En la academia del arte no observábamos con el rigor necesario la principal norma de su decálogo instituido. Ni tampoco las otras nueve, que, al ser consecuencia directa de la primera, quedaban inhabilitadas por el mero hecho de irle a la zaga. Dicho reglamento estatutario, sin embargo, ofrecía como contrapartida a la cantidad que teníamos que abonar todos los meses, en concepto por las enseñanzas recibidas, una educación ejemplar. Pero allí, en el Estudio Lauria, al contrario que en el resto de las escuelas del mundo civilizado, donde se supone que las gentes acuden voluntariamente a recibir los conocimientos que han elegido como propios, cada cual debía buscarse la vida. Esa era, y no otra, la verdadera ley que había que observar en aquella modesta institución. El único profesor del establecimiento, amo y señor de todas las áreas docentes, además de la casa, ocupaba la mayor parte del día en atender asuntos que poco o nada tenían que ver con la instrucción de los buenos oficios del color y la forma. Aunque, en el fondo, tengo que admitir -lo descubrí años más tarde- que nuestro tutor no nos tenía del todo abandonados. Por la mañana temprano impartía una clase de vagas generalidades, salpicada de objetivos a cumplir; y por la noche, a la hora de cerrar, surgía de entre las tinieblas de su despacho para comprobar que todo aquello que nos había impuesto como meta, doce horas antes, se había cumplido en la mayoría de su totalidad. Y dado que la clase artística ha tenido siempre una gran capacidad de adaptación al medio, debo hacer constar también que, visto en perspectiva, los resultados no eran del todo malos. En este sentido, nos manejábamos como una sociedad juvenil autogestionada, y aprendimos a sobrevivir en esa espesa jungla que es el mundo del arte. Los veteranos ayudaban a los nuevos, y los recién llegados aportaban aire fresco a los más antiguos, que comenzaban a adolecer de ciertos vicios corporativos, propiciados por el ambiente limitado y la repetición de técnicas y modelos educativos, en cierto modo ya obsoletos. En aquel lugar, los únicos alumnos que se relacionaban con el maestro, de forma directa y continuada, eran las mujeres. Pero no… para obtener de él ninguna dosis suplementaria de magisterio, sino por aquello del derecho de pernada, que en los dominios feudales de don Mario Congost continuaba vigente, de la misma forma que en las oscuras edades de la historia, y en algunas sociedades tribales todavía hoy vigentes. Los del género masculino le tratábamos muy poco; y así nos fue que, por no aprender, ni siquiera aprendimos a mover con soltura la pelvis, como sí hicieron, al fin y al cabo, las chicas. Esta singular forma de aprendizaje, incluía además estrictos turnos para guisar y limpiar las dependencias; prácticas muy sanas en el fondo, que ayudaron a muchos de nosotros a superar ciertos malos hábitos machistas para con las labores del hogar.
El mismo día que yo ingresaba como alumno de base en el Estudio Lauria, lo hacía también Roberto, un enjuto y atolondrado centroamericano que, a los pocos días de instalarse en la pequeña comunidad, se destapó como un tipo más raro que el dormir de pie. Aparentaba alrededor de unos veinticinco años, aunque en realidad tenía más de cuarenta. Según dijo, vivía a caballo entre América y Europa, viajando de un lado a otro del Atlántico con sus padres y su hermana, a pesar de la edad, por algún motivo directamente relacionado con asuntos del negocio familiar en expansión. Negocio del que hablaba mucho, pero que nunca llegó a explicar de qué se trataba en realidad; sin duda, porque no debía de saberlo. Le había venido impuesto por los imperativos del destino, y su corto raciocinio no alcanzaba para poder abarcarlo ni siquiera por la parte del enunciado. En efecto, Roberto era uno de esos eternos artistas principiantes, que lo único que les mueve en esta vida es su pasión enfermiza por las naturalezas muertas y las composiciones paisajísticas decadentes. Todo lo demás le traía sin cuidado. El centroamericano era un enajenado, y un vicioso de la pincelada relamida que, para obtener aquellos finos trazos ensortijados que, según él, tanto enlucían sus bodegones, chupaba sin descanso la punta de los pinceles, con objeto de que no perdieran la magia, por falta de humedad. Su principal ocupación en el ámbito escolar era la de incordiar a todos los compañeros, intentando siempre arañar de todo el mundo técnicas y trucos, con la clara y obsesiva intención de mejorar su precario estilo. Roberto, por increíble que parezca, y salvando las distancias, tenía muchos puntos en común con el legendario Vincent Van Gogh. Sólo que éste último logró expandir sus impulsos vitales a través de la fuerza de su obra, mientras que nuestro hombre de Venezuela hacía todo lo contrario, liofilizaba la suya en diminutas cápsulas pictóricas de una sola toma. Creaba una especie de miniaturas concentradas que le llevaban innumerables días de trabajo enfermizo y que, en lugar de ampliar las barreras de su espíritu, lo que hacían era acongojarlo todavía más. Nunca le vimos dar por terminado un cuadro.
A los dos meses y medio de haber comenzado el curso, el señor Congost admitió a dos hermanos discapacitados, que no hacían otra cosa que gritar hasta la extenuación para expresar su desmesurado impulso estético, invariablemente en ebullición. Para mí, tímido de ultramar y desconocedor hasta la fecha de lo que era el arte comunitario, esas eran cosas muy difíciles de entender. Puro desbarajuste de la bohemia. "Cuestión de estatutos", me contestó el director cuando le pregunté acerca de la viabilidad de las dos nuevas incorporaciones. Aquel par de ángeles benditos emitía guturales en voz alta, y los iba alternando, simultáneamente, en un clamor muy bien acoplado, que con los meses llegó a constituirse en un cántico de guerra para toda la tropa académica. Los que llevaban allí mucho tiempo afirmaban que los gemelos aprenderían rápido; me decían que no me preocupara por ellos en exceso, pues no eran los primeros disminuídos que recalaban en el centro; y siempre había sucedido que todos ellos iban pasando los cursos sin problemas. Al final resultó que aquellos gritos, provenientes de inteligencias poco favorecidas por la naturaleza, y que yo atribuía a una supuesta locura, no eran sino términos cultos como color, tonalidad, composición, perspectiva, esbozo o escorzo, entre otros.
Como es de suponer, al director y al mismo tiempo profesor, con tanto ajetreo no le quedaba tiempo para enseñar. "Si pudiérais comprender la burocracia y el trabajo que supone tener abierta al público una organización de estas características...", nos repetía constantemente, cuando surgían dudas a propósito de su dedicación. Recuerdo haber entrado en su despacho una sola vez, concretamente fue el día que mi padre me acompañó para formalizar la matrícula. De las paredes de su oficina no colgaban obras suyas, ni diplomas en propiedad, como hubiera sido lo ajustado a oficio, sino grandes fotografías de sí mismo luciendo chupas de cuero, conduciendo motos a lo Marlon Brando en Rebelde Sin Causa, y abrazando entre sus músculos de acero a las hembras más vistosas de su Barcelona juvenil. Pero ahora ya no era el mismo joven apuesto, bullanguero y camorrista de las fotos; se había convertido en un vulgar hombre casado con problemas, que utilizaba las reliquias de su cuerpo -en otros tiempos glorioso- para engatusar a todas aquellas jovencitas, que aterrizaban en aquel -su- picadero disimulado por pinceles, colores al óleo y carboncillo de asphodelos. Un comercio desleal, que quedó totalmente al pairo con el advenimiento del bodegonista venezolano, y -para ser mucho más precisos- con la llegada de su hermana Natividad María. Una curvilínea pelirroja, que era pura sensualidad y que, como era de esperar, volvió loco a nuestro profesor. Don Mario consiguió convencer a Roberto para que la matriculara durante un tiempo en la academia, so pretexto de infundirle ciertos conocimientos asombrosos, que posteriormente ella podría utilizar para echarle una mano, cuando ambos se encontraran lejos de Barcelona. De esta forma solucionaría una gran parte de los eternos problemas que tan a menudo la pintura le solía plantear. Gracias a un sencillo curso de psicología aplicada, de muy corta duración, la chica estaría en condiciones óptimas para guiar los impulsos del arte constreñido de su hermano, ayudándole a superar cualquier trauma repentino, que pudiera surgirle en la soledad del estudio ambulante. Después de todo, ella no estaba tan ocupada, dedicaba la mayor parte de su tiempo a malgastar la fortuna de la familia, comprando a diestro y siniestro todo aquello que le apetecía y no necesitaba. Además, ayudar a un hermano es algo a lo que nadie, en principio, debería negarse.
El profesor lo dispuso todo para que la futura conductora de pintores atormentados se encontrara como en casa. Tanto fue así, que rápidamente consiguió hacerse con los servicios completos de la joven, arrastrado por la pasión irrefrenable de un vicio al que no podía poner barreras. Sin embargo, las protestas de las otras alumnas, a las que había tenido subyugadas en secreto hasta que apareció el tornado de Centroamérica, no se hicieron esperar. Al verse humilladas, después de haber sido súbitamente apartadas del -hasta aquel momento- dulce yugo académico, acabaron por organizar una revolución cruenta de la que salimos todos escaldados.
El mismo día que yo ingresaba como alumno de base en el Estudio Lauria, lo hacía también Roberto, un enjuto y atolondrado centroamericano que, a los pocos días de instalarse en la pequeña comunidad, se destapó como un tipo más raro que el dormir de pie. Aparentaba alrededor de unos veinticinco años, aunque en realidad tenía más de cuarenta. Según dijo, vivía a caballo entre América y Europa, viajando de un lado a otro del Atlántico con sus padres y su hermana, a pesar de la edad, por algún motivo directamente relacionado con asuntos del negocio familiar en expansión. Negocio del que hablaba mucho, pero que nunca llegó a explicar de qué se trataba en realidad; sin duda, porque no debía de saberlo. Le había venido impuesto por los imperativos del destino, y su corto raciocinio no alcanzaba para poder abarcarlo ni siquiera por la parte del enunciado. En efecto, Roberto era uno de esos eternos artistas principiantes, que lo único que les mueve en esta vida es su pasión enfermiza por las naturalezas muertas y las composiciones paisajísticas decadentes. Todo lo demás le traía sin cuidado. El centroamericano era un enajenado, y un vicioso de la pincelada relamida que, para obtener aquellos finos trazos ensortijados que, según él, tanto enlucían sus bodegones, chupaba sin descanso la punta de los pinceles, con objeto de que no perdieran la magia, por falta de humedad. Su principal ocupación en el ámbito escolar era la de incordiar a todos los compañeros, intentando siempre arañar de todo el mundo técnicas y trucos, con la clara y obsesiva intención de mejorar su precario estilo. Roberto, por increíble que parezca, y salvando las distancias, tenía muchos puntos en común con el legendario Vincent Van Gogh. Sólo que éste último logró expandir sus impulsos vitales a través de la fuerza de su obra, mientras que nuestro hombre de Venezuela hacía todo lo contrario, liofilizaba la suya en diminutas cápsulas pictóricas de una sola toma. Creaba una especie de miniaturas concentradas que le llevaban innumerables días de trabajo enfermizo y que, en lugar de ampliar las barreras de su espíritu, lo que hacían era acongojarlo todavía más. Nunca le vimos dar por terminado un cuadro.
A los dos meses y medio de haber comenzado el curso, el señor Congost admitió a dos hermanos discapacitados, que no hacían otra cosa que gritar hasta la extenuación para expresar su desmesurado impulso estético, invariablemente en ebullición. Para mí, tímido de ultramar y desconocedor hasta la fecha de lo que era el arte comunitario, esas eran cosas muy difíciles de entender. Puro desbarajuste de la bohemia. "Cuestión de estatutos", me contestó el director cuando le pregunté acerca de la viabilidad de las dos nuevas incorporaciones. Aquel par de ángeles benditos emitía guturales en voz alta, y los iba alternando, simultáneamente, en un clamor muy bien acoplado, que con los meses llegó a constituirse en un cántico de guerra para toda la tropa académica. Los que llevaban allí mucho tiempo afirmaban que los gemelos aprenderían rápido; me decían que no me preocupara por ellos en exceso, pues no eran los primeros disminuídos que recalaban en el centro; y siempre había sucedido que todos ellos iban pasando los cursos sin problemas. Al final resultó que aquellos gritos, provenientes de inteligencias poco favorecidas por la naturaleza, y que yo atribuía a una supuesta locura, no eran sino términos cultos como color, tonalidad, composición, perspectiva, esbozo o escorzo, entre otros.
Como es de suponer, al director y al mismo tiempo profesor, con tanto ajetreo no le quedaba tiempo para enseñar. "Si pudiérais comprender la burocracia y el trabajo que supone tener abierta al público una organización de estas características...", nos repetía constantemente, cuando surgían dudas a propósito de su dedicación. Recuerdo haber entrado en su despacho una sola vez, concretamente fue el día que mi padre me acompañó para formalizar la matrícula. De las paredes de su oficina no colgaban obras suyas, ni diplomas en propiedad, como hubiera sido lo ajustado a oficio, sino grandes fotografías de sí mismo luciendo chupas de cuero, conduciendo motos a lo Marlon Brando en Rebelde Sin Causa, y abrazando entre sus músculos de acero a las hembras más vistosas de su Barcelona juvenil. Pero ahora ya no era el mismo joven apuesto, bullanguero y camorrista de las fotos; se había convertido en un vulgar hombre casado con problemas, que utilizaba las reliquias de su cuerpo -en otros tiempos glorioso- para engatusar a todas aquellas jovencitas, que aterrizaban en aquel -su- picadero disimulado por pinceles, colores al óleo y carboncillo de asphodelos. Un comercio desleal, que quedó totalmente al pairo con el advenimiento del bodegonista venezolano, y -para ser mucho más precisos- con la llegada de su hermana Natividad María. Una curvilínea pelirroja, que era pura sensualidad y que, como era de esperar, volvió loco a nuestro profesor. Don Mario consiguió convencer a Roberto para que la matriculara durante un tiempo en la academia, so pretexto de infundirle ciertos conocimientos asombrosos, que posteriormente ella podría utilizar para echarle una mano, cuando ambos se encontraran lejos de Barcelona. De esta forma solucionaría una gran parte de los eternos problemas que tan a menudo la pintura le solía plantear. Gracias a un sencillo curso de psicología aplicada, de muy corta duración, la chica estaría en condiciones óptimas para guiar los impulsos del arte constreñido de su hermano, ayudándole a superar cualquier trauma repentino, que pudiera surgirle en la soledad del estudio ambulante. Después de todo, ella no estaba tan ocupada, dedicaba la mayor parte de su tiempo a malgastar la fortuna de la familia, comprando a diestro y siniestro todo aquello que le apetecía y no necesitaba. Además, ayudar a un hermano es algo a lo que nadie, en principio, debería negarse.
El profesor lo dispuso todo para que la futura conductora de pintores atormentados se encontrara como en casa. Tanto fue así, que rápidamente consiguió hacerse con los servicios completos de la joven, arrastrado por la pasión irrefrenable de un vicio al que no podía poner barreras. Sin embargo, las protestas de las otras alumnas, a las que había tenido subyugadas en secreto hasta que apareció el tornado de Centroamérica, no se hicieron esperar. Al verse humilladas, después de haber sido súbitamente apartadas del -hasta aquel momento- dulce yugo académico, acabaron por organizar una revolución cruenta de la que salimos todos escaldados.