se nos había convertido de la noche a la mañana en artista de éxito, y no lo hizo sola. Creo que en eso sí estaremos todos de acuerdo.
El arte tiene estas cosas, que es muy voluble en su expresión mediática popular, a la vez que tremendamente confuso y poco claro en sus artimañas de gestión y manifestación. Existe un tipo de intermediario inquieto, muy voluble, esnob y tremendamente avispado para con los negocios en apariencia imposibles. Se inventa lo inimaginable con tal de sacar partido a su iluminada intuición, poniendo en funcionamiento las más intrincadas estrategias de marketing a la hora de vender humo. Y le va bien porque, mientras haya dinero de por medio, el sistema está perfectamente engrasado para asumir y potenciar todo este tipo de toxinas.
Quién se acuerda hoy de lo que supuso en su día aquel estallido del arte comunista institucional en Occidente. No había galería cool del Soho neoyorquino que no exhibiera aquella gran dosis de retórica importada. Sucedió lo mismo con los indios norteamericanos. También con el arte proveniente de los manicomios. O cuando se puso de moda aupar a artistas iniciáticamente iluminados, en el momento en que los reyes del pop encontraron la paz interior en el regazo de Buda.
No quedándome anclado en eso, quisiera ampliar un poco más el horizonte de los desatinos, y enumeraré para ello varios ejemplos, con la intención de meter aún más el dedo en la llaga. Veamos, pues, que de igual modo sucede la misma mierda al dar pábulo a toda esta prole de niños-genio-artistas que cada cierto tiempo nos introduce el mercado como auténticas estrellas. De idéntica forma pasa con las monjas pintoras o escultoras... y con esos aborígenes que acaban de salir de la gruta y que, según doctos oportunistas, desarrollan un arte nunca visto anteriormente, que surge de las entrañas de la Tierra, de los conventos y de la inocencia virginal, precisamente para inyectarnos en las venas la frescura y la energía de la que carecemos el resto de creadores en activo.
Visto lo visto y escrito lo escrito, me veo en la irrenunciable obligación de finalizar este trabajo dando por sentado que todos nosotros sí somos unas monas, desde el mismo instante en que nos apuntamos al carro de la superchería. Lo que no quita que, al margen del supuesto oxígeno vivificante, existe una verdadera corriente de acción, cuyo fin último es la consecución de un arte ético y responsable.