3.2.08

·· Abuelas


Cuestión de abuelas. Materia muy seria, formal, mesurada, circunspecta, sensata, asentada, reflexiva, e incluso grave. Porque, todo lo que concierne a ellas proviene de universos remotos y conlleva, por tanto, sensaciones nuevas, a las que quizás nosotros, que somos de una época diferente a la suya, nunca tengamos acceso directo. Tanto es así, que todos aquellos a los que eso de la ancianidad nos queda todavía un poco lejos, nos sentimos como perdidos, cuando topamos con esa circunstancia de la vida o con alguno de sus derivados. Es lógico, no pasa nada. Se impone un respeto ponderado, para empezar, y tener mucha paciencia con ellas. Son buena gente.
Existen muy claramente dos clases de abuelas, las que se quejan hasta el aburrimiento, fruto de lo que ellas perciben como una incomprensión infinita por parte de las personas, y de los objetos, que las rodean; y las que no tienen aparentemente -por dignidad o por disipación de la mente- nada de que quejarse. En su conjunto, dicho sea de paso, todas muy respetables, aunque las primeras resulten infinitamente más cargantes que las otras. Mi abuela materna Margarita, sin ir más lejos, ha sido un ejemplo digno de mención, con referencia al segundo grupo. Un caso excepcional y extremo, dentro de ese conjunto de las que aguardan en silencio que les llegue la hora final.
Con objeto de no ocasionar molestias innecesarias, mi abuela debió de decidir un día no perder el aliento vital, hasta que hubiera pasado el momento de su muerte efectiva. Y lo hizo de este modo, para acostumbrar a todos los que la velábamos, a su nuevo estado fronterizo entre el mundo y el más allá. Así, sin que apenas llegáramos a notar que se estaba yendo de nosotros, quiso obsequiarnos con un dulce óbito, totalmente alejado del común sufrimiento, que la mayoría de los mortales suele expresar en el momento del fallecimiento. Y quisiera añadir, además, y no me cabe la menor duda de ello, que, si no hubiera sido por el exagerado rigor que bloqueaba sus articulaciones, muy propio de la muerte, por otro lado, seguramente hubiera querido levantarse del lecho, bayeta y escoba en mano, para dar ella misma un último y definitivo repaso a la estancia, antes de dejarnos definitivamente. Para dejarla como los chorros del oro, como solía hacer todos los días.
Hasta el preciso instante en que fue llamada desde el otro lado, esta mujer soportó estoicamente los embates de la edad, luciendo una beatífica sonrisa en los labios, procurando en todo momento no exteriorizar el sufrimiento que la embargaba en aquella situación extrema. Y eso que en sus buenos tiempos de mujer vigorosa había sido una gobernanta de armas tomar, que nos llevó a todos por el camino de la recta disciplina, a toques de tambor y corneta.
Hay una persona por encima de todas las demás que, para ilustrar mis palabras, podría dar fe de ello: mi abuelo, su marido. Empedernido hombre interior, muy casero, y sobradamente cómodo como pocos, persona reacia a las malas influencias de la calle, y también precursor y fundador de la Real Academia de los Buenos Humos, se veía obligado a tener que comerse las cenizas de sus puros habanos, para que ella no notara que había fumado dentro de la casa.
Pero volvamos a la historia que nos ocupaba hace un instante: Al cerciorarse mi abuela de haber entrado en el tramo final de su existencia, nos miró de lejos, como agradeciendo todo lo que habíamos hecho por ella en sus últimos tiempos de imposibilidad, y dejó de respirar con el semblante iluminado, tocada con el velo del deber cumplido.
Habitualmente, la mayoría de nuestros mayores se lamenta y se queja reiteradamente, por falta de salud, muy especialmente. Rebosan de mal humor por los cuatro costados, a barra libre, por la sencilla razón de que no acaban de entender todavía, a sus años, el porqué de tantas cosas. Confundiendo, de algún modo, la impotencia congénita de sus mentes extenuadas con el estado de decrepitud de las carnes que les dan cobijo. Singularidad que también es propia de muchos otras personas, aún encontrándose en la flor de la vida. Como les pasaba a alguna de mis tías que, en el estado de excitación, propio de la menopausia, no eran capaces de comprender –soportar- la buena salud de la que gozaba su madre -mi abuela-, a una edad tan avanzada. Durante mucho tiempo le estuvieron insistiendo hasta la saciedad, para que acudiera al médico de cabecera a hacerse un reconocimiento. Sin que ella se dejase convencer por los argumentos que le planteaban, al no tener nada -decía- que ofrecer al médico. Al final, le dieron un ultimátum –casi la obligaron por la fuerza-, aunque ella lo quiso hacer a su modo y no necesitó de ningún acompañante para acudir a la consulta. Justo el día en que cumplía sus primeros noventa y cinco años, harta de tanta insistencia por parte de las hijas, se presentó sin avisar en casa don Juan Cifre.
- Doctor, no sé por qué estoy aquí, pero usted míreme de arriba a bajo, que si no lo hace, no voy a poder volver a mi casa. Me encuentro perfectamente –prosiguió-, mucho mejor que cuando era una adolescente, que sí sufría de interminables males, aunque fueran de amor y de inseguridad. Para ser sincera con usted, le diré que mis hijas son las responsables de que hoy esté aquí; se han obstinado en que una mujer, a mis años, debe tener, quieras o no, algo que no le funcione.
- Pues no sé, la verdad es que no tiene por qué ser así.
Y se dispuso a auscultarla.
- Vamos a ver qué tiene usted por aquí -le dijo don Juan, señalando circularmente con el dedo índice de su mano derecha una zona indeterminada de su cuerpo, entre el monte de Venus y la garganta-. Déjeme ayudarla a tumbarse en la camilla y saldremos de dudas.
La miró de arriba abajo, muy por encima, porque saltaba a la vista que no tenía nada que pudiera ser motivo de preocupación, y mientras en eso estaba, dando cabezaditas de ciencia para certificar a la paciente que todo andaba bien en el interior de su organismo, mi abuela, por no irse de vacio de la consulta, y también, pretendidamente, para contrarrestar el tiempo que el señor Cifre había invertido en ella, siguiéndole el juego, le salió con esas:
- No será, doctor, pues, si dice usted que no ve ni oye nada raro por ahí dentro, que debo tener eso que llaman ahora vejez prematura.