3.2.08

·· Homo Agotador

Vamos a dejarnos de historias: si para confeccionar estas líneas en las que acabamos de entrar, hubiéramos contratado a un profesional de los asuntos escritos del arte, y más concretamente a algún especialista en fotografía, es muy probable que no sacáramos nada, o casi nada, en claro. No es que esté yo en contra de esas personas que dedican su tiempo y su capacidad mental a ordenar y a hacer más fácil y comestible la metafísica plástica, o piense que no sean aptos para abordar ciertos temas de por sí más complicados que otros, ¡no!, Dios me libre de imaginarlo si quiera; lo que quiero decir es que deseábamos evitarle a ese desdichado o desdichada el pasar un mal trago al tenerse que enfrentar a una pesadilla. Y he escrito que no lo deseábamos, en plural, porque todo lo que hace referencia a Luis Pérez-Mínguez es materia pertinente, no sólo suya, sino también de todos aquellos que coincidimos con él en algún momento. Porque para abordar con garantías a este monstruo de la creación no sólo se necesitan buenos conocimientos sobre la materia -su materia-, tener además un mínimo de inventiva y no poca predisposición, sino también un hígado grande, y haberse ensuciado, al menos hasta las rodillas, en esta especie de yacimiento paleo-antropológico que es su vida y, por defecto, su obra.

Luis Pérez-Minguez es, principalmente, aparte de otras muchas cosas, un hombre accidentado. Un adolescente que sufrió los avatares de una gran caída, casi mortal, que le condujo, para consuelo de unos y para desdicha de otros, a la fotografía. L. P-M. es fotógrafo, para quien no lo sepa todavía, gracias y debido a ese fortuito encontronazo con una roca marina. Un accidente desafortunado que, no obstante, le ha ayudado en gran medida a saber cómo descomponer el mundo y volverlo a montar a su medida, todos y cada uno de los días de su existencia. Montado en una silla de ruedas y con la cámara al hombro, después de haberse recuperado lo imprescindible, se fue un día a París, dejando el acomodaticio calor de la familia y los amigos, para aprender a caminar. En este punto se hace imprescindible recalcar que la selección de imágenes –podrían llevarse a cabo mil y una- que el autor ha escogido con motivo de este libro, son, aparte de una constante en toda su obra, herencia directa de su nueva manera de mirar. Tuvo, después de aquello, que aprender a mirarse, a mirar al paisaje con nuevos ojos y a mirar al prójimo desde una perspectiva quebrada. Y así, desde esa óptica diferente, comenzó a resituarse dentro del esquema diario. Fotografiando y dibujando hasta la exasperación su propio cuerpo, y el de los demás. Plasmando la necesidad de una adolescencia corporal que la vida le negó.

Su forma de captar imágenes ha sido, es, y seguirá siendo, pues, consecuencia directa de su andar a trompicones; de caer continuamente; de ir por ahí con las rodillas y los codos en carne viva; de arrastrarse y de restregarse por la tierra y el asfalto. Consecuencia directa de haber mirado tanto tiempo desde abajo; de vernos al revés y, por ello, de dominar ya a la perfección otros ángulos que para nosotros son extraños. Es su mirada oblícua, supina, exagerada; a punto siempre de romper lo que observa desde esa posición yaciente. Sus cámaras, debido a esta prodigada situación a ras de suelo, han estado siempre en un permanente lamentable estado de revista. Deterioradas por las circunstancias que les ha tocado vivir, se retuercen a hombros del que las maltrata, o dentro de una bolsa en la que se ven obligadas a convivir con todo tipo de enseres provenientes de otras castas que no son la suya. Pero no importa, porque no es este un problema digno de mención, a la hora de los resultados, en el bagaje de un profesional poco o nada vinculado al gremio. “Cuanto más deterioradas están mis máquinas, parece mentira, pero mejor me salen las fotografías”. Cámaras en carne viva, cámaras fieles, accidentadas a la fuerza, flageladas por una causa justa. En este ambiente tortuoso y al mismo tiempo amable, no hay descanso. Los domingos no existen. Así son las cosas en el Madrid, en el Nueva York, en el Bang-kok, en el Riahuelas de Luis Pérez-Minguez. De los procesos mecánicos que la fotografía, como toda disciplina, requiere, ni se ocupa. No le importan, le interesan de soslayo; no van con él ni con su forma de ser. Con que las imágenes tengan lo que tienen que tener, es más que suficiente. ” Lo importante en todo esto es estar vivo para contarlo. Las fotografías con alma no necesitan de excelente técnica ni tampoco de excesivo discurso”. Las mejores no serán nunca las más bonitas, las mejor hechas; las mejores fotografías son, simplemente, las que nos interesan de algún modo. Las que dicen de interioridades. Las que hablan por sí mismas, de sí mismas, mintiendo lo justo. Son imágenes desnudas. Como su autor, un hombre desnudo que ha dedicado toda sus fuerzas a expresar lo que lleva debajo de la ropa, que no sólo es cuerpo.

Hay una gran falta de sentido del ridículo en todo lo que hace, por lo que su obra es absolutamente libre. Él es uno de esos pocos privilegiados que se maneja sin complejos, sabedor de que si no arriesga a conciencia todo lo que hay que arriesgar, no llegará hasta el fondo de las cuestiones de obligado cumplimiento. Que son todas. Y, de esta forma, metiéndose a menudo donde no le llaman, muchas veces, casi siempre, por no decir que lo hace en todo momento, provocar que aflore a la superficie todo aquello la mayoría intenta evitar a toda costa: llegar al fondo de los seres humanos, los animales, las plantas o los objetos.

El concepto de autoría es otro de los puntos álgidos en la concepción de su obra. Por un lado es un artista convencional en el buen sentido de la palabra, más convencional si cabe que todos los otros. Alguien al que le fascina ser el único y el más personal; ese al que le encanta que le mimen en exceso. Un artista que exhala sutileza y buen hacer por los cuatro costados; que crea en la intimidad excelentes obras maestras en la dimensión de los grandes de la fotografía, digamos, entre comillas, “clásica”. Composición, modelo, reflejo, diálogos, intimidad. Figuras en el paisaje. Y por otro lado es un creador abierto en el que la idea primigenia de autor, de obra y de derechos legales, no es la misma que en el resto de la humanidad creativa. Una contradicción que es el verdadero motor de este torbellino en constante movimiento acelerado. Y que da sus frutos en forma de complicidad, porque en él sí que se hace patente aquella máxima que dice que no hay modelos sino cómplices. Gente predispuesta a participar de un modo u otro en la creación; ya sea ésta pausada o agitada; directa o tangencial. Personas que no sólo ofrecen su cuerpo para que sea tratado, sino también su voluntad y su esencia. Haciendo hincapié en este segundo aspecto de su vasta obra, nadie podrá nunca saber cuántas de las fotos de Luis Pérez-Mínguez son realmente suyas, desde el punto de vista de la autoría material. Porque la verdad es que las hemos hecho también nosotros, los otros, los que estamos a su lado. No nos engañemos, pues, esas imágenes son suyas y sólo suyas porque las meneja él. Porque nos maneja a estos nosotros, que nos creíamos artistas por el simple hecho de haber apretado su disparador, al congelar un instante común. Y lo mismo sucede, también, al revés, que toma nuestras cámaras sin pudor, fotografiando por nosotros todo aquello que pensábamos nos pertenecía virtualmente. Para que se entienda: en su entorno, tomar una fotografía es un acto biológico simple, de orden común, un hecho animal –humano-, una necesidad corporal en muchos de los casos, como respirar, comer o amar. Alguien toma la cámara y dispara. Sin más. Luis no ha ocultado nunca que lo que más le mueve es lograr buenas fotografías con el mínimo esfuerzo. Para ahorrar energías pero sobre todo para compartir. Por tanto, que mejor que algunas de estas maravillas se las hagamos los demás.

Su obra conocida – su obra expuesta- no refleja, me atrevería a decir, ni una cuarta parte de la intensidad que atesora su obra completa. Este polvorín desconocido, que se esconde en el marasmo de miles de negativos y copias sobre mesas, estanterías o suelos rasos, es el que nos puede dar la justa medida de quien es el tipo en cuestión. Pero para entender esto, por su puesto, habría que conocerle, además, personalmente. Y eso no va a ser posible en todos los casos. Insisto: lo que conocemos de su trabajo no es más que la punta de un iceberg que no podemos abarcar.

Luis Pérez-Mínguez es un raro especímen que recibe a todas horas. Recibe en la cama, en el salón, en el cuarto de baño; en bata o en traje de paseo. La complicidad una vez más. Un espectáculo antropológico sin precedentes, en el que el recién llegado queda sumergido como por arte de magia en lo que se está cociendo. Tambores ancestrales. Ritual. Festín antropófago en el que todo y todos somos de alguna forma devorados, vomitados y vueltos a devorar por el fotógrafo artista. Nadie que tropiece con él puede escapar a la súbita vorágine que acontece en ese momento mágico. No importa el lugar, la persona o personas, la motivación del encuentro ni tampoco la hora o la situación atmosférica. Mientras esto escribo, sin ir más lejos, sus dos hijos interrumpen mi concentración con contínuas exclamaciones en voz alta, porque acaban de descubrir –pobres infelices- un paquete de varios cientos de fotografías que contienen los más severos detalles del cadáver de su abuelo paterno: todo lo que se puede fotografiar en un muerto querido y mucho más. ¿Macabro, podría alguien preguntarse? ¡No!, íntimo y ritual, como he dicho antes. ¿Cariño por el padre? Por supuesto, pero sobre todo pasión por todo aquello que conforma el mundo y sus rincones carnales. Luis captó a su padre, el señor Pérez-Mínguez, despúes de muerto, para quedarse con él. Imágenes que nunca saldrán a la luz; imágenes de la intimidad. Y mientras en eso estábamos, comentando lo escrito y lo todavía por escribir, se oían en el salón tres músicas diferentes, entraba gente con intereses variados, otros hablaban por teléfono a voces, el perro demandaba atención, tronaba fuera en la calle, y los vecinos suplicaban al mismo tiempo un poco de tranquilidad para poder afrontar la noche.

Para concluir: supongamos que Luis Pérez-Minguez fuera Luis Pérez-Mínguez, pero que tan sólo conociéramos de él sus trabajos, no habiendo quedado constancia de su firma en ningún sitio. Supongamos también que hubiera desarrollado su labor creativa siete u ocho siglos atrás. Pues bien, dadas las circunstancias, es más que probable que los actuales estudiosos de esa época, lo bautizasen con el nombre de Maestro de la Intensidad. Porque todo en él es intenso, inmenso; es arduo y un tanto complicado, denso; a la vez que entrañable y paternal; y en ocasiones pendenciero, y hasta un poco criminal. Su trabajo y su persona son una mezcla explosiva, todo un poema difícil de tragar. Buscar los límites de lo prohibido, andar en la cuerda floja, lejos de la convención, es lo que le mueve al fin y al cabo. Inclusive para con sus imágenes más tiernas. Y diré aún más, remontándome mucho más lejos si cabe, esta vez hacia el futuro. Si dentro de varios millones de años, cuando algún paleolontólogo encuentre los vestigios de lo que fue un día nuestra civilización actual, y dé con la sima que contiene los huesos y el esqueleto de las cámaras de Pérez-Mínguez, y con todo aquello que le acompañó en vida, no me queda la menor duda de va a bautizar su descubrimiento con el nombre de Homo Agotador.